La Habana. Año X.
21 al 27 de ABRIL de 2012

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Emergencia del audiovisual modelado
en San Antonio de los Baños
Joel del Río • La Habana

A lo largo de los últimos 20 años el audiovisual cubano, en particular el cine, se ha visto renovado por la emergencia de realizadores, fotógrafos, guionistas, editores, sonidistas y productores graduados en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños. Y la anterior aseveración es sumamente fácil de demostrar si repasamos, como se intenta en este trabajo, la obra de Juan Carlos Cremata, Arturo Sotto, Jorge Molina, Alejandro Brugués y Miguel Coyula, cinco egresados de una Escuela cuya impronta innovadora salta a la vista.

Hay razones concretas, desvinculadas de los misterios o el azar, para que los egresados cubanos de la EICTV se inclinen de una u otra manera hacia la renovación temática o formal de nuestro entorno audiovisual. Ellos suelen llegar a la Escuela con alguna experiencia en la creación, y allí entran en contacto con las mejores y más heterodoxas creaciones cinematográficas del mundo entero, reciben como profesores a profesionales en activo y de primerísimo nivel y, además, se ven sometidos a la constante vinculación entre teoría y práctica. De modo que si hay talento, deseos de hacer, sensibilidad, tesón y disciplina es difícil que el joven realizador egresado de la EICTV salga de aquellas aulas aferrado al conformismo o con la cabeza vacía de proyectos.

Luego de graduarse en Teatrología y Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte, y de realizar y escribir series infantiles para la televisión, Juan Carlos Cremata formó parte de la primera generación de directores de la EICTV, de donde egresó en 1990, luego de realizar el corto de ficción, satírico, delirante y vanguardista, Oscuros rinocerontes enjaulados (muy a la moda), que fue archivado como material de especial calidad por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el llamado MOMA. El corto adquirió una aureola medio mitológica, de cine cubano distinto, alternativo, arriesgado y muy artístico. En 1999, de regreso a Cuba, luego de largo itinerario por diversos países, realiza el documental, también de sesgo nostálgico, experimental y crítico, La Época, El Encanto y Fin de Siglo, que hilvana en su título, intencionadamente, los nombres de tres emblemáticas tiendas por departamentos de La Habana que definieron el espíritu centrohabanero. Debutó en el largometraje de ficción con Nada (2001) que sorprendió por su estilización visual, y luego emprendió la realización, apoyado por la Casa Productora de Telenovelas, del primer largometraje cubano protagonizado por niños, Viva Cuba (2005) que tuvo un enorme éxito de público, y se convirtió en la película más premiada del cine nacional.  Nada y Viva Cuba iban mucho más allá de mostrar los problemas migratorios, los cubanos que deciden abandonar el país para radicarse en otra parte. Los dos filmes evidencian la falta de comunicación, de solidaridad, de apoyo, y la necesidad de escucharnos, entendernos y aceptarnos. En 2008 emprendió la realización de dos proyectos al unísono: la adaptación al cine de las obras teatrales El premio flaco y Chamaco. Acaba de concluir el rodaje de una tercera versión de un acontecimiento escénico: Contigo pan y cebolla.


Viva Cuba, 2005

Luego de la experimentación visual y (anti)narrativa de Cremata, llegaron otros empeños de egresados cuyas líneas de creación se apartaban de las pautas asentadas por la principal productora de cine en Cuba: Talco para lo negro (1992, Arturo Sotto) y Molina’s Culpa (1992, Jorge Molina). Arturo Sotto fue catalogado, luego de sus primeras obras, como el cineasta capaz de recobrar el esplendor e ímpetu renovador del cine cubano en los años 60. Desde el principio su obra manifestó fuerte inclinación a lo experimental, con el corto Talco para lo negro, por su estilo provocativo y chocante, distanciado de las convenciones narrativas. Su debut en la ficción, Pon tu pensamiento en mí (1995) muy afín con el cine de autor a la europea, se aplicaba a desentrañar la esencia ficticia de los mitos, y a la desmitificación del dirigente político mediante una película de barroco y sobrecargado simbolismo. En Amor vertical (1997), Sotto realizó una polémica comedia de fuertes tintes eróticos y críticos sobre la situación de la vivienda, y luego de un largo impasse creativo se unió al actor Jorge Perugorría (protagonista de Amor vertical) en la realización del documental musical Habana abierta (2003) en el cual se registra la memorable actuación del famoso conjunto musical cubano. Con La noche de los inocentes (2007), combinó elementos del cine policiaco con los del melodrama y la comedia de enredos, a partir de personajes y situaciones extraídos de la contemporaneidad, y luego se encarga del capítulo cubano de la serie documental Los latinoamericanos, relativo al surrealismo en Cuba y que se titularía Bretón es un bebé.

Jorge Molina se graduó en la especialidad de Dirección y logró sostener una carrera como actor (El plano, de Julio García Espinosa; Madagascar y La vida es silbar, de Fernando Pérez; Quiéreme y verás y Lisanka, de Daniel Díaz Torres) mientras realizaba cortometrajes, que fueron creciendo hasta el largo, completamente al margen del ICAIC. Su película de tesis en la Escuela, Molina’s Culpa, rendía homenaje al cine de terror gótico, otro género apenas practicado en nuestro entorno, y potenciaba el erotismo, el desnudo femenino y la visión sicodélico-delirante de los personajes, todos ellos elementos bastante ausente de nuestras pantallas. Hay un pueblo en el fin del mundo azotado por los crímenes del asesino de los siete cueros, y en ese medio asfixiante y marginal, una prostituta se encuentra con un joven religioso y reprimido. Luego realiza Fría Jenny (2000) y Molina’s Test (2001) donde retoma el aire pesadillesco, absurdo, al borde del grotesco y siempre consagrado al erotismo, para contar la historia de dos jóvenes que ponen a prueba su concepto del amor cuando aceptan la hospitalidad de una extraña pareja. Jorge Molina continúa sus elucubraciones sobre la sexualidad, la crueldad y la condición humana, haciendo cine siempre a contrapelo de múltiples sospechas y reticencias, un cine bizarro y sicotrónico, como a él mismo le gusta clasificarlo: Molina´s Solarix (2006),  Molina´s Mofo (2008), Molina´s El hombre que hablaba con Marte (2009), Molina´s Fantasy (2009) y finalmente el largometraje Molina´s Ferozz (2010), del cual ha escrito Ignacio del Valle, en el blog de cine latino, que “tiene en común con los cortometrajes de Jorge Molina un espíritu abiertamente irreverente, una búsqueda declarada por provocar al público, perturbarlo e incomodarlo. A ello se une una voluntad férrea –ferozz- a la hora de explorar, sin falso pudor, los límites del erotismo, la sensualidad y la violencia. (…)  El imaginario que construye Molina se adentra en lo burlesco, en la picaresca y en lo grotesco. El realizador incorpora, además, elementos de la santería cubana y de la religión cristiana, que conjuga con mitos populares como el cagüeiro, un hombre-bestia que acecha de noche en los campos cubanos. Pero Molina’s Ferozz va más allá. Quizá lo que pueda resultar más perturbador en el filme, sea que aborda sin rodeos temáticas tan polémicas como la autoflagelación, el incesto o la violación y que dedica una escena a un tema tan tabú como lo es la zoofilia. Todo ello, dicho sea de paso, lo logra con un dejo irónico y endiabladamente humorístico”.


Molina’s Ferozz

Otro de los egresados cuyo nombre ha sonado más en fechas recientes ha sido Alejandro Brugués, quien estudió Publicidad, Sicología y Filología, hasta graduarse en la especialidad de Guion, que le valió para iniciar una carrera como escritor de los largometrajes Bailando chachachá, de Manuel Herrera, Tres veces dos (en el segundo cuento, titulado Lila y dirigido por Lester Hamlet), y Frutas en el café, de Humberto Padrón. Finalmente decide dar el salto a la dirección en el 2006 con el largometraje Personal Belongings, también con guion suyo. Tomó parte en la creación de Producciones de la 5ta. Avenida (conformada junto con el también egresado Inti Herrera) y más tarde le dio forma a la popularísima comedia de zombies, Juan de los Muertos (2011) aplaudida en decenas de festivales internacionales gracias, sobre todo, a la habilidad del director-guionista para articular los temas sempiternos del cine cubano con una imaginería visual y genérica bastante ajena a nuestro medio. Protagonizada por Alexis Díaz de Villegas y Jorge Molina, en la más descacharrante y farsesca de sus actuaciones, Juan de los Muertos “juega su mejor baza no gracias a unos eficaces efectos especiales, que los tiene —según asegura la influyente revista especializada española Fotogramas— ni a sus escenas de acción, más que aceptables. No la tiene en sus muertos, sino en sus vivos. En la figura de ese Juan de los Muertos y su grupo de pícaros supervivientes (…) un puñado de personajes extraídos de la realidad cubana, dotados de un sano cinismo vitalista, antídoto perfecto a los insoportables y tristones supervivientes del estilo de la serie The Walking Dead. En muchas comedias zombi, lo más divertido son los muertos; aquí, son los muy, pero que muy vivos cubanos libres, comandados por un héroe a su medida… y quizá a la nuestra”.

Realizador, guionista, productor, músico, fotógrafo y editor, egresado en la especialidad de Dirección, Miguel Coyula se consagró como cineasta adicto a la renovación formal desde Clase Z Tropical (2000), El tenedor plástico (2001) y Cucarachas rojas (2003) en las cuales baraja naipes tan inusuales en nuestro medio como la ciencia ficción distópica, el cine de vanguardia antinarrativo y el anime. Luego de los filmes mencionados, le dio continuación, fuera de Cuba, a su plan de cine experimental y reflexivo mediante Memorias del desarrollo, una de las más conspicuas y polémicas obras del audiovisual cubano reciente, aunque esté realizada fuera de la Isla. Largometraje de ficción que logra convencer a casi todos los amantes del cine más arriesgado, por su afiligranado diseño de producción y esmerada composición fotográfica, entre varias otras virtudes, Memorias del desarrollo evidencia su excelencia visual desde la primera escena, porque el filme, antes que movilizar los mecanismos reflexivos sobre la identidad cubana trasplantada, intenta trazar los itinerarios de nostalgia e insatisfacción emplazados por el exilio. Casi todo lo que el espectador ve, a la vez lo observa desde su pasividad cuestionadora el protagonista absoluto, aquel mismo cínico, saludablemente inconforme, pero más gastado y taciturno que hace más de 40 años nos presentaron Tomás Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes en Memorias del subdesarrollo, la mejor película cubana de todos los tiempos. Coyula logró tender un sólido puente entre la posmodernidad rampante, en sus acepciones más nostálgicas, descreídas, fragmentarias, y el cine cubano del período clásico, con aquella esplendente vocación combinatoria de documental y ficción, y el sortilegio de combinar elementos contextuales y perspicacia introspectiva. Sin renunciar para nada a una poética personal (avanzada desde sus obras anteriores) el realizador ha destilado su voluntad de comunicación, y emprendió esta película ambiciosa, cargada de referencias transtextuales, concienzuda y meticulosa secuela de un clásico indiscutible cuya majestad ha sido amorosamente retada, y de algún modo trascendida, por medio de las técnicas del collage fotográfico y sonoro que le confieren una voluntad alusiva y una ambición simbólica prácticamente insondables.

 
 
 
 


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.