La Habana. Año XI.
30 de JUNIO al 6 de JULIO
de 2012

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Centenario de los Independientes de color

Desafíos, problemas, interpretaciones, caminos nuevos...

Víctor Fowler • La Habana

a estos hombres no debemos ni abominarlos por sus errores, ni deificarlos por su grandeza moral, por sus virtudes o sus aciertos. Ríndesele mejor tributo estudiando con filial devoción la obra por ellos realizada, para eliminar de ella cuanto les impidió ver, con meridiana claridad, el camino que debía conducirlos a la realización de sus nobilísimos ideales, y cimar nosotros la gran tarea que ellos se  propusieron realizar y que, acaso no lograron, por un imperativo de la Historia.

Ángel César Pinto Albiol. La filosofía social de Juan Gualberto Gómez

 

En lo que sigue voy a intentar contribuir a la historiografía del alzamiento y posterior represión a los miembros del Partido Independiente de Color mediante la presentación de un documento olvidado; además de ello, enunciaré la apertura de un nuevo campo de análisis de los hechos tomando como base una mirada hemisférica para la cual Cuba es apenas un punto y no la totalidad del paisaje; me referiré a continuación a lo que sigue siendo una zona enigmática para las investigaciones hechas en Cuba sobre el acontecimiento: sus repercusiones en los EE.UU. y finalmente releeré uno de los documentos claves del conflicto, la Enmienda Morúa, según su formulación original y —partiendo de aquí— presentaré una nueva interpretación de su contenido.

Un nuevo documento: The Cuban race war of 1912, por Donald Winslow Roland

Hasta donde tengo conocimiento, los más importantes investigadores de los hechos que rodearon la creación, vida y desarticulación del Partido Independiente de Color asumen que el primer análisis relevante de tales sucesos es Los Independientes de Color. Historia del Partido Independiente de Color, de Serafín Portuondo Linares (La Habana, Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, 1950). Sin embargo, una reciente búsqueda en Internet me enfrentó a la sorpresa de un libro que desconocía: The Cuban race war of 1912. Escrito por el autor Donald Winslow Rowland, de quien solo he podido averiguar que fue profesor de Historia en la Universidad de Hawaii y que era de la raza negra (el libro está en la base de datos de “Afroamerican thesis”), se trata de su trabajo para obtener la licenciatura en Historia (Masters of Arts) por la Universidad de Berkeley en el año 1926.

The Cuban race war of 1912 es un documentado y —por varias razones— muy interesante texto. En primer lugar, porque demuestra la existencia —desde una fecha sorprendentemente temprana— de un claro interés académico en los EE.UU. alrededor de los acontecimientos de la vida cubana; si a esto sumamos el detalle de la pertenencia del autor a la raza negra, entonces igualmente demuestra la existencia de un particular interés, entre los negros norteamericanos, hacia lo que sucedía con los negros de la pequeña isla que no solo era vecina, Cuba, sino también una suerte de protectorado del imperio del Norte.

El sustrato imperial de semejante interés puede ser apreciado desde las palabras del prefacio donde D. Winslow Rowland explica del siguiente modo el ángulo desde el cual trabajará:

“La adecuada comprensión de las personas, instituciones y problemas de un país con frecuencia es mejor obtenida a través del estudio de algún evento político en su historia. El desarrollo de una guerra o de una crisis electoral, en la cual las normas y emociones de sus ciudadanos son reveladas en una condición dinámica más que estática, puede ofrecer más conocimiento real que una enumeración y discusión de costumbres y constituciones.

“El negro en Cuba fue un problema en los días coloniales y en los años que van desde el establecimiento de la República su presencia ha causado problemas; según esto, no serán improbables perturbaciones futuras sobre cuestiones raciales en Cuba. Las páginas siguientes ilustran con ejemplos concretos las posibilidades de la situación.

“Al profesor Charles E. Chapman bajo cuya dirección fue realizado este trabajo y a quien se debe cualquier crédito.

DONALD WINSLOW ROWLAND.

Abril 14, 1926.”

Préstese atención a la manera en la que el problema racial cubano es evaluado con un prisma que, metafóricamente, podemos asegurar que está situado “afuera”; con esto me refiero al hecho de que, más que el alzamiento en sus particularidades y consecuencias, interesa el modo en el que una situación de crisis abre accesos nuevos para lo que el autor define como la “comprensión de las personas, instituciones y problemas de un país”.

En este proyecto el conocimiento avanza por el establecimiento de una empatía súbita entre el investigador y su objeto que, disparada por un evento externo, pareciera iluminar el interior de la situación histórica y entonces develar su sentido. Junto con ello, puesto que quien habla adopta la perspectiva del experto en relaciones internacionales, tampoco interesa mucho averiguar los detalles íntimos de lo que sucedió, sino el pronóstico que asegura que “… no serán improbables perturbaciones futuras sobre cuestiones raciales en Cuba.”

Semejante mirada es típica de una localización con la cual los estudios sobre Cuba —más allá del trabajo pionero de Louis Pérez— apenas saben lidiar aún; es decir, aquel ambiente en cuyo perímetro la condición insular de Cuba, la estructura demográfica de su población, la economía, el sistema político, la cultura, etc. son datos que fluyen hacia algo de orden superior que nos atrevemos a definir como un “problema de dominación”. En esta proposición el sustantivo “problema” está utilizado del modo que indica la quinta definición que del término brinda el Diccionario de la Lengua Española publicado bajo el amparo de la Real Academia: “Mat. Proposición dirigida a averiguar el modo de obtener un resultado cuando ciertos datos son conocidos.”

Es por eso que, desde esta óptica para la cual Cuba es un problema (de estabilidad, de gobernabilidad, de dominación a fin de cuentas), el grueso del análisis está dedicado a entender las matrices histórico-culturales que hicieron posible lo que más estupor ha de haber causado al joven doctorante: la elección, por parte de un grupo de políticos y seguidores de la raza negra, de la protesta armada como forma de lucha política para reclamar los derechos que creyeron negados.

Para una fecha tan temprana como 1926 llama la atención la coincidencia entre la narrativa básica del evento (para cuya reconstrucción adquieren gran peso la prensa cubana del momento y de la estadounidense esencialmente The New York Times) y las líneas principales en las que se mueven los historiadores del presente; esto nos sirve para entender que ya en ese año el relato de “los Independientes de Color” estaba enteramente cristalizado en lo que toca a la producción discursiva de materia histórica. Por cierto, aquí llegados también vale la pena destacar que el volumen contiene diversos errores históricos e interpretaciones superficiales.

Como especialista en relaciones internacionales, D. W. Rowland resalta los dos lados desde los cuales, según él, tiene que ser estudiada la “insurrección”: “Primero de estos es, claro, el progreso actual de la revuelta; segundo, las relaciones exteriores de la República durante el período. Debido a la Doctrina Monroe estas relaciones exteriores prácticamente solo serían con los Estados Unidos, para otros países habría que mirar aquí para la protección de sus nacionales”. (p. 72) A mostrar las diversas reacciones que ante el surgimiento y evolución de la protesta manifestaron los gobiernos de Cuba y EE.UU. —siempre dibujándose en el fondo el temor a la intervención— están dedicadas varias páginas en The negro insurrection, el penúltimo capítulo de la tesis.

En cuanto a las conclusiones, tomando en cuenta la escasa extensión de la protesta en el territorio cubano, la “guerra de razas de 1912” fue —para el autor— más un hecho político (donde un grupo quería ganar una porción de poder) que propiamente racial. Junto con ello, y desde el punto de vista de las relaciones internacionales, frente a la perspectiva de una tercera y definitiva intervención por parte del gobierno de los EE.UU., la solución de la revuelta estableció el precedente de permitir que las administraciones en turno resolviesen sus propios problemas (p. 95). Además de ello, y en un plano más pertinente a la logística militar, tanto las revueltas de 1912 como la que tendría lugar en 1917, permitieron comprobar la utilidad del ejército nacional como herramienta de mantenimiento y garantía de la estabilidad en el país.  En opinión de Rowland, los hechos, a la misma vez, revelaron “debilidad en el estado, además mostraron algunas fortalezas presentes y ayudaron a la preservación de la independencia cubana” (p. 96).

Del profesor Chapman sabemos que fue un muy calificado hispanista, autor —entre otros títulos— de A history of Spain (1918) y A History of Cuban Republic. A Study in Hispanic American Politics (1927). El prólogo de este último, un monumental trabajo de 700 páginas impresas, nos aclara que en 1924 Chapman vivió durante medio año en la Habana, dedicado a recorrer la isla y a recopilar materiales; dicho libro contiene unas cinco páginas (308-313) sobre los sucesos que rodean la protesta, la represión y la final desaparición del Partido Independiente de Color. Vale la pena señalar que —aunque publicado en 1920— el volumen cuatro de The  history of Cuba, libro de Willis Fletcher Johnson, solo contiene un párrafo dedicado a los hechos.  En cuanto a Rowland, hizo su tesis de doctorado en 1930 con The Elizondo expedition against the Indian rebels of Sonora, 1765-1771, fue profesor de historia en la Universidad de Hawaii y años más tarde publicó Orientals and the suffrage in Hawaii (1943). En una nota al pie de la página 317 en A History of Cuban Republic… aparece el siguiente elogio del trabajo de Rowland por parte de su tutor de tesis:

“Por tanto este período, aún más que aquellos que lo preceden, están necesitados de un estudio exhaustivo que haga un uso crítico de documentos gubernamentales, periódicos y otras evidencias contemporáneas. The Cuban race war of 1912 (M. A. thesis, 1926; Ms. en la Biblioteca de la Universidad de California), de Donald Winslow Rowland, es un meritorio estudio de una fase de este período.”

(Chapman: 1927, 327)

Después de haber llegado hasta aquí, quizá lo principal del trabajo de Winslow sea que nos permite cambiar la dirección hacia un conocimiento que apenas ha llamado la atención de los estudiosos: las reacciones posibles que hayan podido existir en la academia norteamericana hacia los hechos en Cuba, en particular los referidos a la protesta armada del PIC. Si se presta atención, en verdad me refiero a la posibilidad (en un acto metonímico) de (re)fundar la llamada cubanología extendiendo sus orígenes hacia el momento mismo del nacimiento del circuito imperial; es decir, comprender de qué manera Cuba —por la lógica misma de la dominación— se transforma en un problema de conocimiento, algo que debe de ser averiguado, entendido para poder luego ser dominado con la inversión del mínimo posible de energía y la obtención del máximo posible de beneficio. Ignoramos la cantidad de análisis dispersos en los archivos de revistas, tesis, informes académicos u otras variantes del saber académico, o aún no somos capaces de conectar y poner en relación lo en apariencia disímil; dicho de otro modo, entender la conexión entre una tesis como esta y el hecho de que, durante los primeros años de la República cubana, investigadores norteamericanos sembrasen —en la estación agrícola experimental de Santiago de las Vegas, pero también en diversos puntos del país— decenas de variedades de toronjas para definir cuáles eran las adecuadas, capaces de prosperar en el suelo cubano (además de fresas, peras, uvas, manzanas, etc.) La dominación es, también, crear anillos de conocimiento a propósito de y en torno a aquello que se intenta controlar y aprovechar.

Booker T. Washington o cómo ser negro: el modelo cubano

El 3 de octubre de 1912, meses más tarde de que fuera duramente reprimido el alzamiento de los Independientes de Color, Booker T. Washington reflexionó sobre el episodio en la publicación periódica The Continent (Atlanta). El hecho de que la legendaria figura mayor del movimiento de organización de los negros norteamericanos en aquellos tiempos haya publicado ese artículo, ahora rescatado de la marea de sus escritos, contribuye a llenar un agujero del pasado, en verdad un enigma; me refiero a saber cuál fue la actitud de los negros norteamericanos ante lo que sucedía en Cuba, a escasos kilómetros hacia el Sur, y a cuál fue el impacto de los hechos (desde la protesta armada hasta la matanza) en la prensa y, en general, los intelectuales negros norteamericanos.

Hasta donde conozco, la mayoría de los textos repiten que —de las voces mayores de la intelectualidad negra de la época— ninguna gran figura intentó explorar (ni tampoco mostró solidaridad) con lo que sucedía a los rebeldes cubanos y que solo el inquieto intelectual de origen puertorriqueño Arturo Schomburg publicó un artículo sobre los sucesos en The Crisis, la revista (dirigida por W. E. B. Dubois (junto con Washington, el otro gran líder de los negros norteamericanos) de la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) a escasas semanas de que se considerase terminada la protesta. El texto de Schomburg, titulado con sencillez General Evaristo Estenoz, vio la luz en julio de 1912 y es un hermoso y sentido apoyo al general Estenoz y al movimiento que encabezó.

En lo que toca a la bibliografía conocida sobre el alzamiento, al menos según su corpus principal, el texto de Schomburg es uno de los iniciadores de las narrativas que —organizadas alrededor de la idea de raza— consideran a Estenoz un héroe y a Morúa un traidor; las primeras colocando como significante nucleador el ansia de emancipar al oprimido (Estenoz sería ejemplar en cuanto a ejercer un liderazgo basado en este impulso), mientras que las segundas aparecen nucleadas alrededor del muy problemático concepto de “la fidelidad a la raza” (al ser Morúa negro él mismo, y proponer la Enmienda constitucional que terminó llevando su nombre, ello de modo automático lo descalifica doblemente: lo convierte en un títere de un agente externo a su condición —los blancos— y en un traidor para con los suyos).

En esta narrativa, sumamente binaria, que se propone a sí misma como defensora del sector subordinado (el negro) es curioso que Morúa aparezca como un sujeto sin voz a cuyo través son miembros del grupo otro los que hablan: los blancos. De esta manera, en un monstruoso acto de racismo inverso, le es negada a Morúa la posibilidad de haber pensado por sí mismo, de realmente haber poseído (aunque fuese para usarla de modo equivocado) la inteligencia que muchos de los de su tiempo reconocieron en él.


Contrario a lo anterior, el texto de Booker T. Washington está menos preocupado por entender (o manifestar su apoyo a) lo sucedido en Cuba que en elucidar lo que —para el autor— constituye un misterio: la escasa intensidad de la ira que, por mera solidaridad racial, debió de haber llenado a los EE.UU. en apoyo a la pequeña Cuba. Es por eso que —después de la enigmática extensión del lugar contenida en el título— el artículo comienza comparando la cantidad de población negra existente por la época en Cuba y en los EE.UU.: 600, 000 en Cuba y 10, 000, 000 en los EE.UU. Para Washington, “Durante un periodo de varios meses una proporción realmente grande de la población negra de Cuba estuvo en estado de rebelión en contra del gobierno. Esta rebelión racial ya le ha costado del país cubano muchos cientos de miles de dólares, junto con la pérdida para el país provenientes de la destrucción de los cultivos, la interrupción de los negocios y el daño a la propiedad privada”. (Washington: 1912)

La visión de Washington, de una distancia y pragmatismo escalofriantes, obedece a un posicionamiento para el cual la pregunta fundamental —ya respondida incluso antes de escribir el texto— es planteada en el siguiente párrafo:

“Con una población negra 16 veces mayor que la de Cuba, ¿por qué no ha habido rebelión negra en los Estados Unidos? No es porque el negro norteamericano, en comparación con sus hermanos de Cuba, no haya padecido provocaciones. El negro norteamericano ha tenido mucha más razón para recurrir a la violencia física. Legalmente no hay cosa como la discriminación racial. Cualquiera sea la práctica actual que pueda haber en este país en otros asuntos, tan lejos como concierne a los viajes, entretenimientos diversiones públicas, escuelas, juicios, votaciones y posesión de un cargo público, no hay discriminación legal en favor de una raza y en contra de la otra. Los linchamientos, que han hecho más que cualquiera otra cosa para amargar al negro en este país, son prácticamente desconocidos en Cuba”. (Idem)

Después de este crudo planteo de la cuestión es sorprendente la mezcla de economicismo, pragmatismo y mesianismo que da forma a la respuesta de Washington, ya que —para él— el motivo de la aparente cobardía del negro norteamericano (“Algunos aseguran que es porque el negro norteamericano es un cobarde”, dice) tiene su origen en la labor de personas de la raza blanca que han empleado su vida en sembrar conocimiento en el interior de la gran masa de raza negra, creando así (y contribuyendo a que se expandan) algo así como “bolsones de sabiduría” (que, poco a poco, diríase que irían abriendo claros a la libertad). Vale la pena citar, con largueza, el fragmento en el que Washington lo explica:

“Desde el mismo comienzo de la libertad de mi raza en los Estados Unidos, hubo gente blanca que fue lo bastante sabia y se sacrificaron a sí mismos lo bastante, como para iniciar —desde entonces— el entrenamiento de líderes negros quienes fueron colocados —si puedo usar la expresión— como centinelas en cada comunidad negra del Sur. En muchos casos estos líderes negros eran maestros y ministros de iglesia, en otros doctores, farmacéuticos, abogados, granjeros, hombres de negocios o políticos.

En muchos casos estos líderes negros han captado el espíritu de sus maestros y han venido con el sincero deseo de hacer de las masas un pueblo mejor y más útil; en otros, tal vez, no hayan tenido ninguna otra ambición que la de mejorarse a sí mismos. De cualquier modo, ellos fueron hombres que tenían suficiente educación y conocimiento del mundo para ver la de la paciencia en sus combates para desarrollarse a sí mismos y a su raza. En lugar de imitar a los Indios, ellos prefirieron seguir —tanto como fueron capaces— otra raza que, como el negro, ha sido acusado de cobardía. Me refiero a los judíos.” (Idem)

Este sorprendente mesianismo, para el cual los negros son la reencarnación del antiguo pueblo judío, se mueve hacia un nuevo asombro cuando —según el autor— han sido los líderes negros ilustrados quienes —al mostrar mano firme en su liderazgo sobre las masas de color y preservar el diálogo con los blancos— han sido los garantes de la “paz racial”. En palabras de Washington: “El resultado es que, por la mayor parte, tenemos paz entre las razas en este país, en lugar de guerra e insurrección como en Cuba” (Idem)

Si, broma mediante, desde este punto de vista de la elaboración de marcos conceptuales, la elección de caminos para el subordinado (su “orientación mítica” diríamos) parece ser entre Indios y Judíos, Washington también agrega las que considera causas explicativas para el futuro incremento de la antes llamada “paz racial” en el país e incluso su potencialidad para ser transformada en un camino de verdadera integración:

“A medida que los años pasan es probable, en mi opinión, que haya menos en lugar de más fricciones entre las dos razas. Justo en proporción a como las masas de pueblo vayan siendo propietarios de tierras y de casas, constructores de iglesias y escuelas; justo en proporción a como las relaciones comerciales entre las dos razas se incrementen, todas estas cosas habrán de constituir una promesa de paz racial. El negro que posee una granja, es dueño de una tienda o dirige un banco no es probable que sea líder de ninguna erupción social. El hombre blanco que tiene un banco con miles de dólares en depósitos de clientes negros, que mantiene en préstamo largas sumas pertenecientes a negros, no es probable que sea líder de una guerra racial.

En la solución de los problemas más humanos la educación no sólo es más barata que la guerra, sino mucho más permanente en sus efectos.” (Idem)

Más sobre la mirada hemisférica: la visita de Philander Knox…

El 11 de abril de 1912, poco más de un mes antes del comienzo de la protesta armada del PIC, Philander Chase Knox, Secretario de Estado de los EE.UU., terminaba en La Habana una de las giras más intensas que hasta entonces había hecho cualquier funcionario anterior de su mismo cargo: durante 25 días Knox pronunció 28 discursos, incluyendo el de a bordo en Cuba, al ya partir, y el encuentro con la prensa en Washington al llegar. Nunca antes un Secretario de Estado había cumplido un programa de tal amplitud y con tal elevada exigencia; aunque lo cierto es que tampoco había existido una situación equivalente en la cual los EE.UU., virtualmente, se encontraran heredando (de modo entre real y metafórico) el territorio (y las dificultades) de un antiguo imperio quebrado. Dicho de otro modo, la visita imperial de Knox servía de complemento a la que en 1906 había hecho por tierras de Sudamérica Elihu Root (en aquella ocasión por Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Perú,  Panamá y Colombia, entre los meses de julio y septiembre).

De manera concreta, y según la lógica política del presidente William Taft, quien entonces gobernaba los EE.UU., el objeto de la visita debía de ser explicar a los países de Centroamérica el modo en que la Doctrina Monroe (que durante un siglo había regido las relaciones del país norteño con la América Latina) quedaría reformulada dentro de la denominada “diplomacia del dólar” (que proponía Taft mismo). Puesto que, hacia finales de año, tendrían lugar elecciones presidenciales en los EE.UU., el viaje de Philander Knox intentaría además allanar diferencias y profundizar el control en el área centroamericana, siempre volátil; tal control resultaba imprescindible cuando estaba próximo a entrar en pleno funcionamiento el Canal de Panamá. Desde este punto de vista, tomando en cuenta que el alzamiento de los Independientes de Color tendría lugar al mes siguiente, no es descabellado afirmar que fue este uno de los elementos de política exterior que contribuyó a la victoria electoral de Wilson, candidato opositor.

A lo largo de los casi 28 discursos, y con pequeñas variaciones, las tesis de filosofía política de Taft constituyen una variación de lo dicho ya en el primer discurso, en Panamá, el 27 de febrero de 1912.

“El Presidente de los Estados Unidos cree que la temprana terminación del Canal de Panamá debe marcar el comienzo de una relación más cercana hacia toda Latinoamérica, y especialmente hacia el litoral del Caribe, así como a las relaciones de estos países con cada uno de los otros… 

“Es el deseo del Presidente que yo pueda personalmente encontrar vuestros más hospitalarios pueblos, pueda ver por mí mismo vuestros hermosos países, con sus interminables recursos y posibilidades económicas, con el objetivo de que este conocimiento personal directo, comprensión y apreciación pueda resultar en un avance mutuo y en la cooperación para el desarrollo de todos nuestros países.

“Mientras que es enteramente claro para aquellos que con justicia e inteligentemente han considerado la historia de las relaciones de los Estados Unidos con las otras repúblicas americanas que nuestra política se ha desarrollado sin rastro alguno de designios o motivos siniestros, sin ansiar territorio alguno o soberanía, si bien es cierto que nuestros motivos hacia vosotros no siempre han sido interpretados afortunadamente en casa o representados de manera fiel por algunos de nuestros nacionales que han residido entre vosotros”. págs. 13-14

Control, estabilidad política, contabilización de los recursos económicos, apertura mercantil, intercambio, son todos elementos de la utopía semicolonial del dueto Taft-Knox (este último lo enunciará en su expresión mínima en Culebra: “amistad, paz, comercio y prosperidad”); en oposición a ello, y dentro del propio conjunto, el robo de territorios, la violación de la soberanía y, en general, la violencia de estado resultarán la parte nunca discutida de manera abierta, pero siempre presente a lo largo del periplo centroamericano de Knox.

De todos los 11 países, solo Cuba tenía la particularidad de incluir dentro de su constitución una cláusula (en nuestro caso, la Enmienda Platt) que permitía a los EE.UU. intervenir en el país siempre que lo considerase necesario; es decir, Panamá, donde daba inicio la gira, enseñaba al resto qué podía esperar, mientras que Cuba, donde terminaba, serviría al resto de los países del área para poner a prueba la cadena de discursos del Secretario de Estado. En Cuba, donde el nuevo imperio carecía de limitaciones, se iba a comprobar —en las palabras y lenguaje del secretario de Estado— el verdadero sentido de la visita. Desde este punto de vista, los discursos de Manuel Sanguily (Secretario de Estado cubano) y Philander Knox, el día 11 de abril de 1912, fueron finas piezas de esgrima política alrededor del gran tema conformado por el par soberanía e intervención. Por ello, para Sanguily, la garantía de la nueva relación (con el vecino del Norte) estaba en entender que:

“…la visita de tan alto enviado de la más grande y famosa democracia del mundo nunca podría implicar propósitos opuestos a la consagración y normal ejercicio y desarrollo de las instituciones republicanas…” (p. 176)

“Cualquiera sean los cambios y aplicaciones de la Doctrina Monroe —la última fase de la cual su excelencia ha establecido e interpretado con autoridad en un reciente muy conocido discurso— esta nunca podría implicar, como quisieran los malevolentes, un hostigador, ilegítimo y humillante protectorado, consistente en la arbitraria, constante y perturbadora interferencia de un gobierno extranjero en la vida privada y normal de las naciones soberanas.” (págs. 177-178)

“Y ahora, si vosotros nos aconsejáis en las dificultades de la vida nacional, advirtiéndonos para que evitemos peligros nacidos de la inexperiencia, excusable en una comunidad que atraviesa cambios radicales en organización y gobierno por una amarga lucha, ello constituye lo que es conocido como “política de prevención”. (p. 178)

“Lo que es más, Señor Secretario, nosotros los necesitamos a ustedes en la completa regulación de nuestra vida nacional, como, por muchas y diversas razones, ustedes nos necesitan a nosotros, y por lo tanto nuestro común propósito debe estar en la mutua utilidad mediante el otorgamiento e intercambio de servicios recíprocos y equivalentes…” (p. 180)

“… si no vivimos por nuestro propio derecho y si nuestra condición es la de un arrendatario, sujeto a voluntad a caprichos e intereses extranjeros, entonces no hay dignidad alguna en nuestras vidas, ninguna autoridad para ser respetada en el Estado, ninguna posibilidad de verdadero orden y paz permanente.” (p. 180)

El largo de la cita se justifica porque nos permite entender, debajo de las sutilezas del lenguaje diplomático, en qué modo a la proposición de un nuevo pacto semicolonial (el modelo de dominación proveniente de la vieja Doctrina Monroe, ahora reelaborado bajo del disfraz de la denominada “diplomacia del dólar”), Sanguily responde con una contrapropuesta increíble: la reinterpretación de la Enmienda Platt como un mecanismo de estabilización regional y de cooperación entre iguales. Esto, que debió de ser sentido como una insolente bofetada por Knox, fue respondido cuando repitió que los EE.UU. no pretendían robar territorio ni restar soberanía, que solo deseaban extender la prosperidad y la paz a todo el continente americano, que la limpieza y beneficios de la política estadounidense para con Cuba no precisarían de una aburrida y cansona presentación de argumentos defensores, y que el primero de estos beneficios es el autogobierno (p. 185-186). Para Knox:

“Mientras que la libertad es alcanzada a través del valor patriótico, es solo mediante la fraternidad y la coordinación altruista que se perpetúa. La crisis en la vida de cualquier nación que ha sacudido el yugo de la tiranía es el período de rehabilitación.” (p. 187)

“Siempre son más las cosas que unen que las que separan todas las clases de ciudadanos y en Cuba, como en todas las repúblicas, todas las clases deben estar alertas en la conciencia de sus deberes cívicos y no remitir los destinos de su país a las manos de los pocos que, con nada que perder y todo para ganar, hacen un negocio de las políticas de su país.” (p. 188)

La visita de Philander Knox tuvo lugar, como hemos visto, en el mes de abril de 1912, más o menos un mes antes de que se produjese la protesta armada de los Independientes de Color. A inicios de año, cuatro meses antes, se había producido en Cuba el enfrentamiento entre los Veteranos y el gobierno del presidente José Miguel Gómez; a consecuencia de esto, el gobierno de los EE.UU. había enviado una nota diplomática (el 16 de enero de 1912) advirtiendo sobre la amenaza de inestabilidad en Cuba y avisando que, en caso de ello continuar, se vería obligado a tomar medidas según quedaba definido en la Enmienda Platt. Junto con ello, hoy sabemos que los Independientes de Color fueron vigilados por la inteligencia militar ya desde 1910; como detalle curioso, y al mismo tiempo ilustrativo de la complejidad que adquieren los “problemas de dominación”, podemos señalar que el sistema de inteligencia militar fue creado durante la Segunda Intervención, momento en el cual, además, los norteamericanos elaboraron su primer conjunto de mapas sobre el terreno de la Isla de Cuba.

En todo caso, desde la óptica imperial, lo dicho por Knox lo mismo valía para los Veteranos que para el Partido Independiente de Color. Un mes más tarde de la partida de Knox la protesta armada de los Independientes de Color pondría en crisis la estabilidad del país, sometería a prueba su gobernabilidad y —de paso, sin proponérselo ni del modo más remoto— agregaría un nuevo dato para certificar el fracaso del sueño de una “diplomacia del dólar” concebido por Taft.

Releyendo la Enmienda Morúa…

El 11 y 14 de febrero de 1912 fue discutida, en el Senado de la República, la célebre Enmienda Morúa. Desde entonces, se ha convertido en uno de los documentos más comentados y menos analizados de la historia cubana. Lo que voy a intentar es la relectura de algunos aspectos del documento y de sus consecuencias para, desde allí, adentrarnos en una comprensión contemporánea de los argumentos entonces vertidos. Comienzo llamando la atención sobre el extraño hecho de que en 1910, en una práctica que —hasta donde tengo noticias— no fue común dentro de la República, fue publicado el folleto titulado La Ley Electoral en el Senado. Enmienda presentada por el Senador M. Morúa Delgado. Debate y resolución sobre la misma. (La Habana: Imprenta, Papelería y Encuadernación La Rambla y Bouza, 1910) Dicho folleto va precedido de un dramático párrafo que expresa lo que sigue:

“Para que la opinión pública no sea extraviada, y a fin de que todos los cubanos sepan a ciencia cierta la verdad de lo ocurrido, y de ese modo se les facilite la manera de formar juicio exacto de la enmienda propuesta al Senado por el Senador Martín Morúa Delgado, se da íntegra a la publicidad, así como los incidentes del debate y la resolución de que fue objeto en aquel alto Cuerpo Colegislador.”


Fragmento de la presentación y discusión de la Enmienda Morúa en el Senado.
Fondo Congreso de la República L943 No 42582

La apelación de la que el párrafo es portador nos indica que ya desde su presentación al público (el pueblo cubano), el gobierno e incluso el mismo Morúa esperaban que el texto fuese incomprendido, manipulado, o comentado mediante interpretaciones interesadas y torcidas. Dado que no es común, en país alguno, que la discusión de una Ley obligue a reproducir la sesión de debate íntegra “para que la opinión pública no sea extraviada”, los ciudadanos del país “sepan a ciencia cierta la verdad de lo ocurrido” y por tanto “se les facilite la manera de formar juicio exacto sobre los hechos”, corresponde a nosotros, investigadores del presente, averiguar si tal sombrío pronóstico se cumplió e incluso si sigue siendo válido en el presente. En las palabras que siguen trataré de responder a la pregunta: ¿qué dijo realmente Morúa?

En este punto, la interpretación tópica nos repite que —de modo insólito— Morúa, Senador de raza negra, propuso una modificación a la Ley Electoral que no solo impedía la participación del PIC en las elecciones de 1910, sino que —sancionando de hecho la desaparición de este partido— obligaba al electorado negro a dividir su voto entre Conservadores y Liberales; dado que la Enmienda bloqueaba la posibilidad futura de cualquier partido político formado de modo exclusivo por individuos de la raza negra, y puesto que Morúa (Presidente del Senado en el momento en que hace la proposición) sería más tarde nombrado Ministro de Trabajo, Comercio y Agricultura, estaríamos en presencia de un traidor a los intereses de su raza. La primera contradicción frente a este relato proviene del siguiente párrafo de Morúa:

“He tenido mucho cuidado en salvar el derecho indiscutible que tienen los cubanos de organizar un Partido Obrero. No se trata de la clase de trabajadores, entre los cuales se hallan confundidos hombres de ambas razas, y el fin que persiguen es verdaderamente democrático y moralizador. En la clase obrera entran todos los elementos de que nuestra sociedad se compone, y se defiende el derecho que el trabajador obrero estima hollado. Los principios que propaga, las doctrinas que defiende y quiere ver realizadas en la administración pública, son progresos que demanda y por los cuales lucha para beneficio del obrero y para beneficio de la nación en que el obrero se desenvuelve.” (p. 7)

En un proceder ejemplarizante de lo que en el análisis textual es conocido como “mala lectura”, Portuondo Linares dice a este propósito:

“… el criterio de oposición a la formación de un partido de la clase obrera era viejo en Morúa, la prueba tácita la tenemos en los siguientes párrafos de una carta dirigida por Morúa a un líder obrero portuario de la Habana, el 15 de junio de 1903, en la que entre otras cosas le decía: “Los obreros de Cuba no pueden, como algunos pretenden, afiliarse a un solo partido político, porque cualquier que sea su filiación, tienen la necesidad suprema, en su clase, que los obliga a buscar en todos los programas la resolución de los problemas que a sus intereses colectivos corresponden como obreros.

Es decir, hay que creer más en lo que expresó Morúa en 1903, y mantuvo hasta 1910, como su verdadero criterio, que en la retirada táctica que hizo en su observación aclaratoria.” (Portuondo: 84)

La “mala lectura” a que nos referimos se explica por el proceder manipulador de Portuondo Linares quien envuelve a su lector en una falacia lingüística; dicho de otro modo, no existe obligación alguna de aceptar, más allá de lo que piensa Portuondo Linares (“hay que creer”, nos dice) que lo que escribiera Morúa en 1903 anula lo que defiende en 1910. El odio ideológico (Portuondo era comunista e hijo de un miembro del PIC; Morúa era liberal y autor de la controvertida Enmienda) hace que Portuondo ni siquiera se detenga a considerar un detalle fundamental: la carta de Morúa expresa una posición personal sin consecuencias para el destino del país; la intervención en el Senado es una postura investida del alto peso político que concede pertenecer semejante cuerpo y no podía menos que, en caso de ser aprobada la enmienda, acarrear consecuencias inmediatas.

Si el análisis anterior fuera correcto, entonces nos veríamos ante la opción de afirmar que —en realidad— la aplicación de facto de la Enmienda Morúa abría la posibilidad de elegir entre, por lo menos, tres ordenamientos políticos: el Liberal, el Conservador y aquel que hubiese derivado (en caso de existir) de un Partido Obrero. La mera posibilidad técnica de que ello sucediera implica que el programa del PIC (a fin de cuentas, lo principal respecto al Partido mismo) hubiese podido renacer como expresión de vanguardia de la clase de trabajadores del país. Que, de acuerdo a su radicalidad, el poder hegemónico hubiese reprimido un Partido así es parte de la lógica de las luchas obreras; pero no es eso lo que me interesa, sino especular acerca del hecho de que sí hubo la oportunidad legal, adelantada por Morúa, de establecer alianzas que pudieron posibilitar —más allá del lugar jerárquico que los viejos líderes ocuparían— la salvación del proyecto y programa del PIC.

A este propósito, vale la pena acotar que Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, Senador y gran jurista, comprendió desde que tuvo el texto en sus manos que la Enmienda podría ser burlada con facilidad:

“… El objeto evidente de esa enmienda a la Ley Electoral es evitar la división del pueblo cubano, desde el punto de vista político, en razas, en cuanto eso puede envolver un peligro para la nacionalidad. La eficacia práctica de la medida no es muy grande, porque es difícil que los partidos que quieran evadirla no logren encontrar uno o dos individuos del color opuesto o de color dudoso que abunda necesariamente en todas las sociedades mezcladas, para que no se les pueda aplicar ese adverbio “exclusivamente” y para que, en consecuencia, se escapen de los preceptos de la Ley.” (p. 35)

Fue aquí, al responder esta preocupación, donde Morúa reveló la verdadera dirección hacía donde apuntaba la Enmienda: aquellos partidos que de modo deliberado, como parte de su identidad y programa restringían su membresía a los individuos de una sola raza. De hecho, Morúa acepta la posibilidad de que una agrupación resulte ser de personas de una sola raza sin que esto directamente implique que el grupo tenga “espíritu de exclusión”; de este modo, el núcleo del problema son aquellos que, de manera “deliberada” (diríamos nosotros, “programática”) convocan a individuos de una sola raza para lo que Morúa llamaba “la discusión de los asuntos nacionales”.

En toda esta cadena de incomprensiones cuando sí no se equivoca Portuondo Linares es cuando afirma que: “Los partidos, para Morúa, no eran como se manifiestan en la vida real, sino como él los concebía, en cuyo seno se practicaba la libre discusión, se regulaba a la sociedad, se le levantaba, etc” (p. 90). Más allá de la condición local, específicamente cubana, de la cuestión del PIC, lo que hace a Morúa insoportable en la lectura de Portuondo Linares es una diferencia medular en términos de filosofía política; la concepción del pensador liberal no busca ser reflejo de lo que entonces era el estado presente de Cuba, sino celebrar al punto en que la civilización humana ha llegado con la aceptación de la representación política como expresión de cohesión social, de vida de un proyecto, construcción de naciones o, en general, desarrollo de la cultura humana. En la filosofía de Morúa la lucha entre partidos es el terreno donde la sociedad no solo regula sus tendencias, sino que los diversos actores negocian su ambición; en el más puro estilo del liberalismo, por eso asegura que no le interesan “…las sociedades que no tienen que ver nada con el desenvolvimiento de la vida política, excepto en lo que tiene de ilustración, de principios económicos o de cualquier otro orden social de progreso” (p. 30). A fin de cuentas, todos estos grupos –—según semejante lógica— son periféricos al poder, marginales, derivados (en última instancia) de ese nervio del poder político real que son los partidos; pero para que la negociación ocurra cada una de las partes (o grupos) tiene que sentir la necesidad del otro y estar dispuesta a compartir una parcela del poder. En caso de que lo anterior no ocurriera, entonces las reacciones del grupo hegemónico dependerían del grado en el cual percibieran al otro como peligro potencial. A esto se refería Morúa cuando afirmó que, en una situación de crisis y en un país fragmentado según agrupaciones políticas por motivos de raza: “… no se pensaría probablemente como punto primero en la patria; se pensaría en la familia, en la amenaza que habría en unos para con los otros y cada cual se aprestaría a defenderse del enemigo irreconciliable que habría de suponer en esa división” (p. 32).

En aquella discusión Morúa actuó como representante de un esquema de capitalismo moderno, garantizado por documentos constitucionales hondamente democráticos, con una clase trabajadora de conducta caballerosa en el reclamo, con una esfera pública sólida y dispuesta a asimilar diálogos, todo bajo el imperio de la Ley; una visión así —que para nosotros, ciudadanos de países periféricos, todavía hoy es un modelo para alcanzar— constituye el modelo de la utopía liberal y era eso lo que realmente estaba en juego durante la discusión de la Enmienda. Semejante modelo de ordenamiento político no resultaría desafiado sino hasta bien entrado el siglo XX cuando la escena social contemporánea vio arribar lo que hoy conocemos como “nuevos sujetos sociales”; si acaso es cierto que el PIC fue un partido “de negros”, su propuesta política habría resultado tan radical que ni siquiera hoy ha vuelto a repetirse un partido estrictamente organizado alrededor de la comunidad de raza entre sus integrantes. Cien años más tarde, cuando la “mala lectura” terminó por fijar la imagen de un Morúa traidor, la lectura de un viejo artículo (del año 1938 y aparecido en la revista Adelante, dedicada a defender los derechos de los negros) nos brinda otra imagen:

“Si bien es cierto de que Morúa, a diferencia de Don Juan, siguió la táctica de proponer y respaldar al negro para el desempeño de un empleo cualquiera, aunque fuera necesario que su capacidad para desempeñarlo eficientemente la completara en el propio cargo, no lo es menos que en aquel tiempo el mismo blanco, sobre el que no gravitaba el peso de secular esclavitud y que había tenido más tiempo de cultivarse durante el proceso revolucionario, estaba procediendo de igual manera; además las personas que se escogían eran de las más capacitadas dentro del conglomerado negro de la época.”

“Morúa no fue apóstol de doctrinas innobles”. Adelante, Año III, Habana, Febrero de 1938. No. 33

¡Que ironía, con independencia del debate acerca de la Enmienda, es la única crítica que he podido encontrar acerca de la gestión de Morúa y resulta que es por ayudar en demasía a los de su raza! Para que las paradojas sean todavía más sorprendentes, en el reciente libro Black political activism and the Cuban Republic, de Melina Pappademos, se reproduce una carta del 6 de noviembre de 1906 en la cual Morúa se dirige a Juan Gualberto Gómez pidiéndole que interceda (como práctica común dentro de la red de relaciones de patronaje típica en la época) en apoyo a la propuesta que tenía Alfredo Zayas para nombrar como Jefe de Sanidad y Transporte, dentro del Departamento de Obras Públicas de La Habana, a Evaristo Estenoz. (Pappademos: 2011, 86) 

El tipo de conexión (y descolocación respecto a cualquier interpretación simplicista) que lo anterior nos sugiere, permite que nos ubiquemos en otra manera de leer la Historia, en el estado de apertura que —en su momento— debieron de tener eventos, proyectos, soluciones y vínculos personales. Me parece un buen modo de terminar si vuelvo a citar uno de mis párrafos favoritos en lo que toca a las metodologías posibles para interpretar el pasado; se trata de unas líneas tomadas del bello ensayo Los momentos perdidos de la historia que el historiador inglés H. R. Trevor-Roper dedicara a su amiga, la también historiadora Dames Amelia Frances Yates:

“Las lecciones de la historia, se dirá, se deben deducir de lo que ocurrió realmente, no de lo que no ocurrió. Y por supuesto debo admitir la verdad de esto. Cualquier historia alternativa que esté en nuestra capacidad plantear será, por fuerza de circunstancias, una pura hipótesis. Y sin embargo, en un cierto sentido, esas hipótesis también son necesarias; porque las alternativas que en un determinado momento se planteaban, eran reales para el entendimiento de quienes las rechazaron o no supieron captarlas; eran un elemento, intangible pero real, de la situación histórica total; de modo que ¿cómo podremos reconstruir la realidad de una coyuntura histórica, o aprender de ella, si no las tomamos en cuenta? Solo si enfocamos los acontecimientos en un escenario de alternativas que compiten entre sí podremos sostener que nuestra historia es objetivamente verdadera. Solo así se podrá considerar viva. Una investigación histórica pormenorizada es indispensable para los estudios históricos, pero no es en sí misma la finalidad o el propósito de dichos estudios. Podemos sumergirnos en archivos sin fondo al objeto de corregirnos recíprocamente, con base en minucias de historia local o social o diplomática, pero si nos quedamos en eso ¿quién, aparte de quienes se hayan sumergido a la par con nosotros, querrá tomarse el trabajo de examinar nuestros hallazgos o aprender de ellos, si es que hay algo aprendible? Solo si nos enfrentamos a la historia mirándola por igual hacia adelante y hacia atrás, desde el punto de vista de los contemporáneos para quienes todas las opciones estaban, o parecían, abiertas, solo entonces podremos verla, por así decirlo, espectroscópicamente, sentir que formamos parte de ella, que sus protagonistas son personas reales, de tres dimensiones, no planas, que se desplazan en un mundo igualmente tridimensional, y con libertad de opción, por muy limitada que esta sea.” Trevor-Roper: 1989, 27-28.

 

Bibliografía:

Chapman, Charles E. A History of Cuban Republic. A Study in Hispanic American Politics. New York: The MacMillan Company, 1927.

Fletcher Johnson, Willis. The  history of Cuba (volume 4). New York: B. F. Buck & Company, Inc., 1920.

La Ley Electoral en el Senado. Enmienda presentada por el Senador M. Morúa Delgado. Debate y resolución sobre la misma. (La Habana: Imprenta, Papelería y Encuadernación La Rambla y Bouza, 1910)

“Morúa no fue apóstol de doctrinas innobles.” Adelante, Año III, Habana, Febrero de 1938. No. 33

Pappademos, Melina. Black political activism and the Cuban Republic. The University of North Carolina Press, 2011.

Pinto Albiol, Ángel César. El pensamiento filosófico de José Martí. La Habana 1946. p. 81.

Portuondo Linares, Serafín. Los Independientes de Color. Historia del Partido Independiente de Color. La Habana, Publicaciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura, 1950.

Schomburg, Arthur. General Evaristo Estenoz. The Crisis (New York): (Vol. 4, No. 3). National Association for the Advancement of Colored People. 1912-07.

Speeches incident to the visit of Philander Chase Knox, Secretary of State of the United States of America, to the countries of the Caribbean. February 23 to April 17. 1912. Washington: Government Printing Office, 1913. Edición electrónica: www.archive.org

Trevor-Roper, H. R. “Los momentos perdidos de la historia”. Revista de Occidente (Madrid) Nº 102, 1989.

Washington, Booker T. “Race friction in Cuba – and elsewhere”. The Continent, 43 (Oct 3, 1912), 1382.

Winslow Rowland, Donald. The Cuban race war of 1912. M. A. thesis, 1926; University of Berkeley, California.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

Los Independientes
de color en la prensa norteamericana

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.