La Habana. Año XI.
19 al 25 de MAYO de 2012

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Gabriel Orozco:
El instante irreversible
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Amor López y Farah Gómez (La Jiribilla)

En el Instituto Superior de Arte, o simplemente el ISA, en las ruinas de lo que algún día sería la escuela de ballet, ha ocurrido algo. Cuando uno camina por los pasillos nota que los nervios de cabilla han sido recubiertos con jabas; o que en una de las habitaciones circulares hay una figura en el suelo, también circular, hecha con cristales rotos; o que el polvo indica el camino que se debe seguir. Ese es el modo en que el artista dice: Gabriel Orozco estuvo aquí.
 

Aunque, en realidad, su manera es tan sutil que uno no podría asegurar si fue él, el tiempo o ambos, quienes han convertido este edificio abandonado en una galería de arte. Tal vez siempre lo fue y su intervención lo único que hizo fue mostrárnoslo. No sé. El caso es que Orozco todavía está aquí, en el ISA, en la Oncena Bienal de La Habana, y camina con zapatillas deportivas, fuma un puro y observa tras sus espejuelos las reacciones de la gente.

Al principio, no tenía muy claro qué haría, conocía el terreno porque había venido tres veces al lugar, pero nada más. También necesitaba ayuda, jamás podría terminar el proyecto en una semana. De modo que utilizó a un grupo de estudiantes, la mayoría alumnos del ISA, otros no, artistas todos, para que lo ayudasen en la obra. Fue así cómo esta se convirtió en una especie de seminario o taller, donde Orozco compartió con ellos lo que mejor conoce: su arte.

“He trabajado así antes y me gusta generar equipos de trabajo comunitario —me cuenta—. O sea, no una forma de producción jerárquica, sino un equipo que trabaja para un proyecto común. Eso generó un ambiente muy lindo”.

Sus reglas fueron sencillas: primero, no podían traer nada ajeno al lugar, solo utilizarían los elementos que ya estaban aquí; segundo, una vez que movieran o modificaran algo, no había vuelta atrás, por tanto, cada acción debía pensarse con cuidado, pues el más mínimo cambio tendría consecuencias irreversibles.

“Para ellos fue interesante aprender a no actuar de inmediato, sino contenerse, pensarlo con calma, hacer las cosas con tiempo y a tiempo. Hubo muchos que aportaron ideas muy interesantes, otros ideas tan malas que empecé a cobrar un peso convertible por cada idea mala que me dijeran, eso ayudó mucho a que se callaran” —añade riendo.

Uno de ellos, Néstor Siré, me contó que lo primero fue reconocer el espacio, tratar de no perderse por los pasillos, en sí una tarea ya bastante difícil. “Luego empezaron a surgir las ideas, preocupándonos por no hacer algo que después no nos fuera a gustar y que no diese tiempo a reparar. Las modificaciones se hacían poco a poco, al día siguiente quizá ya no nos gustaba tanto aquello que habíamos hecho y le agregábamos otra cosa”.

Arisbel López, quien es profesor pero trabajó con el grupo como un estudiante más, recordó que las ideas iniciales eran demasiado agresivas con el espacio. Por eso, Orozco les pidió que se deshicieran de todas las nociones preconcebidas sobre arte o, en sus propias palabras, que vaciaran el ego. Fue así como distribuyó un arsenal de escobas y les hizo barrer el lugar muy despacio, meditativamente, relacionándose con el medio hasta que él mismo les sugiriera lo que debía llevar.

“La verdad, al principio todo aquello parecía un poco raro —confiesa Arisbel—, pero luego el propio espacio nos fue diciendo qué iba en cada lugar. La idea de intervenir siempre fue muy ‘minimal’, por llamarle de alguna manera, muy respetuosa con el espacio, no trabajamos con nada que no hubiésemos encontrado en el lugar y todo lo que hicimos pudo haberlo hecho la naturaleza: las acumulaciones de polvo, las gotas de agua que pudieron haber caído en las losetas rotas, las marcas del sol. Al llegar queríamos cambiarlo todo, dejar una huella, cuando en realidad era exactamente lo contrario.”

“Nos enfrentamos al espacio desde la mayor modestia posible —apostillaba Jorge Luis Bradshaw, estudiante de cuarto año de artes plásticas—, siguiendo la estructura constructiva con la cual se concibió originalmente y en lo que se ha convertido hoy. Se trata de amoldarse al espacio, no al revés. Seguir su propia dinámica. No dista mucho lo que era este lugar antes de lo que es ahora, simplemente se ha sacado a la luz con esta exposición. Hubo muy poco cambio, lo que existía antes sencillamente se ha iluminado.”

En efecto, el espíritu original no se ha perdido. Todavía al entrar uno siente que ha llegado a una cueva, algo creado por la naturaleza en lo que fuera el campo de golf del Country Club. Los ladrillos rojos, las bóvedas catalanas y el piso de terracota parecen haber emergido de la tierra. Allá por el 1961, Vittorio Garatti sabía lo que hacía. Le gustaban los sistemas cavernarios, de ahí que los pasillos sean lúgubres, tenebrosos. Pero en las aulas, a cada una de las habitaciones, entra el sol. Se cuela por tragaluces en el techo que, vistos desde arriba, semejan orificios en una montaña. Tal vez por eso la vegetación se ha amoldado tan orgánicamente a este edificio, como si también hubiese sido concebida por el arquitecto. Después de todo, no difieren mucho uno de otra.

Y Orozco no hizo otra cosa que reparar en esos detalles. Habituado a ver arte en la basura, en los objetos cotidianos, en un balón de fútbol, en un Citroën, fue capaz de reparar en la armonía que esconde este lugar. Sus formas, los círculos sobre el piso del baño, las carreteras de polvo, las figuras hechas con semillas en lo que se suponía fuera un tablado; son un homenaje a esta escuela, estructurado a partir de ella misma. No hay nada nuevo ni extraño aquí, el artista sencillamente modeló aquello que el tiempo y el azar tarde o temprano hubiesen hecho.

“Es una escuela de arte abandonada —me explica—, pero todavía tiene sus funciones de algún modo secretas, en un contexto muy peculiar, casi surrealista, de intención revolucionaria, súmale a eso naturaleza salvaje, más descuido burocrático, más idealismo arquitectónico; es una combinación interesante y la convierte en una zona muy singular, un retrato de una parte de un proyecto de nación, cultural, revolucionario, todo eso está involucrado en este lugar. No es solamente una escuela, es mucho más que eso, de cierta manera es un símbolo de cosas.

“En mi humilde opinión, es el edificio más hermoso que existe en Cuba. Estos edificios probablemente sean el aporte arquitectónico más importante de todo el país. Y, dentro de la escuela en general, mis favoritos arquitectónicamente son la Escuela de ballet y la Escuela de música —ambas diseñadas por Garatti—, por ser las más elegantes. Estoy trabajando en un espacio que es patrimonio del país y del que hay mucho que aprender.”

Acabo de notar que, apenas unos párrafos atrás, usé la palabra azar. Mientras hablaba con los estudiantes, Arisbel me corrigió al respecto. No le gusta el término porque da idea de algo sobre lo que no se tiene plena conciencia. Lo azaroso, decía, no se sabe a dónde va, y ellos tenían una idea de a dónde querían llegar, a pesar de que fueron descubriendo elementos sobre la marcha. Por eso, él prefiere el término chance operation, que no puede traducirse literalmente como azar, pero que está muy relacionado con esperar a que el espacio te hable.

Llámesele como quiera, el caso es que en la obra de Orozco, además de la resignificación de los objetos cotidianos —a lo Marcel Duchamp—, los eventos sorpresivos juegan un rol esencial, y jugar con ellos es uno de sus propósitos principales. De ahí que en el suelo de una de las habitaciones haya un montículo de tierra exactamente igual a la marca que deja el sol a determinada hora del día; o que en otro de los tablados, visto desde el techo, se aprecien las huellas circulares que dejan los rayos al entrar por el tragaluz de la bóveda hasta la marca real, que a esta hora del día no coincide con ninguna de las otras dos, también forma parte del conjunto.

“Siempre trato de provocar el accidente —asegura el artista—, para mí esta palabra es muy importante, sobre todo en un lugar así, que es un accidente arquitectónico, orgánico, cultural en sí mismo; entender todo ese cúmulo de pequeños accidentes y tratar de regenerar otros nuevos para comprender el cauce de las cosas o por qué suceden o revelar con mayor claridad algunos elementos que pueden pasar desapercibidos. La sorpresa tiene mucho que ver con ese accidente o juegos del azar que de repente nos ponen en una situación sorpresiva. Al final, siempre trato de que en mi obra aparezca un momento sorpresivo o accidental.”

Esta manera de entender el arte también tiene mucho que ver con el budismo zen, que considera la obra no como una representación de la naturaleza, sino que es, en sí misma, una obra de la naturaleza; por tanto, debe estar despojada de todo artificio. De este modo, el hecho artístico, más que un fin, es un ejercicio espiritual para el artista, donde debe practicar la serenidad, la austeridad, la simplicidad, la libertad absoluta y la comunión con la naturaleza.

Por eso, aunque ahora todos se maravillan con el resultado, hacen fotografías, exclaman con expresión meditativa: “fabuloso”, “qué bello lo que ha hecho Gabriel” o, incluso, “espectacular”; en realidad, lo más importante fue el proceso: el trabajo armónico, el intercambio con los estudiantes, las sobremesas después del almuerzo, aquellas en las que Orozco les explicó su noción de lo que es el arte. De esas conversaciones quedaron frases memorables: “Si alguien te pregunta si lo que estás haciendo es arte, vas por buen camino” o “Esto todavía se ve muy arte, vamos a hacerle algo más”. Frases que tal vez debieron grabarse en las paredes de la escuela, pues, a fin de cuentas, también son parte de la intervención.

Hubo quien aseguró que en una semana con Orozco había aprendido más que en todos sus años de estudiante. Quizá exageraron, pero lo cierto es que fue una experiencia que los marcó a todos. Así le ocurrió a Héctor Ruiz, quien después de mucho tiempo sin trabajar, volvió a crear luego de ver un documental sobre Orozco, y un año más tarde acabó trabajando con él en este proyecto. Fue como cerrar un ciclo:

“En la academia te enseñan la estructura de cómo hacer arte, cómo expresarte. Pero Gabriel te enseña otras cosas: a ser humilde, a estar bien con uno mismo, a sacar lo mejor de sí más allá del hecho de ser artista. En este tiempo nosotros nos convertimos en Gabriel, llevamos una semana pensando como él, trabajando como él, percibiendo las cosas como él las ve y, lógicamente, vivir ese proceso es muy interesante. Apreciar el proceso de creación de un artista puede ser más provechoso que aprender la estructura de lo que puede llegar a ser una obra de arte. Ver el proceso de cómo un artista puede llegar a expresarse, a relacionarse con un medio, con un contexto, ese proceso sincero del artista en un espacio o dentro de sí mismo, fue lo que vivimos ahora y es muy importante porque eso no te lo enseñan en la escuela.”

Aunque ha expuesto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el Reina Sofía de Madrid, en el Museo de Arte de Basilea, en el Centro Pompidou de París o en el Rufino Tamayo del DF, reconoce que hacer esta intervención en Cuba, dentro de la Oncena Bienal de La Habana, tiene una significación especial:

“Estoy muy contento de estar en un lugar que me ha dado mucho, hablo de este espacio en concreto —el ISA—, y de estar en contacto con un país que siempre estuvo cerca de mí desde mi época de pionero, porque yo era pionero cuando niño. Nadie me cree, pero es cierto, mi padre —Mario Orozco Rivera, el célebre muralista— era del Partido Comunista Mexicano y yo era pionero, iba todos los veranos a la Unión Soviética. Digamos, entonces, que es un reencuentro con mi inocencia, mi infancia, cuando me metía en un terreno baldío y empezaba a explorar, pero en un terreno baldío conocido, a lo mejor del vecino. Pero sí, Cuba ha estado cerca de mí siempre”.

Nadie sabe exactamente lo que ocurrirá con esta muestra, si la escuela de ballet o de circo —como muchos todavía creen que se llama— siga siendo la misma después de este sábado, si todavía será un espacio para practicar con el instrumento, estudiar o compartir —chistes y quién sabe qué más.

El caso es que estos muchachos nunca serán los mismos porque esos momentos —que vivieron juntos entre el polvo, la humedad y la armonía natural de estas paredes, esta semana que ya pasó como también pasará el proyecto que acaban de hacer—, han venido a confirmarles algo que algunos ya intuían: la vida, el arte, nosotros, todo es efímero, y cualquier intento de perpetuarse es un gesto inútil. Por eso, lo mejor es entrar en el ciclo, como hicieron las figuras de Orozco en estas ruinas. Entrar a formar parte del proceso y disfrutar de cada instante irreversible, pues, al final, eso es lo único que queda.

 
 
 
 
 


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Oncena Bienal
de La Habana

 


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CIFO: Una mirada múltiple

 


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Muestra colectiva:
Detrás del muro

 


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Aktion 135: performance,
de Hermann Nitsch

 


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Ciudad generosa, colectivo 4ta. pragmática, René Francisco

 


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Las cabezas,
de Manuel Mendive

 


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Intervenciones de Gabriel Orozco, ISA

 


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“El barco de la tolerancia”, de Ilya y Emilia Kabakov

 


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Conga Irreversible
performance,
de Los Carpinteros

 


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Escultura y performance País de gigantes, Kcho

 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.