La Habana. Año X.
7 al 13 de ABRIL de 2012

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Muestra joven ICAIC

Balance selectivo y ojalá que inclusivo

Joel del Río • La Habana

Desde el martes 3 de abril en los cines Chaplin y 23 y 12 la Muestra Joven ICAIC 2012 presenta treinta y siete ficciones, cuarenta y un documentales y nueve animados.  El promedio de edad de los realizadores en competencia es de 26 años, el menor de ellos tiene 18. El ICAIC cumple años en marzo, y más o menos por esa misma época, cada año, desde 2001, el audiovisual cubano apuesta por crecer, e intenta naturalizar la provocación conceptual o estética, y apuesta por la renovación. Esta oncena muestra se dedicó a Yanay Arauz, una prometedora directora de fotografía, joven artista de 29 años fallecida recientemente.  El jurado estuvo presidido por el joven realizador Miguel Coyula, ganador de la Muestra anterior con Memorias del desarrollo.

Entre las novedades importantes merecen mención el significativo incremento del fondo financiero aportado por el ICAIC y el MINCULT para el apoyo a la producción de los jóvenes realizadores. Nueve proyectos fueron evaluados en la sección Haciendo cine, y participaron cerca de una docena de instituciones y otras tres entidades de producción audiovisual independiente en el otorgamiento de recursos de apoyo a la producción y culminación de los proyectos seleccionados.

Este año la Muestra se caracteriza por lo inabarcable e inclusivo. Y me refiero solamente a la competencia. A la altura de la oncena edición, el evento todavía discute sus parámetros de escogimiento, y eso es bueno, para no derivar hacia el terreno de las exclusiones caprichosas que marcaron la última edición del Festival de La Habana. Al interior de la Muestra se discute si la selección debiera estar amparada por la selectividad, y elegir solamente obras que combinen cierta mínima destreza  en el manejo del lenguaje con la urgencia de la crítica y del tema inédito,  refrescante, mientras que otros, entre los cuales milita con pasión el propio Fernando Pérez, se inclinan por la participación generalizada, porque vislumbran que “para la mayoría de los jóvenes cineastas exhibir sus obras en las pantallas de este evento es un objetivo soñado y crucial”, como asegura el cineasta en las palabras que inauguraron esta Muestra. Entonces, así inclusiva como es, la competencia cuenta con 37 obras de ficción —entre las cuales hay dos largometrajes, Habanastation y La piscina—;  41 documentales de los diversos estilos, propósitos y duraciones, y 9 animaciones, en un conjunto ciertamente inabarcable, imposible de abarcar, en sus líneas más reveladoras y sugerentes, ni siquiera por el más intuitivo y conocedor de los cinéfilos en el plazo de los seis días que dura el evento.

Así, desbordada e irrestricta como ha terminado siendo esta edición (quiero dejar dicho que la inclusividad o selectividad del evento no pasa de ser un detalle operativo, importante, pero de ninguna manera medular a la hora de evaluar los resultados finales) resulta complicado, sin haberlo visto todo, detectar la obra, y el realizador o realizadora, que cuenta con méritos suficiente como para marcar el paso y fugarse del pelotón. Nunca pensé que la Muestra pudiera llegar a ser abrumadora, y que resultara tan difícil localizar en su programación los títulos con la sagacidad de saber inquietar a varios, y con la sensibilidad manifiesta de conquistar en sus imágenes y sonidos algo tan elusivo e inatrapable como el espíritu de nuestra época. 

Por primera vez en mucho tiempo el interés por las obras en competencia se ha desplazado hacia la ficción, porque a mi entender, esta ha sido la Muestra de Camionero y La piscina, sendas revelaciones de poéticas contrapuestas, la primera desde la fluidez, la sugestión-identificación y el efectismo dramático, la segunda desde el riesgo latente en el crudeza verista, en la arriesgada recreación del  vacío, el aislamiento, la soledad y la minusvalía.  A través de Camionero, Sebastián Miló expone el lado oscuro, sórdido, incluso bestial, del espacio estudiantil interno, becado, un entorno idealizado a través de películas como Una novia para David y otras tantas del cine cubano. Hay un adolescente, Randy, que es objeto de atroces abusos, discriminación y acoso, ante la indiferencia o el desconocimiento de las autoridades del plantel. Camionero dice mucho más, al nivel del subtexto, de lo que ofrece desde la primera lectura su narración genérica, convencional. Importa la dicotomía entre el día con sus matutinos institucionales, y la noche, con el despliegue del sádico terror en el albergue por parte de un grupo de imbéciles jactanciosos dedicados a destruir la autoestima de un inocente. Convence e inquieta la secuencia  de la sucesión de pueriles atrocidades escoltada por la musiquita dulzona de Nocturno. Nos lleva hasta las fronteras del horror la inexplicable perversidad de los adolescentes contra uno de ellos, incapaz de cometer alguna falta más allá de la debilidad. Obra valerosa y penetrante, Camionero está lastimada por un epílogo efectista e injustificado, que anula un tanto su atendible reflexión sobre la violencia (lamento tener que revelarle al espectador el final) en tanto uno de los personajes, precisamente el que sostiene el punto de vista narrativo, deviene héroe redentor y sicópata homicida. Ninguno de los dos excesos está explicado, insinuado o sugerido en la primera mitad del filme, algo que sin dudas debió hacer el director y guionista en la misma medida en que atrapaba a su protagonista (otra vez excelente Héctor Medina) en un círculo mórbido que cuadruplica la violencia que ha recibido, y por lo tanto, la luneta exclama sorprendida, choqueada, pero la denuncia casi se anula en el demencial ojo por ojo.

Un estilo enunciativo totalmente distinto al de Camionero emplea la película de Carlos Quintela titulada La piscina, marcada por las acciones mínimas y un estilo casi documental,  que registra, solo en apariencia, el apático entrenamiento de cuatro adolescentes con diferentes discapacidades.  La película ha pagado el precio de su excepcionalidad discursiva, de su ritmo narrativo y de montaje a ratos lánguido y quizás demasiado apacible, y ya he escuchado inexorables juicios de que “no pasa nada”, “aburre y mortifica”, “es la cámara paralizada ante hechos simples y personajes sin atractivo”. Respeto los criterios adversos, pero respeto mucho más el certero talento de Quintela, y de su guionista Abel Arcos, para sugerir conflictos, frustraciones, carencias, incluso tragedias sin machacarme con el latiguillo de los diálogos escritos para remachar, y las imágenes puestas en función de la anécdota unívoca y el desenlace resolutorio. Admiro profundamente la osada renuncia a las obviedades narrativas por parte de una película prístina y compleja, pero decidida a comunicarse con todo espectador dispuesto a renunciar a sus prejuicios, dispuesto a dejarse llevar por sutilezas y medios tonos en lugar de la aburrida claridad y los esquemas conductuales para representar la cubanía donde se refugia la mayor parte de nuestras películas profesionales. La piscina no se desmarca aspira a un espectador culto, sensible, capaces de concebir como extraordinaria la aventura irrepetible de cuatro criaturas inermes, que nadan y juegan, bajo un cielo proceloso, inundados por la luz inclemente del trópico.

En cuanto a la ficción, quiero mencionar además cuatro cortos atractivos por muy disímiles razones. Sobre Habanastation hemos hablado más de lo prudente, y a Juan de los muertos (que se exhibe en la Muestra como invitada especial) le llegará el turno en los próximos meses, cuando esté de estreno en las salas de todo el país. Historias bastante excepcionales, todas extraídas de la intimidad de seres retorcidos o enajenados cuentan AM, de Daniela Miriuso;  El rito del alacrán, de Antonio Quiñones; Kendo Monogatari, de Fabián Suárez, y Loca, dirigido y protagonizado por Claudia Rojas. AM emprende una sagaz desconstrucción de la masculinidad hipertrofiada, al nivel reguetonero, marginal y nocturno-promiscuo que es al mismo tiempo crítica saludable y acusación necesaria. Burlas inteligentes de este corte merecen los abusadores, puesto que el corto también toca de soslayo el tema de la violencia, pero en este caso aplicada sobre una mujer. Le falta profundidad al tratamiento de los personajes y se ofrecen giros demasiado caprichosos a la trama, pero igual se aplica una espontaneidad en el trabajo con los actores, y un verismo en la captación del mundo, que llega a ser entre zumbón y sobrecogedor, una mezcla curiosa que la guionista y directora mantuvo todo el tiempo bajo control.

El rito del alacrán vuelve a regalarnos el placer de disfrutar el histrionismo de Broselianda Hernández en el papel de una madre sobreprotectora e incestuosa, en un corto que coloca el golpe de efecto, y el merecido culto a su actriz protagónica, por delante de la racionalidad en el tratamiento de tan delicado asunto y se sacrifica la coherencia del relato, y al final queda la impresión de algunos buenos momentos en una historia esbozada en rasgos apresurados y exagerados. Guionista y director de Kendo Monogatari, Fabián Suárez se mueve con admirable pericia entre la chacota a la vulgaridad y al materialismo de sus personajes, y el gesto final dignificante, que redibuja seres leales, sacrificados, en cierta medida estoicos, protagonistas de renuncias mayúsculas y lealtades sin nombre. La peluquera “inventora” y su obeso auxiliar de limpieza aparecen nimbados por una particular delicadeza de espíritu que se sugiere al espectador sin concesiones a la identificación a ultranza que propone el melodrama, aquí trabajado como en sordina, desde la tragicomedia.

A ratos hilarante, por estentórea y conscientemente improvisada, Loca, que codirigieron Claudia Rojas y Ángel Bárzaga, presenta un ejercicio tenso, experimental y dinámico de realización, en tanto sigue y persigue, durante veinticinco minutos que dura el corto, a un solo personaje, una demente que grita imprecaciones y susurra tristezas, mientras camina por el Malecón, y el colinde entre el Vedado y Centro Habana. Se abusa un tanto de la paciencia del espectador cuando apenas se introducen otros elementos dramáticos en el monólogo de la excelente actriz ni se le confiere variedad o agudeza a sus observaciones. Tal vez debió someterse a una edición menos complaciente, pero hay que decirlo: se trata de un experimento curioso y revelador, a ratos divertido y muchas veces comunica un desasosiego difícil de superar. 

En términos documentales, el hecho de que las ficciones se hayan robado el show esta vez, no significa que la Muestra carezca de obras que contribuyan certeramente al restablecimiento del documental cubano, más allá del que produce el ICAIC (se impone reconocerlo) puesto que de los que me parecieron más atractivos y arriesgados, puedo contar tres producidos por la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en San Antonio de los Baños (De agua dulce, Compacta y revolucionaria, Cuerda al aire), otros dos fueron patrocinados por la Facultad del Arte de los Medios de Comunicación Audiovisuales (FAMCA) —se trata de El evangelio según Ramiro y Pero la noche— mientras que el excelente Los “bolos” en Cuba y una eterna amistad, regreso a la realización del consagrado Enrique Colina, fue promovido por la BCI Communications. 

Orgullosamente reconozco haber tenido razón cuando presentaba a Damián Sainz y Marcel Beltrán, en un artículo similar a este, y en estas mismas páginas, hace justo un año, entre los realizadores a tener en cuenta en el ambiente documental de la Isla. Saínz regresa con De agua dulce, que se las ingenia para hablar sobre un lugar y un personaje, un río y un pescador, ambos intrínsecamente ligados, en un oscuro devenir de acechantes anhelos y pérdidas enormes, porque Saínz confía sobre todo, y por suerte, en un documental sobre la incertidumbre, la inseguridad y la bifurcación, como le declaró al periodista Abel Oliveras en Bisiesto, el boletín de la Muestra Joven, que de fatuas seguridades y vanidades satisfechas estamos hartos, parece decirnos De agua dulce muy quedamente, como el agua que fluye tranquila.

Compacta y revolucionaria, dirigido por la realizadora portuguesa Claudia Alves, y Cuerda al aire, del antes mencionado Marcel Beltrán, se acercan a personajes situados, en medio de su consagración más alta, y al borde del naufragio y la derrota, a pesar de sus respectivos e ingentes esfuerzos, talentos y absoluta confianza en las posibilidades de la gente. Hay que verlos, se trata de documentales imposibles de describir, grabados por la cámara y el sonidista con la intención de tejer etérea y firme madeja con las impresiones y las sugestiones aportadas por sus muy comprometidos realizadores. Comprometidos con sus personajes, y con el imperativo de la franqueza y la revelación, están también Gretel Marín con Pero la noche y Juan Carlos Calahorra con la muy provocativa El evangelio según Ramiro. La primera se refugia en el documental de entrevistas, hecho con intención y profundidad, con vistas a demostrar los argumentos de personas dispuestas a vivir, aunque sea clandestinamente, sus relaciones amorosas y eróticas a contracorriente de los principios heterosexuales y monógamos imperantes. Muchas veces, después de tanta búsqueda más o menos compensatoria se encuentran más perdidos y solitarios que al principio, y el documental muestra con elocuencia este proceso de autorreconocimiento. El evangelio según Ramiro se propone cotejar la voz que lee fragmentos de la vida de Jesucristo, según los Evangelios, con la vida cotidiana de Ramiro, quien al parecer no se cree homosexual sino una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Calahorra pretende arribar a insólitas conclusiones con semejante paradoja entre sonido e imagen, pero por momentos el contraste banaliza el texto y las imágenes seleccionadas —respetables en sí mismas, sobre todo por la exigencia de respeto para cualquier preferencia sexual— apenas se ajustan o tienen alguna relación lógica discernible con el énfasis y la trascendencia de la historia bíblica aludida.

Por último, Los “bolos” en Cuba y una eterna amistad, otro invitado especial a esta Muestra, significa la más completa, seria y valiosa investigación audiovisual sobre los treinta años de presencia soviética en la Isla, y por supuesto, la restitución memoriosa se verifica mediante invaluables imágenes de archivo, y a través de muy copiosas entrevistas, a personajes de la más diversa extracción social y calidades intelectuales, en testimonios que pasan por el tamiz de la nostalgia y el choteo. El documental es un imprescindible desde ya mismo, para todo el que quiera reconstruir parcialmente tres décadas de historia nacional, y debía mostrarse en los preuniversitarios y universidades, y colocarse en la lista de los documentales clásicos ineludibles, cuando se hable del contrapunteo entre retórica propagandística y la espontaneidad de quien está decidido a rememorar con el pasado con franqueza. Convencido de que “lo curioso no es como se escribe la historia, sino como se borra”, y mucho más seguro de que el subdesarrollo es, sobre todas las cosas, la incapacidad para acumular experiencias, Enrique Colina aporta una obra beligerante y progresista, inclinada a la contienda contra el olvido y el subdesarrollo. A pesar de la insistencia cacofónica en ciertas imágenes cuya obviedad simbólica resulta un tanto redundante (como la transfusión de la matriuska al mambí) Los “bolos” en Cuba y una eterna amistad es conmovedor y elocuente, detallista y audaz, auténtico sin llegar al pesimismo, porque cuando se acaban los testimonios, y ruedan los créditos, y sale una preciosa niña negra, que baila con los Van Van, ella sola, sobre el fondo de un amasijo de tendederas eléctricas, sobre una pared mugrienta, donde se puede adivinar el dibujo de las dos banderas entrelazadas, uno entiende, o le parece entender, que Colina nos ha entregado un documental sencillo solo en apariencia, porque está cargado con la polisemia y las intertextualidades postmodernas que tantas veces nos regaló en sus documentales anteriores.

Entre las exposiciones se cuenta El hombre nuevo, del fotógrafo Jaime Prendes, ¡Sí, van 10!, que incluye obras de jóvenes diseñadores premiadas a lo largo de diez ediciones de la Muestra; El viaje, muestra personal del fotógrafo Alain Aspiolea; y Carteles de nuevos diseñadores, con inéditos para los filmes en concurso.  La Muestra Joven ICAIC no se reduce al certamen de una semana de duración sino que durante todo el año gestiona acciones de capacitación, promoción y colaboración hacia los realizadores que se han nucleado a su alrededor.  Su publicación trimestral Bisiesto constituye un foco de formación de jóvenes críticos cinematográficos a la vez que permite a los propios realizadores expresarse y reflexionar sobre los temas que resultan de interés común; mientras que De muestra exhibe, los últimos viernes de cada mes, trabajos premiados anteriormente.  Allí podrán verse las obras ganadoras de esta oncena edición, y ojalá trasciendan esos marcos.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.