La Habana. Año XI.
30 de JUNIO al 6 de JULIO
de 2012

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Socialismo y tecnología
Santiago Alba • Túnez

Hay dos ilusiones peligrosas que tanto en la derecha, como en la izquierda, dominan el análisis político de la tecnología y muy particularmente de las nuevas tecnologías integradas en la red. La primera es la de la neutralidad de los formatos y las funciones. La segunda la del paralelismo entre progreso tecnológico y emancipación social. Esta última viene siendo firmemente cuestionada desde hace unos años a partir de un discurso ecológico riguroso que demuestra —registrando evidencias materiales ya indisimulables— que las fuerzas productivas, con independencia del sistema del que surgen, son también fuerzas destructivas, de manera que tenemos que aceptar, como sugería el filósofo Manuel Sacristán en los años 70, que hay artefactos tecnológicos en sí mismos no-comunistas. Sacristán hablaba concretamente del automóvil, pero más radical aún es el ejemplo de la bomba atómica, de la cual nadie puede imaginar, sin un quebranto lógico irreparable, un uso emancipador o socialista.

En cuanto a la presunta neutralidad de la tecnología, la provocativa reflexión de Sacristán obliga a repensar la cuestión a partir más bien del concepto de “autonomía”. La autonomía de los artefactos tecnológicos, en general, implica la aceptación de dos presupuestos: 1, el de que los objetos tecnológicos son relativamente independientes del modo de producción y no son, por lo tanto, puramente reproductivos, ni desde el punto de vista ideológico ni desde el económico, y 2, el de que, en todo caso, es el objeto tecnológico mismo el que, más allá de su contexto social, impone un determinado uso del mismo, una determinada recepción mental y un determinado horizonte de cambio. Si pensamos, por ejemplo, en la imprenta, chinos y coreanos habían inventado los tipos móviles 400 años antes que Guttemberg, pero los usaron raramente o solo como juguete; se podía, pues, inventar la imprenta “en cualquier momento”, pero eran necesarias concretas condiciones económico-sociales para justificar y extender su uso. Al mismo tiempo, la imprenta, que se convirtió en un poderoso instrumento democratizador, sirvió también o sobre todo para universalizar la religión (y excluir cada vez más al sector no letrado de la población), pero generalizó en todo caso un modelo de percepción, el “paradigma letrado”, vinculado a la narración, la sucesión y la “objetividad”, condiciones de la racionalidad ilustrada y occidental.

Lo que de algún modo producen todos los objetos tecnológicos es a sus usuarios. Si aceptamos que estamos pasando muy deprisa —en el curso de una generación— del paradigma letrado, aún no agotado en sus potencialidades, a un paradigma posletrado, es importante explorar las consecuencias de este pasaje. Es difícil porque formamos parte de él y porque el análisis mismo se hace desde una posición anfibia, con medio cuerpo en las letras y medio cuerpo en los dígitos. No sabemos aún qué son exactamente las nuevas tecnologías ni qué nueva mente están engendrando. No sabemos si Internet es una técnica como la escritura, una herramienta como la imprenta, un nuevo continente como América o un órgano como nuestro riñón derecho. Probablemente es todo eso al mismo tiempo. Lo que sí podemos decir es que nos introduce —nos está introduciendo ya— en una condición posletrada; en una condición en la que lo decisivo, como nuevo marco de percepción, no es ya la letra pública ni, como a menudo se cree, el “dígito” oculto sino “la pantalla” encendida. La expresión no es elegante, pero a la espera de forjar una mejor podríamos hablar de “condición pantállica”.

El papel está condenado a desaparecer no porque sea ecológicamente insostenible o caro, sino porque está muerto: recibe la luz de nuestros ojos y exige, por lo tanto, una atención intensa y disciplinada. Por eso, la filosofía está orgánicamente atada a la madera y no sobrevivirá a su muerte. En su lugar, la pantalla está viva; emite su propia luz y, si resulta por ello más atractiva, demanda una atención mucho más débil y superficial; una atención dispersa, fugitiva, vaporizada, si se quiere, en la simultaneidad de las muchas pantallas abiertas al mismo tiempo ante nuestros ojos. Ningún cerebro finito estará jamás a la altura de la infinita potencia tecnológica de la red; ninguna razón finita podrá encontrar ahí la linealidad y sucesión que le proporcionan la frase y la hoja de papel —que solo se puede pasar “despacio”.

Nunca fuimos realmente letrados; nunca llegamos a ser letrados, y ya no podremos serlo. La población mundial está cada vez más dividida entre analfabetos y posletrados. La franja propiamente letrada se encoge cada vez más y con ella todas las posibilidades entrevistas hace cuatro mil años y nunca desplegadas por completo. ¿También el socialismo? Frente al entusiasmo acrítico de tantos internautas, la izquierda debe atreverse quizá a reconocer que también tecnológicamente está perdiendo la partida. Enseñar a leer ya no sirve. Y es a partir de este hecho desnudo —la condición posletrada y tal vez poshumana de la historia— que debe replantearse todas sus estrategias.

Con ese nuevo medio —simbolizado enigmáticamente en la metáfora de la “red”— tenemos que mirar y abordar el mundo. Como técnica, la informática es en realidad mucho más complicada que la escritura. Aprender a leer es muy difícil, pero una vez descifradas las letras, uno se convierte en un escritor potencialmente activo: leer y escribir son dos operaciones inseparables. ¿Cuántas personas saben confeccionar, descifrar y modificar un programa informático? Todos podemos navegar por Internet, como todos podemos disfrutar de una interpretación al piano; pero son muy pocos los que verdaderamente gestionan el tejido digital, como son muy pocos los que saben tocar un instrumento musical.

Como continente, la red no es un territorio liberado, sino un territorio aún por liberar en el que las relaciones de fuerzas —izquierda/derecha, socialismo/capitalismo— son muy parecidas a las que dominan en el mundo. En ese marco fluido y metastásico, nuestros medios son mucho menos numerosos y se reproducen mucho más despacio que la totalidad radial del magma audiovisual que conforma la subjetividad del usuario, construida en la inmediatez sincrónica del consumo y la renovación mercantil.

Como órgano, entraña —en las entrañas— la tiranía biológica de todos los órganos. Podemos renunciar a usar el martillo si no tenemos que clavar clavos, pero no podemos renunciar a usar nuestro riñón derecho o nuestro hígado. Nuestro ordenador conectado a la red es, en realidad, la dependencia orgánica de un cuerpo conectado a un gran riñón exterior que sigue vivo mientras nosotros dormimos o mientras cocinamos —tiempo residual inútil— y del que solo podemos emanciparnos, cada vez que lo hacemos, mediante una enorme violencia. Hay que aceptar que frente a un martillo somos mucho más libres que frente a la pantalla del ordenador.

Lo mismo pasa con la televisión: apagarla exige el coraje atroz de practicar la eutanasia a un pariente o, peor, a uno mismo. Pero la televisión está dejando también paso, muy deprisa, a este formato pantállico integrado, multifuncional, que se ajusta e impone un nuevo tipo de poder y un nuevo tipo de resistencia. La televisión se correspondía a un tipo de poder centralizado, de autoridad oral fiduciaria, en el que la saturación de visibilidad desprendía una personalidad estable y carismática: no en vano la televisión fue inventada por el nazismo y su uso está muy limitado a la propaganda o —lo que es lo mismo— la publicidad. Las nuevas tecnologías, en cambio, producen un nuevo tipo de autoridad rapsódica y fluida, tan deslocalizada como las nuevas fábricas, tan zigzagueante como los mercados financieros, y producen también un nuevo sujeto resistente, joven, transfronterizo y volátil, cuya expresión política, con su fuerza explosiva y sus límites, podemos localizar en las revueltas árabes y en el movimiento indignado del 15-M.

De este nuevo paradigma no se puede escapar, pero no es en sí mismo emancipatorio; hemos de luchar desde él, pero conociendo qué conductas y qué percepciones nos impone su “autonomía” pregnante. Sería absurdo no tratar de comprender quiénes somos y dónde nos movemos cuando tratamos de cambiar el mundo desde un medio —con un medio— del que nuestra mirada y nuestros dedos son de algún modo un producto. Con el producto que somos, tenemos que producir un nuevo mundo. La pregunta es: ¿podrá ser socialista? La cuestión es saber si el obstáculo es solo económico o también tecnológico...

 
 
 
 
 

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