La Habana. Año X.
21 al 27 de ABRIL de 2012

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Entrevista con Karel Ducasse
De cómo se formaron los mares y los peces
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Cortesía Oficina de la Muestra Joven

Tiene los ojos cansados, habla despacio y apenas le he visto sonreír. Parece un sujeto tranquilo, de esos que se escurren a un lado de la vida intentado pasar desapercibidos. Falso. Karel Ducasse nació para estar justo en medio de la tormenta, allí donde se corren los mayores riesgos, pero también donde suceden las cosas más interesantes.
 

Tal vez por eso se hizo cineasta, puestos a comparar, hay pocas profesiones tan arriesgadas, quizá la de torero o corresponsal de guerra. Exagero, por supuesto, hay toreros que nunca han cortado una oreja y corresponsales que solo reportan desde el hotel. Al final, los peligros los asume cada cual según su valentía y su conciencia. De ahí que el primer trabajo relevante de Karel fuese un documental sobre la censura. Hasta el momento, lo ha dicho él mismo, ese es el material que más estima. No solo porque le recuerde su etapa de estudiante en la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte o porque haya sido su tesis de graduación en la especialidad de documental, sino también porque le ha servido como carta de presentación. Difícil encontrar mejor aval que un trabajo sobre un fenómeno casi tan antiguo y complejo como la propia creación artística.

Zona de silencio se exhibió por primera vez en la Muestra Joven —me cuenta—, después ha sido una película que me ha dado muchas alegrías, pues he logrado mandarla a muchísimos festivales fuera de Cuba, unos 50, y me ha permitido conocer a varias personas que tienen que ver con el mundo del cine.”

Cuatro años después, volvió a la Muestra, la número 11, con una producción totalmente distinta: Los cuentos de Panchito, un dibujo animado para niños sobre mitología aborigen, la versión de los vencidos sobre el surgimiento de los mares y los peces.

Karel llegó al mundo de la animación por accidente. Trabajaba en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) y tras terminar un curso de asistente de dirección comenzó a desempeñarse en la producción. Aunque en realidad, lo que de veras le interesaba era dirigir. Por eso no lo pensó dos veces cuando le ofrecieron la primera oportunidad: un animado sobre los derechos de los niños, coauspiciado por UNICEF. Fue así, de casualidad, que se enamoró del género.

“Pienso que nunca dejaré de hacer animación, aunque ahora tiene que ver con mi trabajo dentro de la televisión, dudo que en algún momento de mi vida como creador vaya a estar totalmente desconectado de ella. Por eso, la defiendo tanto y me molesta cuando algunas personas, incluso del medio artístico, afirman, por desconocimiento, que la animación es un arte menor o muy fácil de hacer. Siempre trato de explicarles cuán complicado resulta este trabajo. Porque es muy sencillo sentarse y disfrutar de un animado, pero es necesario saber cómo se hace para poder reconocer el sacrificio.”

Sabe de lo que habla, pues el primer capítulo de la serie Los cuentos de Panchito, un corto de entre diez y 12 minutos, tardó siete meses en los estudios del ICRT. Es un proceso duro, que no siempre se valora con justicia: “No porque yo pertenezca a ese mundo, lo digo con mucho respeto por el resto de aquellos que hacen animación en Cuba, hay que quitarse el sombrero, porque lleva trabajo, muchísimo esfuerzo y las producciones suelen ser muy lentas.”

Sin embargo, ya no estamos en los 60. Antes era necesario todo un equipo de dibujantes, materiales costosos y muchísima paciencia. Ahora, todavía hay que tener paciencia, pero solo se requiere de una computadora, un par de programas y una buena idea. Esto explica, en parte, por qué en los últimos años tantos artistas prefieren expresarse a través del dibujo animado. Lo otro, tiene que ver con las características propias del género:

“En Cuba hay una gran tradición de animadores —explica Karel—. Creo que muchos se acercan a ese mundo, incluso artistas de la plástica u otras manifestaciones, porque la animación es una manera de mostrar algo no del todo real y da muchas posibilidades a la imaginación. Es un arte apreciado por todas las edades, desde los niños hasta los adultos, creo que eso abre mucho el rango de espectadores.

“Antes no se hacía mucha animación para adultos porque la producción de animados fue segmentada solo para la categoría infantil. Durante mucho tiempo se creyó que los dibujos animados se consumían hasta cierta edad. Pero ese mito ha ido desapareciendo en los últimos años gracias a algunas obras producidas generalmente de forma independiente. Creo que es bueno ampliar el panorama, porque de lo contrario uno mismo acaba mutilándose parte del público. Está demostrado que la animación puede conectarse con personas de cualquier edad, resulta atractivo ver algo que tiene cierta conexión con la realidad, pero que ha sido ficcionado a través de la gráfica. Es lo interesante de la animación: mezcla la pintura con la cinematografía.”

Karel asegura que tanto en los estudios de animación del ICAIC —ya sea en los de La Habana o los de Holguín, donde acaban de terminar Abdala—, como en los del ICRT, los animadores han alcanzado un gran nivel técnico, más allá de la brecha tecnológica:

“En el mundo existen softwares y equipos que abaratan y agilizan los procesos, Cuba no tiene acceso a muchos de ellos por ser un país del Tercer Mundo, el bloqueo y demás. Por tanto, tenemos que usar lo que está a mano y creo que ahí radica nuestra mayor posibilidad: tratar de aprovechar el equipamiento que tenemos. La tecnología no garantiza un buen producto. Ahí está la obra de Juan Padrón, Tulio Raggi y Mario Rivas, con una identidad y una gran conexión con el público, todo eso se logró pensando y dibujando. Hay que seguir por ese camino, porque si otros lo lograron, creo que nosotros podemos continuarlo.”

En realidad, el verdadero problema —si se le puede llamar así— es otro, tiene que ver con aquello que define, en esencia, al cine. Más allá de las poéticas, los demonios y los gustos personales, el núcleo del cine sigue siendo una buena historia que contar. Con la animación sucede lo mismo. Lo que de veras importa es el argumento, la idea, lo otro, son herramientas que te ayudan a desarrollarla. Sin embargo, muchas veces se invierte la lógica y se le presta mayor atención a los efectos y las técnicas de modelado que a la historia, y otras, el realizador sencillamente está más preocupado por su vacío existencial y se olvida por completo del espectador. Aquel infeliz sentado en su silla y para quien, por más que algunos pretendan ignorarlo, se hace el cine.

“Tiene que ver con dos cosas —opina Karel—: Primero, la llegada de la tecnología digital deslumbró a mucha gente, llegaron a creer que eso era más importante que el tema a tratar y la honestidad con que debe hacerse. La otra parte tiene que ver con el ego del cineasta. Hay quienes se empeñan en transmitir su idea aunque esta sea incomprensible para el resto del mundo y solo la entienda él. Se debe ser muy respetuoso con el público. Por supuesto, el artista tiene derecho a expresar su mundo interior, pero tampoco llegar a ser tan críptico que nadie lo entienda. Hay distintos tipos de obras, algunas más intelectuales, otras de un público más amplio. No obstante, es importante dar un mensaje, saber cómo contar una historia, emocionar, comunicar. El arte que más me interesa es el que socializa, en cualquiera de sus manifestaciones. Quien diga que hace una obra para sí mismo y no le importa que le interese a nadie más, está mintiendo. Si vamos a compartir con la gente e intentar que esas ideas provoquen reacciones en el público, entonces vamos a hacerlo bien, con temas interesantes que hagan mover mecanismos capaces de echar a andar la sociedad.”

Resulta evidente: Karel es de los que todavía piensa que el arte debe servir a un bien mayor que trascienda al creador y al propio hecho artístico. Es más, el artista debe defender aquello que cree y llevarlo como un hábito, de lo contrario, es simplemente pose, gesto impostado, nunca compromiso. Y el arte, al menos así lo cree él, solo puede ser comprometido:

“Si un intelectual va a tratar en su obra un problema de su país, debe tener una tremenda responsabilidad al elegir el tema, cómo lo va a hacer y luego ser consecuente con esa posición en la vida, porque no haces nada con criticar y que después tu vida vaya por otro camino. Esto es difícil, se necesita mucha seriedad para mantener un concepto de vida y de práctica artística, solo se logra con madurez, mucha honestidad contigo mismo y compromiso con tu país. Si uno hace una obra para promover la discusión y eso luego no le interesa, es preferible que no lo haga. Hay que comprometerse y hacerlo bien, de lo contrario no vale la pena.

“No creo en el arte apolítico, para ser artista hay que comprometerse con alguna posición, ya sea política, social o de pensamiento. Hagas ficción o documental siempre está el posicionamiento del artista detrás, porque uno selecciona lo que va a mostrar. A veces los cineastas creen que esto no ocurre en el documental, pero no es así, uno selecciona dónde colocar la cámara o la parte de la verdad de los personajes que te interese. Esto hay que tenerlo claro porque no se puede ser cobarde a la hora de mostrar el producto acabado, uno debe tener muy clara la intención y defenderla hasta el final, no se puede ser ingenuo.”

Tal vez por eso opina en voz alta, ante la curiosidad del resto de los feligreses en el café, quienes nos miran como si fuésemos extraterrestres. Él parece ignorarlos, sigue intentando hacerse escuchar después que le pregunto por las “zonas de silencio”, esas que muchas veces marcan la manera de hacer cine:

“A veces también hay cierto facilismo al escoger temas que puedan ser conflictivos o aquellos que de no tener mucha distribución en Cuba despierten interés en otros países. Pero eso es algo muy difícil de controlar o segmentar, depende de la responsabilidad de cada cual, de la honestidad que tenga con su obra. Que no se toquen esos temas es malo, pero que se haga en demasía y con facilismo u oportunismo, es mucho peor. Cuando los realizadores escojamos un tema, debemos hacerlo pensando en un bien mayor, si creemos que tenemos algo interesante que decir, si no queremos dar respuestas, sino simplemente llamar la atención de la gente sobre ciertas zonas que pasan por alto, que cada cual lo haga desde la mayor honestidad.

“Debido a la propia rutina diaria, muchas veces nos fijamos solo en esos temas polémicos y descuidamos otras zonas de la realidad que tal vez sean más ricas o más bonitas y debemos tratar de buscar un equilibrio, porque ninguna sociedad es tan triste ni tan alegre. La complejidad del arte está en eso, poder mirar todo tipo de fenómenos, porque el mundo y la vida son muy ricos.”


Los cuentos de Panchito

Quizá ahora se comprenda mejor cómo pasó de entrevistar a Antón Arrufat, Fernando Pérez, Pedro Juan Gutiérrez, Frank Delgado y Gustavo Arcos; a crear, desde su computadora, los mares y los peces. La idea original de Los cuentos de Panchito —cuando todavía no eran cuentos ni se llamaban así— fue de Carlos Díaz y Meibol Diez, dos jóvenes investigadores miembros del Grupo de Estudios culturales Nuestra América, creado con el objetivo de investigar, rescatar y difundir el legado aborigen de Cuba, Las Antillas y América. Ambos se aparecieron en la División de Programas Infantiles de la televisión con el proyecto bajo el brazo y a Karel le fascinó la idea:

“Quería hacer algo diferente, que me permitiera echar a volar la imaginación, aportar a la cultura cubana de una manera más amplia, tocar un tema poco tratado y cuando me hablaron de la mitología aborigen, me cautivó. La primera idea era hacer una serie de animación, pero después de intercambiar, ha surgido un proyecto mucho más grande que incluye al menos tres documentales sobre la cultura aborigen cubana, nuestras raíces, de dónde venimos, porque es un gran error creer que solo descendemos de los españoles y los africanos. Por suerte, en las últimas Ferias del Libro se distribuyeron textos para niños que tienen que ver con la cultura aborigen. Pero no basta con eso, hay que revisar los libros de las escuelas y darnos cuenta de que existen zonas de la realidad cubana que no se enseñan bien y que el niño no las va a aprender solo.

“Desde el inicio, comprendimos que hacer el animado era una responsabilidad muy grande. Sabíamos que no podíamos cubrir todo el tema, eso es algo que le toca a varias instituciones, pero nos exigíamos mucho, queríamos que quedara lo mejor posible. Si íbamos a tratar un tema que resultaba desconocido para los niños e incluso para sus padres, había que hacerlo lo más atractivo posible. Aunque tampoco quisimos que fuera muy efectista, sino que conservara esa suavidad y nobleza del cuento en el campo cubano, ese toque natural. Lo dividimos en dos momentos: el mundo contemporáneo, en el que se cuenta la historia, y el antiguo, donde tiene lugar la leyenda mitológica de los taínos. Esta última parte debía ser muy atractiva, como no teníamos referentes documentales a los cuales atarnos podíamos imaginarnos el mundo aborigen antillano como quisiéramos. Hasta ahora muchos de los que lo han visto, adultos y niños, me han comentado que les ha maravillado ese mundo. Eso para nosotros es un logro, porque no queríamos que fuera solo agradable visualmente, sino que tuviese también un peso intelectual, una carga emotiva importante para quien lo viera y se dejara sumergir en él.”

Precisamente de eso se trata, de sumergirse, no en los mares ni su formación, es algo que va mucho más allá, tiene que ver con la manera en que se creó el imaginario de un país. A Karel le interesa el modo en que nos vemos los cubanos a nosotros mismos y a nuestro pasado:

“El patrón tradicional que siempre tuvimos de lo que era Cuba: la bandera, el escudo, la palma real, las luchas de independencia; ha cambiado. La repetición del mismo discurso ha hecho que mucha gente se aleje de los símbolos que se tenían como íconos de lo que representaba la cubanía y busquen otras representaciones. Es algo positivo porque el amor a la patria no se debe esquematizar de esa manera. La patria puede ser muchas cosas, y Cuba está presente en muchos lugares, puedes verla cuando encuentras a otro cubano en Alaska o en Francia. Pienso que esta generación a veces se ve un poco perdida en ese sentido, ojalá que estén buscando una nueva noción de cubanía y no abandonándola completamente, porque en esa búsqueda también hay un peligro: que la gente llegue a desconectarse totalmente del país, y creo que aquí hay muchas cosas que conservar. Cada país tiene su identidad, su cultura, sus valores, son elementos que no deberían olvidarse. Pero al mismo tiempo debe entenderse que la patria no se puede encasillar en la política o en un pedazo de tierra, debe sentirse como algo más espiritual. Hay que dejar que la gente entienda su país a su manera, sin presiones. No hay que enseñar a nadie cómo se quiere a la patria, hay que dejar que cada cual lo sienta por sí mismo.”

Mientras a otros les obsesionan los fantasmas que llevan dentro —inquietud absolutamente válida—, Karel prefiere mirar afuera. Al final, el mundo interior siempre asoma de una forma u otra, y la realidad resulta más interesante. Es allí a donde cree que debe apuntar su arte, pues es allí donde tiene algo que decir. Ya sea que hable de la censura o la mitología aborigen, al final, todo tiene que ver con lo mismo: cómo se formaron los mares y los peces, o mejor, cómo nos formamos nosotros.

“Creo que entre las ideas de muchas personas pueden aparecer las soluciones, es difícil que una sola persona pueda solucionar algo. Pero estoy dispuesto cada vez más a hacer cosas por mi país, porque lo quiero. Tengo conciencia de lo que es ser cubano, aquí me he criado, están mis raíces, mi familia. Es bueno que se escuche a los jóvenes, porque tenemos muchas cosas que decir, ojalá que seamos todos. Hay algunos que a veces por cansancio, apatía o doble moral, no dicen lo que piensan, pero eso nunca nos va a llevar a un camino positivo, que genere cosas buenas para otros. No se puede pensar solamente en uno, sino también en los demás.

“Cuando uno aporta una idea que es honesta contigo mismo, puedes estar ayudando a dar una solución al problema de otro. Esas son las bases de la sociedad, el ente individual debe pensar en el colectivo. Y en tiempos de crisis de valores, tiende a priorizarse mucho la individualidad sobre el colectivismo. Es algo que no tiene que ver con un sistema en específico, sino con el ser humano.

“Por eso, siempre estaré dispuesto a ofrecer ideas. Me sentiría muy mal conmigo mismo si un día me quedo en mi casa y digo: hoy no voy a opinar nada si me ponen un micrófono delante o en una reunión familiar o con un grupo de amigos. Me sentiría derrotado. Al decir mi verdad siempre me siento bien conmigo. Un filósofo dijo que existían tres verdades: la tuya, la mía y la Verdad; mientras eso se entienda, podemos dialogar y echar adelante proyectos interesantes. Como ha sido el proyecto de la Revolución, que tiene imperfecciones que hay que arreglar, pero arreglarlas entre todos.”

 
 
 
 


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