La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Retablo de la diáspora*

Ambrosio Fornet • La Habana

Ilustraciones: Nelson Ponce

No es posible entrar al tema de la diáspora desconociendo que este incluye, por una parte, experiencias tales como el desgarramiento, el vacío y la nostalgia; y por la otra, lo que para nosotros mismos significa lo que llamé en otra ocasión un “trauma recurrente”. Los investigadores estudian el ciclo de los desplazamientos geográficos, las circunstancias políticas o económicas de la emigración, el aporte de los desplazados a los núcleos receptores… Pero resulta que el fenómeno tiene una “segunda dimensión”—más mental que física cuya importancia social se olvida a menudo, y es que toda separación pone en juego una acción recíproca. Los que se quedan son la otra cara de los que se van. Para dar cuenta cabal del fenómeno, por consiguiente, habría que estudiar en sus dos dimensiones “los factores subjetivos, emocionales y conceptuales de la sensibilidad exílica”. Naipaul describió algunos de ellos, desde la óptica del exiliado, cuando sintió la dramática e inaplazable necesidad de concluir su larga estancia en Inglaterra para librarse de sus obsesiones e infortunios: el agobio de la página en blanco, “la sensibilidad a flor de piel de mis nervios de extranjero”, una creciente fatiga “la fatiga de mi inseguridad social, racial, económica”, y, sobre todo, aquella “distorsión de mi personalidad que había comenzado el mismo día en que me marché de casa”. 

Aquí y allá, la literatura y el cine han mostrado también esa “otra” cara del fenómeno, pero nuestro propósito aquí es rastrear las huellas del proceso diaspórico entre sus protagonistas, lo que intentaremos hacer apelando a la documentación que proporcionan varios textos narrativos. Gracias a esa tematización de la diáspora pasaríamos del análisis conceptual a la experiencia concreta, del discurso al drama, del desarraigo tal como ha sido registrado por imaginativos testimoniantes. Construiré este retablo con piezas tomadas de cuatro libros de otros tantos autores residentes en los EE.UU.: una haitiana (Edwidge Danticat, autora del volumen de cuentos ¿Kris? ¡Irak!); un cubano (Emilio Bejel, autor de la novela autobiográfica El horizonte de mi piel); una chicana (Sandra Cisneros, autora de un exitoso conjunto de relatos breves, La casa en Mango Street) y un neorriqueño o nuyorican (Abraham Rodríguez, Jr., autor de The Boy Without a Flag, “cuentos del Sur del Bronx”). Todos dan fe de la experiencia del exilio el último, del exilio “interior”— en su dimensión más entrañable. Aclaro que son muestras tomadas al azar otras podían haberse sumado para enriquecer el panorama—, aunque, eso sí, vistas como historias de vida y estructuradas como una secuencia, atendiendo al hecho de que representan acciones o etapas sucesivas: la Partida, la Llegada, el Desajuste y la Adaptación. 

1- La partida

Es la de un dirigente estudiantil haitiano que huye de los Tonton-Macutes en una embarcación llena de emigrantes clandestinos que se dirigen a Miami. Ha llevado consigo un cuaderno y escribe sus impresiones con la esperanza de que su novia, que ha quedado atrás, pueda leerlas algún día. Lo primero que se le hace evidente y disculpen la ironía es que no existe una Ley de Ajuste Haitiano. Hoy, anota, ha sido nuestro primer día en el mar. Todo el mundo vomitaba con cada balanceo del barco. Las caras que me rodean tienen ya ese color tostado por el sol. “Ahora no nos confundirán con los cubanos”, dijo un hombre. Pero algunos cubanos también son negros. El hombre dijo que él estuvo una vez en un barco con un grupo de cubanos. Su barco se había detenido para recoger a los cubanos en una isla cerca de las Bahamas. Cuando el guardacostas se topó con ellos, llevaron a los cubanos a Miami y a él lo mandaron de vuelta a Haití. 

Hacer una escala más larga en las Bahamas, esperando un momento favorable, hubiera sido inútil: “En las Bahamas tratan a los haitianos como a los perros, dice una mujer. Para ellos, no somos humanos. A pesar de que su música suena como la nuestra. De que se parecen a nosotros. A pesar de que nuestros padres son los mismos africanos que cruzaron juntos este mismo mar”. Muy pronto queda claro que la embarcación es un pequeño microcosmos donde pudiera acabar imponiéndose el lado más sombrío de la naturaleza humana. En las tablas del fondo se han ido abriendo pequeños agujeros que deben ser rápidamente tapados con brea. Pero la brea de que disponen no es mucha. La embarcación empieza a hacer agua. El joven anota: “Siento miedo al pensar qué ocurriría si tuviéramos que elegir entre nosotros quién se quedaría en el barco y quién moriría. Si llegara ese punto, todos nos comportaríamos como buitres.” No sabremos qué ocurre por fin, pero todo parece indicar que la embarcación naufraga cerca de las costas de Bahamas. 

2- La llegada

Es la de un estudiante cubano de 18 años manzanillero, por más señas— que llega por avión a Miami en 1962, convencido, como militante católico que es, de que a los ateos hay que combatirlos como a una plaga. Su máxima aspiración —aún no bien definida es llegar a ser Ph.D., tener un título universitario.  

En Miami no tarda en descubrir dos cosas: primero, que es un privilegiado (como “refugiado de un país comunista”, el gobierno le asegura un estipendio de 60 dólares mensuales) y segundo, que con 60 dólares mensuales no hay quien viva en Miami (“había que pagar la renta, la comida, la transportación y la escuela, para los que ya estaban asistiendo a alguna”). Ambos descubrimientos podrían resumirse en  uno solo: el que no trabaja no come. Se consigue una bicicleta y obtiene un puesto de mensajero en la Western Union cierto día descubre, entre los mensajes, uno procedente de Manzanillo donde se le notifica la muerte de su madre— y poco después recibirá una beca de los jesuitas para terminar el bachillerato en el Colegio Belén de Miami. Pero entre tanto necesitaba una ocupación mejor remunerada y se une a un grupo de “jóvenes tercermundistas” para ir a recoger tomates en el sur de la Florida. Ocho horas diarias sobre el surco, por 65, primero, y luego por 75 centavos la hora, y la precaución de mirar bien dónde pisaba, porque en los surcos anegados se escondían serpientes venenosas. De regreso a casa un pequeño apartamento que comparte con varios amigos y donde se entretienen escuchando la radio, porque no pueden darse el lujo de comprar un televisor, se baña, come y asiste a las clases de inglés que el gobierno les proporcionaba gratuitamente. Después sería botones y ascensorista de un hotel, auxiliar de una tienda y cajero de un supermercado. En el verano de 1964, ya graduado de College, logra ingresar a la Universidad y asegurar un puesto de asistente en la biblioteca de la misma. Había empezado la última etapa de su peregrinaje. 

3- El desajuste

El esposo trabajó como una bestia en dos lugares, ahorró todo lo que pudo y un buen día logró traerla, junto con el niñito. Se instalaron en un tercer piso. Ella era muy gorda y no salía nunca. Alguien insinuó que eso se debía a la incomodidad de la escalera,  

“pero yo creo dice la narradora— que ella no sale porque tiene miedo de hablar inglés, sí, puede ser eso, porque solo conoce ocho palabras: sabe decir He not here cuando llega el propietario, No speak English cuando llega cualquier otro, y Holy smokes. No sé dónde aprendió eso, pero una vez oí que lo dijo y me sorprendió”. 

Lo cierto es que ella se muere de nostalgia y el marido se ve obligado a gritarle una y otra vez que “esa”, la casa donde están, es “su” casa. “Estamos en ‘casa grita. ‘Esta’ es la casa. Aquí estoy y aquí me quedo. ¡Habla inglés!, ¡speak English, por Dios!” Y ella deja salir de vez en cuando un grito histérico, como si él hubiera roto el hilo que podría conducirla de vuelta a su país. Y entonces, para complicar aún más las cosas, el niño, “que ha comenzado a hablar, empieza a cantar el comercial de la Pepsi” que oyó en la televisión. “No speak English”, le dice ella, al oírlo cantar en aquel idioma que suena a hojalata. “'No speak English, no speak English. No, no, no.´ Y rompe a llorar.” 

4- La adaptación

Va a comenzar la ceremonia del juramento de la bandera. O de las banderas, porque al lado de la americana aunque un poco encogida está la puertorriqueña. La maestra pide al aula que se ponga de pie. Todo el mundo lo hace… menos el narrador. No se ha movido, recordando la conversación que tuvo la víspera con su padre, antiyanqui de hueso colorado, que le había dado a leer un libro sobre Albizu Campos. “Después de lo que le hicieron comenta, ¿podrías sentarte ahí, como si fueras uno de esos yanquis que andan siempre agitando banderitas?” El narrador admira tanto a su padre que de inmediato adopta su punto de vista. De ahí que ahora, en el aula, permanezca clavado a su asiento. El señor Ríos Sepúlveda, director de la escuela, le pregunta el porqué de su actitud, y él se limita a responder: “Porque soy puertorriqueño. No soy americano. No ando por ahí agitando banderitas.” El señor Ríos hace acopio de paciencia. “Pero tú naciste aquí”…dice. “A mí nadie me preguntó dónde quería nacer”, replica el muchacho, desafiante. 

De manera que al director no le queda más remedio que citar al padre a su oficina, para hablar con él en presencia del hijo. “Señor Sepúlveda balbucea el padre, en inglés nunca pensé que podía pasar una cosa como esta. Mi esposa y yo hemos tratado siempre de hacerlo un hombre de bien (…). Esto es un shock…” Y volviéndose al hijo: “Tienes que obedecer el reglamento. No puedes hacer eso. No es correcto.” El director aprovecha la pausa. “¿Ves? le dice al muchacho. Si vuelves a hacer eso, le harás daño a tu padre y te lo harás a ti mismo.”  Al salir de la oficina el padre, airado, hablando ahora en español, le reprocha que los haya puesto en ridículo. “¿Cómo puedes estar llamando la atención de esa manera? grita. Nos haces quedar a todos como estúpidos.” Él baja la cabeza. Se siente avergonzado. No de sí mismo, sino de su padre. Una profesora se le acerca y le dice que el padre actuó así por su bien. “Por si te sirve de consuelo, déjame decirte que estoy de parte tuya”, comenta. “Vuelve a tu casa, anda, y pon un disco de los Beatles”.  

La sinopsis podría terminar aquí, pero me siento obligado a añadir que el muchacho, al cabo, admite para sus adentros que el padre tenía razón: debieron ser muchos los encontronazos que tuvo en su vida y quiso ahorrárselos a él. En fin, había que aceptar esa bandera y había que aceptar al padre así, porque no iba a dejar de quererlo “aunque a veces, para su mente juvenil e inmadura, pareciera ser un poco imperfecto”. 
 

*Fragmento del ensayo “Nicolás Guillén y el laberinto de la diáspora antillana”. Incluido en A.F.: Narrar la nación. Editorial Letras Cubanas, 2009. (Se reproduce en Editorial Cuadernos Papiro, Holguín, 2012.)

 
 
 
 
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DOSSIERS DE LA GACETA:
MEMORIAS RECOBRADAS

Introducción al discurso literario
de la diáspora
Prólogo, selección y notas de Ambrosio Fornet
 

Prólogo

I. Para una reflexión colectiva

II. (Otros) cuentos cubanos

III. El discurso de la nostalgia

IV. El (otro) discurso de la Identidad

V. Erotismo y humor en la novela de la diáspora

Anexo: La diáspora como tema

Apéndices: Los dossiers de La Gaceta

LA JIRIBILLA Nro. 05
El Aleph en la Isla
(La cultura cubana desde la diáspora)

LA JIRIBILLA Nro. 10
Letras sobre el mar
(Literatura cubana)

LA JIRIBILLA Nro. 12
Del sueño a la poesía
(Museo Nacional de Bellas Artes)

LA JIRIBILLA Nro. 122
Cultura cubana
(El bloqueo cultural
contra Cuba)

LA JIRIBILLA Nro. 137
Palos porque bogas
(Literatura cubana de la diáspora)

LA JIRIBILLA Nro. 179
Puentes sobre el estrecho
(Cultura norteamericana en Cuba)

LA JIRIBILLA Nro. 237
Desde todos los
 lados del mar
 (Literatura y emigración)

LA JIRIBILLA Nro. 532
Coloquio Internacional Identidades culturales y presencia latina en los EE.UU.
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.