La Habana. Año XI.
14 al 20 de JULIO de 2012

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Almuerzo en Santo Domingo

Eduardo Heras León (La Habana, 1940)

Para Freddy Ginebra

Ya me lo habían dicho: Santo Domingo es algo así como Palma Soriano en colores. Y tenían razón. Una ciudad provinciana, que ha comenzado a crecer desmesuradamente, con grandes avenidas y edificios enormes que aparecen de repente, como de la nada, y cuyos habitantes todavía no acaban de creérselo. Algo más: me dijeron que Eddy era el príncipe de los dominicanos. Y también tenían razón.

Eddy nos había recibido con los brazos y la botella de ron abiertos, nos ofreció Santo Domingo como un obsequio, y Santo Domingo había resultado un verdadero regalo para los sentidos: un día se había unido con el otro, y una comida con una fiesta, y la fiesta con un concierto, y el concierto con un almuerzo y el almuerzo con una nueva fiesta, más llena de alegría, de ron y de amistad. Entre estos menesteres, algo también trabajábamos: leíamos las novelas de un concurso literario que el propio Eddy organizaba, y habíamos dejado un poco atrás, al menos por unos días, los agobios y miserias cotidianas, y el peso siempre presente de los diarios combates ideológicos que cada cubano —quiéralo o no— entabla con el resto del mundo y consigo mismo. "Nada de política", había dicho Eddy, "quiero que disfruten estos días en paz con el mundo". Y le habíamos hecho caso. Así que cuando Eddy nos invitó ese día a almorzar, comenzamos a prepararnos mentalmente para una nueva jornada, que intuíamos cómo iba a empezar pero no cómo terminaría.

Ir a casa de Eddy es entrar en un universo casi encantado: una mansión de ensueño, de grandes salones y escaleras, muebles de estilo, lámparas descomunales, profusión de cuadros y esculturas, todas de buen gusto, y una extensa biblioteca para el lector más exigente. En el centro del comedor habían instalado una mesa rectangular de cristal de roca y estaban colocando una cantidad de manjares que quitaban la respiración.

Cuando Miriam y yo llegamos, todos se abalanzaron sobre nosotros: era un grupo como de diez personas y los cubanos íbamos a ser —ya lo éramos— el centro de atención. Casi sin darnos cuenta se sirvió el primer trago y Eddy hizo el brindis, como solo él sabe hacerlo, salpicado de ese típico humor dominicano, que es casi su segunda naturaleza. Antes de sentarnos a la mesa, Eddy le echó el brazo por encima a un hombre canoso, bajito y grueso, que sonreía alegremente, y me llamó.

—Quiero que conozcas a José Antonio Gutiérrez, a Tony, mi hermano del alma —dijo medio emocionado—. Es cubano, pero vive en Miami… —Hizo la aclaración enarcando las cejas y quedó expectante, observando mi reacción, pero yo no hice ningún gesto. "Vaya, aunque uno no quiera, otra vez la política asomando su oreja peluda", pensé.

—¿Tú vienes de Cuba? —dijo Tony.

—Ajá —dije sin mucho entusiasmo.

—Pero, ¿vives allá?

—Sí, claro.

—Tony es como mi otro yo –—dijo Eddy—. Hace muchos años, en los peores momentos de mi vida, él acudió en mi ayuda, como solo puede hacerlo un hermano. Es más que un hermano, ¿me entiendes?

Yo no respondí, porque en ese momento la esposa de Eddy nos invitó a la mesa, y nos sentamos y Tony quedó justamente frente a mí, mirándome.

—Así que tu nombre es José Antonio Gutiérrez, ¿no? —le dije para quitarme sus ojos de encima. Él asintió.

—Es curioso. Yo recuerdo en Cuba, lejanamente, un nombre parecido: José Antonio Gutiérrez Rosell. —Él levantó la cabeza.

—Bueno, ese era mi padre.

—¿No era periodista?

—No, más bien dueño de periódicos. Era dueño de Alerta y El Mundo.

—¿Y a él no lo mataron en los cincuenta?

—Sí, es cierto. Fue un crimen pasional. Lo mató una amante que tenía. Pero, ¿cómo tú sabes tanto de mi padre?

—Yo leía mucho en Cuba cuando joven.

—Nosotros allá éramos millonarios. Teníamos casas, edificios de apartamentos, negocios. ¿Entiendes? La revolución se quedó con todo, con todo.

—¿Y cuándo te fuiste tú?

—Enseguida, en el mismo 59. Van a ser cuarenta años sin ir a mi país. Daría cualquier cosa por ver el Malecón. Tengo una nostalgia que me oprime el pecho.

—Porque quieres.

—¿Cómo porque quiero?

—Claro, cuántos como tú visitan Cuba todos los años.

—Lo sé, pero yo no puedo.

—¿Estás enfermo?

—No —se echó a reír—, claro que no. El problema es otro…

Eddy levantó la copa y todos lo imitamos, y brindó por Miriam y por los cubanos, "por todos", dijo, "los de dentro y los de fuera, porque Cuba es una sola", y todo el mundo aplaudió y bebió a nuestra salud. Y alguien destapó una hermosa fuente de frijoles negros, entre exclamaciones, alabanzas y ruido de platos que se disputaban los honores del potaje. ¿Debía seguir aquella conversación que podía llegar a ser desagradable? ¿Era casual? Eddy era incapaz de elucubrar algo así, y a mí no me interesaba en lo más mínimo continuarla, así que…

—El problema es otro —repitió Tony—. Si voy a Cuba, el exilio no me lo va a perdonar nunca.

—¿Y por qué se tiene que enterar el exilio? ¿Tú tienes yate?

—Sí, tengo, pero qué…

—Sales un día, llegas a la Marina Hemingway, y nadie te va a preguntar quién eres, y vas a ver Cuba, y vas a disfrutar, y después recorres la costa y ves el Malecón, y tao, tao, ya volviste a tu país… Adiós nostalgia.

—No, no, qué va —dijo moviendo lentamente la cabeza—, en mi caso no es tan fácil… —Hizo silencio y quedó mirando hacia algún punto por encima de mí.

—Vaya, luego dicen que donde no hay libertad es adentro. Pero parece que afuera…

Eddy, que había quedado en silencio después del brindis y le hacía los honores a los frijoles negros, levantó la cabeza. "Está olfateando el peligro", pensé.

—Pásame el pan, Tony —dijo, y me pareció que le hacía con la cabeza una señal afirmativa.

—No, no, no es eso… —Hizo una pausa—. El problema es que yo he sido durante muchos años dirigente del exilio y…

—Pero es que hay dirigentes del exilio que han ido.

—Sí, yo lo sé, pero es que además, yo soy veterano de la Brigada 2506.

—¿La de Girón? —Ahora fui yo quien levantó la cabeza y lo miré fijamente.

—La de Bahía de Cochinos, sí. Y he hablado mucho, y declaraciones y televisión y radio y periódicos. Qué va, me matan en Miami si voy allá…

—Así que de la Brigada… ¿Y tú estuviste preso? ¿A ti te canjearon también por compotas? —El tono me salió tan irónico, a mi pesar, que sentí que Eddy se puso a tamborilear con los dedos sobre la mesa—. Digo, ¿estuviste en los combates y caíste prisionero?

—No, yo era de comunicaciones. Entré y salí de la Bahía como tres veces. La última vez, cuando subí al avión, la gente de Castro entraba. Yo no caí preso.

—Así que en realidad tú no combatiste allí, tú pasaste por allí —no sé qué me estaba sucediendo, por qué esa manera de decirle las cosas—. Quiero decir, tú no disparaste tu arma, lo tuyo eran los teléfonos, ¿no?

—Bueno, es que mi misión eran las comunicaciones. Y eso yo lo cumplí. Yo no tenía que disparar.

—Aunque estabas preparado para eso. Siempre se dijo que los habían entrenado bien. En Guatemala, ¿no? —dije mientras Miriam me pasaba la fuente de la carne y le noté una arruga de preocupación, y yo le sonreí para tranquilizarla. De repente me pareció que toda la mesa estaba pendiente de nosotros, solo se oía el ruido de los cubiertos y algún murmullo apagado por nuestras voces.

—Sí, en Retalhuleu, pero eso lo sabe todo el mundo. Verdad que nos prepararon bien, y con mucho armamento. Casi sobraba.

—Como para echarse a Fidel en unos días, ¿eh? —dije en el mismo tono.

—Para serte sincero, sí. Eso era lo que pensábamos.

—Que iba a ser un paseo.

—¿Cómo no íbamos a pensarlo? Además, en esa época éramos unos románticos…

Casi habíamos terminado de comer y alguien se llevaba los platos y colocaba en la mesa los platicos del postre. Noté que Eddy comenzaba a impacientarse.

—Pero el paseo se les convirtió en un infierno, Tony.

Él simuló no escucharme, volvió a llenarse la copa con aquel delicioso vino tinto y la levantó mirándonos a Eddy y a mí:

—Mira, voy a hacer un brindis por ti. Has estado tratando de herirme todo el tiempo; en otra época esto no hubiera acabado bien. Pero déjame decirte que cuarenta años después, discutir por estas cosas me parece casi ridículo. Ha habido demasiada sangre y demasiados muertos. Y ya para mí eso se acabó. Yo estoy por el diálogo, por la paz entre los cubanos. Por eso, a tu salud…

Todos respiraron como aliviados y levantaron sus copas.

—No es que esté tratando de herirte, Tony. Es que cuando hablabas de Girón, de tu Brigada, de tu romanticismo, yo también estaba recordando esos días, mis ideas, mi romanticismo, y qué le voy a hacer, siempre me sucede igual…

—¿Por qué…?

—Porque yo también estuve allí…

—¿Cómo? Espera… espera…

—Del otro lado, Tony. De aquel lado.

Todo quedó como suspendido, porque nadie se movió. Me pareció que estaban esperando algo y la tensión casi podía tocarse con los dedos. Después, Eddy fue depositando muy lentamente su copa en la mesa y yo pensaba que iba a decir algo que rompiera aquella espesa capa de silencio que comenzaba a envolvernos. Y entonces Tony se levantó, el cuerpo tenso, las manos contraídas.

—Pudimos habernos matado, ¿te das cuenta? —dijo y se fue acercando sin dejar de mirarme a los ojos.

Yo me puse de pie. Me aferré con las dos manos a la silla para levantarla, pero él acercó una mano, y la mantuvo en el aire unos segundos, esperando.

Yo también extendí la mía. Una de ellas. La otra quedó aferrada a la silla.

Por el momento no la iba a soltar. En estos casos, hasta ahora, nadie sabe lo que puede suceder.

Fuente: La Letra del Escriba Nro. 97, junio de 2011.


Eduardo Heras León: (La Habana, 1940). Narrador, periodista y crítico literario y de danza. Su último libro, Desde la platea, recoge su labor como crítico de ballet durante 40 años. Es autor de una extensa obra cuentística y ha obtenido numerosos premios: David, UNEAC, mención Casa de las Américas, Razón de Ser, entre otros. Recibió el Premio Nacional de Edición 2001 y el Galardón Maestro de Juventudes, de la AHS. Es Vicepresidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC y dirige el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.