La Habana. Año XI.
14 al 20 de JULIO de 2012

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El crítico, el primero entre sus iguales
Ambrosio Fornet • La Habana

Publiqué mi primer libro de cuentos, A un paso del diluvio, a finales del año 58 en Barcelona y regresé a Cuba a mediados del 59. Al hacerlo me encontré con que todos mis amigos, gente con la que me relacionaba sobre todo a través de Lunes —suplemento cultural del periódico Revolución—, escribían cuentos y novelas. Nadie escribía críticas, era como una especie de género despreciado. Pero yo era un lector voraz con capacidad de leerme el original de una novela en una noche y llegar al otro día con el texto lleno de marcas. Se dieron cuenta de que era la persona que estaban esperando y me convertí, sin quererlo, en crítico de mi generación. Tanto es así, que Leonardo Padura decía: “Si el libro no lo ha leído Ambrosio, no va a salir, porque no hay autor en Cuba que se atreva a publicar un texto sin que él lo lea previamente”. Entonces acabé haciendo críticas todo el tiempo y me olvidé de la narrativa.

Esa es una razón; la otra, que no la siento tan importante, era que escribía bajo la influencia de Kafka y otras lecturas que incluían hasta el Kamasutra y la literatura hindú. Escribía cuentos muy metafísicos, de espiritualidad retorcida y desconcertada. Luego, cuando llegué aquí, me encontré con otro mundo, uno donde se vivía con las puertas abiertas. Hice, y esto lo he dicho alguna vez, lo que no me quedó más remedio: poner los pies en la tierra; porque tuve la sensación de haber estado flotando durante mucho tiempo en torno a mi búsqueda, la de una temática, de una manera de decir, de narrar. Entonces, me puse a escribir los cuentos que aparecen en Yo no vi ná y otras indagaciones.

El primero de ellos, “Yo no vi ná”, es sobre un niño idiota —evidentemente ahí está la huella de Faulkner— que vive detrás del cuartel de Bayamo y por la mañana, al salir a la letrina, ve cómo matan a uno de los asaltantes. Y no quiere de ninguna manera que se sepa, por eso insiste al final del cuento: “Yo no vi ná, yo no vi ná”. Por tanto, estaba escribiendo un tipo de cuento muy ligado a la realidad, había cambiado de orientación temática, sin llegar a escribir literatura vernácula tradicional, me enfoqué en personajes y sucesos que se desarrollaban en el plano real. Después nunca más escribí cuentos, centré todo mi interés en la ensayística y la crítica.

Somos los críticos los que organizamos el concepto de literatura. A veces me resulta difícil explicarme por qué no hacemos periódicamente ese tipo de revisiones y hacemos un diagnóstico. Existen los críticos, existe la posibilidad de que nos paguen por una colaboración y, sin embargo, no se hace. El gremio no se permite discrepar de sus miembros. Esto es lo que habría que explicarse.

Durante mucho tiempo encontré las razones en la propia situación creada en los 70. Muchos de nosotros, jóvenes en esos años, constituíamos un grupo, llamado los liberales, frente a otro grupo, que parecía tener mucho poder, nombrado los dogmáticos. Mientras hubo una especie de equilibrio entre liberales y dogmáticos, con cierto predominio de nuestro lado, no hubo problemas. Pero cuando se dio el vuelco y nos dimos cuenta de que los dogmáticos habían tomado el poder, se hizo un pacto interno, por tanto, no nos atacábamos entre nosotros, cerramos filas. Funcionó lo que pudiéramos llamar la psicología del gremio. Quizá así empezó la situación y después esta posición resultaba más cómoda.

Ahora no se encuentran críticas de libros en la prensa. La verdad es que el oficio tampoco es tan estimulante por todos los problemas que implica; pero siempre han existido profesionales de la crítica en los periódicos y las revistas.

Nosotros, en el periódico Revolución, teníamos un grupo que dirigía Jaime Sarusky, integrado por Edmundo Desnoes, César López, Mario Trejo y yo. Hacíamos reseñas de libros utilizando pseudónimos, y ahí se decía lo que uno pensaba. Fue una bonita experiencia periodística, porque no solo se hacían críticas, éramos un equipo y a cada uno le tocaba una tarea distinta cada semana. Por ejemplo, si hoy yo hacía crítica de libros, la semana próxima debía hacer una sobre una exposición de pintura, después una de cabaret. Por cierto, recuerdo que hice una reseña muy divertida sobre la Caperucita Roja interpretada por Juana Bacallao en el Salón Rojo del hotel Capri, uno de los espectáculos más alucinantes que ustedes se puedan imaginar.

Intentábamos evitar la especialización para que no ocurriera que el crítico de pintura solo hablara de pintura, y el de cine solo hablara de cine; se trataba de darle otro lenguaje a la reseña, a la crítica, para abrirla a un público más amplio. Entonces, el tipo de crónica o reseña que hacía sobre una exposición de pintura, la hacía con mi vocabulario, con mis preocupaciones y con mi visión, que se acercaba más a la del lego. Ese fue un intento bonito que duró varios meses y del cual quedaron varios trabajos publicados.

Nos resultó muy refrescante. Claro, hay que dar por descontado que uno tenía una cultura general, no era crítico de pintura, pero había visto el Museo del Prado, el Museo de Arte Moderno de Nueva York y el Louvre. Sabía lo que eran “Las meninas”, “La Gioconda” y también sabía quién era Jackson Pollock. Es decir, era un lego, pero no un ignorante, por tanto, se daba una especie de equilibrio. Era el lenguaje utilizado lo que me daba la posibilidad de la comunicación. Mi criterio no era tan elaborado como el de un crítico de arte, pero sí bastante lúcido.

Muchas ventajas ofrece acercarse a una materia artística de la que no se es especialista porque empieza a enriquecer la mirada, pones énfasis en ciertos detalles que antes pasabas por alto. Todo esto ocurre porque se intenta comunicar una determinada experiencia estética y al principio cuesta trabajo, porque no tienes el vocabulario técnico desarrollado ni el hábito de esa escritura y estás pensando todo el tiempo: “tengo la cultura; pero no la capacidad de comunicación con el otro”, y se trataba de un rotograbado que tiraba 200 mil ejemplares, y uno quería llegar a ese público. Formaba parte de una estrategia de desarrollo cultural que nosotros asumíamos como nuestra. Veíamos que el público iba creciendo porque ya no se topaba con esas crónicas de especialista que insoportables, salvo cuando aparecen en revistas especializadas. La gente quiere entender lo que está leyendo y que se pongan a su altura, aunque un poco por encima. Es lo que tradicionalmente se dice del crítico, los latinos expresaban: primum inter paris, o sea, el primero entre sus iguales. Se trata de un diálogo, creo que esta palabra “diálogo” es la que mejor resume esas aspiraciones: establecer una comunicación con el público.

Fragmento de Encuentro con Ambrosio Fornet. “El primero entre sus iguales”, que se realizó en febrero de 2012.

 
 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.