La Habana. Año XI.
30 de JUNIO al 6 de JULIO
de 2012

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Zambrano y Almodóvar, la voz y la piel
Joel del Río • La Habana

En junio coincidieron en nuestros cines sendas obras de Benito Zambrano y Pedro Almodóvar, La voz dormida y La piel que habito, dos películas que tienen en común, si acaso, la procedencia hispana y el talento de sus hacedores, pues se diferencian por completo en cuanto a género, tono, propósito y estética. La voz… es histórica, épica, trágica, realista y solemne como un cántico; La piel… es contemporánea, intimista, fantástica, con intriga criminal y amores locos y científicos retorcidos y vengativos y mujeres que hace tiempo se hundieron en el peor de sus ataques de nervios.

Autor de la estremecedora y multipremiada Solas y de la muy aplaudida y musical Habana Blues, Benito Zambrano decidió adaptar, para su tercera película, la novela homónima de Dulce Chacón que supone el regreso del autor a la dirección después de seis años alejado del plató. El guion de La voz dormida lo escribió Zambrano (quien se graduó en esa especialidad en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños) con Ignacio del Moral (entrenado en los dramas realistas y cotidianos mediante películas como Los lunes al sol) y el filme se ambienta después de la Guerra Civil Española, cuando Pepita (María León), una joven cordobesa de origen rural, va a Madrid para estar cerca de su hermana Hortensia (Inma Cuesta) que está embarazada y en prisión. En la capital conoce a Paulino (Marc Clotet), un valenciano de familia burguesa, que lucha junto a su cuñado Felipe (Daniel Holguín) en la sierra de Madrid. A pesar de la dificultad de su relación, se enamoran apasionadamente. Pepita tratará por todos los medios que pospongan la ejecución de su hermana Hortensia, y tendrá que luchar además por defender su amor hacia Paulino, de quien la separan barreras de todo tipo.

A pesar de la parte política del tema, saltan a la vista los puntos de contacto, por lo menos en cuanto al tema femenino, con Solas, la ópera prima de Zambrano, ganadora de cuatro Premios Goya, Mejor director novel, Mejor guion original, Mejor actriz revelación (Ana Fernández) y Mejor actriz de reparto (María Galiana). La nueva película de Zambrano también habla de mujeres víctimas de las circunstancias, solas ante el peligro, varias de ellas encarceladas en la madrileña cárcel de Ventas durante la época franquista, y otras atrapadas en la represión, el miedo y la indignidad de la tiranía. El grupo de mujeres enarbola la bandera del coraje como única arma posible para enfrentarse a la humillación, la tortura y la muerte, y uno de los mayores logros de la película consiste en dotar a sus personajes de absoluta dignidad y completa credibilidad, pues tampoco castigan al espectador con arengas partidistas.

La voz dormida se rodó a lo largo de ocho semanas en Madrid y en la antigua cárcel de Huelva, donde se ambientó el presidio franquista en el que toma cuerpo esta guerra por “la dignidad de las mujeres”, por decirlo con las palabras del realizador. El filme significa un paso adelante del cine español en cuanto al retrato de los terribles momentos concerniente a finales de los años 30 y principios de los 40. Zambrano, a fuerza de rigor artístico en cuanto a la agilidad e interés de la narración y proverbial capacidad para dirigir a sus actrices, logra que su película se añada a una lista muy notable de filmes españoles, realizados en torno a la Guerra Civil, como Amantes y Libertarias, de Vicente Aranda; Ay Carmela, de Carlos Saura; Santos inocentes, de Mario Camus; El espíritu de la colmena, de Víctor Erice; las sorprendentes El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, así como la muy reciente Pan negro, de Agusti Villaronga, vista hace alrededor de un mes en La Habana.

De acuerdo con sus propias palabras, Zambrano no cuenta historias para hacer llorar, sino que disfruta hablar sobre la vida, con la mayor verdad y autenticidad posibles, tal es la causa de que sus películas ostenten un costado trágico. Sobre los muchos años que transcurren entre uno y otro título dirigido por este celebrado cineasta, él ha dicho que “el problema consiste en encontrar una buena historia, un buen guion, algo en lo que crea”. Y evidentemente tales historias tampoco es que abunden en el cine español ni en ninguna otra cinematografía.

Respecto a La piel que habito, significa sólido ejercicio de maestría narrativa y estilística. Mientras abundan los espectadores que se enfrentan a las nuevas películas de Pedro Almodóvar convencidos de que el cineasta ya nos entregó lo mejor de su talento, y que ahora solo repite variaciones en torno a los temas ya conocidos y ampliamente tratados de la intimidad femenina, el amor loco, la trasgresión sexual y ética, o el homenaje al melodrama norteamericano, su filme más reciente pudiera deshacer los prejuiciados criterios de las sectas antialmodovarianas, en tanto toma por sorpresa a casi todo aquel que se decida a disfrutarla como lo que es, un thriller criminal, alucinante, lóbrego y fantasioso, sobre gente que quiere más allá de la razón y que, por tanto, es incapaz de comprender, perdonar o aceptar la muerte y el desamor.

Premiada con cuatro Goyas (incluidos los de mejor actriz para Elena Anaya y el mejor actor revelación para Jan Cornet), nominada al Globo de Oro, la Palma de Oro, y a los premios del cine europeo en los acápites de banda sonora (Alberto Iglesias) y diseño de producción, reconocida por numerosas asociaciones de críticos (los no prejuiciados con el tantas veces pronosticado declive de Almodóvar), La piel que habito es una película que cuenta la consumación de una venganza y las atrocidades que verifica un loco sobre un(a) inocente —y por ello clasifica dentro de la más clásica tradición del thriller, con fondo de melodrama erótico, y algún que otro apunte cercano a la fantasía o al cine de especulación científica, puesto que el realismo o la verosimilitud nunca fueron obsesiones para Almodóvar, sino la capacidad de implicar la sensibilidad del público con una historia bastante rara, totalmente inusual y, por consiguiente, atractiva.

Es la historia del doctor Robert Ledgard (Antonio Banderas), eminente cirujano plástico, cuya mujer sufrió quemaduras en todo el cuerpo a raíz de un accidente de coche. El doctor ha dedicado años de estudio y experimentación a la elaboración de una nueva piel con la que hubiera podido salvarla, hasta que decide zafarse de todo escrúpulo y poner en práctica su experimento. Y con cuidado hay que escribir sobre esta película para sostener en la crítica similares claves del suspenso a las pulsadas magistralmente por el cineasta, y sostener incólume en el lector ese interés que lo empujará, ojalá, a ver la película, y luego a mantenerse sentado frente a ella, apasionado por conocer el destino final de tan extraviados personajes.

El argumento es enrevesado, salta en el tiempo y en el punto de vista de quien cuenta la historia, y así Almodóvar recrea la novela Tarántula, de Thierry Jonquet (algo peculiar en su filmografía, pues la mayor parte de sus películas parten de guion original) y le suministra a la historia una serie de giros sorprendentes para el espectador, debido a que cada uno de los personajes que cuenta o recuerda, solo ve las piezas más cercanas del rompecabezas, hasta el terrible momento final, el único en que se revela lo que ocurrió “de verdad”, y no lo que pensaba tal o cual personaje.

Ocurre que en esta etapa de resolución, la historia adquiere un tono demasiado coloquial y tranquilo, luego de presenciar cerca de una hora y media de truculencias y asombros. Y poco antes de que la película concluya, Almodóvar parece susurrarnos (en otros tiempos se comunicaba por medio de chirriantes escorzos y excedidos protagonistas) que cada uno es lo que es, independientemente de la piel que nos sirva de coraza, apariencia y disfraz.

Aparte de sus muchas y evidentes virtudes, la película tampoco encontró consenso. Ya decía desde el principio que Almodóvar cuenta con una corte numerosa de fanáticos odiadores, algunos de ellos simplemente homófobos; otros quizá convencidos de que un auténtico autor jamás debiera hacer tantas concesiones a los géneros convencionales. Los terceros, decididos a demostrar (como si hiciera falta) que estamos en presencia de un buen narrador, ingenioso y frívolo, pero carente de profundidad y capacidad reflexiva o filosófica.

Como evidentemente me encuentro entre quienes disfrutaron, mucho, la película, debo desmarcarme, no obstante, de los excesivamente entusiastas que la catalogan como la mejor de Almodóvar. Concedo que es uno de los mayores logros del cineasta en la línea de exploración de los elementos narrativos y estilísticos propios del cine criminal, el thriller y el cine negro. Tales elementos aparecen en su filmografía con Matador (1986), refuerzan el contenido melodramático de amores imposibles en La ley del deseo (1987), Átame (1989) y Tacones lejanos (1991), se confirman brillantemente con Carne trémula (1997), y vuelven a sugerirse en el trasfondo dramático de Hable con ella (2002), La mala educación (2004) y Volver (2006). De modo que el cineasta maneja con prestancia y asiduidad las historias sobre personajes que se dejan llevar por el amor, el deseo y la pasión, hasta el punto donde ya no hay retorno.

Independiente de las lagunas múltiples en una trama llena de respuestas suspendidas, que a veces avanza a empujones por terrenos colmados de obstáculos narrativos —como la necesidad de contar de manera original nuevamente la historia del hombre capaz de crear una criatura a su gusto (vienen a la mente Pigmalión o Vértigo)— es preciso celebrar el ritmo preciso y tenso de la edición, la elegancia sugestiva y pictórica de la dirección de arte (con todos esos cuadros enormes de mujeres objeto, de criaturas manipuladas y exhibidas), la suntuosa fotografía de José Luis Alcaine y la vívida interpretación de la hermosa Elena Anaya, todo ello al servicio, como dije antes, de una historia temeraria y asombrosa, que pretende desactivar el fusible de la lógica racionalista, y sumergir al espectador en la pesadilla circular de alguien que despierta de pronto y sigue siendo algo completamente distinto a lo que sugiere la hermosa piel que habita. Porque el horror y la belleza pueden ser parte del mismo sueño, quiero decir, pesadilla.

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.