La Habana. Año XI.
2 al 8 de JUNIO de 2012

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El cumpleaños de mil luces
Esther Suárez Durán • La Habana

Me solicita a la carrera La Jiribilla (siempre inquieta, con prisa, haciendo honor a su nombre) unas páginas sobre la Casa Editorial Gente Nueva que está celebrando en estos días sus 45 años de existencia.

En el primer instante me excusé. No me parece serio hablar de tan ingente esfuerzo sin disponer del tiempo y los datos suficientes para pretender un artículo riguroso. Luego comprendí que, desde cualquier perspectiva, así fuese la más personal y limitada, al cumpleaños de Gente Nueva era impensable faltar.

Mi relación con ella es la misma del resto de los adolescentes lectores de mi generación. A mis 12 años apareció esta Editorial para suerte de todos nosotros, los que ya estábamos y quienes vendrían, y yo, que crecí en una familia devoradora de letra impresa tuve de inmediato a mi disposición los títulos de sus colecciones, los cuales también eran disfrutados por mis mayores, pues en esta familia había que andar por la casa con el libro que se estaba leyendo bien sujeto, al menor descuido otras manos comenzaban a hojear sus páginas.

Imposible recordar todo lo leído o releído gracias a ella en esa época —debo precisar que antes de su existencia y tras el triunfo del 59 se habían publicado ya en el país títulos destinados al infante y al joven—, pero puedo nombrar a Martí, a Dora, Mirta, Almendros, junto con Verne, Dumas, Salgari, Tagore, Kipling, Andersen, los Hermanos Grimm, entre tantísimos otros, y aunque la mayoría de estos libros, de estos amigos, ya no me acompañan porque pasaron a ser patrimonio de nuevos niños, me sorprende ahora mismo la nitidez con que recuerdo sus formatos y sus cubiertas.

Lo mejor de todo es que Gente Nueva siguió conmigo cuando cursaba los estudios universitarios. Aquí mismo, en la zona más accesible del librero más próximo a mi lugar de trabajo, donde se reúnen los libros destinados a los infantes y jóvenes (¿casualidad?) me saludan dos curiosos ejemplares que datan de 1974 y 1975, respectivamente: Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, con delicadísima cubierta, e Hilos invisibles, de Antonio Gramsci; dos maravillas. Contaba yo, entonces, con 18 y 19 años y estudiaba los primeros años de la carrera. Doy gracias ahora, que conozco algo del funcionamiento de nuestras editoriales, a la sensibilidad exquisita de quienes decidían entonces qué se publicaba y pusieron estos tesoros al alcance de todos nosotros.

Siguen asomando amigos viejos de este librero tan grato y vienen Una taza de té (1981),  selección de cuentos de Katherine Mansfield, con un prólogo de lujo de Eliseo; El tigre en la vitrina, de Alki Zei, un libro extraño y hermoso de 1985, cuando no había ningún niño ya en casa y yo cumplía mis 30 años; El Hobbit, del profesor de Oxford J. R. R. Tolkien, y La cuerda floja, de la brasilera Lygia Bojunga Nunes, ambos de 1989, mientras de un salto se planta ante mí Momo, de Michael Ende, publicado en 1991 y, al punto, con una mirada de súplica le pido al resto, que ya se arremolina, permanecer en sus lugares, pues esta lista se ha extendido más de lo pensado.

Pese al bloqueo de todo tipo —el externo y el interno— Gente Nueva puso en nuestras manos, la de lectores y escritores, exponentes diversos de las nuevas perspectivas que exhibía la literatura en diálogo con los segmentos más jóvenes de la población en muy distintas regiones del planeta. Fue esa la significación de Pipas Medias Largas y su saga, de la escritora sueca Astrid Lindgren;  de Christine Nöstlinger con su Me importa un comino el rey Pepino y Konrad el niño que salió de una lata de conservas, obras que se alzaban contra las normativas reductoras imperantes en la creación destinada a los infantes y adolescentes y brindaban nuevos matices al realismo. También de las magníficas novelas de Tolkien, las cuales revaloraban la aventura y los elementos fantásticos.

Gente Nueva también me permitió entrar en contacto, admirar y querer en la distancia  —primero como autoras, cuando aún me resultaban desconocidas en tanto individualidades— a creadoras de la talla de Dora Alonso, Julia Calzadilla, Nersys Felipe, Enid Vian. También a sus ilustradores, valiosos artistas plásticos como Enrique Martínez, Reynaldo, Bladimir…

 

Mi primer libro publicado lo agradezco a la Editorial Ciencias Sociales, ellos, además, marcaron para mí la pauta en cuanto a las relaciones entre autor e institución editorial, y la primera figura de editor que conocí fue, curiosamente, la de Enid Vian, a quien ya había leído. Luego, Ediciones Unión resultó responsable del primero de mis libros para niños, tras haber obtenido su  manuscrito el Premio Ismaelillo del Concurso UNEAC de 1985. Pero quiso la vida y los avatares de la industria del libro en aquella etapa que dicho título estuviese listo en el mismo y exacto instante que Mi amigo Mozart, obra con la cual tuve el privilegio de entrar, en 1996, en el catálogo de Gente Nueva gracias al Premio de Teatro del Concurso La Edad de Oro en su edición de 1991. Dos libros más he tenido la suerte de publicar con esta Casa Editora: La travesía de Byron (2003) y Pelusín y la esperanza (2008).

 

Por fortuna, mi relación con la institución no ha sido un vínculo de complacencias, lo cual lo define como proceso vivo e interesante. La literatura dramática, por ejemplo, no es precisamente expresión favorecida entre sus géneros, asunto que si bien no resulta noticia en el universo editorial cubano tampoco alivia manquedades. No obstante, estimo en alto grado mi pertenencia a esta familia que, como todo clan que se respete, vive entre el afecto y las diferencias.

 

El sentido de pertenencia en este caso, el de Gente Nueva y sus autores, sospecho que no descansa en el hecho de ser nombre reiterado de su catálogo, sino que, en particular, guarda relación con el interlocutor que todos, sin excepción, hemos elegido y se fortalece con la todavía insuficiente atención y reconocimiento social que se le brinda; situación, por cierto, que cual imagen especular proyecta su reflejo sobre nosotros.

 

La pertenencia tiene también que ver con la libertad y la alegría que demanda y genera el diálogo con quienes son nuestros públicos; en primer lugar, el infante, y junto a él, la familia toda. En buena parte la familia cubana, en tanto familia, lee con quienes producimos (autores e industria del libro) libros para sus jóvenes miembros. Lo hace el adulto mediador entre la obra y el niño; lo hace, luego, el otro adulto que acaso tropieza con el libro ya como nuevo habitante de la casa. También aquel integrante del clan que creció sin desarrollar el hábito de la lectura y quizá no esté bien dispuesto para el inicio de aventuras intelectuales individuales.

 


Hace unos años —pocos en número, pero intensos—, Gente Nueva vivió un nuevo cambio en su directiva. El escritor, editor e investigador Enrique Pérez Díaz asumió su liderazgo y, aunque las dificultades y los obstáculos pretendieron no enterarse, tuvieron que medirse con una voluntad y una energía avasalladora que bien pronto presentó sus credenciales. La Casa Editorial toma lo mejor de su tradición, lo más valioso de su extensa experiencia y sobre ello despliega nuevas estrategias, reelabora concepciones y coloca oportunamente alta la marca de sus anhelos.

 

Sin lugar a duda, la familia, más extensa, multiplicada a partir de ahora con los nuevos proyectos que por estos días se inician y que se empeñan en abolir toda distancia entre la institución y sus públicos, tiene mil razones para celebrar. Digamos mejor, en honor a la tradición literaria, que son mil y una razones.

 
 
 
 


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Festejo por el cumpleaños 45 de Gente Nueva

 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.