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Aleyda Quevedo: El erotismo, un ejercicio de la espiritualidad

Helen Hernández Hormilla • La Habana

Fotos: Víctor Junco (La Jiribilla)

Aleyda Quevedo Rojas escribe desde su cuerpo, un cuerpo femenino que se expone en versos, se multiplica y da lugar a la palabra como sublimación del placer. Soy mi cuerpo, dice en uno de sus libros y afirmarlo no la hace elegir un tipo de poesía ajena a la profundidad del alma. Por el contrario, la autora capta el reducto donde ambos territorios se entrelazan y hace de las sensaciones, de lo táctil, un referente para la espiritualidad.

Es ella una de las más importantes exponentes de la poesía ecuatoriana contemporánea, con los libros Cambio en los climas del corazón (1989), La actitud del fuego (1994), Algunas rosas verdes (1996), Espacio vacío (2001), Soy mi cuerpo (2006), Dos encendidos (2008) y La otra, la misma de Dios (2011). Cuenta además con numerosas antologías en las que ha sido incluida, ha recibido varios premios nacionales y a ello le suma su trabajo como comunicadora, periodista y gestora cultural.

 “Siempre he estado interesada en la difusión de la gran literatura que se hace en mi país. No solamente como poeta, sino como profesional de la comunicación. Pienso que esta es una herramienta ideal para la poesía, porque ningún proyecto cultural se vende sin la zona maravillosa que permite la difusión. La poesía no tiene que ser de pequeños grupos. Me gustaría que llegara a esa universalidad, a esa masividad de la música.”

La conversación también se desborda hacia los sentidos. Aleyda dialoga y parece que se estremeciera toda su anatomía, como si en cada uno de sus poros existiese siempre algo que comunicar. Estamos en el Patio del Centro Dulce María Loynaz, a punto de comenzar una de las conferencias sobre grandes escritores de su país que se imparten dentro del programa de la Semana de la Cultura Ecuatoriana, celebrada del 26 al 29 de abril, y donde es ella una de las principales invitadas.   

Comenzó a publicar desde muy joven, con 18 años, y su primer libro tuvo la suerte de ser bien difundido por el continente, de ahí que lograse establecer una red de alianzas a través de la poesía por toda Latinoamérica no solo para fortalecer la promoción de su poesía, sino la de los demás de su generación. Fue suya la idea de traer a La Habana una jornada de cultura ecuatoriana, en la cual se incluyera un panorama de las letras, el cine, el teatro y la música contemporánea. Sumó además a sus colegas de letras Marialuz Albuja, Juan Secaria, Javier Cevallos, Siomara España y Juan Carlos Miranda. “Apuesto por estos poetas debido a su calidad literaria, ética y humana. Muchos de ellos han viajado poquísimas veces y no han podido llevar sus libros fuera y esta es una oportunidad formidable”, explica.

Tomar a Cuba como uno de los destinos de este tipo de iniciativas tiene mucha relación con la propia herencia literaria de Quevedo. De la Isla conoció por la obra de José Martí, Fina García Marruz, Dulce María Loynaz, José Lezama Lima, Reina María Rodríguez, Leonardo Padura, Omar Pérez, Nelson Simón, su amigo Jesús David Curbelo…

“Una de las cosas positivas que ha tenido este proceso que ha vivido Cuba en los últimos 50 años, es la apuesta por la cultura. La red de editoriales y la Feria del Libro con todo su prestigio han permitido que la literatura cubana llegue con mucha fuerza hasta Ecuador. Puedes hacer un sondeo y encontraremos que allá han leído a los cruciales narradores y poetas cubanos. Aprendemos los poemas de Martí desde la escuela y te empiezas a acercar a Cuba. En general existe una gran admiración por todos estos referentes ineludibles y es una proceso de doble vía, porque acá, aunque no se conocen tanto Pablo Palacio, Jorge Carrera Andrade, Alberto Salvador, Gonzalo Escudero, sí son bastante conocidos Jorge Enrique Adum, Miguel Donoso o Edwin Madrid, quienes tienen una antología publicada por la Casa de las Américas.”

Desde hace más de una década, Aleyda se ha tomado en serio la concreción de proyectos que ayuden a proyectar fuera de sus fronteras la gran literatura que se hace en su país y ha generado intercambios culturales, libros, antologías. “Me interesa difundir los escritores nacidos en la misma década que yo porque tienen una voz firme, singular. Quiero que lleven sus obras fuera del país porque creo que uno de los lados flacos que tiene nuestro Ministerio de Cultura, con solo cinco años de creado, es que no posee un fondo que estimule a los jóvenes. No hay una política pública que distribuya los libros de poesía, ni siquiera dentro del propio país donde existe un aislamiento porque no hay una política de distribución, ni un sello editorial dentro del estado que le arriesgue de verdad a la poesía, un género poco comercial. Por otro lado, debe apostarse al fomento de la creación, pues los poetas necesitan una serie de elementos que los apoyen para realizar sus obras. El estado no puede seguir siendo ingrato con sus escritores. Tienen ya una gran tarea con sentarse a escribir como para después volverse editores, relacionistas públicos y editores”.

Fundar hermandades poéticas desmiente el viejo prejuicio que hace a la poesía la cenicienta de la literatura. “Apuesto por la poesía como una manera de vivir y entender el mundo. En tiempos de crisis, de tanto individualismo, la poesía es un sitio que puede plantear muchas preguntas. Es una manera de estar presente y ofrece las respuestas que ni la política ni la religión ni la filosofía logran. El libro que escribo ahora me lleva a repensar la muerte en estos tiempos de miseria, crisis y, sobre todo, es como un arte poético en el que hago una confesión de lo que para mí es la poesía. Sobre todo en este momento de incertidumbres, en que todo pareciera convulsionar y ningún sistema es posible para el ser humano, repensar desde la poesía lo que dejamos a las nuevas generaciones es también interesante”.

La exploración del erotismo y la sexualidad han sido de las zonas más intensas de la poesía de Quevedo, y puede leerse como línea principal de toda su obra. “Entre los espacios menos abordados de la literatura de mi país ha estado el territorio del cuerpo, la sexualidad y el erotismo como vehículo de la imaginación. Quizá porque al ser andinos y tener este peso muy grande de la religión católica limitó mucho las maneras de expresar. Cuando empecé a escribir me interesaba entonces hacer una poesía  descarnada, irreverente, directa. El trabajo con el lenguaje era muy intuitivo, pero quería irrumpir con algo nuevo respecto a mis padres y madres de la literatura. Del primer libro Cambio en los climas del corazón proviene el interés por explorar esta zona de la condición humana, pero no desvinculo el territorio del cuerpo con la zona espiritual. La sexualidad es un ejercicio de imaginación y espiritualidad, a veces más poderoso que el físico. No porque tengas 80 años y el cuerpo empiece a bajar su energía abandonas esa capacidad sensorial e intuitiva que es la espiritualidad en el erotismo”.

Dicha exploración del mundo de Eros permanece en los restantes poemas que publica, hasta llegar a La Otra, la misma de Dios, considerado por la crítica como el más complejo de este camino. Sus cuatro partes entiendes el erotismo desde los terrenos del cuerpo, del amor, de la divinidad y el cine. 

“Ese libro me permitió cerrar un campo de diferentes voces con las que pude recrearme como mujer, como persona. A veces ese cuerpo de hombre o mujer que ames es un pretexto para que el ser humano en su integralidad desarrolle otras cosas que tienen que ver con su propia exploración personal, interna, sicológica. Es su manera de estar en paz con la naturaleza y con Dios. Además, para mí el erotismo es un vehículo hacia el conocimiento, como en las grandes culturas asiáticas.”

Otro de sus textos, Dos encendidos, se inspira en las cartas de amor de Manuela Sáenz y Simón Bolívar. Los poemas interpretan la experiencia de esta pareja desde lo que tienen que decir para los jóvenes de hoy. “¿Qué me dejó Manuela para que siga siendo en el imaginario social y en el mío propio una mujer irreverente? No quería pensar solo a la Manuelita amante de Bolívar, sino la que escribía perfectas cartas de amor, la estratega política y militar, la que cuidaba el archivo, curaba a los enfermos, la que tenía a dos esclavas como sus mejores amigas. Esa mujer que tuvo que vivir en el exilio y morirse allí olvidada del mundo”.

No solo ha despertado la imaginación de Aleyda esta mujer fascinante. Algunas rosas verdes, Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade, se adentra en la psicología femenina de personajes como Edith Piaf, Olga Orozco, Marilin Monroe, Clarice Lispector, Remedios Varo, Cristina Peri Rossi, Sor Juan Inés de la Cruz y otras desconocidas. “Entrar en esas artistas y en las mujeres anónimas me permitió encontrar que las mujeres escriben no solo para excitar la imaginación erótica y su más allá, sino para dar honesta cuenta de su vivencia plena desde el cuerpo y la feminidad, desde las actitudes y el complejo tejido de las relaciones sociales”, escribe en su blog personal.

Sin embargo, dice no interesarle las causas que reivindican las feministas. “El tema de género es interesante para entender algunas categorías de las inequidades, para deconstruir el machismo. Me gusta explorar estos conflictos y por eso tengo poemas dedicados a mujeres que son indispensables para comprender la dinámica del arte y de la política en cada país. Pero me interesa más reivindicar lo que señala Virginia Woolf de que un escritor realmente completo debe tener algo de hombre y de mujer, ser andrógino, con esa voz indispensable de lo femenino y lo masculino. Salvo en el tema de la maternidad, somos absolutamente idénticos, aunque ellos tienen ventaja por todo el paradigma occidental del machismo, y si no levantas la voz puede ser que te atropellen los derechos.

“En toda Latinoamérica la violencia doméstica es un problema grave. En mi país las estadísticas señalan que siete de cada diez mujeres son maltratadas, física, sexual o sicológicamente por sus maridos. Entonces, cuando sabes eso la poesía tienen que tener un sentido de cuestionamiento. Solo trato de no hacer una poesía demasiado panfletaria porque el lenguaje es como una filigrana que hay que trabajar intensamente. Muchos de mis textos, sin ser pensados como feministas, han sido reivindicados como tal, y hay muchas causas de ese movimiento que apoyo, pero no me interesan los membretes. Ahí están los libros, el trabajo y cada uno va abriendo sus caminos.”

Llevar la poesía a los grandes medios es otra de las aspiraciones de esta poetisa. “En mi país no hay una crítica cultural seria y solo sales en la prensa si eres amigo del editor. Por eso, hay cientos de libros que el gran público se pierde y es necesario crear espacios dedicados a la cultura y sobre todo a los libros. Un país es también lo que lee”.

Alguna vez Aleyda Quevedo afirmó que no es el poeta quien elige la poesía, sino viceversa. ¿Por qué?

“La poesía es una suerte de gracia, de misterio. El encanto de hacer que el pensamiento emocione, que la emoción piense, que la estructura de las emociones se puedan volver un verso con el cual marcas toda una vida no es algo con lo que te levantas un día, sino corresponde a una dimensión inexplicable. Uno no fuerza ser poeta, cuando lo haces empiezas a escribir cosas herméticas, frías, que no le llegan a la gente, y odio la poesía incapaz de tocar.”

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.