La Habana. Año X.
28 de ABRIL al 4 de MAYO de 2012

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Dulce María Loynaz: el verso como carácter
Norge Espinosa • La Habana
Fotos: Cuadra y cortesía de Cubaliteraria

I

Cuando se difundió la noticia que la confirmaba como ganadora del Premio Cervantes, Dulce María Loynaz pudo sentir acaso que su retorno era un ciclo completo. Lentamente, la anciana escritora que había vivido puertas adentro de su palacete, en la esquina de 19 y E, lograba ser nuevamente noticia, en la medida en que el mito que ella se había formado pudo quererlo. Y la breve corte de admiradores que lograba ser admitida en los salones de aquella ruinosa e impresionante mansión, se vio de repente crecida, aumentada por el impulso que curiosos de distintas generaciones incrementaron, en pos del rostro verdadero de esa mujer que se sabía extemporánea, y de la cual apenas había volúmenes en las librerías. Recluida no solo del mundo, sino de sí misma, de la mujer pública que fue Dulce María Loynaz en el fervor de la década de los 50; esta otra señora que concedía entrevistas y firmaba, luchando con su visión cada vez más débil, los nuevos ejemplares que la resucitaron como letra impresa, era la dama triunfante que, asentada en el poderío de su conciencia y su aristocracia, había ejercitado su cuerpo y su arte en el oficio de la espera.

Quienes creyeron, sin embargo, que el acontecimiento que retumbaba en los periódicos del mundo iba a concederles el dominio total de lo que significaba Dulce María Loynaz, se equivocaban. Tal vez nunca fue menos pública, menos accesible. Porque ella, si algo logró entre nosotros, fue mostrarnos siempre el rostro que quiso de sí. Y nos sedujo, y nos abrumó, y nos desconcertó, gracias al manejo hábil de lo que, a partir de su secreto, accedió a revelarnos. A 20 años de aquella noticia, Dulce María Loynaz es ya no solo una figura desaparecida. Es una mujer que, por encima de la brevedad de su obra, nos obliga a recordar que no hay literatura sin un trasfondo de secreto. Quien recorra hoy las habitaciones despobladas de esa casa hoy restaurada y en la que no queda mucho aroma de su paso, tampoco podrá hallar la clave del misterio allí. Tenemos que volver a leerla, por encima incluso de la saturación que acabó amenazando a sus libros, o buscar en lo apenas dicho sobre ella y por ella misma, para intentar saber quién fue, quién nos dijo ser, Dulce María Loynaz.

II

Hay que recordar que ni siquiera se llamaba así. María de las Mercedes era su verdadero nombre, aunque publicara los primeros versos (rescatados a fines de su vida por un investigador, para horror de la autora), bajo ese seudónimo que la acompañó de por vida. Tuvo desde niña un carácter que tradujo a la sequedad de su poesía, bajo los influjos de Tagore y Juan Ramón Jiménez, despojando cada vez más su palabra de adornos, trabajándola con precisión digna de la abogada que fue.

A los 20 años, en 1938, publicó Versos, un libro desigual, donde se mezclan poemas de iniciación con fragmentos de mayor seguridad en cuanto a tono y sentido personales. Quiso distanciarse de la variedad no siempre provechosa de aquel conjunto inicial con un segundo libro, más concentrado, ceñido a un tema que luego la perseguiría como símbolo: Juegos de agua. Sus mejores empeños líricos, son, sin embargo, los más raros, los menos acomodados a lo que podríamos esperar de una mujer en la tradición de las letras cubanas: Poemas sin nombre y, sobre todo, Últimos días de una casa.

Cultivó un aire de rareza que en algunas de sus estrofas ya estaba anunciada como convicción, y se sintió gustosa al recordarnos que ella pertenecía a un momento ya irrecuperable. Su poesía tiene la memoria de esa fugacidad, y es más fragancia que palabra fija, más sutileza que certeza: de esa fragilidad sostenida, pese a todo, con mano de hierro, nace la paradoja que aún nos hace leerla. Hay una tensión siempre en sus mejores páginas que se resiste a reconocer la descomposición del ámbito en el que ella misma permanece. Y un anhelo de no ser idéntica a los otros, o las otras, que la convierte en una suerte de esfinge o emblema de resistencia. Se sintió a gusto entre las ruinas. Se hizo retratar a veces entre ellas. Creó una burbuja iridiscente en la cual, como mariposa que aleteaba contra un cristal veteado, sobrevivió hasta vernos regresar hacia su puerta.

III

El Premio Cervantes fue la consecución de una serie de pequeñas resurrecciones que ella, a veces de modo intencionado y otras tal vez a pesar suyo, provocó. Entre las primeras se encuentra el fervor con el que se entregó a rescatar las memorias de su padre, el general de la Guerra de Independencia Enrique Loynaz del Castillo. Entre las segundas, asediada por investigadores como Aldo Martínez Malo o curiosos como Vicente González Castro, están las cartas y documentales en los que se dejó ver, a trasluz, cuidadosa de lo que revelaba. Firmó un libro de memorias, Fe de vida, bajo la condición de que se publicara solo cuando ella hubiese alcanzado los 90 años o falleciera. Nonagenaria, pudo tocar ejemplares de ese volumen, en cuyas páginas intenta sacralizar a Pablo Álvarez de Cañas, esa rara personalidad que fue su marido, cronista social de muchas mañas y escaso talento literario, que hizo de ella su mejor obra. Fue él quien la empujó a la cima verbal de su tiempo, quien la llevó a publicar con Aguilar, en España, y quien retornó a Cuba, gracias a la influencia de la esposa a la que abandonó tras el triunfo revolucionario, para morir en un país que no era el suyo, pero donde alcanzó a ser parte del mito que él forjó alrededor de esta mujer.


Junto con su esposo Pablo Álvarez

Casi siempre de manera oblicua, Dulce María Loynaz hablaba de sí a través de otras máscaras. Dicta una conferencia sobre su hermano Enrique y nos deja saber de sus enfrentamientos desde la niñez. Habla de Federico García Lorca y solo de ese modo conocemos algo sobre la parodia que infligió al granadino. Menciona a Flor Loynaz y a través de la muerte de su hermana sentimos la angustia que le causaba ver el final de un mundo que con ella estaba condenado a despedirse. En una carta memorable, dirigida a Virgilio Piñera, pone de vuelta y media al autor de La isla en peso. Piñera, que la respetaba (“nunca se sabe si esta mujer vigila o duerme”, dijo de Dulce María) y declamaba sus versos mientras se afeitaba, le había pedido una cantidad de dinero que luego se demoraba en devolver. Ella, con la displicencia y la diplomática arrogancia de los ricos, le deja saber que no se desasosiegue, y que la deje creer que el préstamo era una obra de caridad. Su agudeza, su punzante sentido del humor, su conciencia de singularidad labrada como diamante, su apartamiento cultivado con la paciencia de la ostra que hace de la arena y del silencio su perla, son también señales a través de las cuales nos dice lo mejor que fue. Y que cobró su precio: una polémica acerca de la Academia Cubana de la Lengua la enemistó con Nicolás Guillén, y ya se sabe lo que eso significaba en vida del Poeta Nacional; y en Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier se refiere a ella únicamente en una nota al pie. Cuando el extraordinario crítico cubano leyó, en el acto por los 85 años de la autora, un texto en su homenaje, trataba de cubrir con esas palabras la indiferencia que en 1957 sus poemas le habían provocado. Indiferencia que otros poetas que me han sido más cercanos han expresado de modo menos amable: alguna bronca me costó su nombre con Sigfredo Ariel y Bladimir Zamora, más devotos de Fina García Marruz y otros perfiles.

Vivió suficientemente la Loynaz como para verse ganadora de recelos y batallas no menos sordas, de luchas generacionales de las que supo y quiso apartarse siempre, pero de las cuales era puntualmente informada por sus espías a quienes recibía en las tardes de su salón dorado. Que haya disfrutado todo ese triunfo sin estruendo, desde la garantía de tranquilidad de quien lo ha visto y sentido casi todo, fue una de sus mayores lecciones. Su mejor legado, quizá, para que la entendamos también hoy.

IV

De repente, ella estaba en todos los sitios. Su imagen cubría periódicos, revistas, era motivo de reportajes y tributos. En el papel amarillento de los diarios del período especial, su imagen frágil nos recordaba el triunfo sobre otras delgadeces. Sus exégetas la acompañaban como un séquito persistente y a ratos fatigoso: la vi en una ocasión negándose a decir algo tras el largo discursar de tres presentadores. Se empecinó en viajar a España para recibir de manos del Rey la medalla que la aseguraba en la memoria de las letras hispanoamericanas. Y allá fue, y enfermó, pero dura de temple, pudo retornar a Cuba y pervivir aún por otros años. El eco de ese lauro se convirtió en campanear que aturdía, y su obra, escasa en extensión, fue motivo de coloquios, estudios, mesas redondas, paneles que pronto acabaron siendo no más que lecturas generalmente superficiales de lo que ella pudo ofrecer. En ese mismo papel amarillento se editaron sus Poemas náufragos, entre los cuales se localizan “La novia de Lázaro”, otro de sus esfuerzos dignos y polémicos, y los “Poemas del insomnio”, que de algún modo cierran toda su producción lírica. Rosas, aguas, cascadas, medias lunas y mujeres perdidas en la fronda de jardines selváticos, se reproducían en los epígonos que su verbo diseminó por el país, al ser rescatados sus libros más notables.


Recibimiento del Premio Cervantes, de manos del Rey de España,
en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. 23 abril de 1993

Pedro Simón compiló una útil edición dedicada a ella, en la serie Valoración múltiple, que tuvo mucho de arqueología, pues la mayor parte de los textos recogidos ahí, en ese grueso volumen que publicó Casa de las Américas, databan de los años 50: ella volvía del silencio y del pasado. En pocos años, esa persistencia superficial alrededor de sus escritos agotó la casi única manera en que se le leía; habría que esperar a libros como Contra el silencio, de Zaida Capote, para descubrir otro nervio en sus palabras.

Cuando se realizó el evento por los 400 años de Literatura Cubana, en el 2008, poco perduraba ya de esa insistencia que se hizo obsesiva: la Loynaz era, otra vez pero ya por otras causas, un nombre más en la relación de nuestras letras. El mismo impulso con el cual supo moverse en el tablero para hacerse visible, la devolvía a un punto más quieto dentro del álbum de esa tradición en la que alcanzó a confirmarse. Era ya un símbolo asumido e integrado, aparentemente repasado hasta el cansancio. Cuando muere, el grado de interés que supo despertarse con el Premio Cervantes se había convertido en otra cosa. Se musicalizaron sus poemas, se reeditaron sus versos, Alberto Garrandés escribió Silencio y destino, todo un libro sobre Jardín, novela a la que catalogó de “rizomática”, a pesar de que el término aplicado a escritura tan aérea amenazara con asemejarla a un tubérculo. Rufo Caballero hizo lo mismo: Hongo fino, se llamaba su intento. Sus cartas, que vieron la luz en España, no se publican aún entre nosotros. Quizá ese epistolario, de dejarse ver aquí resucitaría el atractivo de su figura y de su nombre. Y nos haría volver, con mirada fresca, a lo mejor de lo poco que escribió.

V

No se conoce mejor a un escritor sino mediante sus libros más raros. Los más personales, los más insólitos. Ella firmó algunas páginas de ese carácter. Poemas como “Canto a la mujer estéril” no han envejecido demasiado bien; incluso la tan imitada, reducida a simple parodia por malos copistas, “Carta de amor a Tut-Ank-Amen”, es más disfrutada en tanto reliquia que como poema acabado. Jardín es un volumen tan extraño como lo fue ella misma, y Un verano en Tenerife ha sufrido el ser el texto mediante el cual quiso demostrarnos su dominio cabal del idioma, pese a lo cual es un ejemplo curioso de esa poco transitada vía que ha sido, entre cubanos, la literatura de viajes. Últimos días de una casa, ese poema-río o poema-libro, es un monólogo que ha seducido a teatristas y coreógrafos. Falta por repasar la manera en que, debajo de esa suerte de discurrir a sotto voce, la mejor poesía de la Loynaz es siempre testimonio de una lucha contra el deber ser que el cuerpo de la autora acepta, en lucha con una voluntad que quiere resistirse a esos acomodos impuestos.

El tiempo dirá si volveremos, como digo, a visitar sus páginas con el acento del lector verdadero, o si la recordaremos como esa rara metáfora viviente que ella fue, a partir de su permanencia, su persistencia, en el paisaje cubano del cual no quiso ser arrancada. Soportó el silencio que a su alrededor se levantó durante décadas, y sobrevivió a antologías plagadas de erratas en las que ella exigió que aparecieran versos que otros preferían olvidar. Logró ser respetada en tanto carácter, y acrisoló ese retrato, ese camafeo en el que se dibujó a sí misma bajo el duro nombre de Bárbara, que nos motivaba a buscar sus escritos, sus conferencias y sus entrevistas, en algunas de las cuales se burla obviamente de los reporteros, y dice, a su mejor modo, lo que se le antoja y del modo en que mejor se le antoja. Fue quizá una poeta menor, si la comparamos con otras presencias de la lengua. Pero no un carácter menor, y de eso tenía una conciencia que no admitía rivalidad. A su favor, estaba un sentido crítico que nunca dejó de alertarla y alertarnos. Supo que el silencio, para el escritor, es un arma tan útil como la palabra misma. Y quién sabe si, paradójicamente, no sea esa hoy su mayor lección.

Cuando me enteré de su muerte, a través de las notas rápidas y frías de Radio Reloj, decidí irme al cementerio para formar parte de su cortejo fúnebre. Creo que me asistía, en tal gesto, la voluntad de expresarle un respeto que no pude confesarle en las pocas veces en que coincidimos o firmó un ejemplar para mí. Fue una tarde soleada, y recuerdo el nombre de su madre, y el curioso apellido, Sañudo, que se destacaba en la lápida bajo la cual se le enterró. Horas después, una llovizna rozaba La Habana. Si la provocaba ella, o el eco de su ausencia, es cosa que no sabré. Parte de su misterio, Dulce María Loynaz regresa ahora en el aire o la lluvia, tal vez con más persistencia que en sus propios versos, para recordarnos su pertenencia a una capital a la que ella mitificó desde los límites de su propio mito. Tal vez sea su mano de mujer irrepetible la que ahora doble a la rosa bajo el agua.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

Dulce María Loynaz
(1902-1997)

 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.