La Habana. Año XI.
14 al 20 de JULIO de 2012

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A un siglo de El Vedado y Amor crónico:
útiles divertimentos
Joel del Río • La Habana

En las principales salas habaneras, se estrenan por estos días sendos documentales. De corte musical y biográfico, contemporáneo, viajero y construido a base de la sucesión de sketches con la participación de algunos de los mejores intérpretes cubanos, está  Amor crónico, que dirige Jorge Perugorría; y, muy pronto, aparecerá A un siglo de El Vedado, en el cual sus codirectores Carlos León y Cristina Fernández apuestan por la inclinación historicista y archivera mediante un documental también dramatizado e interesado en recuperar valores y memorias.

Amor crónico opera en dos niveles: propone en serio el (re)descubrimiento de una cantante cubanoamericana, Cucú Diamantes, a partir de la crónica de su gira de conciertos desde Santiago de Cuba hasta la capital, luego de su retorno para cantar en su amada isla, y más en broma se representan episodios dramatizados, casi siempre humorísticos, de la comedia bufa que significó la itinerancia por toda Cuba ofreciendo conciertos en Bayamo, Camagüey, Cienfuegos y Santa Clara, entre otras plazas. La dramatización de estas peripecias está marcada por el homenaje a numerosas películas cubanas, desde la escena inicial en que Adela Legrá, cubierta por la toalla blanca que también la protegió del sol en Lucía y Miel para Oshún, le vende unos girasoles a la cantante, hasta el delirante epílogo a golpe de hilarante homenaje a Dolly Back, con Arturo Sotto y Juan Carlos Tabío, en persona, proclamando a gritos el final de esta road movie frenética, a veces graciosa, a veces solo inconexa y amateur.

En medio de la alusión chistosa a lo más brillante del catálogo cubano, desde Memorias del subdesarrollo (con Broselianda Hernández parodiando a Daisy Granados en su empeño por hacerse artista) hasta Lista de espera (con el director-actor reiterando su brillante y recordado papel de ciego mentiroso) y Alicia en el pueblo de Maravillas, o Madagascar y La vida es silbar (cuando Laura de la Uz se queja de no haberse ido a la remota isla africana, o varios clientes se desmayan al escuchar el nombre del hotel Santa Clara Libre), el documental pretende reconstruir la historia, el arte, la manera de pensar y los hábitos nómadas de una cantante originaria de Párraga y demasiado habanera para ser neoyorquina, demasiado neoyorquina para quedarse en La Habana, en abierta paráfrasis del personaje de Isabel Santos en Lejanía.

Con fotografía animosa de Ernesto Granado y montaje igual de diestro por parte de Manuel Iglesias, el documental exhibe gozoso los amores crónicos, y sin paliativos, por el brillo, la música y la tierra colorá de esta estrella al mismo tiempo tierna y agresiva, frívola en un sentido extrañamente enaltecido y seductor.  La asociación y el contraste entre sus tacones de lentejuelas doradas, entre su glamour florido y deslumbrante, y el roto grisáceo de las aceras, o los tonos sepias de una realidad bastante descolorida, constituye uno de los elementos que constantemente explotan fotografía y montaje, un poco en la línea de aquella película australiana, de culto, titulada Priscilla, la reina del desierto. Porque Amor crónico es también un pastiche cómico, ligero, en ocasiones fluido, almodovariano y simpático, aunque en algunas escenas derive al artificio, la falta de naturalidad y el pujo irredento.

Es cierto que la comedia incluye el estereotipo y la ridiculez, pero apenas provocan la sonrisa algunos deslices al astracán como la gorda que corre desnuda, el peluquero gay, aparatoso y plumífero o el enano enamorado sin esperanzas de la diva —es cierto que la cantante necesitaba un interlocutor para contarle al espectador lo que necesita ser contado, y puede ser perfectamente alguien como Guarapo el atento escucha, pero me parecen innecesarias y lamentables las burlas en cuanto a su tamaño—. Vinculados a los buenos, regulares y malos momentos humorísticos aparecen algunos de los mejores intérpretes cubanos en activo, haciendo parodia, haciendo comedia, pasándola bien en una película cubana hecha sin complejos ni pretensiones, sana, amable y muy entretenida. 

También documental ficcionado,  A un siglo de El Vedado anuncia desde su título el propósito de rememorar las glorias, y mencionar algunas de las actuales contrariedades, de un barrio capitalino asociado en el imaginario colectivo con la esencia de lo metropolitano y lo moderno, a partir de símbolos como sus calles Línea y 23, sus mejores cines y teatros, hoteles lujosos y clubes nocturnos, por solo mencionar una cuantas de las “sustancias” que alimentan la mitología. El documental opta por la dramatización (hay dos jóvenes, un muchacho y una muchacha, que están investigando sobre El Vedado para sus respectivas tesis de graduación) en un sentido que a mí me parece efectivo y procedente, aunque me resulte un tanto pueril, y hasta rústico, el recurso de poner a hablar, mediante un actor (Héctor Echemendía) al barrio en persona, humanizado, un recurso que si bien puede funcionar en la literatura —recuerdo la hermosa Últimos días de una casa, de Dulce María Loynaz— en cine cuenta con ejemplos desacertados como ese mamut siberiano llamado Soy Cuba.

Tal vez con un guion que le confiriera un papel real, menos esotérico y didáctico, al actor que “interpreta” en off a El Vedado —debió pensarse en algo así como un historiador del barrio, o un ilustrado vecino, o simplemente el consultante particularmente culto de las tesis en cuestión— se hubiera resuelto esta cierta artificialidad que signa un documental beneficiado por la naturalidad, frescura y fotogenia de sus dos intérpretes principales (Carlos Enrique Almirante y Mirian Alameda) y por la loable llamada de atención a la conservación, cuidado y mejoramiento de un barrio emblemático del siglo XX cubano. Con producción de Carlos de la Huerta, y  luminosa y azulada dirección de fotografía a cargo de Raúl Rodríguez, A un siglo de El Vedado reclamaba mayor calado en la ficción, en la narratividad y en los recorridos de los personajes para lograr, precisamente, profundizar en la intención de retratar el glamoroso barrio con ojos enamorados.

A pesar de todo lo dicho, con todo y las frases que entorpecen el homenaje nostálgico en lugar de iluminarlo, el documental ficcionado de Carlos León y Cristina Fernández  reúne una serie de fotografías y datos de inapreciable valor informativo, y por su valor de compendio y merecido ditirambo debería integrar el fondo videográfico de varios de nuestros canales televisivos, y reiterarse en lugar de tantísima insignificancia sobre entrenadores de perros y cirugías plásticas de dudosa calidad y ningún aporte útil. Y conste que la pequeña pantalla no es, de ninguna manera, insignificante destino para los documentales. Por miles se realizan, a diario y en todos los países, los destinados a ese medio. Y los realizadores acometen tales proyectos sin complejos ni culpas. Amor crónico y A un siglo de El Vedado pudieran encontrar digno destinatario en la pequeña pantalla cubana siempre y cuando se minimicen los prejuicios respecto a lo que puede durar y debe contar un buen documental televisivo.

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.