La Habana. Año XI.
12 al 18 de MAYO de 2012

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INTIMOTEATROITINERANTE
No estamos solos
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Maribel Amador y Yaima Amador

¿Qué hago aquí? Estoy sentado junto a otras cinco personas a las que apenas conozco. Hay calor, el aire asfixia y una sensación angustiosa empieza a reptar muy despacio desde el estómago. Quisiera salir corriendo, pero no puedo. Estamos encerrados en una cabina hecha de lona blanca, como de hospital psiquiátrico, y aunque técnicamente no hay rejas ni llaves, no existe nada más subyugante y opresivo que los espacios pequeños y la mirada acusadora de los otros. Si me voy ahora, no podré escapar al juicio de estas personas.

Como siempre, fue detrás de una mujer que acabé en esta situación. Yo estaba en el patio de la Casa Simón Bolívar y, como el resto de la gente, no hacía nada en particular. Miraba los vitrales, las paredes blancas, los marcos azules de madera, las columnas de piedra desnuda, el pozo. Hasta que ella me tocó el hombro. Era una muchacha rubia, pequeña, de movimientos ágiles. Me tomó del brazo y me llevó consigo, descorrió la lona de una de las siete cabinas instaladas en el patio y señaló dentro, con un imperativo no exento de dulzura: “Sentate ahí”. Así lo hice, sin siquiera pensarlo, en pocos minutos ya éramos seis.
 


Donde comienza el día, Intimoteatroitinerante, Argentina

Luego sonó una campana. Un golpe seco, en apariencia inofensivo. Pero en ese instante supe que todo iba a comenzar y que ya no habría vuelta atrás. Ella entró y se sentó frente a nosotros, observándonos detenidamente a cada uno. Durante los segundos que sus ojos se tocaron con los míos no pude moverme ni respirar, solo mirarla. Después suspiró profundo, exhalando tristeza, y dijo en un tono apenas perceptible: “Llorando estuve toda la noche. Se hizo de día, miré por la ventana y tenía un árbol gigante pegado a los ojos”.

Ese es el inicio de Donde comienza el día, la obra que el grupo argentino INTIMOTEATROITINERANTE ha traído a esta edición del Mayo Teatral. Fernando Rubio, su director, quien además de escribir las obras también interpreta, fundó el grupo en el 2001 para poner en práctica su particular visión del teatro. A Rubio no le interesa la noción tradicional del espectáculo, poco le importan las luces, los escenarios, los palcos o las plateas; solo le preocupa la idea, el actor y los espectadores, que la obra sea para ellos un acontecimiento intenso y único. Lo demás simplemente son adornos.

Eso explica una propuesta tan descarnada. Aquí no hay trucos ni distracciones, solo el actor, los seis espectadores y el texto. El más mínimo desliz, lapsus o imprecisión, todos lo notaremos. Ni siquiera tienen un telón detrás del cual refugiarse. Su único respiro ocurre mientras transitan de una cabina a otra. Allí, Fernando da indicaciones mediante señas, dirige la orquesta y hace sonar la campana de bronce, la que indica que todos, incluido él, deben entrar a la siguiente cabina y decir el próximo parlamento mirando al espectador a los ojos.

Como hizo con cada uno de nosotros la muchacha rubia, que en este instante acaba de salir. Contó una historia algo caótica sobre un viejo a quien nunca llegó a conocer, solo sabía que la miraba y sonreía, igual que ella, pero jamás se atrevió a hablarle y por eso se arrepiente. Algo similar a lo que tal vez nos sucede a cada uno en este silencio incómodo que ella ha dejado tras de sí, no nos atrevemos ni a mirarnos. Callamos, con los ojos en la silla vacía y la certeza de que nuestras soledades son infranqueables, como la suya, pues ella puede gritar toda la noche sin que nadie la escuche.


Donde comienza el día, Intimoteatroitinerante, Argentina

Vuelve a sonar la campana. Un muchacho asoma desde fuera, levanta tímidamente un pedazo de la tela y nos observa, sonríe. Entra despacio y ocupa la única silla vacía. “¿Cómo se llama?”, pregunta. Y aunque alguien responde, es inútil, nadie sabe su nombre en realidad. Nadie sabe quiénes somos. Él, por ejemplo, tiene en sus manos una foto de cuando era niño, pero no tiene fecha ni nombre, nadie sabe que es él, solo una foto recortada en el tiempo. Por eso habla cada vez más bajo, con la esperanza de que alguien lo escuche.

Difícil hacerlo con las voces de la calle, los pregones, el ruido de esta ciudad que se mezcla con las historias que cuentan los actores. De ahí que, aunque no hay escenario o una construcción escénica propiamente dicha, el espacio sea tan importante en esta puesta. El espacio y lo que le transmite al espectador, resemantizan constantemente la obra, cada nuevo espacio, propone diferentes lecturas.

Por ejemplo, la pieza se estrenó en la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, el centro de detención más grande durante la dictadura argentina y en el que dejaron sus gritos casi cinco mil detenidos. Aunque el texto no alude directamente a ese momento, allí, durante la representación, los desaparecidos comenzaron a hablar. Y una señora gruesa, sentada en el interior de una de las cabinas, no paró de llorar en toda la función. Fue ella, y no los actores, quien aportó la mayor carga dramática.

Me alegro de no haber estado allí. Si hay algo que soporto mucho menos que el calor, la asfixia o la incomodidad en el aire, es ver a una mujer llorando. A esta, la que ahora nos cuenta su historia, le corren dos lágrimas enormes por las mejillas. Hay tres niños en una barca, cantan una vieja canción irlandesa y se alejan, uno de ellos es su hijo. No escucho más, no sé qué ocurre al final, solo quiero levantarme y abrazarla. Apretarla fuerte y decirle que todo va a estar bien, que su hijo, ellos, los desaparecidos, los que se alejan en el mar, los que alguna vez se fueron, siempre regresan.

Solo el ambiente cargado puede explicar que llegase a pensar semejante estupidez, pues eso yo no lo sé. No sé si regresan, no sé si existen, no sé si alguna vez existieron. Al final no la abrazo, no digo nada, no respiro. Solo espero que termine pronto antes de que haga el ridículo de echarme a llorar también.

Me tocó ver a una mujer, golpe bajo, pero esta misma historia, en otra cabina, la cuenta un hombre. Lo que lleva a pensar que en realidad los actores no importan, solo el texto y las ideas que transmite, como una especie de distanciamiento brechteano. Falso. Para Fernando las ideas tienen cuerpo, o sea, es tan importante la idea como el cuerpo que la transmite y la siente.

“En ese pensar y sentir —me confesaría horas más tarde—, está lo que busco con el teatro que pienso hace muchos años y sobre el que voy desarrollando distintos sistemas, objetos, situaciones, posibilidades visuales, así como formas del cuerpo del espectador y del actor. Pues, por suerte, somos cuerpos e ideas, creo que si solo fuéramos ideas, no podríamos habitarlas.”

Visto de esta manera, los límites entre el teatro y la vida se vuelven difusos. Texto, actor y espectadores acaban fundidos en una sola experiencia vital. Después de todo, somos una misma cosa, aunque pocas veces lo notemos. Tal vez porque no nos escuchamos, tal vez porque la vida pasa tan rápido que no nos detenemos a mirar al otro, jamás nos acercamos lo suficiente como para darnos cuenta de que nuestra individualidad solo se completa en él. Yo soy yo, porque tú estás del otro lado.


Donde comienza el día, Intimoteatroitinerante, Argentina

Quizá por eso esta obra propone hacerlo todo un poco más despacio, sentarnos a escuchar el susurro de los personajes. A medida que pasan los siete actores frente a nosotros, se van diluyendo nuestras soledades. Apenas hablamos, es cierto, pero hay miradas cercanas y la certeza de que esta experiencia única, irrepetible, heracliteana, de alguna manera nos ha unido, nos ha hecho cómplices. Puede que nunca lleguemos a conocernos del todo, pero estar encerrados aquí, con el calor, la tristeza y la soledad de los personajes, nos hizo parte de algo común, no muy diferente de nosotros mismos como individuos.

Por eso, a pesar de lo perturbador de la puesta, de la angustia, de las miradas intimidantes justo frente a tu cara, la mayoría salimos sonriendo. A fin de cuentas, el día apenas comienza en esta tarde de mayo y aquellos que todavía respiramos y existimos, tenemos delante una infinidad de posibilidades. Porque la vida, igual que el teatro, no es más que eso: la oportunidad permanente de volver a comenzar.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.