La Habana. Año X.
28 de ABRIL al 4 de MAYO de 2012

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Memorias contadas por Pedro Simón
Cubana de esencia
Helen H. Hormilla • La Habana
Fotos: Cortesía de Cubaliteraria

El primer contacto de Pedro Simón con Dulce María Loynaz parece salido de un libro de relatos impresionistas. Corría la década de 1980 y él formaba parte del equipo del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, dentro del cual se desarrolló el archivo de la palabra, un proyecto creado por su director Mario Benedetti con la idea de perpetuar en la voz de sus autores las grandes obras de la literatura latinoamericana. A Dulce María la leyó a través de la antología de 50 años de Poesía Cubana preparada por Cintio Vitier. Además de admirar la obra que aprendió a rastrear en librerías de viejo, le subyugaba la personalidad de aquella mujer casi mítica, a quienes pocos podían ubicar en paradero exacto, pues se confinó en una especie de autorreclusión desde 1959. Simón recuerda cuando llegó la noticia de una de sus nominaciones al Premio Cervantes a través de un cable de prensa, mucho antes de que se le concediera en 1992, y hubo quien dudó incluso de si la escritora vivía o permanecía en Cuba.

Procurar el teléfono de la casona del Vedado fue toda una hazaña, pero una vez que lo tuvo se atrevió a llamarla para pedirle que lo recibiera y así plantear la idea de grabar su voz leyendo poemas. La respuesta fue inesperada: “Señor mío, no puedo recibirlo ni a usted ni a nadie porque en estos momentos las estatuas del sótano están inundadas, el agua corre sobre sus cabezas y como usted comprenderá en esas circunstancias uno no está para conversar”.

Pedro Simón quedó azorado y pidió retomar el contacto más adelante. Años después conoció que no era cuestión de extravagancia, sino que, precisamente, la escritora almacenaba en los sótanos de su casa las estatuas y esculturas de sus hermanos, parientes, padrinos y amigos que habían abandonado el país, y un problema de plomería las había ahogado por algunas semanas.

El investigador literario siguió insistiendo hasta que un día la poetisa le abrió las puertas y dio inicio a una relación de amistad y colaboración profesional que duró hasta su muerte en 1997. Simón se convirtió en uno de los principales estudiosos de la vida y obra de la autora cubana, ganadora del Premio Cervantes en 1992, y sobre ella preparó la Valoración Múltiple de la Casa de las Américas, el cuaderno Poemas náufragos con sus textos inéditos o solo publicados en revistas y periódicos, y un disco con casi 20 poemas leídos por su autora.

Las grabaciones requirieron meses de convencimiento. “¡Te imaginas si ahora contáramos con la voz de la Avellaneda y descubriéramos que era chillona y estridente! Mejor no exponernos a eso”, le respondió al ensayista tras su primera propuesta.

Mas la admiración de la poetisa por Alicia Alonso, esposa de Simón, le fue allanando el camino. “Era una gran conversadora y poco a poco fue cuajando esa resistencia. Un día la invité a nuestra casa y junto a Alicia intenté convencerla de grabar algunos de sus poemas, casi en una pequeña conspiración. Tenía un equipo móvil de grabación prestado por la EGREM y cuando ella comenzó a leernos le pedí perpetuar ese momento, aclarándole que no lo iba a usar si no accedía. De esa manera, comenzaron las primeras grabaciones para el Archivo de la Palabra de la Casa de las Américas, ninguna en un estudio, sino en la sala de nuestras casas, algunas estropeadas por el ladrido de un perro o el sonido de los pájaros, hasta que alcanzamos un fondo suficiente para completar un disco. Por eso cuando lo escucho siento que sus palabras están llenas de calor, tal como ella leía esos poemas a sus amigos, tal como nos los leyó a nosotros”.


Alicia Alonso congratula a Dulce María por la obtención del Premio Cervantes, 1992

El encuentro con Dulce María Loynaz fue para Simón un capítulo especial de su relación con la literatura. “Surgió producto del desarrollo de mi trabajo en la Casa y luego ella me acogió, me dio la posibilidad de entrar en sus papeles, en su mundo, en su correspondencia, en su forma de pensar. Todavía guardo alguno de los manuscritos que me entregó y poco a poco iré compartiéndolos con algunos centros de investigación, porque considero que pertenece a la sociedad y no a mí”.

El hoy director del Museo de la Danza evoca en la escritora cualidades esenciales. “Su primer rasgo era la cubanía profunda, de esencia. Por eso cuando le preguntaban por qué no abandonó el país, respondía que no podía dejar un lugar que su familia ayudó a inventar. Otras veces subía la parada y argüía que la hija de un general de la guerra de independencia no abandona su patria bajo ninguna circunstancia. Pero lo cierto es que no podía escribir fuera de Cuba. Su arraigo era definitivo.

“Cuando trabajé su papelería, encontré documentos con proposiciones concretas de España ofreciendo cargos importantes para radicarse fuera. Ella se negaba de una manera muy elegante y agradecida, pero no concebía vivir lejos de aquí.

“Otro rasgo era la dignidad personal. Dulce María contaba con una combinación de sensibilidad exquisita y simultáneamente una fuerza, una dureza. Ella podía ser humilde y orgullosa al mismo tiempo, delicada y ríspida, frágil y dura”. Cuenta Simón que era una mujer susceptible al halago. “Estaba resentida por muchas cosas, pero cuando sentía que se le estimaba, que se le respetaba, no se resistía.

“Me resultó interesante su respeto por la gente sencilla. Cuando estábamos en un grupo ella prestaba atención a la persona menos distinguida y cuando tenía la oportunidad indagaba su opinión tratando de incorporarla al diálogo.”

De Bestiario se advierte el amor por los animales, una herencia que le llegó de la madre, capaz de reconocer en ellos sentimientos y  motivaciones humanas.

En cuanto a los investigadores, se tornaba a veces un poco traviesa, fabulando enigmas sobre su obra hasta formar leyendas sobre la escritura de algunos poemas. “Por ejemplo, siempre ha dicho que además de Bestiario tiene un poema para cada miembro del reino vegetal y mineral, que nunca han aparecido, y uno se pregunta si realmente existieron. Otra es la historia con ‘La novia de Lázaro’, que le traía tanto conflicto porque no sabía si había cometido una herejía al establecer un triángulo entre Cristo, Lázaro y la novia de Lázaro. Tuvo ese texto guardado muchos años y cuentan que un día Pablo Álvarez de Caña reunió a todos los obispos de Cuba para que dictaminaran si existía o no herejía”.

Sobre el olvido

La publicación de la Valoración múltiple de Dulce María Loynaz por la Casa de las Américas abrió un camino para su (re)incorporación al espacio literario nacional e internacional, pues los juicios críticos allí recogidos la posicionan en su verdadero sitio dentro de la literatura hispanoamericana. “No se puede dudar que ella está entre lo más significativo de Cuba e Hispanoamérica, entre lo más significativo de la producción cultural cubana del siglo XX”.

Según contó a Simón Pablo Armando Fernández, jurado del Premio Cervantes en 1992, fue esta una herramienta muy útil para defender la candidatura de la escritora, pues a ella se refieren grandes de la lengua española como Lorca, Azorín, Gabriela Mistral, Juana de Ibarburu, entre otros.

“Su obra no circuló tanto porque ella se negó por mucho tiempo a publicar, lo mismo que sus hermanos, y fue Pablo Álvarez de Caña quien consiguió que se le editara. Luego vino la etapa de exilio interno, que la mantuvo alejada de toda actividad literaria y cultural a partir de la década de los 60. No la ubicaban en el contexto literario cubano porque no se le publicaba una línea en ninguna parte, no se hablaba de ella, estaba totalmente retraída.”

Simón reconoce en este hecho cierta responsabilidad de la escritora, quien tampoco dio pasos de acercamiento. “La Revolución fue un proceso muy complejo para su grupo social, que hizo que sus amigos y familiares se fueran uno a uno. Tampoco hubo caminos concretos o inteligentes para acercarse a ella, incorporarla. Se refugió en la Academia Cubana de la Lengua, pero durante muchos años a esta no se le dio mucha importancia. Hay que tener en cuenta que era una mujer mayor, de una formación y clase social con hábitos específicos y con un gran círculo de amistades que entró en crisis con la Revolución”.

No obstante, cuando se le llamó, no puso reparos y publicó, presentó libros, ofreció conferencias y aceptó humildemente la Orden Félix Varela y el Premio Nacional de Literatura, entre otros reconocimientos. “No era entonces tan renuente ni tan difícil de captar. Solo requería un poco de respeto y cariño, de valoración”, enfatiza el estudioso.

Cuando llegó el Cervantes, fue entonces un colofón. “Lo recibió emocionada. Como todos estos premios ocasionó gran polémica en España, porque no se le había olvidado solo en Cuba, sino también allí, donde tuvo su etapa de auge en la década de los 50, pero después de la Revolución dejó de publicarse. El premio la devuelve a la opinión pública y a la crítica española”.

Sin clasificaciones

Sobre el espacio literario en que puede ubicarse a Dulce María Loynaz mucho se ha discutido por los estudiosos, pero, a criterio de Simón, clasificarla dentro del intimismo posmodernista es reducir su riqueza ideotemática y formal. “Esas clasificaciones ayudan a ordenar el pensamiento mas no se pueden tomar como un cliché. Ella pertenece a su época y tiene las virtudes y defectos de entonces, pero debemos notarla en su condición especial. Hay una fuerza y carisma que se va por encima del lenguaje artístico y literario y le da una capacidad poética, una autenticidad, una permanencia que la salva de todo, hasta de sus posibles defectos circunstanciales”.

La narrativa de Dulce María Loynaz es una de las zonas menos estudiadas de su literatura. Jardín, su única novela, la ubica como precursora de varios movimientos literarios. “Es una obra muy peculiar que no ha sido suficientemente valorada todavía”, dice Simón.

“Debería enseñarse a los jóvenes a leer Jardín, porque esa novela está llena de claves y puede sucumbirse si se busca en ella un planteamiento, desarrollo y conclusión de una trama. Ese libro tiene una deleitación para cada momento importante, y poco a poco va revelando las claves porque es, hasta cierto punto, inagotable. Tiene los hallazgos del movimiento modernista y las inquietudes de la vanguardia, al tiempo que adelanta aspectos de lo que después se llamó lo real maravilloso.”

Un verano en Tenerife, otro de los textos narrativos de Loynaz, constituye para el crítico una gran lección de idioma castellano. “Pocos saben que ella se planteó que cada capítulo estuviera escrito en un estilo literario diferente, acorde al contenido. Es un libro que no se clasifica en género de memorias o literatura de viajes, porque es todo eso y mucho más”.

Pero, pese a los valores harto comprobados, aún no es suficiente la difusión que alcanza la poetisa en su Isla. “Para reivindicar esta figura literaria, se necesita en primer lugar leerla y publicar lo más valioso de su obra en ediciones populares. Ella debe estar en todas las librerías, asequible al público, estudiarse en los planes de estudio. La obra de Dulce María Loynaz merece ser más promocionada. Lograr atención a sus múltiples facetas nos dejará a todos enriquecidos”.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

Dulce María Loynaz
(1902-1997)

 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.