La Habana. Año XI.
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de 2012

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Bailar lo cubano: 90 años de Ramiro Guerra

Norge Espinosa • La Habana

Foto: Víctor Junco (La Jiribilla)

Desde la altura de su apartamento, casi al final del López Serrano, Ramiro Guerra divisa cada día una espléndida vista de La Habana. La mira como quien sabe que esa ciudad le reclama despertar, no para creerse dios o persona tocada por la gracia que, desde esa perspectiva, no necesite hacerse más preguntas. La mira, desde ese apartamento al que maltratan temporales y ciclones, para recomponer el paisaje donde él, terco y tenaz, nos enseñó a bailar lo cubano. En cubano y para lo cubano, lo cual es, por supuesto, un modo enteramente universal de acercarnos al espejo inquieto que es la danza.

Las manías del destino son siempre extrañas, y nada pudo hacer sospechar a la familia del joven Pedro Ramiro Guerra Suárez que sus estudios de Derecho acabarían torciéndose hacia la danza. Casi disfrazado, intervino en alguna representación del género durante sus años de estudiante, pero la suerte estaba echada y poco después no necesitaría máscaras ni disimulos para abrazar a la danza como fe de vida. El cruce con una maestra tan radical como Nina Verchinina, su aprendizaje con ella y el viaje a Brasil como uno de sus acompañantes; el periplo hacia Nueva York y el encuentro allí con la técnica de Martha Graham, José Limón y otros líderes esenciales, moldearon el cuerpo y la mente de Ramiro, afanado en imaginar una Cuba que no solo rindiera tributo al ballet, como ya habían ido demostrando los empeños de Alicia, Fernando y Alberto Alonso; sino también a la raíz de una idiosincrasia que pudiera entenderse desde la modernidad más ambiciosa. Los bailarines de Katherine Dunham, con su espléndido acercamiento al movimiento inspirado en las fuentes negras de la cultura norteamericana, le recordaron de golpe lo que en su propio país lo esperaba. A la manera en que le sucedió a Lydia Cabrera y tantos artistas de su época, fuera de la Isla halló la clave que le hizo regresar, para imaginar aquí una senda desbrozada hacia la profundidad de sus identidades.

Bailó sobre poemas de Federico García Lorca (su cercanía a Andrés Castro y al teatro Las Máscaras, dirigido por ese nombre relevante en La Habana de los 50 le permitió coreografiar escenas de Yerma), sobre piezas de Erik Satie, en solitario o acompañado por unos cuantos delirantes a los que convocaba para alzar la utopía de una danza moderna en Cuba. Tuvo que enfrentarse a la falta de apoyo, a los recelos homofóbicos, a la sospecha de aquellos cuerpos no envueltos en gasas o tutús para alentar otros deseos más rebeldes. Colaboró con el Ballet Alicia Alonso en varios momentos, persistiendo hasta llegar a un 1959 en el que logra abrir las puertas del Departamento de Danza Moderna del Teatro Nacional de Cuba. La fundación del Conjunto sería un punto de giro no solo en su vida, sino en la cultura de la nación.

Mulato, Mambí, El milagro del Anaquillé, Suite yoruba, Medea y los negreros, Orfeo antillano, Chacona, Improntu galante son parte de una secuencia que parecía indetenible. La fuerza de Ramiro como coreógrafo, su capacidad rigurosa como formador y maestro, al frente de los 30 bailarines que escogió para dar la arrancada definitiva a la danza moderna en nuestra geografía, se multiplicaba y dilataba en nombres de colaboradores y fieles. Eduardo Rivero, Santiago Alfonso, Julio Matilla, Eduardo Arrocha, Irma Obermayer, Gerardo Lastra, Isidro Rolando son algo más que sus discípulos, son los depositarios de un hacer y un saber que aún alienta al ejercicio de la danza en Cuba no solo como goce, postal turística, cortejo o deleite, sino como una manera firme de expresar lo que somos, elevada a una categoría de verdadero golpe rotundo, como arte y no mero aderezo, como una fórmula negada a ser simple alquimia.

Cuando Maurice Béjart llega a La Habana y se encuentra al Conjunto en su esplendor, no puede hacer sino rendirse ante la plenitud de lo que encuentra. Las giras a Europa, ellas mismas dignas de un libro pletórico de anécdotas que se han vuelto legendarias, son la confirmación del hombre que es Ramiro Guerra ante su ejército de bailarinas y bailarines, rostros de una Isla donde la danza era también Revolución.

Los años 70 fueron oscuros también para él. Los atrevimientos de su anunciado Decálogo del Apocalipsis le impidieron el estreno oficial, y el disgusto creado por la suspensión puso igualmente en “suspenso” el devenir de todo lo que se había logrado. Ramiro se aleja del Conjunto, sus piezas poco a poco irán desapareciendo de los repertorios. Para saber qué era Suite yoruba, clásico inicial de la danza moderna en Cuba y clave de la unión entre lo folclórico y lo contemporáneo, habría que acudir al documental que recoge escenas de su primera versión, Historia de un ballet. O confiar en que los bailarines de Elfrida Mahler, en Guantánamo, la repusieran hasta que lo permitió el tiempo de vida de esa maestra a la que Ramiro venera tanto. El silenciamiento y la distancia del salón de ensayos abren paso a la escritura, dejando que lo que fueran ensayos y artículos en revistas como Prometeo, se convirtieran en más volúmenes. Teatralización del folklore, Calibán danzante, Coordenadas danzarias, se unirán a Apreciación de la danza, editada en los 60, para demostrar que para Ramiro el cerebro del bailarín tiene que ser también un músculo, dispuesto a bailar desde el aprendizaje y el intelecto, sin lo cual un ejecutante de esta expresión no será nunca un artista verdadero.

Cuando las aguas recuperan su nivel, Ramiro Guerra se niega a volver a los salones de los cuales se le distanció. Encuentra en el equipo del Conjunto Folclórico Nacional un eco posible para sus investigaciones, y de ahí nacen nuevos espectáculos. Su diálogo entrañable con Fernando Alonso lo encamina a Camagüey, donde monta una versión de Los dos ruiseñores para el ballet de dicha ciudad. Siempre en movimiento, siempre polémico, supo percibir lo mejor de la danza teatro, de las tendencias más vanguardistas, supo reconocer en figuras como Marianela Boán y Rosario Cárdenas a seguidoras de lo que él mismo sembró. Escribiendo, ensañando, impulsando talentos, discutiendo y bronqueando como solo él sabe hacerlo, ha hecho que sus amigos sepamos que tras esa serie de actitudes palpita un hombre que nunca ha vestido togas doctorales para ejercer su magisterio: un magisterio de vida, nunca de simple pose o arrogancia, que hoy, a sus 90 años, desmiente cualquier síntoma de senilidad en su firmeza de talento y de carácter. En 1989, cuando estrena De la memoria fragmentada, organiza un collage que repasa su trayectoria. Sin asomo de nostalgia o autoconmiseración. Ver La Habana desde cierta altura nos permite evitar esos gestos patéticos, como quien mira a la ciudad en su vida, y viceversa.

No todos los días puede rendirse tributo a un fundador. En la celebración de su cumpleaños, Ramiro Guerra estuvo rodeado de sus fieles, sus alumnos, de los alumnos de sus alumnos, en una línea que se prolonga hacia el futuro. Sentado cerca de Fernando Alonso, dueño de unos 97 años también desmentidos por su elegancia y seguridad, ambos son exactamente eso: fundadores a los que deberíamos saludar con más frecuencia, y agradecer a ambos el color y el calor que somos, la intensidad que somos, gracias a los delirios que alguna vez emprendieron personas como ellos. Una Isla fundada en el sueño que tantos tildaron de imposible. Una Isla que baila porque algunos la ensoñaron en esa calidad distinta de expresar nuestro secreto. Una Isla que se llama hoy Ramiro Guerra. Y que se mira a sí misma, cada mañana, desde la ventana del mundo, para entenderse como ritmo, vibración y biografía por habitar.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.