La Habana. Año XI.
16 al 22
de JUNIO de 2012

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Así se vive el boxeo
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Cortesía de la familia y Archivo del periódico Granma

Toda la historia aparece allí, en su casa, sobre las paredes. Ninguna está pintada del mismo color que la otra, y las imágenes, en un extraño juego cromático, narran su vida. Narran unos 60 años recién cumplidos en marzo, como quien dice. Unos 60 años que difícilmente se hubiesen vivido mejor.
 

Una secuencia de fotos muestra una de sus peleas más memorables: el torso erguido, elegante, la cabeza en alto, los músculos tensos, la mirada al frente, fija en el sitio a donde dirige el último golpe. Mientras Duane Bobick, el rostro anudado en una mueca, cae a la lona con toda su esperanza blanca, sin saber muy bien de dónde ha venido el derechazo.

Era el 5 de septiembre de 1972, las Olimpiadas de Munich, y Teófilo Stevenson se desquitaba de la derrota recibida un año antes, a guantes del propio Bobick, en los Panamericanos de Cali, Colombia. Poco después regresaría a Cuba con el primer oro olímpico de su carrera, que incluyó otras dos medallas similares y tres campeonatos mundiales.


En un combate contra Duane Bobick en las Olimpiadas de Munich 72

Pero hay más. También aparece el reconocimiento que le entregó la revista Bohemia por haber sido elegido, a partir de una encuesta, como el atleta del siglo XX. Y el Premio Fair Play Mecenate, que nombraba a Stevenson como embajador del juego limpio. Se trata de una distinción que rara vez se entrega a los deportes de combate, Teófilo la recibió dos veces.

Muy cerca, aparece sonriendo, las patas de gallo bordeándole los ojos, como el pícaro que siempre fue. A su lado, mucho más viejo, el ucraniano Andrei Chervonenko, el mismo que junto a Alcides Sagarra, su padrino, convertiría a aquel muchacho de 17 años en un peso pesado.

Ambos, en secreto, prepararon la estrategia para la pelea del siglo. En una esquina, desde luego, estaría Teófilo, el campeón amateur. En la otra, alguien que también me observa desde esta pared, la boca abierta, provocadora igual que siempre, y el dedo índice levantado, retando al espectador o exigiendo silencio. Por supuesto, hablo de Muhammad Alí, el grande.


Junto a Muhammad Alí

La pelea, ya se sabe, nunca se hizo. La Asociación Internacional de Boxeo Amateur (AIBA) y la Federación Cubana de Boxeo (FCB) jamás llegaron a ponerse de acuerdo. Y Alí, tan decidido al principio, al final ya no lo parecía tanto.

No obstante, Sagarra y Chervonenko idearon una estrategia secreta para preparar al cubano en caso de celebrarse el combate. Los dos entrenadores, perros viejos, sabían que la mayor debilidad de Stevenson estaba en su velocidad, por eso le hicieron pelear diez rounds con plomos en las manos y los pies. Después de aquello, nadie, ni siquiera el mismísimo Muhammad Alí, podría predecir sus movimientos, y mucho menos su derecha.

La historia se la contó el propio Sagarra a Reynaldo Taladrid en un cumpleaños de Stevenson. Pero esa misma noche, Teófilo tomó a Taladrid del brazo y lo puso delante de las mismas fotos que ahora observo. Allí, se ve otra secuencia: el encuentro de los dos boxeadores con Fidel. “Muhammad era mi hermano —le dijo Stevenson a Taladrid—, la pelea hubiera quedado deuce”. O sea, un justo empate. Y, en efecto, eso es lo que parece en la foto, con Fidel en el medio, los dos tienen cara de haber ganado.

Pero el verdadero espíritu de Stevenson, más que en estas fotos y diplomas, está en otra parte. Está en las marcas que dejaron sus manos en las paredes; en el asiento que solía ocupar, demasiado bajo para él; en la mesa donde jugaba el dominó con siete fichas, como se hace en Oriente; en el desorden de la cocina, donde preparaba comidas para los amigos y jamás los dejaba ir sin probarla; en esta casa, nunca lo suficientemente grande para recibir a tanta gente; en la sonrisa de su hijo David Alejandro, tan parecida a la suya; en la voz cansada de su esposa, Fraymari, quien aún habla de él en presente, como si todavía estuviese vivo, pues, de una forma u otra, aún lo está.


Junto a su hijo David Alejandro

Ahora, ella escucha a Taladrid, quien, como muchos de los amigos de Teófilo, cuenta sus historias como si lo tuviera delante, con aquella risa limpia, traviesa, palmeándoles el hombro hasta enrojecerlo. Taladrid cuenta sobre aquella noche de los libros, en que él conducía un espacio sobre deporte e invitó a Stevenson. Pero este apenas hablaba. Por eso comenzó a molestarlo con aquellas dos peleas que le ganó Igor Visotski. Teófilo no aguantó más, tomó el micrófono y le dijo: “Es verdad, él me ganó, pero después me invitó con mi familia a Rusia. Al final de la vida, ¿quién ganó, él o yo?” Su ecuación siempre fue simple: Visotski ganó dos peleas; él, un amigo.

Esta, en cambio, se supone que es una noche triste, pero aquí nadie parece estarlo. Es difícil hablar con tristeza de un hombre divertido como pocos. Alguien que bailaba hasta el amanecer ya fuera con la Original de Manzanillo, o Cándido Fabré, o los Van Van, o Elito Revé, o cantando "La Lupe" y "El Rey". Allí, en un rincón, descansan sus maracas, las mismas que llevaba a todas partes y hacía sonar donde fuera.

Por eso, la esposa —se niega a que le llamen viuda— asiente con la cabeza, confirmando las historias; a Helmys, la hija mayor de Teófilo, se le ilumina el rostro con las ocurrencias del padre; y Adriana, la esposa de Gerardo Hernández Nordelo, no puede parar de reír.

Adriana ha venido esta noche, con su elegancia impecable, porque supo que, entre los muchos libros que leía Stevenson —sobre todo aquellos que hablaban de la historia de la Revolución Cubana—, había uno especial: El amor y el humor todo lo pueden, de Gerardo. Por eso, le ha asegurado a Fraymari que se encargará de cumplir uno de sus últimos deseos: devolvérselo con una dedicatoria de Gerardo.

Aún sin enmarcar, escuchando la conversación, está la última foto que le tomaron a Teófilo en vida. En ella aparece junto a otras tres personas durante un maratón, apenas dos días antes de morir. Se le ve sonriendo, como siempre, disfrutando de cada segundo de la vida. Nadie, ni el fotógrafo ni sus acompañantes ni el propio Stevenson, sabían lo que estaba por venir, y quizá fuera mejor así.

Aunque, bien pensado, eso no hubiese importado mucho. De haberlo sabido, Teófilo hubiera esperado a la muerte como mismo hacía con los golpes: el porte erguido, el mentón levantado y la derecha lista para descerrajarle el rostro con un jab de los suyos. Después, la ayudaría a levantarse y seguiría riendo.

 
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.