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de 2012

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Peace & Love

Por algo se empieza

Abel Sánchez • La Habana

Fotos: Mónika Domínguez, Yosjan G. Palais y Karel Pérez

El escenario está listo, han colocado pantallas, luces y un sistema de audio. Nadie lo sabe aún con certeza, pero llegarán a subirse más de diez bandas. Aunque todavía falta para eso, en la fortaleza de San Carlos de la Cabaña acaba de comenzar la segunda edición del Peace & Love y delante quedan dos noches en las que cualquier cosa puede pasar.

A decir verdad, esto no comenzó aquí en La Habana, a los 23º8’ de latitud norte y los 82º22’ de longitud oeste, el 9 de marzo de 2012. Sino mucho antes, en 1999, en una ciudad del centro de Suecia llamada Borlänge, perteneciente al condado de Dalarna, a 60º29’ latitud norte y 15º27’ de longitud este.

Borlänge era uno de los lugares más violentos de Suecia y casi todos los titulares que generaba estaban relacionados con el crimen, al extremo de que la conocían como “la pequeña Chicago”. Por otro lado, había dos muchachos nacidos allí, personas comunes como nosotros, a quienes un buen día se les metió en la cabeza la idea de salvar el mundo. El razonamiento resultaba bastante sencillo: si vamos a salvar el mundo, ¿por qué no empezar por Borlänge? Podrá sonar inverosímil, pero la lógica es aplastante.

Fue así como se les ocurrió fundar un festival en el que la música y otras artes sirvieran para llevar un poco de paz y amor a un sitio que hacía bastante tiempo lo andaba necesitando. Un evento por el que los ciudadanos de Borlänge pudiesen sentirse orgullosos.

Y, aunque parezca increíble, lo consiguieron. Quizá en eso de salvar el mundo aún les queden un par de asuntos pendientes, en cuanto a la ciudad, es otra historia. Los índices de criminalidad han disminuido de manera asombrosa, especialmente durante los festivales. Ahora, cuando uno busca noticias sobre Borlänge, donde antes se hablaba de robos y asesinatos, hoy aparece Peace & Love.

Después, vino lo que ya se conoce: casi 50 mil espectadores —de 900 que tuvo el primer evento— coreando las canciones de Alice in Chains, Patty Smith, Jay-Z y del mismísimo Bob Dylan, así hasta llegar a poco más de 200 artistas. Lo cierto es que si uno navega por Internet y se encuentra con las palabras: Peace & Love, no sé, tiene algo que atrae. Aunque no lo parezca, por ahí quedan muchos hippies nostálgicos de Woodstock y Monterrey.

Haberse convertido en el festival más grande de Suecia les ha ayudado a reunir a artistas reconocidos y a trascender la península Escandinava. Fue de ese modo como llegaron a Chile y, hace apenas un año, a Cuba.

Urban Näslund —pasados los 50, canoso, pequeños ojos azules— es uno de los organizadores que vino a La Habana para esta segunda edición. Días antes del festival, en un inglés que arrastra las erres, me explicaba por qué escogieron la Isla como destino:

“Cuba es muy especial para los suecos, porque conocemos sobre la Revolución, el Che Guevara y Fidel. El primer ministro durante la socialdemocracia, Olof Palmer, siempre mantuvo buenas relaciones con Cuba y Latinoamérica, también dio asilo a muchas personas durante la dictadura de Pinochet, alrededor de 60 mil chilenos se exiliaron a Suecia. Además, para nosotros Cuba ha sido una especie de símbolo.”

A su lado, Henrik Sundin —mucho más joven, patillas, pelo negro, piercings en el labio—, el encargado de relaciones públicas, mencionó a alguien también imprescindible: “X Alfonso ha sido de gran apoyo, porque ya había hecho proyectos culturales en Cuba y también había trabajado en Suecia, gracias a ese intercambio nos dimos cuenta de que aquí existía un gran potencial”.

En efecto, además de los suecos, que ayudaron con el financiamiento y las estrategias de organización, el Peace & Love de La Habana se debe, en gran medida, a X Alfonso y su Fábrica de Arte. Quienes en pocos días convirtieron la fortaleza de la Cabaña, más que en un escenario o una galería de arte, en un centro cultural. Esto tiene que ver con lo que es, en esencia, Fábrica de Arte; pero también con la nueva concepción del festival sueco.

“Ahora estamos más enfocados en otras manifestaciones culturales además de la música —aseguraba Sundin—, tenemos danza, performances, debates y conferencias, como aquella que dio el reverendo Jesee Jakson el año pasado. O sea, no se trata solo de música que es una parte importante, pero también intentamos reunir a la mayor cantidad posible de personas a través de todas las artes.”

Esto explica por qué, aunque los principales artistas del cartel obviamente son los músicos, el Peace & Love de La Habana también tiene una muestra de artes plásticas: Comunes en nuestro pensamiento.

“Son obras que tienen que ver con no ser indiferentes ante los tiempos que se viven —decía Reinaldo Ortega, curador y procurador de esta sección en Fábrica de Arte, con sus propias fotografías de fondo—. Lo que Fábrica de Arte persigue como proyecto, es llevar una constante de la caracterización de nuestro tiempo. Trabajamos el tema social cubano, ya sea desde la óptica cubana: gente que se ha sentido motivada a dar criterios a partir de que han podido conocer otros países; o desde la afluencia de personas hacia Cuba: aquellos que vienen y se aplatanan acá”.

Luego, alzaba la voz para hacerse escuchar sobre el tumulto que invadía la sala: “A veces somos muy indiferentes en relación con los tiempos que se viven, y es precisamente eso lo que nos interesa aquí: opinar sobre la vida contemporánea cubana, la religión, las costumbres, las modas, las corrientes de pensamiento, el modo en que el cubano decodifica todos los referentes que le llegan del exterior —ya sean narrados por vía digital o visual—, la forma en que los jóvenes van definiendo sus intereses —que son distintos a los de décadas que quedaron atrás—. Nos interesan todo ese tipo de mutaciones, que se dan de manera muy lenta”.

Si uno camina por los pasillos abovedados, dejando atrás la Estatua de la Libertad de madera de Luis Manuel Otero, los desnudos evolutivos de Enrique Rottemberg —que provocan risitas nerviosas entre las parejas adolescentes—, las imágenes de Alina Sardiñas: niños libres de camisa y zapatos jugando en la calle, los cuadros inquietantes de Alejandro Darío: figuras humanas agonizantes que enseñan sus carencias, la fotografía en blanco y negro donde aparece un gallo anacrónicamente rojo que mira desafiante a la cámara junto con otros detalles de una Isla vistos desde el lente de X Alfonso —sí, leyó bien, además es fotógrafo—. Si uno camina, decía, por esos pasillos y llega al final de las galerías, encontrará, de un lado, la exposición personal de Rafael Santana —quien utiliza armas, sacadas de época y contexto, para abogar por la paz—, y del otro, más dibujos, pero esta vez hechos sobre el cuerpo.

Por entre el murmullo del público que mira desde el otro lado de la baranda se escucha el zumbido de las máquinas taladrando la piel. La cara del Joker sonríe desde un muslo, una carpa nada sobre las costillas de alguien, una bandera ondea —literalmente— en el pecho de otro. A pesar de que todos los tatuadores usan guantes y material estéril, resulta difícil trabajar en estas condiciones, sin climatización y con tanta gente curioseando por encima del hombro. Por eso, solo hacen un dibujo al día, que puede llevarles dos o tres horas extenuantes. Aunque, eso sí, diseños y destinatarios son coordinados de antemano, no se trata de llegar y pedir a la carta, como mucha gente cree. Lo importante es que el público pueda ver cómo emerge el dibujo de la piel frente a sus ojos, eso que los especialistas llaman: “tatuar en vivo”.

Afuera, de nuevo en la Plaza San Francisco y la noche, ya suena la música. Pero no la del sistema de audio, sino el sonido vibrante de los birimbaos, que mueven, con una coordinación casi irreal, a aquellos que practican capoeira. El corro de espectadores forma un ruedo y ellos, en el centro, hacen las contorsiones. Cada nueva acrobacia es recibida con gritos de multitud, siempre ávida de emociones, que se hacen más intensos en proporción a la dificultad.

Hay algo, cierta armonía en estos movimientos, en los combates simulados que nunca llegan a ser porque los golpes se desvían en el último segundo, en las piruetas cada vez más arriesgadas, en la gente que mira y aplaude frenética; como si todos, de una u otra forma, estuviésemos conectados. Como si el capoeirista, que en cualquier otro lugar sería exactamente mi opuesto, aquí fuese una extensión de mí mismo o de los miembros del proyecto Love In, que van por todas partes con carteles de amor y paz, o de Evry Manuel Smith, quien al otro lado de la Plaza está a punto de comenzar su performance.

En el suelo, varias botellas y latas vacías forman un mapamundi. A su alrededor, el artista organiza un círculo con miembros del público que se miran entre sí, preguntándose de qué va todo esto, para luego tomarse de las manos. Alrededor camina un mimo vestido de militar que simboliza la guerra y al hombre como depredador del planeta y de sí mismo. Después de hacer sonar un caldero donde damos de comer a nuestros antepasados, el artista prende fuego al mundo hecho de deshechos y pide a los participantes que le ayuden a recoger la basura. Para mi sorpresa, todos colaboran con bastante entusiasmo y, a los pocos minutos, en el suelo solo queda una mancha oscura. Al terminar, Smith grita a la multitud: “¿Ahora ven cómo sí podemos limpiar el mundo?”

Por ahí, mezclándose entre la gente, anda un hombre con el torso desnudo, un tambor en la mano y el rostro cubierto con una máscara de colores. Se llama Mattias y es chileno, pero aquí, en el Peace & Love, al ponerse la máscara, sencillamente es el chamán. Ese es su arte, aunque asegura que no se trata de una actuación, pues el chamanismo forma parte de su esencia, es el camino para el cual, según cree, estaba predestinado. Su función consiste en eliminar las barreras y hacer del festival —que inevitablemente tiende a excluir a aquellos que no pueden pagar la entrada— un evento mucho más inclusivo y del que todos se sientan parte. Por eso, mientras camina entre la multitud, sin hablar, con una filarmónica en los labios, pone el puño para que la gente lo toque y al hacerlo, mueve el brazo como si hubiese recibido una descarga de energía, ya que de eso se trata, de transmitir la energía.

Cuando pasa por mi lado y choco su puño, comprendo por qué Näslund y Sundin decían que el festival involucraba a cientos de personas que trabajaban a tiempo completo durante todo el año. Personas que cumplen un papel específico dentro de la inmensa estructura que es el Peace & Love.

Los dos suecos, faltaría más, también están aquí hoy. Se sientan sobre las piedras de la Cabaña y contemplan el espectáculo con mirada nórdica, distante, intentando pasar desapercibidos. No vienen a imponer nada, solo quieren ayudar y compartir experiencias. De ahí que tengan previsto que después del próximo festival, el tercero, la organización del Peace & Love en La Habana corra por completo a cargo de los cubanos.

“Nosotros no podemos venir desde Suecia a decir cómo tienen que hacer las cosas en Cuba ni en ningún otro lugar —aseguraba Näslund—, porque ustedes mismos deben organizar el festival atendiendo a sus recursos y especificidades. Aunque tampoco se trata de que después de cumplir el plazo de tres años nos vayamos y no regresemos más. Por supuesto que seguiremos ayudando, pero aún no sabemos exactamente cómo, es algo que debemos discutir todavía.”

Minutos antes, Sundin me comentaba sobre el criterio que siguen para invitar a los músicos. En realidad, no existe tal cosa, el único requisito que deben cumplir los artistas es compartir el mensaje de paz y amor que promueven los festivales. Por lo demás, solo les preocupa que en el escenario se vea la mayor variedad posible:

“Se trata de unir a tantos artistas como podamos, ya sean bandas de punk, grunge, metal extremo, o cantantes de pop, reggae, hip-hop o soul. Lo interesante es que al final logramos unir a personas de todos los gustos. Por ejemplo, el año pasado, cuando fue Bob Dylan, había muchachas de 15 años escuchándolo junto con sus padres, eso demuestra que la cultura sirve para acercar a la gente.”

Lo que explica el hecho de que los coros afrocubanos de Síntesis —que ya retumban dentro de los muros de la Cabaña— compartan escena con las muchachas suecas de Little Marbles, cuyo sonido es inclasificable, no solo porque canten en su idioma, sino porque hacen una mezcla de rock n’ roll, pop, folk y lo que sea que se les ocurra, sencillamente suenan a ellas mismas. O que al hip hop agresivo —como todo buen hip hop— de Anónimo Consejo le suceda el punk, aún más agresivo, de The Baboon Show. O que, ya en plena madrugada disoluta, a Interactivo, y todos los ritmos que la genialidad de Robertico Carcasés es capaz de mezclar, le siga el electro/hip hop —y lo que sea que eso signifique— de Maskinen —que en sueco, esto sí lo puedo afirmar con seguridad, quiere decir máquina.

Hasta ahora, solo me he referido al viernes. El sábado 10, la conjunción de estilos llegaría al extremo.

Primero, subieron dos raperos de cabeza rapada llamados Prop Dylan, cuyo bajo, llevado a niveles excesivos, estremeció bloques de más de 200 años. Luego vino Veronica Maggio, una muchacha grácil, de cuerpo y música, que prefirió cantar en su idioma original antes que en el italiano de sus padres y demostrar que, aunque no lo parezca, el sueco también puede ser romántico. Imposible pasar por alto un contraste tan evidente. En ambos casos, no obstante, la gente se acercó hambrienta de autógrafos y discos de artistas que nunca antes habían escuchado.

Después, apareció un noruego con pinta de Buddy Holly. Pero solo en espejuelos y físico, porque sobre el escenario, Jarle Bernhoft no se parece a nadie. Sirviéndose de varias guitarras, un teclado pequeño, un variado registro de voces y un juego de pedales —con los que controla la grabación de sus instrumentos en vivo y los reproduce al instante—, pone a sonar a la orquesta, que no es otra que él mismo. Para luego, sobre esa base rítmica, cantar un soul que, además de alma, tiene vida. Este fue uno de los espectáculos más ovacionados en la noche de la Cabaña, pues, por si fuera poco, Bernhoft se desembarazó de todos sus artefactos y bailó, dándole fuego al mito de la glacialidad nórdica.

Carlos Varela no lo hizo —difícil bailar con botas—, pero tocó los temas de siempre —esos que hablan de la desilusión, el amor y las muchas verdades— con una sonoridad ligeramente distinta, al punto de que a veces parecían otras canciones. No obstante, en esencia seguían siendo las mismas, aquellas con las que han crecido varias generaciones, en especial la mía.

Más tarde, Timbuktu, Chords y Promoe —con dredlocks hasta en la barba— subieron a rapear al escenario. Pero el show se lo robaría mi amigo el chamán, quien con su tambor y su máscara azuzó a la multitud: “Vamos a gritar para que se escuche en La Habana, en Cuba y en toda América: ¡Peace & Love! ¡Peace & Love! ¡Paz y amor!”.

Un poco antes, mientras Varela todavía empuñaba la guitarra, conocí al verdadero iniciador de todo esto, al menos a uno de ellos. En Cuba muchos creen que Henrik Sundin y sobre todo Urban Näslund son los fundadores de Peace & Love, pero lo cierto es que llegaron después. La idea original fue de un muchacho de unos 30 años, pelo rizado, hablar cansino, gesto lánguido y aversión a las luces, pues prefiere observarlo todo con cierta distancia, mezclándose entre la gente. Fue allí, en el backstage, lejos de los focos, donde Jesper Heed me contó sobre el propósito real de estos festivales:

“Si lo veo en retrospectiva, el motivo principal tenía que ver con esto: comunión, comunicación, lograr una colectividad de personas unidas realizando acciones de cambio. Pero eso era al principio. Cada cosa importante que haces en tu vida tiene un proceso de aprendizaje: si tratas de construir algo con un propósito más alto, para tu futuro y tu vida, debes caminar muchas millas para obtener la experiencia, la sabiduría y el conocimiento sobre cómo vivir de la mejor manera posible. Lo que ahora llamamos Peace & Love, tiene que ver con una filosofía y una visión mayor, se trata de evolución, progreso, cambio, desarrollo individual para las personas que se acercan a la llama que arde en cada evento o acción que hacemos. Unirse alrededor de la misma llama para lograr un impacto y hacer del mundo un lugar mejor tanto local, como globalmente. Transmitir mensajes positivos, inspirar a las personas, llevar felicidad, alegría, paz, amor, armonía, equilibrio y la idea de que todo es posible si uno lo desea y es bueno.”

“En Suecia Peace & Love se ha centrado demasiado en construir una torre alta, organizar un evento que se convierta en el festival más grande del país y esa nunca fue la intención. Sería mejor hacer algo bueno todas las semanas o todos los días, al menos es así como lo veo. Ahora mismo estamos concentrados en las cosas equivocadas, tratamos de construir una torre, pero es tiempo de enfocarnos en la filosofía y la creatividad para inspirar a las personas en la dirección correcta. Porque una gran torre puede caer con mucha facilidad, y si es una torre sin faro, para mí no funciona, uno necesita compartir las ideas que tiene. En mi opinión, es la grandiosa organización y el movimiento que existe aquí en La Habana, Cuba, lo que más me conecta con la llama y la fuente de lo que realmente quiero alcanzar en mi vida.

“Creo mucho más en lo que hacemos aquí en La Habana que en lo que hacemos en Suecia, porque en Suecia ahora hay demasiado dinero, es demasiado grande y ese no es el camino correcto. Así que necesitamos tomarnos un tiempo y pensar cómo hacerlo más horizontal. Realmente no sé cómo, pero tenemos que crear un plan, porque de lo contrario ese barco se hundirá, y un barco ancho es más difícil de hundir.”

Cuando X Alfonso por fin se colocó frente al micrófono, ya eran más de las 12. En la camiseta de alguien, una de esas personas sin rostro que te pasan por el lado, podía leerse: “Mis mejores sueños los tengo despierto”. Allá, en lo alto, todos los artistas se unen a X Alfonso y comienzan a arrojar girasoles sobre la multitud.

Uno, escéptico por naturaleza, mira al costado, a esa gente a las que ahora se encuentra ligado irremediablemente, y en un momento de húmeda debilidad llega a creer que tal vez sí, tal vez la frase salvar al mundo aún no sea un lugar común carente de todo sentido. Y luego piensa en Borlänge, allí donde empezó todo. Aquella ciudad casi mítica, en la que gente común, como usted y yo, logró cambiar algo.

 
 
 
 


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