La Habana. Año XI.
19 al 25 de MAYO de 2012

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Havana Open-House
En el estudio del artista
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Cortesía de los artistas

Casi todo aficionado al arte suele sentir una fascinación especial por el estudio del artista. Van Gogh tenía el suyo a la vista de todos, allí donde quiera que hubiese un paisaje digno de retratar. Edvard Munch, en cambio, se hizo construir en Ekely, sobre un fiordo noruego, cuatro paredes sin techo para sentir que pintaba al aire libre. Velázquez llegó a inmortalizar el suyo en su cuadro más famoso. Sucede que a la gente le fascina esos sitios no solo porque revelan, de una forma u otra, la personalidad del artista, sino porque saben que es justo ahí donde comienza el rito del arte.
 


Referencia para un punto, Celia y Yunior

Esto es lo que más atrae de los open-house —u open-studio, lo mismo da—, cuando el taller del artista se abre al público uno tiene la posibilidad de conocer el sitio exacto donde se dio la primera pincelada, el rincón en el que cobran vida las visiones, el lugar donde el contenido se hizo forma. En las galerías se siente el aire solemne y distante de los monasterios, allí no. Allí los pinceles, las espátulas, los lienzos a medio empezar, las manchas de pintura, nos hacen sentir más cerca del creador, del hombre. Sobre todo porque, de hecho, lo mismo un periodista que un grupo de pioneros interesados en las artes plásticas pueden intercambiar con los artistas que están casi siempre por ahí.


Pioneros visitan otra experiencia de open-studio en Cuba
Foto: Cortesía Riera Studio

Precisamente de eso se trata Havana Open-House, una de las muestras colaterales de la Oncena Bienal de La Habana 2012. Son 13 estudios diseminados por toda la ciudad, en los que las personas pueden conocer la obra de más de 40 artistas, mientras conversan con ellos en el mismo lugar donde la mayoría fueron creadas.

El proyecto se debe, en gran medida, al trabajo de dos jóvenes: Liatna Rodríguez y Lida Sigas, especialistas de la galería Servando. Ambas se dieron cuenta de que las gestiones de distribución y comercialización de las obras que hacían los artistas de manera independiente, desde sus talleres, a veces eran más efectivas que aquella organizada desde la propia institución. Claro que ellas mismas representan a la institución. Por supuesto, siempre que se tratase de creadores ya reconocidos en Cuba y a nivel internacional. Con los jóvenes sucede algo distinto.

“A los artistas jóvenes —explica Liatna—, aunque tengan una obra sólida, con carreras bastante desarrolladas incluso fuera de Cuba, les cuesta mucho promocionarse, suelen quedarse fuera de los eventos más grandes y los contactos que logran establecer los hacen de manera muy puntual”.

De ahí surgió la idea de agrupar a una serie de artistas con una propuesta interesante, ya fueran pintores, fotógrafos, instalacionistas o trabajaran con medios audiovisuales. Como todas las buenas ideas, esta era bastante sencilla: por un lado, utilizarían la plataforma de la galería para las estrategias de promoción y comercialización; por el otro, agruparían a los artistas en sus propios talleres organizando exposiciones colectivas.

El criterio de agrupación no obedecía a rasgos estéticos o conceptuales, sino, más bien, a afinidades personales. Fue así como contactaron a una serie de artistas jóvenes, y estos, a su vez, sugirieron a otros colegas que quizá pudiesen participar en el proyecto:

“Queríamos que los talleres funcionaran como verdaderos espacios de creación, lo más importante es que hubiese empatía entre sus miembros, que no fuese una selección arbitraria desde nuestra perspectiva como curadoras. Por eso convocábamos a un artista y él hacía lo mismo con tres o cuatro más, tal vez esa selección coincidiera con alguno en quien ya habíamos pensado. Tratamos de darle cierta organización al proyecto, pero siempre respetando la libertad del artista, pues ellos son los dueños de sus espacios. Aunque no buscamos una confluencia de estilos, curiosamente, aquellos que participaron en un mismo taller fueron descubriendo puntos comunes en sus discursos”.


De la serie Palabras prestadas, de Katia Uliver

Fue un proyecto que tomó más de un año, desde la distribución de los artistas en los distintos talleres, hasta garantizar que estos estuviesen en lugares céntricos de la ciudad, de fácil acceso para el público.

Ciertamente, no es la primera vez que se organiza un open-house en Cuba, de  hecho, aquí son bastante comunes incluso durante la Bienal, pero sí es la primera vez que se gestiona intencionalmente desde una institución, como proyecto para la Bienal. Esto, además de garantizarles un espacio dentro del evento, les ofrece una serie de ventajas en cuanto a promoción, asesoría y  gestión de ventas; ya que, si bien no forman parte de la nómina de la  galería, pueden servirse de sus contactos para comercializar las obras.

“Quizá no cumplimos todas las expectativas de cada cual —reconoce Liatna—, resulta imposible, son 44 artistas, pero intentamos garantizarles la mayor  cantidad de publicidad posible. El proyecto no va a terminar cuando acabe la Bienal, la idea es mantenerlo con todas las relaciones que se puedan ir  haciendo a partir de las propias estrategias de trabajo que emplea la  galería: catálogos, medios de relaciones públicas, promociones entre los  clientes que vienen aquí, etc. Ellos no forman parte de la nómina porque  ninguna galería en el mundo trabaja con tantos artistas, pero quién quita que en el futuro alguno pueda pertenecer, todo depende de su trabajo y del nuestro”.


"Trinchera". Video DVCam, de Levi Orta

Veamos, por ejemplo, el Taller 1, donde se reunieron todos los participantes extranjeros de Havana Open-House. Liatna contactó a Levi Orta, un joven artista cubano que también expuso en la muestra oficial de la Bienal, y él  se encargó de llamar al resto. Aquí, además de afinidades personales, se dan relaciones conceptuales entre los participantes. Todas las obras, o bien tienen que ver con La Habana, o inciden directamente en lo político-social.  O sea, se preocupan más por el plano real que por la parte representacional del arte. También hay similitudes formales, pues, a diferencia de otros talleres, aquí no se muestran pinturas, sino videos, fotografías o acciones. Por eso, cuando Levi invitó a Mauricio Miranda, costarricense; Nuria Güell, catalana; Daniela Ortiz, puertorriqueña radicada en España; y Gretell Rassúa, cubana; estos no expusieron en un estudio, al menos no uno como se entiende en el  sentido tradicional, al estilo de Munch o Velázquez. No había pinturas, ni caballetes, ni lienzos; solo un televisor, catálogos y muchas ideas. Aunque, bien mirado, sigue siendo un estudio, pues de ahí sale el arte.


S/t de la serie Cubiertas de deseos, de Gretell Rassúa

Mientras hojeo su catálogo —donde explica cómo timar a los bancos y darles un poco de su propia medicina—, Nuria Güell me cuenta sobre el proceso de montaje: “La gente de la galería nos mandaron las cartas de invitación a mí y a Daniela, que estábamos en Barcelona, luego pedimos una beca en España para que nos pagaran el pasaje y poder venir. Nosotras mismas trajimos las obras. Una vez aquí todos hicimos la curaduría de una manera bastante independiente de la galería. Prefiero el taller porque tengo más libertad para exponer los trabajos sin tener en cuenta los intereses de las curadoras o lo supuestamente correcto. Las obras las seleccionamos nosotros, entre todos decidimos cuáles eran los trabajos que más nos interesaba mostrar. Siempre teniendo en cuenta que fuesen aquellos que mejor dialogasen entre sí.

“De alguna manera hemos utilizado este espacio para establecer contactos personales, curadores que vienen a conocer los últimos trabajos que estamos haciendo para invitarnos a otras exposiciones internacionales. Como nuestro trabajo es muy crítico y efímero, la gente que se interesa en él está más ligada al ámbito de producción de pensamiento, como puede ser un museo, y no tanto a los coleccionistas”.

“Los open-studio se hacen mayormente para buscar ventas —apostilla Levi—. Pero algunos se utilizan más como un espacio de libertad curatorial, muchas veces para aquellas obras que se quedan fuera del marco institucional. En el caso particular del tipo de trabajo que nosotros hacemos, la venta es prácticamente nula. Sin embargo, ha habido algunos acercamientos bastante puntuales a partir del catálogo de la galería, el cual tiene una especie de mapa, es así cómo la gente nos ha encontrado. La mayoría llega de casualidad, buscando pinturas o queriendo ver arte pero al menos se enteraron de que había una propuesta diferente aquí”.


Aplicación Legal Desplazada #1: Reserva Fraccionaria, de Nuria Güell

Como parte de la Bienal, pero con intenciones de permanencia, los open-studio, son sencillamente otra forma de acercar la creación al público, que es, a fin de cuentas el propósito de cualquier espacio donde el arte se exhiba.

 
 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

Créeme, performance
de Michel Mirabal

 


GALERÍA de IMÁGENES

Oncena Bienal
de La Habana

 


GALERÍA de IMÁGENES

Exposiciones colaterales de Arte cubano contemporáneo

 


GALERÍA de IMÁGENES

CIFO: Una mirada múltiple

 


GALERÍA de IMÁGENES

Muestra colectiva:
Detrás del muro

 


GALERÍA de IMÁGENES

Aktion 135, performance
de Hermann Nitsch

 


GALERÍA de IMÁGENES

Creaciones compartidas

 


GALERÍA de IMÁGENES

Ciudad generosa, colectivo 4ta. Pragmática,
René Francisco

 


GALERÍA de IMÁGENES

Las cabezas, performance
de Manuel Mendive

 


GALERÍA de IMÁGENES

“El barco de la tolerancia”, de Ilya y Emilia Kabakov

 


GALERÍA de IMÁGENES

Conga Irreversible,
performance
de Los Carpinteros

 


GALERÍA de IMÁGENES

País de gigantes, escultura y performance de Kcho

 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.