La Habana. Año XI.
30 de JUNIO al 6 de JULIO
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 
Dioses a la carta

Carlos Duarte (La Habana, 1962)

Tener fe significa no querer saber la verdad
Friedrich Nietzsche
 

Hacía muchos años que vagaba por la vida con la sensación de albergar un vacío absoluto en alguna parte de mi organismo.

Comía y comía pero no lo llenaba, ergo no era en el estómago.

Respiraba fuerte y hondo pero nada: obvio, la cosa no era en los pulmones.

Leí mucho, todo lo que cayó en mis manos, hasta El Capital; pero el vacío persistió, como un móvil perpetuo. Tampoco estaba en mi cabeza, o eso pensaba.

Entonces, un atípico día de invierno, mientras paseaba por el malecón, vi el anuncio.

No era neón ni tampoco incluía niños, pero sí dioses.

Era un anuncio idílico, expectorante, genial.

Si está hastiado del vacío posmodernista o del exceso de materialismo, fabrique aquí sus propios dioses.

Me recordó un libro de Asimov. Y allí mismo comencé a vislumbrar donde estaba mi vacío de ateo secular: no creía en ni cojones. Era la esencia misma de mi irreductible descreimiento la que me tornaba tan infeliz.

Me preguntaba para qué coño estaba en este mundo que no fuera para pasar mil y un trabajos por cada instante que valiera la pena. Y todo para que al final mi ser se fuera a ninguna parte, to nowhere, a disolverse en la nada hemingwayana.

Cierta vez leí que la humanidad era algo así como el cerebro que había creado el universo para conocerse a sí mismo. Muy poético, pero el papel de efímera neurona tampoco me complacía y continuaba sin verle la punta a todo el asunto de la muerte.

Como dije antes, yo ya no creía en nada, pero fui víctima de un impulso súbito, una corazonada o qué sé yo: entré.

La vieja me aferró con una sonrisa protésica. Era una mezcla de astróloga maya con sacerdotisa de Yemayá.

—Por aquí mijo, todo es automático. Muuuuy fácil —me dijo y, como no había confusión posible, la seguí.

Abrió una cortinilla circular parecida a esas donde desaparecen las bellas ayudantes de circo y me sentó frente a lo que parecía una mismísima Pentium 15.

—Haga clic en el icono, ya verá como lo puede hacer solito. Pago al final solo si el servicio lo satisface.

Cerré la puerta y me senté, temiendo que llegara Mandrake.

Hice clic en un icono fálico.

BIENVENIDO A DIOSES A LA CARTA

RESPONDA CADA PREGUNTA PINCHANDO LA RESPUESTA DE SU ELECCIÓN

Pregunta 1. Le gustaría una religión:

A. monoteísta B. politeísta

¿Monoteístas? Jehová, Alá, Dios padre madre y espíritu santo. Nada que ver, demasiado aburridas.

Para divertida la grecorromana con toda esa caterva de dioses pegándose los tarros los unos a los otros y seduciendo a bellas o bellos mortales.

Ni hablar.

Pinché el B.

Pregunta 1b. ¿Cuántos dioses le gustarían?

En esta pregunta me daban más opciones, pues era posible marcar cualquier número entre el uno y el treinta. Había incluso una opción de más de treinta dioses. Mmm, tampoco hay que exagerar, luego va a ser un dolor de huevos aprenderse los nombres y la historia de todos.

Pinché el diez.

Pregunta 2 ¿Dónde le gustaría adorarlos?

A. En templos B. En la naturaleza C. Dentro de su casa

Los templos son muy opresivos. Tanta solemnidad y la musiquita esa de los órganos debe dar tremendo sueño —pensé.

Pero tampoco me hace gracia que se me empiece a colar la gente en mi casa para formar esos quilombos religiosos donde aúllan y se atracan de toda sarta de bazofias repulsivas.

De manera que marqué la B. Eso me sonaba a druidas y dioses paganos.

Pregunta 3. Prefiere dioses

A. Guerreros B. Pacíficos

Marqué el B, un poco de acción no estaría mal, pero sin exagerar que yo ni me acordaba de lo que era tirar un piñazo. Todavía a cada rato me movilizaban por la reserva, pero a lo cierto es que a los tres días ya se me olvidaba toda la teoría que se empeñaban en enseñarme para matar más eficientemente a mis semejantes.

Pregunta 4. Prefiere dioses

A. Sibaritas B. Beatos

Por razones obvias pinché el A.

Pregunta 5. ¿Qué tipo de adoración preferiría brindar a sus dioses?

A. Rezos y plegarias B. Bacanales y orgías

C. Sacrificios animales D. Sacrificios humanos

Pero ¡qué clase de pregunta! la B to’ el tiempo.

Pregunta 7. ¿Qué le gustaría para después de la muerte?

A. Vida eterna de paz como recompensa por su buena conduc­ta

B. Reencarnación en otra persona y animal

C. Una eternidad de tormento por una vida pecaminosa

D. Disfrute eterno del paraíso por servir fielmente a la causa de su(s) Dios(es)

Esta sí que es un chícharo, a ver, si tomo la C vacilo la vida y luego me la hacen pagar por toda la eternidad, mmm problemático. Si elijo la A, me paso la vida machuca’o para luego meterme la eternidad comiendo mierda entre angelitos y serafines, como en el cielo cristiano, ni hablar. La B, por otra parte, me da espanto, eso de ser cualquier animal no me hace ninguna gracia, ya me imagino de mosca: todo el tiempo revoloteando entre la mierda. Creo que me voy por la D. Esa me suena a islam y la historia de ve y muérete feliz por Alá, pero la verdad es que es preferible a las demás.

Clic.

Todo desapareció a mi alrededor y quedé envuelto en una neblina. No era capaz de verme ni la punta de la nariz. Pasó un tiempo incalculable donde no estuve ni dormido ni en vigilia; no me pregunten cómo coño estaba porque no lo sé, como tampoco sé si duró un minuto o una eternidad.

Cuando recuperé el control de mis sentidos estaba en un cal­vero en el medio de la jungla. Vestía una túnica color salmón y, a mi alrededor, una multitud de figuras desnudas con genitales multicolores interpretaban una lasciva danza ritual.

Una veintena de parejas y tríos copulaban apasionadamente.

Una muchacha de pelo largo y mirada dulce se me acercó. Sostenía entre sus manos una vasija de barro. Me dio un largo trago de una bebida cuyo sabor evocaba al ajenjo.

Tuve una erección inmediata.

Por puro instinto, mi mano derecha intentó moverse con afán onanista, pero algo lo impedía.

En mi espalda sentí las duras formas de un poste de madera y me percaté de que estaba atado a él. Era yo el centro de aquel espectáculo sicalíptico.

Sin embargo, en lugar de preocuparme el hecho, por primera vez en mi vida me sentí rebosante de fe.

Casi lloré de devoción cuando una de las danzantes procedió a extraer la simiente de mi cuerpo para abonar la tierra consagrada a Matrix-Aya, diosa de la fecundidad y la abundancia.

Tampoco sentí la menor preocupación cuando, acto seguido, una figura masculina me desató del poste y procedió a sembrar en mi cuerpo su semilla, ni cuando miré hacia atrás, algo adolorido pero exultante de fe, y divisé un grupo de acólitos de ambos sexos que esperaban su turno para consumar el sagrado rito de la posesión carnal del nuevo iniciado.

No puedo decir que era un novato en cuestiones sexuales. Había hecho lo mío. Pero esto era diferente. Aunque una escena de este tipo pudiera parecer una cuestión de la más pura lujuria, les aseguro que no era ese el caso. Había amor en cada uno de aquellos actos. Un amor generoso desprovisto del lastre del egoísmo y la vanidad. Como se supone que se ama a los dioses o como estos deben amar a sus creaciones.

En uno de los momentos culminantes de la jornada presenciamos un milagro: Matrix-Aya hizo brotar una ceiba en el centro del clavero. Un pequeño arbusto que creció ante nuestros ojos, primero con la timidez de un recién nacido y luego con la acelerada desfachatez de un adolescente, hasta convertirse en un gigan­te que nos cobijó a todos bajo su sombra.

Cuando terminó y regresé a la irrealidad ¿o era la realidad? todo había cambiado para mí.

Uno de mis nuevos compañeros me llevó de vuelta a “Sus propios Dioses”. Entramos en La Habana por un camino que no había conocido antes. Era mi misma ciudad pero al mismo tiempo diferente. Como la realidad mutada de los sueños. La vieja se abanicaba en una mecedora de mimbre. Me dedicó una mirada cargada de empatía.

—¿Dime mijo, vale o no la pena?

—¿Cuándo puedo volver? —fue toda mi respuesta.

—Si pagas la tarifa completa ya no tendrías que volver —con­testó—. Y tu vida habrá cambiado para siempre.

Pagué gustoso la suma exigida e indagué sobre el tipo de tecnología que usaban para crear esa realidad virtual o lo que fuera. La mujer negó con la cabeza, sonriendo:

—Acabas de pagar por tu fe —me dijo—, disfrútala y no la enturbies tratando de razonarla.

¡Y qué coño!, tenía toda la razón.

Regresé a mi casa, que estaba más o menos en el mismo lugar en que la recordaba. Durante un tiempo continué trabajando en el mismo trabajo y asistiendo con frecuencia a las siempre reno­vadas ceremonias del culto. Ya nunca tuvieron la inigualable intensidad de aquella primera, pero igual se disfrutaban.

Y los dioses se turnaban para regalarnos milagros dos veces al año, por aquello de que no hay nada como un buen milagro para sostener la fe.

Lo más extraño es que la gente de mi entorno asumió mis nuevas creencias como algo propio. Tal parece que así hubiese sido toda la vida. Yo mismo tenía solo instantes de lucidez, cada vez más esporádicos, en los que recordaba pasajes de mi oscuro estado anterior. Por eso escribo esto; para no olvidar por comple­to la persona que fui hasta hace muy poco.

Pero lo cierto es que el vacío misterioso había desaparecido. En su lugar quedó implantada una fe inquebrantable, mística. No sé bien cómo lo lograron pero es real, palpable, y en ella radica la esencia de mi dicha actual. Primero sospeché que todo era una realidad virtual. Pero no hay tecnología que conozca capaz de imbuirte en un mundo virtual tan vívido como este. Y por el tiempo tan prolongado, además.

Luego pensé que me habían lanzado a un universo paralelo, pero también deseché la idea: tampoco era lógico que me enviarán a un mundo diseñado a mi medida.

Mientras más pensé en el asunto, más me trastorné con un sinnúmero de soluciones imposibles o improbables. Al final terminé por hacer caso a la vieja. Si vivía en un universo virtual o había sido secuestrado en una realidad paralela, no lo sabía, pero tampoco debía importarme. Ya estaba preparado para morir contento por mis dioses y me estaría esperando una vida sin límites de gozos en el más allá. Ni siquiera me asustaba que un buen día alguien pusiera en mis manos un cinturón de explosivos y me ordenara la inmolación contra la embajada yanqui o la sede del gobierno.

Lo haría sin pensarlo dos veces.

Es probable que algunos de los que lean esto piensen que me engañaba a mí mismo.

And so what?

Si yo era feliz, o al menos eso creía.

Así todo andaba sobre ruedas hasta que una típica tarde de verano, mientras paseaba por el malecón, vi otro anuncio.

Era vibrante y descongestionante, como un chuchazo de la 220.

Si usted quiere abrir los ojos y escapar de la enajenante irrealidad en que vive, no deje que le sigan inventando su mundo: descubra aquí la única verdad: la de la ciencia.

Ya dije que mi fe era absoluta e inquebrantable: continué andando.

Pero recién me doy cuenta de que hay algo en mí que está cambiando: un extraño desasosiego ha comenzado a invadirme otra vez.

A menudo, mis pasos me llevan hacia esa misma calle. Contemplo el cartel y titubeo.

Y una voz interior me dice que un buen día terminaré por entrar allí.

Después de todo ya lo dijo el viejo John: La felicidad, amigos, no es más que una pistola caliente.
 

Tomado de El martillo y la hoz y otros cuentos. Varios autores. Isliada Editores, 2011. 


Carlos Antonio Duarte Cano: Narrador. La Habana, 1962. Doctor en Ciencias Biológicas. Premio en el Primer Concurso Internacional Sinergia con Realidades alteradas, 2008. Un relato suyo fue seleccionado para Fabricantes de sueños, 2008, de la AECFT. Primer Premio del Concurso de CF de la revista Juventud Técnica, 2008. Mención Especial en el Concurso Luis Rogelio Nogueras de Ciencia Ficción, 2010. Finalista en el III Certamen Internacional de Poesía Fantástica miNatura 2011. Es uno de los fundadores del Taller de Literatura Fantástica Espacio Abierto y uno de los editores de la revista digital Korad. Cuentos suyos han aparecido en antologías de Argentina y Cuba, en diferentes ezines.

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.