La Habana. Año XI.
30 de JUNIO al 6 de JULIO
de 2012

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Natalia Bolívar:

Una amiga incondicional

Paquita Armas • La Habana

Foto: La Jiribilla

Corría el segundo quinquenio de los años 80 cuando publiqué en El Caimán Barbudo un artículo sobre el Tarot. Aquel número, por suerte, cayó en las manos de Natalia Bolívar Aróstegui. Yo no la conocía y me impresionó porque destilaba aristocracia cuando entró en mi oficina, acompañada por un hombre que luego supe fue una de sus parejas.

La mujer alta, rubia, de piel blanquísima, sacó de un sobre un grupo de cuartillas y me comentó que como yo había incluido en la revista algo acerca del Tarot, tal vez me interesaba insertar también ese texto. A ojo de buen cubero supe que si lo publicaba en El Caimán… se llevaría quizá la tercera parte de sus páginas, hecho que solo acontecía de manera excepcional.
 

Natalia me dijo que ese era uno de los capítulos de un libro que probablemente se publicara en el extranjero. Le pedí unos días para leerlo y quedé fascinada. Me parecía un crimen que esas  historias —me llevó la de Orula— se conocieran primero fuera de Cuba; llamé a algunas personas que podían interesarse por la circulación del libro y funcionó. Una semana después, Natalia me anunciaba que ya el libro estaba encaminado en la Editorial Unión y nada menos que bajo la mirada certera de Reynaldo González como editor.

La primera reseña de Los orishas en Cuba —ese era el libro— la hice para el periódico Granma, en ese texto definía el volumen como una suerte de Biblia para La regla de Ocha. Así, gracias a su inaugural obra literaria, suerte de best seller, comenzó una amistad que hoy continúa.

Si la deuda externa del Tercer Mundo es impagable, la mía con Natalia es superior: le debo, por ejemplo la sarta de velas que ha encendido a sus deidades para ayudarnos a mí y a mis enfermos; pero mi mayor deuda con esa mujer, descendiente de españoles esclavistas, emparentada con princesas reales y una verdadera dama de la alta burguesía cubana de los 50, es haberme develado el fantástico mundo de los patakíes yorubas y abrir el camino que aún recorro, para aprehender mucho más de la parte negra de nuestra nacionalidad.

He disfrutado incontables veces de charlas en su casa, ilustrándome acerca de los más diversos temas de la historia cubana: contándome con toda pasión su postura (muy valiente, por cierto) durante la clandestinidad como miembro del Directorio Revolucionario y sus encuentros con Fidel; también de sus amantes y de las oportunidades en las que incomprensiones y falta de cultura hicieron que recibiera duros golpes, tantos que no son pocas las personas que se preguntan por qué se quedó en Cuba.

La respuesta a esta interrogante transita por dos palabras: su cubanía. Si Natalia es reconocida esencialmente como investigadora de las religiones africanas, y la mayoría de sus libros versan sobre ese tema, también es una culta mujer que pinta desde los años 50, asesora a cineastas, teleastas, teatristas, escritores, famosos o no, solo necesitados de su orientación, e investiga los cantos de nuestros antepasados. Cuba la llena de tal forma que retornar a sus brazos después de cada viaje es volver a su santa tierra.

Amorosa madre de tres hijas, ha encontrado en Natacha, la mayor, la ayuda imprescindible para interactuar con las nuevas tecnologías porque,  aunque parezca absurdo, aun cuando tiene computadora en la casa, una buena cantidad de sus libros los ha escrito en la ya museable máquina de escribir.

Mi deuda con Natalia es impagable también porque cuando el libro Los orishas… se presentó en la UNEAC, había tal cantidad de personas ansiosas por un ejemplar que yo me sentí como una hormiga por la hermosa y desmesurada dedicatoria que le hizo a mi ejemplar. Con ella estuve también en el Pabellón Cuba, en una apoteosis de público que comenzó a hacer cola desde por la madrugada el día de la presentación.

Luego vinieron otros libros, otros encuentros, algunas entrevistas y frecuentes llamadas telefónicas. A principios de este año mi madre literalmente se moría, con 99 años y cuatro meses. Llamé a Natalia, le pregunté qué hacer y me habló de abrazarla mucho, besarla, decirle que la quería. El 10 de enero cuando Mima murió en mis brazos, mientras le susurraba un mensaje para mi padre, e intentó abrazarme con el esbozo de una sonrisa en los labios, supe que Natalia con esa sensibilidad y espiritualidad que la caracterizan, también tuvo razón. Esa es otra deuda que tengo con la amiga incondicional que me regalaron Los orishas en Cuba.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.