La Habana. Año XI.
23 al 29 de JUNIO
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

La piscina

Donde solo en apariencias nada ocurre

Ángel Alonso • La Habana

Fotos: Cortesía ICAIC

Desde sus primeros momentos La piscina (primera película de Carlos Machado Quintela) nos estremece por su forma de presentar los créditos, cortando abruptamente no solo la imagen sino además el sonido. Seguidamente, un desierto espacio negro se impone ante nosotros; algo hondamente provocador a causa del sorpresivo abandono de la banda sonora. El plano negro se conserva en pantalla el tiempo suficiente como para tener la impresión de habernos quedado ciegos y sordos, hasta que aparece el primer texto.
 

Luego los personajes van apareciendo lánguidamente, síntoma que manifiesta el hábito mecánico de enfrentar un día más, un día del que no se espera nada. Se mueven de extremo a extremo de la imagen y los percibimos como piezas de una unidad que crea tensiones espaciales dentro del área de la pantalla. A menudo los distinguimos agitarse como dispositivos de un video-juego, muy rápido nos damos cuenta de que todo ocurrirá allí y solo allí, en aquel estanque tan rectangular como la pantalla misma, que nos recuerda las pinturas de David Hockney.

Colocarlos en una piscina entraña una sensación de estancamiento. Hay un silencio, un rumor, una lentitud, un aislamiento… todos estos factores apuntan a una actitud estática y reflexiva ante una situación en la que aparentemente no pasa nada y está pasando mucho. Los cuatro alumnos y el maestro, personificados como ángeles de una cúpula renacentista mediante una inteligente inversión de la cámara, son conscientes de su condición de outsiders. Pero esta diferencia con los “normales” es de carácter disímil en cada uno de los personajes, desde la obvia ausencia de la pierna de la muchacha hasta la frustración sicológica del maestro, confinado a su monótono trabajo luego de haber pretendido ser un exitoso deportista.

Visibilizar las vidas de los diferentes resulta peliagudo, pues sabemos que se trata de un tema que suele abordarse de manera panfletaria. La visión intensamente humanista de la película escapa a las consabidas e ineficientes campañas que pretenden educar a los supuestos normales para que acepten a las “ovejas negras” del rebaño. A menudo, lo que se logra es otro tipo de apartheid muy parecido al “racismo positivo” de los programas de protección a los extranjeros en Europa. En este caso, ocurre algo diferente: identificados con los personajes protagónicos sentimos un rechazo visceral a la horda salvaje de los estudiantes de natación que los desplazan de su refugio azul, esa rapsodia de naturaleza y cultura —50 por ciento agua y 50 por ciento concreto—, minimal, brutal, que constituye el espacio de la piscina.

Asqueados del exhibicionismo de los “normales”, cuyo sutil acto de agresión es la ignorancia, nos solidarizamos con los excluidos, ya amigos nuestros más por lo que queremos conocer de ellos que por lo que ya sabemos. Han despertado nuestra simpatía, un cálido sentido de solidaridad que no tiene nada que ver con eso que llamamos lástima y que tal vez sea el peor de los sentimientos. La  angustia del alma suele ser desafiada con mayor entereza desde la desesperanza del que no tiene nada que perder, mientras que una persona que se encuentra “bien” puede desbalancearse y entrar en pánico ante la posibilidad de la pérdida de sus ventajas, ante la potencial caída de sus anhelos, ante lo inevitable de la vejez y la muerte. ¿Quiénes son entonces en realidad los dignos de lástima?

La piscina, apropiado marco donde los acontecimientos y los no-acontecimientos tienen lugar, se carga de la densidad de estos personajes, de estos no-héroes-coprotagonistas de la no-historia que componen estos fragmentos de sus vidas; instantes que lejos de sugerir un día significativo parecieran hablarnos de un día más, de un día común dentro de sus extrañas existencias.

La ópera prima de Carlos Machado deja entrever al cineasta que se está formando, al cine que promete hacer. Lo cierto es que la pieza tanto en relación con su factura, como en cuanto al nivel de su propuesta, nada tiene que envidiar a otras realizadas por cineastas más experimentados. En esta película, hay una procesada asimilación de recursos expresivos básicamente heredados del cine europeo, aportes de diversos movimientos cinematográficos que en su momento fueron plenamente experimentales. Aquí la lentitud no es gratuita, es lo que permite la tensión que se respira. Con la parsimonia de una video-instalación de Bill Viola asoma el primer cuadro, que nos dispone para lo que vendrá, que nos dice: “Este es el ritmo al cual nos moveremos, no pretendas bailar”.

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.