La Habana. Año XI.
23 al 29 de JUNIO
de 2012

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Virgilio Piñera:
Sobre el peso de su Isla
Helen H. Hormilla • La Habana
Fotos: Cubaliteraria

“Mientras viva seré inmortal. Si toco mi corazón, es como si lo tocara eternamente”.

Virgilio Piñera1

Para Virgilio Piñera, el año de 1912 carecía de trascendencia. “Juzgo ocioso declarar el año de mi nacimiento. Se cita el año de llegada al mundo cuando se pertenece a un país donde, en el momento en que se nace, algo ocurre —ya sea en el campo de lo militar, de lo económico de lo cultural... Pero no, ¡qué curioso! cuando en 1912 (ya ven, pongo la fecha para que no queden con la curiosidad) yo vine al mundo nada de esto ocurría en Cuba”2. Corridos cien almanaques, la fecha ha quedado estampada en la historia casi como precursora de un culto. El 4 de agosto de aquel año en que nada aparente sería capaz de trocar los destinos de la Isla, ganaba su primer aliento uno de los escritores más notables de la literatura latinoamericana; un hombre irreverente y precursor; marginal en tanto ser consecuente, de genio mordaz, dinamitador de esquemas vanos; incitante hasta el punto de marcar generaciones enteras de poetas, dramaturgos y ensayistas que le sucedieron, en esa misma tierra de circunstancia maldita que obliga a sentarse en la mesa del café y cuya literatura, después de él, no pudo ser más la misma.

Cuenta Antón Arrufat, uno de sus más cercanos amigos, que una noche de poco optimismo Virgilio intuyó que su centenario sería grandioso. Y ha sido cierto, no por las pomposidades y fanfarrias que en ocasiones acompañan a ciertas conmemoraciones. Virgilio, proveniente “de un lugar de demonios y de ángeles”, no puede ser estatua sino materia viva. “Si en la vida he sido carne, en la muerte no quiero ser mármol”, dijo en su Testamento3, de modo que celebrarlo debió de tocar con las manos el corazón de la inmortalidad.

La publicación de su obra completa en una coherente colección preparada en conjunto por varias editoriales y de ensayos sobre su labor creativa; la puesta en escena de algunas de las obras que lo convierten en el más importante dramaturgo cubano del siglo XX; los dosieres dedicados a su impronta por diversas revistas; coloquios, cursos temáticos y homenajes prodigados dentro y fuera de Cuba; la realización de documentales, exposiciones de artes plásticas; la grabación por parte de la televisión cubana de más de diez de sus obras, entre otras iniciativas, han sido constancia de la necesaria reivindicación de una presencia imprescindible en las letras cubanas. Una comisión presidida por Antón Arrufat e integrada por escritores y representantes de diversas instituciones culturales, ha venido preparando de manera acuciosa las actividades que durante todo este año han traído de vuelta al dramaturgo, poeta, narrador, traductor y ensayista desde la letra impresa, la evocación y la escena.

Por estos días, casi 40 académicos, escritores, traductores y amigos cercanos se han reunido en La Habana para hablar de su obra, en el Coloquio Internacional Piñera tal cual, celebrado entre el 19 y el 22 de junio en el Colegio San Gerónimo del Centro Histórico de la capital cubana. Como buen iconoclasta, Virgilio ha de haber visitado incógnito la calle Obispo, en La Habana Vieja, con su camisa de mangas cortas, el gesto garbo y un paraguas negro cerrado colgando del brazo para echar una carcajada o apostillar un comentario irónico luego de escuchar las múltiples valoraciones que es capaz de suscitar su creación y su vida irreverente, vertidas por investigadores provenientes de EE.UU., España, México, Hungría, Reino Unido, Venezuela y Cuba. Para el autor de La isla en peso nada mejor que el absurdo, la profundidad y el sarcasmo podría coronar su profana existencia.

Bien lo señaló Arrufat en las palabras de presentación del Coloquio: “Si existen obras y autores con un destino patético, Piñera podría figurar en esa legión extraña. Murió antes que su rehabilitación se iniciara. Murió en la mayor oscuridad: pese a que sus escritos no se publicaban ni su teatro se estrenaba, su fe se volvió apremiante, le exigía que pusiera en práctica su confianza en la díscola diosa profana, su fe requería alimentarse con obras, y silencioso y en la sombra, siguió escribiendo, entre dudas inesperadas y desánimos; pero con una fuerza oculta que volvía renovada”.


Virgilio Piñera junto a Antón Arrufat

La literatura fue, sin duda, la única convicción irrevocable. “Su necesidad de creer en algo permanente, autónomo, por encima de las contingencias sociales que al final de su vida de escritor le fueron muy adversas —continúa Arrufat—, lo indujo a realizar una violenta sustitución: la del Dios trascendente por la literatura trascendente, pese a sus burlas y sarcasmos, a su aparente desconfianza en esa singular diosa profana, díscola y caprichosa, que era para él, a la vez, la literatura. En su fe, el artista se instala como el creador supremo de un descubrimiento decisivo para el hombre. Aunque mutilado, perseguido, marginado, excluido y detestado resulta en realidad eficaz: es el descifrador de la irrealidad, según Piñera mismo decía, que se desprende de la realidad”.

El Coloquio exaltó la condición excepcional de Virgilio en el panorama dramatúrgico, poético y narrativo de las letras del continente. Tanto en la relación con sus contemporáneos Borges, Guillermo Cabrera Infante y Lezama, como desde su recuperación en las posteriores generaciones de teatristas y literatos, Piñera se revela como uno de los autores más influyentes del siglo XX en Cuba. Los diversos rasgos de su escritura, el tratamiento del cuerpo, su regreso a la prensa y la vuelta al proscenio de sus piezas dramáticas, fueron algunos de los temas examinados durante estos días.

En palabras del prominente crítico peruano Julio Ortega, Piñera es un poeta solitario de muchas voces, que se suceden a través del valor de su lenguaje, agudo y sarcástico, reflejo de su rebeldía, nostalgia del deseo, melancolía y conciencia de la muerte.

Textos teatrales como Electra Garrigó, Dos viejos pánicos, Jesús y Aire frío; poemas como “La Isla en peso”, “Las furias”, “Testamento” y “Vida de Flora”; las novelas La carne de René, Pequeñas maniobras y Presiones y diamantes, así como los exquisitos absurdos de sus Cuentos fríos, entre una larga lista de textos, deben alcanzar de una vez y por todas el merecido espacio dentro del canon de la literatura cubana.

Casi como pagando una deuda con este nuevo siglo donde tampoco parece ocurrir nada supremo como para remarcar el instante de algún nacimiento, Virgilio regresa a conmover las intimidades del espíritu de quienes le leen, a sacudir el panorama cultural de la isla en peso que lo coloca, aun con timidez, en el sitial que le corresponde. Mas no habrá más reverencia a un autor de su talante que la disconformidad hasta con la propia grandeza, que una cultura que transgreda los límites supuestos, rete a la norma y sea capaz de crear, sobre lo real, un espacio literario auténtico.

El 18 de octubre de 1979 a Virigilio Piñera se le quebró de un tajo el corazón, dejando listas para publicar siete obras de teatro, dos libros de narraciones y un poemario, entre otros textos inconclusos, producidos desde el ostracismo pero con la seguridad de lo imperecedero. Varios de sus poemas lo ubican en la disyuntiva de la muerte y, ante ese temor a la nada, su reacción se esfuerza en exaltar la vida: “Tan vivo estoy, que la historia/desfila ante mi vista/ y puedo acompañarla en su incesante marcha/haber sido, ser y llegar a ser”4. Desde aquel haber sido, Piñera trasciende la dimensión ignota y, como en certeza profética, regresa transformado en la esencia de su Isla:

Aunque estoy a punto de renacer,/no lo proclamaré a los cuatro vientos/ni me sentiré un elegido:/solo me tocó en suerte,/y lo acepto porque no está en mi mano/ negarme, y sería por otra parte una descortesía/que un hombre distinguido jamás haría./Se me ha anunciado que mañana,/a las siete y seis minutos de la tarde,/me convertiré en una isla,/isla como suelen ser las islas./ Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,/ y poco a poco, igual que un andante chopiniano,/empezarán a salirme árboles en los brazos,/ rosas en los ojos y arena en el pecho./ En la boca las palabras morirán/ para que el viento a su deseo pueda ulular./Después, tendido como suelen hacer las islas,/ miraré fijamente al horizonte,/ veré salir el sol, la luna,/ y lejos ya de la inquietud,/diré muy bajito:/ ¿así que era verdad?”5

Notas:

1. “Himno a la vida mía”. En La isla en peso, UNIÓN, La Habana, 1998. Pp. 186-187.

2. UNIÓN, Número 10, Año III abril–mayo–junio 1990.

3. “Testamento”. En La isla en peso, UNIÓN, La Habana, 1998. P. 123.

4. “Himno a la vida mía”. Ibídem.

5.Isla. En La isla en peso, UNIÓN, La Habana, 1998. P. 214.

 
 
 
 
 


Galería de imágenes

Virgilio Piñera
(1912-1979)

 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.