La Habana. Año XI.
14 al 20 de JULIO de 2012

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Pogolotti  poliédrico

Manuel López Oliva • La Habana

Más de una vez he caracterizado a los hechos, procesos y personalidades que han contenido diversos campos de proyección y sentido con un concepto de Juan Marinello que hallé en un ensayo suyo sobre Lenin. Me refiero al término poliédrico. Cuando pensaba en cómo responder a una solicitud de prisa de la redacción de La Jiribilla, que me pedía un texto para recordar los 110 años del nacimiento de Marcelo Pogolotti, tuve la certeza de que no había otra palabra más adecuada para abarcar la aventura, razón y obra múltiple de esa vertical figura de nuestras artes y letras, que la de hombre poliédrico. Y es que tanto su vida como su aporte de intelectual y artista estuvieron configurados por numerosas facetas, vivencias, espacios de actividad y vías de relación con sus circunstancias y su época. Así como existen individuos reconocidos que trascienden por el ejercicio magistral y profundo desarrollado en una única labor y perspectiva, en nuestro Pogolotti estamos ante el caso —no demasiado frecuente en la cultura nacional— de quien se manifestó en distintas ocupaciones con niveles semejantes, espíritu zahorí, además de originalidad de expresión y de juicio; aunque integrándolo todo a través de su modo de ver y sentir el conocimiento transformador y la responsabilidad.

Lo que Marcelo me reveló temprano

No creo que peque de inmodesto al recordar aquí que durante mis años juveniles detecté en la pintura y en la prosa reflexiva de Marcelo una verdadera “lección operativa”. Su figuración entre simbólica y lírica, a veces de una osada estructuración del espacio temático, me demostró que era posible fundir la evidencia con el tropo, darles cuerpo plástico a categorías y enfoques filosóficos, y valerse de un símil metaforizado del cartel y la historieta gráfica o el cine “detenido”, a la hora de generar el discurso en dibujo y pintura. Aquella lectura de estudiante en el Museo de Bellas Artes (porque entonces no había las publicaciones de arte cubano que hoy existen) me sirvió a la vez —como lo advertí en  otros estilos artísticos del país y del exterior— para comprender que podía darse una obra de servicio social y político en la cual se trascendiera el dato representacional y se concretara un lenguaje estéticamente creativo y de una comunicación culta. Su  producción pictórica intensa más que extensa, que se nutría de lo renacentista y la primera modernidad, donde se anticipaban soluciones muy posteriores del Pop Art y la Nueva Figuración de los 60, era una especie de tesis práctica, que luego tradujo a la explicación escrita en su memorable libro autobiográfico Del barro y las voces.


"Aguamarina", 1931, Marcelo Pogolotti

La obra de Pogolotti requiere aún ser incorporada a planes y programas de estudio en la formación de la pupila y la morfoestructura profesional de los artistas. E, igualmente, habría que reunir toda su crítica, historiografía y teoría del arte (como también debe hacerse con lo escrito por su hija Graziella), para entregarles a los profesores de las materias correspondientes un texto cardinal para educandos que transitan por las rutas del pensamiento, el análisis, la curaduría y la difusión de la cultura artística. Debo  decir que en la medida en que pude leer la mayoría de sus ensayos, desde su breve y poética historia del arte, hasta Puntos en el espacio y otros textos que concluyó con el mencionado Del barro…, advertí en ellos un modo integral de análisis que permitía captar de manera orgánica lo que ocurre en la escena pública influyente en lo artístico y lo que la obra de arte posee como receptáculo de concurrencia de lo objetivo, lo subjetivo, la tradición productiva de la visualidad, los principios éticos y la ideología del artífice. Incluso en su noveleta El caserón del Cerro, que en cierto sentido coincidía con el declarado criollismo abierto de su amigo Carlos Enríquez, o en su medular estudio sobre la clase media en México (nutrido de verdades y consideraciones sociológicas vigentes, con una óptica capaz de funcionar para el estudioso de los signos sociales del arte), perviven indicadores de relación y método de gran valor instrumental.

Otra tipología de futurista

En 1986, al visitar la exposición retrospectiva universal del Futurismo montada en el Palacio Gracci de Venecia, advertí con cierta molestia la ausencia de Marcelo Pogolotti, que había estado junto a los futuristas italianos y expuesto con ellos en un momento de su existencia, y en cuya obra pictórica hay una indudable visión del movimiento, la fuerza y el paisaje industrial, un tanto próxima a la poética básica de esa corriente expandido por Eurasia y América. Publiqué entonces en la prensa italiana un artículo donde explicaba por qué consideré una injusta omisión esa exclusión del cubano de tan abarcador panorama curatorial. Luego hice una versión reducida del texto, que apareció en la página cultural del periódico Granma.

No podía pasar por alto que no se reconociera la sólida, aunque relativamente corta, obra de un compatriota del arte que siempre he valorado por su pintura de ideas, su manera aparentemente “supranaif” y narrativa de diseñar figuras, el equilibrio dinámico de las composiciones, la capacidad de articular la tensión espacial con apariencias corpóreas derivadas de lo natural y lo mecánico, ese fusionar ternura y denuncia en una misma secuencia pintada, y la muy inteligente manera de hibridar tiempo, espacio y participación humana dentro de evocaciones de paisajes sociales, colisiones clasistas y escenas utópicas. En términos estilográficos, podemos admitir en sus cuadros la presencia de otra tipología futurista, mucho más diferenciadora que aquellas generadas por los demás “neofuturistas” latinoamericanos.

Universal por derecho de cubanía

Apreciar el legado de Marcelo Pogolotti implica situarse delante de una obra de la imaginación responsable que enfoca el drama local integrado a las contingencias mundiales. De ahí cierta extraña naturaleza del expresarse que lo separa un poco de la tendencia nativista, ambientalista y particularmente nacionalista desplegada por sus acompañantes de la generación inicial de la modernidad pictórica cubana. Fue —como Fidelio Ponce— un pintor distinto. Pero con la cualidad identitaria de compartir, con valiosos pensadores y artistas de Cuba provistos de conciencia clara del devenir histórico, ansias de libertad y autodeterminación patriótica, de ascenso social y triunfo popular de la justicia. Tuvo muchos amigos y también detractores, tal cual ocurre con la gente que toma posición en la vida y respecto de la misión humanista del arte.


"Fuerza de trabajo", Marcelo Pogolotti

Pensar en él era para mí, cuando volvía una y otra vez sobre sus imágenes, pensar en una fuente de saber y a la vez en una leyenda, puesto que cuando vine a La Habana del 60 ya Marcelo había establecido su domicilio en tierra mexicana; hasta que retornó y pude conocerlo y admirarlo personalmente como el hombre de carne y hueso que había arribado a la dimensión del artista clásico. Supe que era pensador marxista con enfoque personal, que lograba unir la lezamiana “cultura del ojo” con la cultura del libro y la vivencia, y que siempre estuvo atento a lo que sucedía en los predios insulares donde había nacido y crecido. La obra que nos dejó —en artes visuales o en lo literario y conceptual— retrata al cubano universal, habla claramente de quien se supo ciudadano del mundo nacido en la mayor de Las Antillas, del hombre que dejaba noticias de lo visto y experimentado labradas con “estilete”, y de quien se propuso saltar sobre la condición de testigo e inscribirse en la de participante activo de la historia social y la historia del arte.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.