La Habana. Año XI.
30 de JUNIO al 6 de JULIO
de 2012

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Natalia Bolívar: Sangre rebelde

Helen Hernández • La Habana

Fotos: Cortesía de Natalia Bolívar y La Jiribilla

Sobre el cuello blanco luce un lote de collares entrejuntos que le otorga cierto aire místico. Pareciera que de tantos le herrarán la postura pero al contrario la yerguen, porque mira profundo a los ojos, como si oteara el alma. Cada una de esas cuentas alberga un secreto, protege, rinde culto a lo sagrado. En ellas se guardan los tránsitos sucesivos de Natalia Bolívar, una mujer que ha tomado las armas, la tradición y la escritura como constantes de vida.
 

El ambiente de su hogar descubre sus pasiones. En las paredes están Servando, Mariano, Choco… La terraza tupida de plantas y pájaros que acompañan cada minuto del diálogo, y, si nos fijamos, es posible descubrir las leyendas de los orishas en los carteles, objetos y cuadros que habitan por todas partes. En la biblioteca, tiene una foto de su maestra Lydia Cabrera, regalo de ella misma en uno de sus viajes a Miami. Pero lo más interesante ha de ser lo que la vista no vislumbra. Natalia guarda con celo cientos de papeles, cartas y documentos sobre la historia de sus antepasados, la suya propia y los múltiples estudios realizados sobre las religiones afrocubanas.  

Todavía habita el barrio de Miramar, donde nació en 1934 cuando aquella zona se podía recorrer a caballo. La familia era una de las más prestigiosas de la burguesía habanera, sobre todo el ala materna, de los Aróstegui y González de Mendoza. Estudió en escuelas de monjas, mas creció escuchando las historias de la mitología africana con que la dormía su nana y de ahí le salió el interés por conocer más de esas religiones.

Por mucho tiempo asesoró a cineastas y teatristas sobre estos temas, hasta que se dedicó a perpetuar sus hallazgos en estudios como Los orishas en Cuba, ¿Sincretismo religioso? Santa Bárbara/ Changó, Mitos y leyendas de la comida afrocubana, OpolopoOwó: los sistemas adivinatorios de la Regla de Ocha, Los perros y los Orishas, Ifá: su historia en Cuba, entre otros. Es hoy una de las principales conocedoras de la cultura afrocubana en el mundo, pero no duda en plasmar que aún queda mucho por develar de esta zona imprescindible de la idiosincrasia cubana.

Tras el triunfo de la Revolución es la primera directora del Museo Nacional de Bellas Artes, en el que había trabajado junto a Lydia Cabrera desde 1954, y ayudó también a fundar el Museo Napoleónico y el Museo Numismático del Banco Nacional de Cuba.

La conversación fluye por sus propios caminos, con la consecuente admiración que provoca estar frente a quien ha puesto en riesgo su vida por una causa justa, como sucedió en los tiempos en que Natalia era parte del grupo de acción y sabotaje del Directorio Revolucionario en lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista. Estuvo presa, fue golpeada, pasó a la clandestinidad y fue una de las atacantes de la 5ta. estación en La Habana. La policía la tenía fichada como la Bruja, por los collares, pero prefiero asociar el sobrenombre con aquellas intrépidas mujeres que desafiaron el dogma ante los inquisidores, quienes también les tildaron de brujas por temor a su osadía. Aún se le siente el orgullo cuando se llama del Directorio, del que se sigue sintiendo parte. En sus anécdotas revive a cada uno de sus compañeros, perdidos en tiempos de guerra o después, pero se nota la hermandad que sellan las ideas y el peligro.

Quienes sepan de espíritus, pensarán que porta legados muy hondos, por los que tal vez no sería apropiado indagar. Lo cierto es que la burguesita correcta que estuvo llamada a ser, prefirió transformarse en una personalidad irreverente y sugestiva, que contradice todos los posibles estereotipos y bajo la piel nevada, deja fluir el fuego de África.

Su familia desciende de la misma del Libertador. ¿Vendrá en el ADN la rebeldía?

La rebeldía la hemos heredado tanto por parte de mi padre, como de mi madre. Pedro de Bolívar y Aguirre, tío paterno de Simón Bolívar, fue un joven teniente de procedencia vasca que se estableció en Santiago de Cuba desde Caracas. Algunos venezolanos llegaban a Cuba para casarse con muchachas de buena familia y este tataratataratío se casó aquí en el siglo XVIII, enviudó y luego se volvió a casar con una prima. Tenemos tres Bolívares en el apellido por parte de padre, por eso mi padre se llama Arturo Bolívar y Bolívar Espinache y Bolívar. Una línea del apellido se estableció en Santiago, que es la nuestra, y otra en La Habana.

Parte de la familia estaba formada por grandes propietarios, pero muchos combatieron en las Guerras de Independencia y llegaron a alcanzar grados militares. Uno de ellos llegó a ser lugarteniente de Antonio Maceo y murió con 18 años como parte de su escolta. Mi padre, que era teniente, estuvo en los sucesos del Nacional y cayó preso cuando se alzaron los militares de carrera contra los sargentos, porque los militares de carrera eran los que defendían la constitución de Cuba.

Pero los Aróstegui y González de Mendoza también fueron muy combativos, incluso las mujeres, como Aurelia Castillo González, una gran escritora camagüeyana. Ella tuvo un amor con Ignacio Agramonte, pero como Amalia Simoni era su íntima amiga se quitó del camino y se casó con un alto oficial de los españoles, al cual le exigió que no podía luchar contra los cubanos. Aunque malamente se conocen su poesía y su prosa, ella estuvo tres veces deportada, varias de ellas con su marido, y fue una gran pensadora. Las cartas que le escribió a su padre son una belleza de interpretación y amor hacia la patria.

La familia de mi madre era de la gran aristocracia cubana y estaba dividida desde tiempos de Machado en los que estaban a favor del gobierno y los que luchaban por tumbarlo. Ignacio González de Mendoza, por ejemplo, puso la bomba de 5ta. Avenida. Otros militaron contra Batista en Resistencia Cívica, que llevaba Faustino Pérez.

Tuve la suerte de nacer en una familia muy unida, en que todos éramos para todos. Si algo pasaba en mi casa se reunían todos los allegados, los primos, para resolver los problemas. El recuerdo que tengo de mi vida familiar es muy bello. Por tradición nos hemos reunido siempre cada cinco años y la suma desde entonces es entre tres mil y cinco mil personas en esas fiestas, que todavía se realizan en Miami.

Ha afirmado varias veces que su vida es antes y después de José Luis Wangüemert, quien la vinculó al Directorio Revolucionario. ¿Cómo se conocieron?

Siempre me interesé por el arte. Estudié en San Alejandro y luego tomé cuanto curso apareciera, varios de ellos en Nueva York. Con esa base le pedí a Octavio Montoro, primo nuestro, que me dejara participar en la construcción del Museo de Bellas Artes, porque aspiraba a quedarme ahí como guía. Él era el presidente del Patronato y tenía los contactos, porque los museos antes se hacían con préstamos de las colecciones privadas, por ejemplo, de Julio Lobo, los Gómez Mena, Lagunilla, etc. Cuando se abre el Museo, entra en contacto con el Instituto Nacional de Cultura donde trabajaba Wangüemert y por eso nos conocimos. Como era una mujer muy linda le gusté y él también a mí, así que hicimos una amistad muy sólida, aunque en secreto porque él era mayor que yo y casado.

Nuestra unión fue muy fuerte, porque empezamos a salir, a tomar traguitos, etc., y él, que venía con tradición de lucha desde los años 40, me empieza a probar si era batistiana. Yo odiaba a Batista por lo que había pasado mi padre en el Nacional y cuando le empecé a hablar mal de él, enseguida me propuso ayudarlo en el Directorio y comencé a hacer todo lo que me pedía. Es más o menos en el 55 que me involucro con el grupo del Directorio de una forma muy cercana. Era la niña de sociedad que tenía contactos con los embajadores, porque la gente respetaba mucho los Aróstegui y a los González de Mendoza como una de las grandes familias cubanas. Con esos respetos me utilizaban para alquilar casas, trasladar dinero y armas.

Un grupo de municiones del Directorio se escondieron en la base del Monumento a Martí porque Estopiñán, el escultor que trabajó con Sicre para esta escultura, se integró al Directorio por mí y nos guardó allí las armas. También las amigas con las que salía a las grandes fiestas de sociedad usaban sus máquinas para buscar las latas de comida para los presos políticos. A eso también contribuyeron los pintores cubanos: Lam, Mariano, Portocarrero, algunas veces Martínez Pedro, quienes nos daban pinturas o dibujos originales al mes, que nosotros rifábamos y con eso pagábamos la comida de los presos. También conseguíamos el pasaje de los exiliados, el dinero de bolsillo para que se fueran, los contactos, y para la Sierra y el Escambray medicinas, ropas, uniformes, en fin, lo que se necesitara. Una muchacha de sociedad, amiga mía, era cercana de un alto jerarca militar y nos enterábamos por ella de todos los movimientos hacia Oriente y Santa Clara, así que los nuestros estaban prevenidos.

¿Y cómo recibió una familia como la suya su vinculación a las actividades del Directorio Revolucionario?

Tuve que hacer una doble vida. Antes había chaperones y en mi caso era mi madre. En la familia siempre ha habido lo que le llamamos la oveja negra y yo era la de mi generación. Mi padre quedó cesante después del Machadato y éramos tres hermanos, así que mi madre, quien nunca había trabajado en la calle, se empleó en el Ministerio de Sanidad llenando a mano los cheques de todos los trabajadores hasta que él pudiera conseguir algo. Después heredamos una Finca en San José de las Lajas y él empezó a trabajarla con la ayuda de sus hermanos, todos ganaderos y propietarios de tierra y café.

Pero cuando caí presa, mi madre se deprimió mucho y pidió la baja del trabajo. De todos modos la iban a botar, porque el expediente mío era muy largo. Después del Triunfo de la Revolución pude reunirme con la familia, pero había estado más de seis meses clandestina, viviendo entre hombres, y eso fue un escape al yugo familiar. Tenía que mandarles las cartas a través de la Sierra y El Escambray, para que la policía no supiera dónde estaba.

¿Eran pocas las mujeres del Directorio?

No, había mujeres, lo que desgraciadamente el machismo todavía nos pesa sobre los hombros y no querían meternos en todos los movimientos. Pero aquí no hubiera existido un 13 de marzo tan seguro para la gente escondida si no estuviera Meri Pumpido, una mujer de una valentía tremenda, que llevó todas las casas importantes para los movimientos de armas y las de los atacantes a Palacio. También Marta Jiménez, la viuda de Fructuoso Rodríguez, trabajó en esa acción.

Muchas de las que pertenecimos al Directorio también fuimos de Mujeres Oposicionistas Unidas, una organización que funda la Doctora Marta Freire, del Partido Ortodoxo. La idea era integrar a las mujeres de todas las fracciones. Lo mismo socialistas, auténticas, de Resistencia Cívica, del Directorio o amas de casa. Integré a mujeres de la aristocracia cubana a trabajar con nosotras, a llevarnos a las prisiones, a esconder gente, a ayudarme a exiliar a los compañeros. Como era amiga de todos los embajadores por mi familia, me encargaba de coordinar el asilo político. Por lo general, ellos le pagaban el pasaje, unos días de estancia y algunos contactos, pero nosotros garantizábamos que se fueran con algo de dinero y que llegaran con gente segura.

¿Por qué cae presa?

Porque me “quemaron”. Fui parte del ejecutivo del Directorio y trabajaba con demasiada gente. Uno de ellos cayó preso y me denunció. Él solo había estado en la esquina de mi casa, pero llevó a la gente hasta la puerta y mi historial era largo. La policía me tenía a mí puesto el sobrenombre de la Bruja. Muchos de mis compañeros me decían “Bruja, consígueme un collar que me proteja”, pero les replicaba que lo mío era el estudio y nada más. Mi número de presa era el 24837 y mi imagen estaba en todos lados. Cuando mis compañeros bajaron del Escambray iban recogiendo todos los retratos de los amigos en las estaciones y entre ellos estaban los míos.

Uno de esos collares, regalo de un santero informante de Lydia Cabrera, fue el que me salvó, porque cuando me estaban dando una golpiza en la policía, uno de los jefes vio aquella protección y mandó a detener los golpes. Él era de esa misma religión y después de conversar conmigo sobre el tema, me dejaron libre y pasé a la clandestinidad.

¿Dónde estaba cuando triunfa la Revolución?

Mi gente era la de acción y sabotaje: Raúl Díaz Argüelles, Alberto Mora, Julio García Olivera, que temporalmente vivía en la casa que yo llevaba, Tavo Machín, que muere en la guerrilla del Che, entre otros. Nosotros atacamos la 5ta. estación de la policía en noviembre y fue muy complicada la persecución que se nos formó, así que Raulito y el Tavo decidieron irse para el Escambray. Como eran muy perseguidos, los acompañamos y a través de Conchita Fernández conseguimos llevárnoslos de rastreros. Yo iba detrás en una máquina llena de armas con el Franz, por si había algún problema.

De aquí a Santa Clara pararon como 15 veces, pero pudimos pasar los puestos de control y subimos hasta Guinea de Miranda. Cuando regresamos nos atacaron los militares de una forma tremenda, la suerte es que estábamos pegados a lugares muy boscosos y nos tiramos del carro. Franz Arango cogió su camino y yo el mío, pero cuando estaba arrastrándome por el monte perdí la cartera y los zapatos. Así llegué hasta la casa de un guajiro que estaba como a un kilómetro, sin saber si ese hombre me iba a entregar o no. Él me prestó unas alpargatas, me dio dinero y buscó un primo suyo que llevaba gente para La Habana. Tuve suerte y llegué a la casa que teníamos en Orfila, llena de armas porque estábamos preparando un atentado a Batista en la avenida 31. En los registros la policía creyó que era una casa abandonada porque la hierba del frente había crecido de mi tamaño y por eso nos salvamos, pero entonces triunfó la Revolución.

Sus inicios en los estudios de las religiones afrocubanas fueron como discípula de Lydia Cabrera…

Cuando empecé en Bellas Artes, todas las compañeras mías eran graduadas de Filosofía y Letras y yo era la menos preparada. Como cada una tenía que elegir una sala; ellas se tiraron al arte antiguo, la pintura inglesa, etc., y yo preferí Etnología, que estaba preparando Lydia Cabrera con dos de sus informantes más grandes: el Niño Santos Ramírez, de la Comparsa del Alacrán y Odilio Urfé, el músico. Mi mamá, que la conocía por ser la hija de Raimundo Cabrera, un amigo de la familia, habló con ella para integrarme a su sala. Aunque mis padres no tenían ese problema racista, de todas maneras veían esos temas como cosas de negros, y no les hacía mucha gracia que después de estudiar tanto su hija se dedicara a esto. Pero yo siempre andaba con todos los criados de la casa, que era lo que me gustaba.

En el Museo, me convertí en el perro faldero de Lydia. Es una de las mujeres más brillantes que he conocido en mi vida, porque con una educación y una cultura enormes nunca interpretó la religión en una forma académica, sino que respetaba cada grupo de tradición oral. Así empecé a verla, a oír sus opiniones, a tomar nota y a pedirle que me dejara dar mis conferencias en su sala. Desarrollar el tema negro en Cuba era casi imposible porque no había referencias más que de Fernando Ortiz y ella. Él es el científico y Lydia la tradición oral, y esas dos partes son indispensables para entender la trascendencia de la cultura negra en la identidad nacional y dentro de nuestra música, que es vital.

Wangüemert me ayudó en el asunto de los abakuás, porque la primera conferencia fue sobre la esclavitud, la otra de religión yoruba y la tercera de palo monte, que para mí fue muy fácil porque enseguida me rayé en todas las casas habidas y por haber de La Habana. Pero cuando tuve que hablar de los abakuás se complicó la cosa, porque Lydia no daba  información  y  aunque había  salido  El Monte, no se hablaba mucho de las sociedades secretas.

¿Y Wangüemert estaba jurado?

No. Él tenía muchos amigos garroteros que eran abakuá y me trasladó hasta Guanabacoa, a unos plantes que él conocía, para que ellos me explicaran el meollo de los abakuás, que es muy difícil. Cuando le llevé el trabajo que hice a Lydia, ella me preguntó sorprendida de dónde había sacado la información porque pensó que iba a tener que preguntarle, pero le respondí que tenía mis fuentes secretas.

También ese tema me servía como tape a mis actividades en el Directorio, porque le decía a mi madre que estaba con un informante de Lydia en tal lugar, cuando en realidad estaba trasladando armas, o en cualquier otra cosa. Lo que ganaba en el Museo de lunes a lunes, alrededor de 150 pesos, lo usábamos en la lucha gracias a que no tenía que pagar casa ni luz ni comida ni nada.

Pero su primera fuente fue su Nana…

A ella le dedico todos mis libros. Se llamaba Isabel Cantero y le decíamos Chicha. Era de origen Congo y los cuentos de su tierra que me hacía para dormir, eran de horror y misterio. Mi mamá se ponía furiosa cuando la oía pero me encantaban. Ella se reunía con unas amigas a dos o tres cuadras de la casa y yo las acompañaba a sus sesiones espiritistas. Tenía más o menos diez años y, como era finalista en los exámenes, ella se sentaba en una comadrita a fumarse un tabaco enorme mojado en café y me lo daba. Yo fumaba y así no me daba sueño y podía estudiar.

Ella me dio mucho cariño, porque cuando naces en una casa estricta en la educación y además te educas en un Colegio de Monjas, te falta el cariño del beso, que nunca me dieron mis padres. Aunque me adoraban, siempre prefirieron a mi hermana que me llevaba cuatro años y era una mujer muy bonita, y a mi hermano, 11 meses mayor, porque era hombre.

Soy muy rebelde y eso en una casa tradicional es muy difícil. Empecé a tirar tiros a los diez o 12 años con un primo mío que era gánster y me enseñó a disparar y a quitar las espoletas de las granadas. Vivía fascinada con las armas que él me enseñaba.

Era una especie de rebeldía porque como era poco agraciada, me molestaba recibir los vestidos que a mi hermana no le gustaban, y desde muy niña comencé a hacer estampitas de la virgen para venderlas a un peso a mis amigas que tenían mucho dinero. También hacía postales, invitaciones para fiestas, y con ese dinero me compraba lo que quisiera. Decidí hacerme una personalidad. Me retaba constantemente, porque no creas que no pasé miedo cuando estuve en la clandestinidad o cuando me encontré con la policía dándome golpes, pero eran retos que yo misma me lanzaba. Lo que me daba miedo lo hacía porque quería superarme, aunque todavía no he podido con los rayos ni las cucarachas.

¿Cuáles son los principales aportes de África a nuestra espiritualidad?

Si tuviéramos que definir la cultura cubana creo que sería un 40 % de España y el resto de África, de lo afrocubano que ahora es cubano, porque después de cientos de años se trata de algo nacional. Tenemos toda esa tradición oral pura que se ha conservado gracias a la inteligencia y el hermetismo de los africanos, que conservaron sus raíces. Nada más expresaban sus religiones en los cabildos, los barracones, los palenques. Por eso, se habla diferente entre los paleros y los yorubas.

El negro tuvo la inteligencia de encontrar la manera de conservar sus creencias, en eso que llamamos sincretismo religioso, y equiparó los elementos de los santos católicos con los santos de su religión. De todo el enmascaramiento, el sincretismo y la riqueza que han dado estas religiones somos los cubanos. Casi toda nuestra música parte de células musicales africanas que después toman de lo afrocubano y lo cubano. Aquí hasta el que baila bolero mete la gestualidad africana que para mí es uno de los aportes fundamentales. Esa tradición ha influenciado las artes plásticas, la literatura, en fin, lo llevamos en la sangre, porque aquí no hay raza pura. Nuestro ADN está mezclado.

¿Y se conoce suficiente este legado?

El desconocimiento que existe sobre la religiosidad popular viene porque no quieren enseñarla en las escuelas. Si los niños aprenden sobre cultura griega romana, egipcia, ¿por qué no pueden saber sobre la nuestra? ¿Dónde están nuestras historias? Porque todas tienen una moraleja. ¿Por qué no damos esa cultura, que es un amor hacia la tierra, un respeto ecológico, hacia la naturaleza? No me explico la razón de esa asignatura pendiente a estas alturas.

¿Cuándo ha estado en África ha encontrado similitudes entre esas religiones y las que se practican aquí?

Estuve en Camerún, el país de los abakuás. Nosotros visitamos cuatro reinados, todos con un pueblo alrededor y las sociedades secretas vienen a ser los consejeros de esos reyes. Los abakuás de Nigeria se parecen más a los de aquí, pero ellos nacen junto al río Oddan. También estuve en Mali hace dos años en el lugar donde nacen las marionetas. Pasamos por el río Níger, por distintas tribus y etnias. África es en realidad una asignatura pendiente.

 

¿Por qué si estuvo estudiando estos temas desde los 50 su primer libro aparece en 1990?

Estos temas los seguí estudiando por mi cuenta y siempre me estaban llamando los directores de cine y de teatro para que los asesorara sobre cómo se vestían los orishas, cómo es el baile, qué comen, etc. Ayudé a varios cineastas como Titón y Manuel Octavio Gómez y, sobre todo, a Armando Suárez del Villar en Santa Camila de la Habana Vieja, Réquiem por Yarini y otras. Él y Begoña López me animaron a que escribiera ese libro. Yo nunca había pensado en escribir, pero con las mismas notas que los asesoraba a ellos fui dando un orden sobre cómo visten, cuál es la historia, qué hacen y así terminé Los Orishas en Cuba.

Ese libro es clave, porque abrió el camino no solo para mí, sino para todo el mundo, y me permitió renacer después de los problemas que tuve en el Museo Numismático. Se hizo en el año 86, pero se publicó en el 90. Paquita de Armas sacó antes, en El Caimán Barbudo, una primera parte del texto y creo que le costó muchos problemas. Después se lo entregué a Reynaldo González, que fue el editor en la UNEAC.

Ya en imprenta un día se paró la publicación, pero lo siguieron tirando de manera clandestina y lo vendían con las carátulas de las obras completas de Marx y de Lenin. Lo supe porque un padrino mío me invitó a almorzar en la Habana Vieja y en un momento en que nos quedamos solos con el hombre que atendía el bar, otro le trajo un cajón de libros por los que estaba pagando cien pesos cada uno. Mi padrino me acercó uno, me pidió que lo abriera y cuando me di cuenta casi me da un infarto masivo. Me lo llevé para la UNEAC prestado, porque no tenía los cien pesos para pagarlo. Entonces se formó el rollo, porque lo que sucede es que me acusaron de haber plagiado a Lydia Cabrera en una parte en que hablo de Ochún y Yemayá, tomada de su libro con una cita al final de la página. Una persona mandó al Comité Central la fotocopia del original que estaban editando en la UNEAC, pero cuando llamaron a Reynaldo él les pidió que miraran el pie de página al final del manuscrito para que vieran la referencia al libro de Lydia y les contó que en la imprenta estaban vendiendo el libro por la calle.

Después ha tenido más o menos cinco ediciones en Cuba y se vende como pan caliente.

Siempre he estudiado mucho y desde niña soy una lectora infatigable. Leo dos y tres libros a la vez y siempre estoy sacando conclusiones, pero por mí la Universidad no ha pasado. No soy académica, trato de escribir para el pueblo, para que la gente no cierre el libro en la primera página de citas. Quiero que lo que escribo motive a las personas, que tengan acceso a esa información porque es parte de la identidad cubana.

Todos los libros han sido difíciles de publicar. Este año, por ejemplo, salieron dos libros hechos hace 20 años, el que hice junto a Zoila Lapique y Orisha Ayé con Valentina Porrás. Tengo otro que se llama La muerte en la mitología afrocubana que no ha salido aquí, pero hay muchos problemas para la publicación.

¿Cuál es la religión que Ud. practica?

Profeso de todo y a todo soy receptiva. Siempre he tenido grandes amigos curas católicos y amigas monjas del Sagrado Corazón. Monseñor Carlos Manuel de Céspedes es como mi hermano así que tengo mi vínculo con lo católico. He vivido con los indios americanos y canadienses. Soy mayombera y tengo hecho Oddúa y Obbatalá. A todo lo respeto.

¿Qué esencias comparten estas religiones?

Todas son animistas, adoradoras de la naturaleza. Lo que más me impresiona como ser humano es el amor a todo, a la hoja que se cae, a la cochinilla, a la piedra. Para estas religiones todo tiene vida.

¿Algún proyecto editorial?

Pienso hacer un libro con toda la información que recogí en Mali. También estoy preparando la segunda parte de un libro que hice sobre Quintín Bandera que me marcó la vida, porque encontré parte de lo que me ha pasado volcado en esa personalidad. Durante cinco años esa historia no me dejó dormir en paz. No quiero compararme a un general como él, pero estudié  a Quintín Bandera como si estuviera estudiándome a mí, y lo mezclo con García Lorca, con Miguel Hernández, porque me gusta mucho la poesía de ambos. Le hice un retrato y le di carnero y dos gallos para que él me ayudara a escribir. Y comencé a comprar todas las crónicas de guerra de independencia para lograr que en un renglón se hablara de este general, porque dentro del Ejército Libertador había un gran racismo y te das cuenta cuando lees los diarios de la época. Comencé a buscarlos y a meterme dentro del personaje, pensando cómo me hubiera sentido si me fueran a matar después de haberlo dado todo por un país.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.