La Habana. Año X.
21 al 27 de ABRIL de 2012

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Se busca trovadores forajidos

Abel Sánchez • La Habana

Fotos: Víctor Junco (La Jiribilla)

Este era un pueblo en medio del desierto. Rodeado de arena o mar, lo mismo da. El aire, demasiado reseco y empolvado. El sol dibuja espejismos en el horizonte. Por las calles áridas deambula el aullido de un coyote. Al otro lado de la plaza, guarecidos bajo la sombra de la taberna, suena la banda.

Son cinco, van armados y tienen la pinta inconfundible de los forajidos. En un rincón, el pianista mueve la cabeza y lleva lentes oscuros. Al fondo, otro marca el ritmo repiqueteando dos cucharas sobre el muslo. A su lado, una muchacha rubia, sombrero calado a la altura de los ojos, acciona las cuerdas de un contrabajo. Los líderes van al frente: un hombre y una mujer. Él está embozado con un pañuelo y empuña algo parecido a un banjo o una guitarra. Ella canta, lleva una pluma amarrada al pelo y en su piel se ven rasgos de ascendencia cherokee.

Pestañeo, y solo entonces caigo en la cuenta de que nada de esto es exactamente así. No están armados ni son forajidos ni siquiera se ven intimidantes. Son los trovadores Ariel Díaz y Lilliana Héctor junto con sus tres músicos. Él no lleva un pañuelo en la boca sino en el pelo. Ella es trigueña, pero difícilmente podría pasar por cherokee, navaja o sioux. José Víctor Gavilondo, toca una pianola, no usa lentes oscuros, sino unos que corrigen su miopía, y mueve la cabeza por la música, nada más. Ernesto Raymat no tiene cucharas, sino dos baquetas y con ellas golpea la batería. Claudia Reynaldo es rubia, aunque no usa sombrero ni contrabajo, toca un bajo eléctrico común, de toda la vida.

La taberna tampoco es una taberna, sino el Patio de Baldovina, no hay olor a whisky ni maderas crujientes ni oscuros pistoleros, solo unas cuantas sillas plásticas, un árbol y un poco de brisa. El coyote era un simple perro flaco que maldecía su suerte frente al parque. La culpa la tienen las películas, tanto Salvaje Oeste, tanto spaghetti western y tanto Llanero Solitario. Pero, sobre todo, la culpa la tiene la banda, porque está tocando country, y la música, aunque no lo parezca, también puede provocar alucinaciones.

Ariel y Lilliana han venido al Patio esta tarde a presentar su nuevo disco: Pueblo sin ley. “Nosotros ya hicimos un concierto aquí hace algunos años —me cuenta él— y es un lugar con el que me identifico, he asistido a muchos conciertos desde el principio. Además, cuando estoy fuera de Cuba y quiero buscar información de la cultura cubana, de una manera casi automática siempre acudo a La Jiribilla. Eso ocurre por varias razones: primero porque visualmente es muy atractiva, y segundo por el enfoque tan singular que tiene sobre nuestra cultura. También he colaborado varias veces con la revista. Cuando fuimos a presentar el disco no queríamos enjaularlo en un teatro, porque es lo que siempre se hace, aquí intentamos hacer algo más parecido al disco, abierto, fresco, no era justo encerrarlo en un teatro con la luz apagada”.

En efecto, esta música se hizo para tocar al aire libre, alrededor de una hoguera, en un portal de madera después del trabajo, a lomos de un caballo en el desierto y todos los otros clichés que uno pueda recordar. El disco es un homenaje al Country and Western que se tocaba en el oeste y el sur de los EE.UU. a base de guitarra, banjo, violín o armónica. Ya fuera en tonadas tristes, nostálgicas, alcohólico-depresivas o alegres, rápidas y divertidas, con el sabor de la música celta todavía latente.

Así es la canción que presta su título al disco, la primera que escribieron, casi a modo de broma. Un ritmo pegajoso marcado por el bajo y una percusión apenas perceptible, donde destaca, sobre todo, el piano, cuyas florituras y escalas hacen mover al más tieso. El tema trata sobre un pueblo que, confiado por la ayuda que recibe de un poderoso condado amigo, se dedica al despilfarro hedonista; hasta que un tornado arrasa con el condado y el pueblo de la historia, a su vez, es azotado por la crisis.

“Después de terminar esa canción en estilo country —cuenta Ariel—, nos planteamos el reto de hacer ese tipo de música y mantenernos en esa línea durante todo el disco, algo que no habíamos hecho hasta ahora. Resultó bastante difícil sobre todo porque no queríamos repetirnos. Buscamos rítmicas, ambientes para las canciones y creo que al final se logró bastante bien. Estamos contentos con el resultado, a pesar de que lo grabamos en nuestra casa, en un estudio medio improvisado”.

Tal vez el estudio lo fuera, pero los músicos, definitivamente no. Ninguno de los tres parece tener más de 20 años y tocan con una destreza que les dobla la edad. Salta al oído que son músicos de escuela, quizá con un pasado más cercano al jazz que al country. Al terminar el concierto Lilliana me lo confirma:

“Estos músicos empezaron a trabajar con nosotros a raíz de un concierto anterior, como nos complementamos tan bien y teníamos la idea de grabar el disco, pues decidimos seguir con ellos. Tienen una formación académica y hacen un trabajo un poco más jazzístico. Eso, sin dudas, nos ha aportado mucho a nuestra forma de escribir las canciones, ahora componemos de otro modo porque ellos nos han enseñado, como también es probable que ellos hayan aprendido algo con nosotros”.

Además del country, el estilo más evidente, el disco también tiene elementos cercanos al pop rock y a un género —postmodernidad gloriosa— que no pertenece a la música, sino al cine: el Western.

“También es un homenaje al cine —reconoce Ariel—. A mí personalmente me gustan mucho las películas del oeste. En el disco hay efectos casi cinematográficos que te llevan a ese mundo. Puedes escucharlo como una unidad y va narrando una historia, como un filme. Lo hicimos así a propósito, sin miedo a caer en el cliché, con muchos guiños que son disfrutables más allá de las canciones”.

Además de los guiños al cine, hay otros quizá más sutiles, que a través de los códigos de bandidos, pistolas y ganado, no apelan directamente a ese mundo, sino al nuestro. Según Lilliana, la realidad social del país es un tema recurrente en la obra de ambos, pues, trovadores al fin, eso nunca ha dejado de preocuparles.

“Creo que la sociedad, el público, la gente está necesitada de escuchar cosas como esta —apostilla Ariel—, porque nuestras preocupaciones no son solo nuestras, y eso se ve en las reacciones de las personas cuando se identifican con determinadas canciones. Hay cosas que debemos decir, el arte no puede seguir un camino solamente lúdico, como acostumbran algunos últimamente, no solo en la música. Sobre todo las canciones de un trovador cubano deben retomar el camino de la preocupación por lo que le rodea”.

Ese es el espíritu de este disco, el del trovador, no importa de dónde, que mira al mundo de medio lado y empuña la guitarra nostálgica, mientras se pone el sol, porque no le queda de otra. Solo así puede traer un poco de orden al caos.

Un disco que en realidad aún no es, porque a pesar de que ya terminaron la grabación, todavía no está en ese soporte. Piensan presentarlo a alguna disquera aquí en Cuba y hacer una tirada de mil copias en EE.UU. que costearán ellos mismos. Mientras, han traído una laptop al Patio de Baldovina y todo el que quiera copiarlo puede hacerlo, no cuesta nada.

“Ahora viene el tiempo en que tenemos que defender el disco —vaticina Lilliana—, presentarlo en la radio, ya está casi terminado un videoclip al tema “Lejanías” y queremos seguir promocionándolo. Inicialmente ese es el plan. Después los dos pensamos grabar cada uno un disco en solitario que, si todo sale bien, lanzaremos juntos”.

Por lo pronto, Pueblo sin ley —salvo la incursión que implica en la carrera de ambos artistas— no es más que esto: un sencillo homenaje a la música country, que se disfruta precisamente por eso. Basta con cerrar los ojos, escuchar y la película comienza. La historia, contaba por una banda de cinco forajidos, de un pueblo donde alguna vez hubo ley, pero ya no.

 
 
 
 


GALERÍA de fotogramas

Liliana Héctor y Ariel Díaz en el Patio de Baldovina

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.