La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Entrevista con Luis Zornoza Boy

El que mueve los hilos

Abel Sánchez • La Habana

La sala está desierta, terminó la función y el público se ha ido. Los actores, apagados, regresan a su sitio. Estos tal vez sean los más genuinos de todos los actores, porque viven únicamente para la escena. Su existencia, sojuzgada y efímera, solo dura lo que las luces. Después: el silencio, la inmovilidad, el baúl. Así de consagrada es la vida del títere.

Dios, el creador, quien mueve los hilos, guarda a cada uno cuidadosamente dentro de un maletín azul. Allí, en esa especie de camerino con ruedas, los coloca en un orden preestablecido, de forma tal que ninguno invada el espacio del otro. Luego desmonta el teatrino, el mundo hecho de palos, sábanas y bombillas que ha construido específicamente para ellos. Un escenario a escala que acaba, al menos en su mayor parte, en el interior de un baúl negro, también con ruedas.

El titiritero español Luis Zornoza Boy —o simplemente Luis, como le llaman todos aquí en La Habana— ha concluido la última representación de El traje del emperador en la Primera Bacanal de Teatro de Títeres para Adultos, y se dispone, con sus muñecos a cuestas, a regresar al camino, justo como lo hicieran sus antecesores.

El suyo, es un arte de siglos, casi los mismos que tiene el hombre. Pues se cree, nadie lo sabe con seguridad, que la primera representación de títeres fue hecha en una cueva, con las sombras que proyectaba la hoguera sobre las paredes.

Los griegos, que todo lo inventaron, ya manipulaban marionetas durante el período clásico; así como los egipcios, un poco antes; y los chinos. En Java existían títeres de varillas y en Japón apareció el teatro de bunraku, con muñecos que medían casi la mitad de una persona y eran controlados por tres titiriteros mediante cables y palancas. En la Edad Media, los títeres se utilizaban para representar pasajes bíblicos y, cuando fueron prohibidos en las iglesias, los artistas itinerantes comenzaron a montar sus funciones al aire libre, en plazas o ferias.

Con la Commedia dell’arte surgieron varios personajes que se convirtieron en parte de la identidad nacional en países como Inglaterra, Alemania, Rusia y especialmente Francia. Allí nació Guignol, o Guiñol, creado, según dicen, por Laurent Mourguet, un dentista de Lyon que montó un espectáculo de títeres de mano para entretener a sus pacientes, de este modo surgiría lo que hoy conocemos como teatro guiñol.

Sin embargo, quizá por su afición a los caminos, el oficio de titiritero, ni siquiera hoy, suele tener muy buena fama. Incluso existe un dicho bastante popular en España: “Titiriteros, murcianos y otras gentes de mal vivir”.

Tal vez sería por eso que Luis, de joven, estudió para ser abogado, una profesión respetable, bien remunerada y aburridísima. Al menos así le pareció a él mientras estuvo en la Universidad de Madrid. Se aburría tanto que decidió visitar a un viejo amigo músico que tocaba para una compañía de títeres. Fue así que empezó a asistir a las funciones y a los bares después del espectáculo. Como siempre le había interesado la escultura, les ayudaba a construir las marionetas y les hacía sugerencias en cuanto al diseño. Hasta que un día ocurrió lo inevitable: un actor falló y él ocupó su lugar. Más de 30 años después, todavía sigue prestando su voz a los muñecos.

“Al principio pensaba que era imposible comer de ese trabajo —confiesa—, por eso pensaba ser abogado y cuando acabara de trabajar me dedicaría a la escultura. Pero al final he vivido hasta ahora y creo que muy bien, hay muchas compañías que también lo han hecho.”

Aún recuerda la primera vez que lo contrataron, la emoción de subirse a una furgoneta y viajar cientos de kilómetros para hacer un espectáculo. En ese momento, su trabajo era bastante naif, como el de todo joven que se inicia. Luego vendrían las búsquedas estéticas, las influencias, la preocupación por dejar huella en un arte ya de por sí efímero. Porque el titiritero sabe ganarse a la gente, pero esa simpatía no dura mucho más que la respiración de sus títeres. A lo sumo, las personas suelen recordar al muñeco y, muy raras veces, a quien lo maneja.

No obstante, alguien con la experiencia de Luis Z. Boy, ya es capaz de intuir el efecto que tendrá en el público cada cosa que hace. Tras dejar la abogacía, estudió Escultura en la Universidad de Londres, de ahí que su trabajo esté más influenciado por las artes plásticas que por el teatro. Entre 1979 y 1986 trabajó con títeres tradicionales en Madrid. Un año después regresó a vivir a Londres, pues siempre le había fascinado el teatro inglés, y allí fundó el Siesta Theatre con la intención de experimentar en el teatro de objetos.

“En el teatro que yo intento hacer, la escenografía es el espectáculo —asegura—. Como es un teatro de objetos, cada objeto te motiva una atracción. No es un texto donde se repiten algunas palabras, consiste en la escenografía como un cúmulo de objetos materiales y el movimiento de esos objetos, donde todo está integrado. No se trata de una decoración sobre la palabra o el trabajo del actor, no es el papel de envoltorio de un regalo, es el regalo.”

Precisamente un espectáculo de ese tipo fue el que presentó aquí en La Habana: El traje del emperador. La historia fue escrita en 1335 por el Infante Don Juan Manuel, hombre de letras y sobrino del rey Alfonso X el Sabio, se trata de uno de los 50 cuentos que aparecen en El conde Lucanor. Luego, en 1843, Hans Christian Andersen escribió una versión inspirada en la obra del toledano, la cual intituló El traje nuevo del Emperador. Entonces, cerca de dos siglos más tarde, aparece un titiritero español decidido a que sus muñecos la representen.


El traje del emperador

La historia, como toda buena pieza para títeres, es una burla al poder. En la versión original los burladores engañan al rey vendiéndole un traje que, según ellos, no puede ser visto por los hijos legítimos. Andersen, por su parte, cambió la paternidad por la competencia profesional, de modo que todos los funcionarios y súbditos alaban al emperador por un traje que en realidad no existe. Se trata de la hipocresía, la simulación, la mentira, la demagogia y demás miserias humanas, siempre útiles en materia de arte.

Pero Luis prefiere hablar de borreguismo, o sea, aquellas personas que, incapaces de cuestionar por sí mismos nada de lo que les dicen, se dejan llevar por las opiniones ajenas. De ahí que los borregos sean tan importantes en la puesta. Aparecen por todas partes: proyectados sobre una sábana blanca, en un carrusel de sombras detrás de esta o una figurita pequeña sobre el teatrino.

“Creo que aquí en Cuba no existe esa tradición —me explica—, pero en España todas las navidades se ponen cientos de borregos en todas las casas. Así que decidí usar esos mismos borregos. Una vez que tienes eso, hay que ver cómo usarlos y en qué momento. Vas buscando y probando, las cosas que no funcionan las descartas y las que sí, las vas incorporando. Al final sale un espectáculo en forma. Por lo menos ese es el único método que conozco.”

Al rato, añade: “En esta puesta en particular me impuse una regla: nada de lo que ahí aparece lo he hecho yo. Todas son cosas que me he ido encontrando. Las cabezas de los políticos las vi en un mercadillo de segunda mano en Finlandia, cuando estaba trabajando allí; son los dos primeros presidentes de la república, me hizo gracia. Las habían hecho de cemento, pero como yo no iba a transportar dos cabezas tan pesadas, las dibujé en un papel y luego hice una reproducción”.

Se refiere a unos bustos pequeños, hechos de yeso, que representan a los funcionarios que mienten delante del emperador, las estatuas simbolizan el poder. En cambio, el estafador, el supuesto sastre, lo interpreta un pie verdoso que en escena siempre aparece con los dedos hacia arriba, haciendo referencia a un mundo que evidentemente anda en esa posición.

“Al principio, lo seleccioné por pura intuición. La mano era el emperador, una mano delicada, que nunca ha trabajado, la mano de la sensualidad, del que va a que le den un masaje, del que de niño ha recibido clases de piano. Entonces, el pie lo utilicé en oposición a la mano. Como se dice en castellano: la clase alta y la clase baja. La cabeza del estado es el emperador y su opuesto son los pies. En muchas culturas los pies son la parte sucia, innoble, aquella que no se ve, incluso, en la religión cristiana Jesucristo lava los pies de los apóstoles y es lo más indigno que podía hacer como un ejemplo de humildad.

“Hay algo más: el emperador nunca se mueve, no es una persona que camine. En cambio, el pie es alguien que se busca la vida, que corre de allá para acá, que quiere salir de la pobreza, de la miseria, a través del timo, del ingenio, del soborno, la corrupción, la picaresca. Esa es la idea. Pero, si te fijas, la primera vez que aparece el emperador se está lavando el pie, por tanto, también tiene su parte de pie y de cabeza. Una cosa que me atrajo de este escrito es que todos son pícaros, todos son mentirosos, no existe el héroe salvador. El único que dice la verdad es un niño porque todavía no tiene conocimiento de las reglas sociales, todavía no las ha aprendido, no ha ido al colegio, a las instituciones. Eso es lo que me parece interesante, no hay un moralismo de buenos y malos. Todos tenemos de verdad, de mentira, de buenos, de malos, de miserables, de grandiosos, en todos nosotros existen esos elementos.”

Por eso, aunque sean borregos, bustos de yeso o un pie sin ninguna estética, sus personajes siempre resultan creíbles. No solo porque Don Juan Manuel los haya descrito total maestría —que también—, sino porque Luis sabe nutrirse, con ojos de artista, de todo lo que ve en la realidad, esa donde nadie es perfecto.

“Hay veces que estoy esperando el autobús o un tren, saco el papel y empiezo a hacer dibujos. Por ejemplo, esta hoja me ha llamado la atención y me la llevo España —se trata de una hoja seca de árbol tropical, grande y nervosa—, la observo, la fotografío, no sé bien por qué, pero es una atracción, es amor a primera vista. Tal vez dentro de cinco o seis años vuelva a Cuba con un espectáculo que tenga los colores de esta hoja. Todo se va desarrollando orgánicamente, buscas algo que te motive, que tengas necesidad de expresar, y a partir de ahí comienzas a limpiarlo, porque la mayoría de las cosas no funcionan, pasa el tiempo, uno se atasca, se desespera, encuentra algo… es así. Es lo que llaman los ingleses trial and error: probar, cometer errores y luego subsanar esos errores. La metodología es un marco de trabajo para que las cosas pasen. Te colocas como el pintor delante de un mural o de una tela en blanco, hay gente que lo puede tener todo ya pensado y lo reproduce como un copista, pero hay momentos en los que no sabes qué va a pasar. Los accidentes están ahí todo el tiempo, cosas que nunca esperas y que de repente ocurren.”

Aunque es canoso, de mirar cansado y voz grave, a veces deja escapar un entusiasmo que recuerda al niño frente al baúl de los juguetes. Después de todo eso es un titiritero, alguien que no ha dejado de jugar. Un juego de imaginación y poder donde él tiene el control absoluto. Pues, al final, no hace otra cosa que desquitarse con las marionetas de aquello que Dios o el destino hacen con él.

Pero, a diferencia de estos, nunca podrá castigarlos o darles la espalda, porque son parte de sí mismo, y porque la única regla verdadera e ineluctable de este juego de adultos, en el que todo es posible, es que jamás podrás jugarlo sin amor.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs

Primera Bacanal del Teatro de Títeres para Adultos

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.