La Habana. Año X.
24 al 30 de MARZO
de 2012

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Dulce María Loynaz traduce a Matilde Serao
Zaida Capote • La Habana

Cuenta Aldo Martínez Malo, amigo de Dulce María Loynaz, que fue ella misma quien le mencionara por primera vez la traducción que hizo durante aquel viaje familiar a Italia, de Ella no responde, novela epistolar de Matilde Serao. Refiriéndose a sus conversaciones con Loynaz acerca de la fecha de redacción de Jardín, dice Aldo: “Ella dice que comenzó en 1928, pero en esa época […] traducía del italiano la novela Ella no responde, de Matilde Serao (1858-1927), de 400 páginas”.1 

Yo había leído hace tiempo una mención a Serao y apenas recordaba nada acerca de dónde y de cuál había sido la relación de Loynaz con su novela, pero tenía el vago presentimiento de que podría ser otra de las claves de la escritura de Jardín, y comencé a buscarla sin pausa.2 En nuestras bibliotecas hay apenas ejemplares de libros de esta autora, a pesar de que fue bastante prolífica y muy célebre.3 En la Biblioteca Nacional José Martí, encontré un ejemplar en italiano de Después del perdón, una de sus novelas más conocidas. Sin embargo, le pedí a una joven italiana a quien apenas conocía que intentara conseguirme la novela, pues daba por perdida la traducción hecha por Loynaz, y había perdido asimismo las esperanzas de dar con ese libro de Serao en Cuba,4 dada la ignorancia de su obra que pude comprobar en varios conocedores de la literatura italiana con quienes indagué algún dato, cualquiera, sobre su obra. Pero muchas veces, para dar tiempo a que una investigación tome su curso, hay que olvidarla, esperar, tener paciencia, y ocuparse en otras cosas. Así, yo olvidé a Serao y Ella no responde con el sueño secreto de indagar algún día la relación entre aquella novela y Jardín. Exploré otros espacios de investigación, me ocupé de otros temas, y un día que todavía agradezco, supe que el Ministerio de Cultura de Cuba iba a adquirir de la familia de Martínez Malo parte de la papelería que Loynaz le había ido entregando al investigador pinareño durante su larga amistad. Me ofrecí, una vez efectuada la compra, a hacer una primera descripción del fondo en compañía del archivero que lo custodiaría;5 quería saber bien qué era lo contenido en el alijo de viejos papeles y fotografías. Hallé, claro está, algunos tesoros.  

Uno, del que decidí ocuparme primero, por ser un sueño viejo, demorado, fue la traducción de Ella no responde por Dulce María Loynaz. Se trata de un par de tomitos mecanografiados, con algunas correcciones hechas a mano y varios errores menores sin corregir, (de puntuación, por ejemplo: por alguna razón se ignoran las comas para los vocativos). En la cubierta de esa versión al español, también mecanografiada, puede leerse: “Ella no responde. Novela de Dulce María Loynaz. Comenzada a escribir en Italia en 1938. I tomo”. Llama la atención, en primer lugar, la declaración de falsa autoría. No encuentro explicación, a menos que Dulce María considerara que su trascripción era bastante libre, pues, según le cuenta a Aldo, había puesto mucho de sí en la traducción. Sin embargo, la portada del segundo tomo corrobora nuestra sorpresa. Reza así: “Ella no responde. Novela escrita por Dulce María Loynaz. Comenzada en Italia en 1938. Terminada en Cuba en 1941. II tomo”. La precisión de las fechas, la repetición de la falsa atribución echan por tierra la tesis de una equivocación. Quién sabe qué llevó a Dulce María a atribuirse —si es que fue ella quien lo hizo— la novela de Serao, una escritora bastante conocida en su momento, que había sido incluso traducida por Valle Inclán;6 puede ser también que las portadas y la mecanografía sean obra de otra persona, que tomó el libro por propio de Loynaz. Sin embargo, sería extraño, pues el rigor cronológico —con la constancia de las fechas de inicio y fin de la escritura— era uno de sus hábitos más arraigados. La inexplicable falsa atribución se hace todavía más dudosa cuando descubrimos que no coinciden las fechas ofrecidas por Aldo en su noticia con las estampadas en las sendas portadas de los dos tomos de la copia mecanuscrita de la novela: hay una década de diferencia. Continúa el enigma, incluso, porque la traducción es una traducción común, que incluye hasta la firma de Matilde Serao en su nota “Al lector”, con sus iniciales M. S. y, por tanto, hace imposible concluir que Loynaz pretendiera adjudicarse la autoría de la novela. De todos modos, basten estos datos como curiosidad. Hallazgos tales justifican las horas que gastamos en revolver inútilmente papeles viejos, llenos de polvo y moho y muchas veces tan gastados que se hace imposible descifrarlos.  

Pero entremos en materia. ¿Quién fue Matilde Serao? A pesar de ser hoy una desconocida entre nosotros, Serao escribió más de 50 novelas, fundó, en compañía de su esposo Edoardo Scarfoglio, tres periódicos: Il Corriere di Roma, Il Corriere di Napoli y Mattino, tuvo su propia revista La Settimana y fundó y dirigió, desde 1904 hasta su muerte, Il Giorno di Napoli. Había nacido el 7 de marzo en Partazo, Grecia, en 1856. Al par de su carrera periodística, primero en Nápoles y luego en Roma, fue creciendo su amplísima obra narrativa, elogiada por Carducci, quien la calificara como “la más fuerte prosista italiana”, su traductor al francés era el mismo que traducía a D’Annunzio, quien le dedicó una novela, y la edición francesa de su libro más celebrado, Il paese di cuccagna (1891), contó con un prólogo de Paul Bourget.  

En un ensayo de 1903, Benedetto Croce le reconocía “una fantasía admirablemente límpida y viva”. Aunque siempre se la asocia con el mundo refinado y cortés de las clases altas, su reportaje Il ventre de Napoli (1894) la descubrió como cronista de la vida cotidiana de los desposeídos. Su obra más reconocida es la noveleta Le virtù de Checchina (1884). Fue candidata italiana al Nobel de Literatura, pero no llegó a obtenerlo. Murió en Nápoles el 25 de julio de 1927. Cincuenta años después de su muerte, en 1977, se publicó L’ebbrezza, il servaggio e la morte, una novela que había dejado inconclusa.7 Como puede verse, ninguna de las fuentes consultadas se refiere a Ella non rispose, que es el título original de la novela traducida por Dulce María Loynaz, y ciertamente no debe estar entre lo más notable de la creación de Serao, aunque el modelo epistolar fue bastante explotado por ella:

Serao wrote several short stories in the epistolary form between 1889 and 1918. They appeared in collections such as Fior di passione (1899), Lettere d’amore (1901), Novelle sentimentali (1902), Gli amanti (1908), La vita è cosi lunga (1918), all centered, as can be inferred from their titles, on passion and love intrigues. She also published a novel entirely written in the letter form, Ella non rispose (1914), which, in thematic content and narrative strategy, does not differ from her short stories.8

Sin embargo, hay varios indicios de por qué Loynaz eligió esa novela. Según escribió a Aldo el 15 de julio de 1982:

“En lo que hace a la novela de Matilde Serao, le admito también que mucho mío se filtró en su traducción. ¿De otra manera me hubiera tomado el trabajo de traducirla? Y fue un trabajo lento, empezado tal vez antes que Jardín, interrumpido muchas veces y terminado al fin con hasta fatiga.

“¿Que por qué lo emprendí? Simplemente porque al leerla me impresionó la paciencia de aquel hombre que para más coincidencia se llamaba igual (Pablo, aclaro yo), escribiendo cartas y cartas que nunca eran contestadas. Cuando al fin terminé, yo estaba ya tan lejos de esa pequeña tragedia, que me había casado con otro.” 9

Dulce María, pues, no reconoce tampoco ningún mérito propio a la novela, sino ese lindar con su propia experiencia de tener un amador no correspondido; esa afirmación de que “mucho mío se filtró en su traducción” pareciera explicar las sorprendentes acotaciones en la portada de cada uno de los tomos del mecanuscrito de su versión de la novela de Serao. Tenía la impresión de haber hecho algo más original que una traducción, más propio que simplemente verter la palabra de otro a su propio idioma. Nótese también su insistencia en la lentitud y hasta el hastío del trabajo realizado. La novela resultó para ella, al parecer, una práctica de exorcismo. Lo mismo que Pablo Álvarez de Cañas, Pablo Ruffo escribía incesantemente a una mujer a quien adoraba apenas sin conocerla. Y la protagonista de Ella no responde también se casa con otro, desdeñando a su adorador epistolar a quien, a su vez, y según se revela en el trágico final, ella adoró siempre en secreto. No es posible pensar que alguien dedique tanto tiempo a un trabajo tan exigente como el de traducir y luego olvide casi cuál fue esa fascinación primera, el origen de ese esfuerzo. Sorprende también que, siendo Matilde Serao una escritora muy reconocida no solo en Italia, sino en el mundo, Loynaz no quisiera darla a conocer en Cuba, disponiendo ya de su traducción.  

El hallazgo de la traducción de Loynaz de esta novela epistolar de Matilde Serao trae consigo nuevas sospechas acerca de las fechas declaradas por la autora como las de la redacción de Jardín, puesto que hay algunas coincidencias entre la trama de la novela italiana y el fragmento de Jardín donde se incluyen las cartas de ese amado posesivo y obsesionado, a veces tirano y otras casi servil, que encuentra Bárbara en el pabellón del jardín. Entre las coincidencias más notables: el amante se dirige a la amada, cuya voz no se escucha nunca, son cartas de uno solo (aunque en la novela loynaciana el corresponsal da cuenta de haber recibido cartas de Bárbara); hay, en ambas historias, un jardín: ya sabemos que el de Bárbara es su hábitat común, y Pablo Ruffo espía a Diana Sforza mientras pasea por el jardín de Villa Star, la casa donde se hospeda, colindante con la de Pablo. Hay, ya más certeramente, escenas similares: un poco inexplicablemente, el amante sin nombre (recordemos que puede llamarse Alberto, Antonio… nunca se sabe, solo resta en las cartas la A inicial de su firma) se queda preso en el jardín de Bárbara después de un baile dado en la casa, y pasa la noche en vela observando sus ventanas. También Pablo Ruffo pasará una noche completa en vela, esperando que Diana Sforza acepte su ofrecimiento de huida la víspera de su inminente casamiento con otro. Pero quizá haya llegado el momento de contar la historia de Ella no responde.  

La novela —cuya trama la autora propone casi como una historia real en la nota dirigida al lector, a quien le pide dejarse llevar por la compasión y no hacer resistencia ni burla a las peripecias de ese amor desgraciado recogidas en las cartas de Pablo Ruffo— tiene una anécdota bastante simple: Pablo, de unos 30 años, escucha cantar a Diana Sforza un aria de Gluck (de Orfeo) y queda prendado de esa voz y de su dueña (a quien ni siquiera ha visto todavía) para siempre. Luego la verá en el jardín, y su repentino amor crece a la vista de la belleza y la distinción de Diana Sforza, esa desconocida a quien empieza a escribirle enseguida. Le envía flores, le pide que se ponga un chal para demostrar si leyó alguna carta… en fin, ese tipo de señales comunes en las novelas románticas que parecen ignorar la realidad: los jóvenes viven en casas vecinas, lo más fácil hubiera sido presentarse o tropezar distraídamente en la calle alguna vez; pero las buenas maneras de la nobleza italiana (a la cual, aunque arruinada, pertenece la familia de ella) y los usos comunes de todas las novelas sentimentales, impiden que las cosas transcurran con la vulgaridad del sentido común. Así, Pablo comienza y mantendrá durante casi un año esa correspondencia nunca recíproca. Diana está en Villa Star en casa de su benefactora inglesa, Lady Melville, quien ha arreglado su matrimonio con Sir Montagu, un diplomático inglés mucho mayor que Diana. Pablo, desesperado, al saber del matrimonio inminente, le propone la huida; pero el deber de Diana la impulsa a casarse con aquel que puede sacarla —y a su extensa familia— de la pobreza. La pareja sale en viaje de bodas, y Pablo los sigue por toda Europa: París, Ostende, Londres, Montecarlo, Niza… hasta los Alpes los persigue ese hombre loco de pasión que verá a su amada siempre de lejos, siempre acompañada —e incluso cortejada— por otros. Al drama del amor no correspondido se suma la extrañeza de ese hombre, extranjero en todas partes, necesitado de ocultarse de conocidos y desconocidos para no hacerse sospechoso nunca, incluso cuando llega a hospedarse en una hostería cercana al castillo de los Montagu, en Sherborne, donde el clima, la soledad y la desesperación terminan por enfermarlo gravemente. (Aquí vale notar la calidad casi física de las emociones, típica del romanticismo). Luego de un largo periplo y descorazonado porque, finalmente se ha hecho presentar a Lady Diana —ahora Lady Montagu— sin que ella le dirija la palabra, Pablo decide marcharse lejos, acompañado por su hermana Lisa y salir para siempre de la vida de Diana Sforza. Pero ocurre, como suele suceder en esta clase de relatos de amores imposibles, que Diana queda viuda, es decir, libre; libre para corresponder a ese amor impedido hasta entonces por su virtud y por el miedo a convertirse en pecadora. Hace anunciar su viudez en todas partes, pero Pablo no aparece. Entonces, muy à la mode, Diana muere de consunción o, como sabemos aunque no se diga en la novela, se deja morir de amor.  

Constituida casi únicamente, excepto la nota inicial “al lector” y el “epílogo”, por las cartas de Pablo Ruffo, esta novela tiene algunos otros puntos de contacto con las cartas de Jardín aunque, hay que decirlo también, las cartas fraguadas por Loynaz no son solo más metafóricas y plenas de referencias, sino también están mucho mejor escritas, con más elegancia. Pero las semejanzas anecdóticas y en las variaciones en el tono de las cartas del amante despechado acercan, sin duda, la historia de Pablo Ruffo a la del amante desconocido de la otra Bárbara y parecen probar que Ella no responde alimentó de algún modo sutil la escritura de Jardín. Como en toda historia de amor, hay disputas y reconciliaciones, pero el tono obsesionado, a veces desmedido, de las cartas de Pablo Ruffo parece haberse filtrado —para usar el mismo verbo que gustaba a Loynaz— en las del amante antiguo de Jardín. “Carta obscura” y “Las cartas de la enfermedad”, capítulos VII y VIII de la Tercera Parte de Jardín, asemejan —incluso con la “enfermedad de amor” del pretendiente— un momento de Ella no responde. Para muestra, véase una de las cartas de Pablo:

Cap Martin 3 de marzo

Hace dos días que he llegado a pedir a este gran bosque, lo que me falta: Sí, a este gran bosque obscuro y fragante que desciende en declive sobre el mar y casi clava sus raíces entre los escollos salpicados de espuma. He venido a pedir a este bosque un poco de su frescura para mi sangre que arde y se revuelve en mi cuerpo; he venido a pedir silencio para mis nervios exasperados por la cólera, y paz, sombra para mi corazón sofocado por un amor que no puede vivir ni morir…

Y creo que ya me han hablado los árboles añosos y las tranquilas aguas; creo que me han hablado las pequeñas criaturas de la floresta, el pájaro que canta al amanecer, la araña que prende en una rama su hilo irisado…

Todo me habló y todo lo entendí: Sé lo que me dijo el aire y lo que no acabó de decirme la soledad. Y sé también, señora, que si me hubiera quedado en Niza algo hubiera sucedido allí, de todos modos. Me fui, sépalo Vd., para no matar a alguien, no sé a quién, a cualquiera…

Pero no tema Vd., señora, no piense que su serena vida va a ser turbada: Ya la locura pasó; eso creo al menos entre estos árboles seculares, entre estas rocas móviles.

Perdóneme Diana; es necesario que Vd. comprenda la ira brutal de un enamorado no correspondido, un enamorado burlado, esa es la palabra, burlado… Es necesario que Vd. entienda también, que entienda por qué tienen que ser estas cosas, estos vuelcos obscuros de la razón, esta cólera de soñador a quien despiertan bruscamente de su sueño.

Es necesario, Diana, que Vd. se vuelva, que Vd. se incline sobre este desamparo amargo, amarguísimo de el que no tiene derecho… De el que no quiso Dios que lo tuviera; sea Vd., Diana, la que comprenda a su vez, la que alivie algo si algo puede ser aliviado… Sea Vd., Diana, ya que Dios no quiere, no puede ser…

He dicho cosas estúpidas en estos días: He criticado sus costumbres, sus amistades y hasta su manera de vestir; he pretendido dominar su vida, dominar una vida donde no soy nada, donde no puedo ni siquiera entrar; he querido sin que nada me autorice, dirigir su vida desde lejos sin más derecho que el de amarla… Todo esto es absurdo, lo sé; sé que nada suyo me pertenece, ni un soplo de su aliento, ni un latido de su corazón… ¡Y es Vd., la que no me pertenece, la única que puede salvarme… Es Vd. nada más, Diana!...

Solo eso podría contestar si alguien me preguntara por qué razón me interpongo en su existencia, por qué la invado, por qué quiero imponerle mi voluntad… Solo eso: Ya ve Vd. qué razón tan simple y tan misteriosa, tan breve y tan larga, tan ingenua y tan trágica… Ya ve Vd. qué razón tengo, Diana.

Y Vd., Vd…. Vd. que no pregunta nada, que no dice nada… ¿Cómo ha podido permitir todo esto, cómo ha podido soportarlo, consentirlo aunque sea de lejos, aunque sea vagamente?... ¿Cómo no ha sacudido de una vez esta extraña invasión sentimental, Vd. que no ama, que no me responde?...

Usted de quien solo tengo señales obscuras, datos confusos que me esfuerzo en recoger, en interpretar, en dotar de sentido… ¡Y que acaso nada digan ni hayan querido decir!...

En qué sombra me debato, Diana… Creo entender su voz pero no es una voz: Creo entender la voz del viento, de los árboles, del mar… Pero nada han hablado quizás. ¿Dónde están las voces entonces? Acaso dentro de mí… Acaso es solo el eco de mi propia voz que se contesta a sí misma.

Acaso todo esto no ha sido más que una gran equivocación… ¡Y qué mayor equivocación que haberla amado, Diana, que haber creído que podía vencer su alma, su destino!

Sopla un poco de brisa entre los árboles; allá abajo el mar se agita entre las rocas… Ahora me parece que dicen: ¿Por qué creíste eso?

También es el amor una cosa vana…

Pablo Ruffo10

Creo que basta para comprobar la pertenencia de esas cartas imaginarias a un mismo linaje, el del romanticismo, perviviente todavía en esa sensibilidad fin de siècle que no era en ningún modo ajena a Loynaz y que asoma a menudo en Jardín, lo mismo que en algunos de sus poemas. Luego que se conoce del amor secreto de Diana Sforza por Pablo Ruffo, bien podrían aplicársele a su relación estas reflexiones del narrador de Jardín:

“Además, él ha pedido perdón, aunque bien se ve que el perdón ha sido para él lo de menos… No es lo que más necesita, ya lo dice; y entonces lo debe de haber pedido por pedir algo más. Pero a él, aunque ha pedido perdón, no le preocupa el obtenerlo, o al menos piensa que lo ha obtenido ya, lo da por obtenido, y sigue adelante hablando de su amor, de su hambre, de su enfermedad, pidiendo nuevas cosas para terminar obscuro, colérico, más que por irse, por dejarla a ella con su alma tibia, con su cuerpo blanco…

“Todo está bien. No solo que se le perdone, sino que se le ame. Y no se sabe por qué ha de amársele si no es por lo mismo que antes hay que perdonarle.

“Y pide perdón de un modo ligero, breve, como quien lo pide por haber tropezado con alguien en la calle… Pide perdón por una carta y tenía que pedirlo por una vida. Simple error el de haber confundido una vida rota con un papel que también puede romperse. Y es inconsciente, real y sinceramente inconsciente de todo lo que hay que perdonarle…

“Y así se lo perdona ella, apta para todos los perdones, dispuesta y predispuesta a todos los sacrificios; así se lo perdona, sin que él alcance a comprender siquiera la magnitud de ese perdón, sin que él lo sepa casi, ni se dé cuenta de que está perdonado, santamente perdonado, absorto siempre en su idea fija, inconsciente de su enorme, de su obscuro pecado…

Estoy muy enfermo. Hoy sí creo que voy a morir… No me dejes solo. Ven, Bárbara; Bárbara, me amas, ¿verdad?11

Las exigencias del amante son parejas, la invisibilidad de la amada, casi idéntica, aunque muchas veces la narración de Jardín adopta la perspectiva de Bárbara, algo que de ningún modo ocurre —no podría ocurrir, puesto que la novela es solo el sucederse de las cartas de Pablo Ruffo— en la de Serao. Las coincidencias son visibles, compárense, por ejemplo, estos fragmentos: “Bárbara: Te escribo con el corazón lleno de cólera una carta odiosa, la cual, quizás cuando recibas, me habré arrepentido de haber enviado”12, dice el amante obscuro de Jardín, en un arranque digno del protagonista de Ella no responde, quien luego de injuriar, llevado por los celos, a su amada, le hace llegar esta nota: “Un desesperado le pide perdón. Pablo Ruffo”.13 Ese amor obscuro, maldito, que solo termina en desgracia, está también en Jardín, en esas cartas encontradas como al azar por Bárbara en el pabellón del jardín, un amor tan fuerte y poderoso que asfixia, que posee, que deja vivir apenas. Pero si la anécdota de Ella no responde es literal, en Jardín la dimensión simbólica de ese amor obscuro, que todo lo traspasa, que todo lo domina, es tan ancha y múltiple como la idea de esa posesión eterna, a través del tiempo y el espacio, que alienta en las palabras del amante desconocido, que parece venir —y volver— de la eternidad, del pasado, desde la muerte. El calado metafórico, inspirador de tantas lecturas y desvíos, de que hace gala la novela de Loynaz, sobrecoge a veces en las palabras de ese amor deseado, pero impuesto y obligado, amor quizás realizado carnalmente —a diferencia del de Diana y Pablo— del que Bárbara no alcanza a escapar:

Tu habilidad está en huir, en esquivarme, en haber logrado no enfrentarte nunca conmigo. Pero yo cuento con un medio obscuro, un medio extraño y lento —no te asustes…—; es el mismo de la araña o de la lagartija: te atraigo.

Te atraigo y no perdono, como tampoco perdonan los animales que se me asemejan.

Ellos no saben de perdón, no entienden tu filosofía cristiana.

Ellos cumplen con su naturaleza y con su ley, que les manda vivir por la presa. Mi naturaleza eres tú, mi ley eres tú y también mi presa.

Cumplo con mi destino y no tengo responsabilidades. Tú, mientras puedas huirme, húyeme.

Y ten presente que soy ciego, más que la araña o la lagartija. Como el alfiler que clava las mariposas impulsado por una mano que no conoce.

Quizás constituya especulación novedosa y útil, digna de tu mentalidad ya liberada, el investigar qué mano me mueve, qué mano me impulsa —segura— hacia tu corazón.

Para mí ya nada es nuevo ni viejo, y no tengo que hacer investigaciones. Me limito a clavar…

Bárbara lo vio venir y cerró los ojos.

(…)

Él estaba allí, había estado siempre.

Y ella había creído en su muerte; él mismo había dicho que iba a morir, la había fatigado hablándole de su muerte, pero no se había muerto nunca, no moriría jamás; mientras creía en su muerte, lo había estado reanimando con su propia vida, nutriéndolo con su propia sangre, cebándolo con la dulzura esquilmada de su corazón.

(…)

Era él siempre, él eternamente; él, invencible; él obstinado, terco, odioso.

Bárbara sacudió las manos y abrió los ojos.14

Las coincidencias entre estas cartas y la novela de Matilde Serao —traducida por Loynaz, según reza en su portada, entre 1938 y 1941— inducen a pensar en que el ejercicio de traducción podría haber resultado una provocación para la escritura de tales episodios de Jardín, los dominados por la voz amenazante y lúgubre del amado de la desconocida antecesora con la que Bárbara comparte nombre y quién sabe si también destino. Esta es la más importante de las huellas que dejó en la escritura de su única novela conocida la traducción de Ella no responde, la huella más visible. Sin embargo, hay otras confluencias. Es frecuente, al punto de considerarse una marca de estilo, que la escritura de Loynaz se fragmente, se suspenda, literalmente, con la introducción frecuente —tanto que a quienes no estén familiarizados con su voz podría parecerle excesiva— de puntos suspensivos. Ese recurso gramatical para crear una atmósfera nebulosa, hesitante, sirve a Loynaz demasiado a menudo… y lo mismo a la Serao de Ella no responde. Los períodos cortos, párrafos de una sola oración que son bastante frecuentes en su novela, lo mismo también en la novela epistolar de Matilde Serao. Tal opción gramatical no es de lo que puso de sí en la novela traducida del italiano, sino parte de lo que aquella novela —cuya traducción puede que comenzara para matar el tiempo durante su estancia en Italia— dejó en ella. O, para decirlo mejor, algo que encontró en la obra de Serao aunque ya lo llevaba consigo. Ese tipo de confluencias de interés y gusto que suelen acercarnos más a un autor que a otro. Curiosamente, ninguna de Matilde Serao aparece entre las novelas que lee —más bien devora— Bárbara durante su estancia en la casona familiar; ahí solo se menciona a los clásicos. Pero el vértigo mundano al que debe asistir ese amante que no le pierde pie ni pisada a Diana Sforza, su perseguidor amoroso, se parece bastante al que encuentra Bárbara cuando, del brazo del Marino, deja el jardín y penetra en el Mundo. El confort, los casinos donde se juega con dinero que parece comprar hasta la virtud, los bailes, toda esa vida galante, está en Ella no responde y es posible que la atmósfera recreada allí por Serao le haya servido a Dulce María para armar el escenario exterior al jardín en el que su protagonista parecía consumirse en días iguales, sujeta como estaba a una tradición de la que parece huir —y de la que, en efecto, huye— solo para volver más tarde a morir junto a, o mejor, bajo los muros de la casa de su niñez. Esa casa misteriosa y obscura donde había sido amenazada de muerte desde el pasado, desde las cartas de aquel amante malvado que podría estar representado en esa lagartija que sobrevive a Bárbara. La protagonista de Ella no responde, habiéndose negado por voluntad propia, o sea, por virtud, a publicar su amor por Pablo Ruffo, muere también, y los lectores de esa fallida historia de amor echan de menos el encuentro final, si no con el amado, con aquel espacio familiar donde nació y creció ese amor condenado: el jardín de los primeros descubrimientos, de la complicidad: es posible que Dulce María, luego de traducir la novela de Serao, decidiera regresar a Bárbara a su primer amor, a aquel destino obscuro de muerte inevitable, pero habiéndose ya abandonado a la entrega, dejándose ir, como en un sacrificio, en aquel lugar de iniciación. Quién puede saber si ese destino final de Bárbara, tan esquivo siempre a las teorías más disímiles de los exegetas de Jardín, no estaba, en el fondo, devolviendo a Bárbara al lugar donde pertenecía, al lugar donde había nacido su amor, al lugar de la incertidumbre y de la felicidad, cumpliendo unos años más tarde, el destino que le estuvo vedado a Diana Sforza. 

Una versión de este texto apareció en La siempreviva. La Habana, No. 11, 2011, pp. 56-64.

 

Notas:

1- Aldo Martínez Malo, “¿Cómo se escribió Jardín?”, disponible en el sitio web de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: www.cervantesvirtual.com 

2- En la compilación de la correspondencia de Loynaz se incluye una nota sobre Serao que reza así: “Matilde Serao: Escritora italiana. Autora de la novela Ella no responde, traducida por Dulce María Loynaz. Esta obra permanece inédita en Cuba”. Véase Dulce María Loynaz, Cartas que no se extraviaron. Fundación Jorge Guillén/Fundación Hermanos Loynaz, Valladolid/Pinar del Río, 1997, pág. 196, nota 28. No se alude a la conservación de la versión mecanuscrita de la traducción hecha por Loynaz.

3- Encontré, en una pesquisa mínima, que hay edición reciente y en varios idiomas de algunos de sus títulos: por ejemplo, de L’infidele hay edición de 2009, y trabajos sobre su obra: Jeuland-Meynaud, Maryse, Imagini, linguaggi e modelli del corpo nell’opera narrativa di Matilde Serao. Edizioni dell’Ateneo, roma, 1896; Mitchell, Katharine, “La Marchesa Colombi, Neera, Matilde Serao: Forging a Female Solidarity in Late Nineteenth-Century Journals for Women”, Italian Studies, Vol. 63, No. 1, Spring 2008, pp. 63-84(22); Palma, Loredana, “Matilde Serao tra riedizioni di testi e studi critici: una rasegna (1996-2002)”, Esperienze letterarie, Vol. 27, No. 3, 2002, pp. 111-116; “Women’s Time and Female Chronotypes in Matilde Serao’s Checchina’s Virtue and Franca Rame’s Waking up”, Interlitteraria, No. 5, 2000, pp. 273-294 He tomado estas referencias de sitios de venta de libros en Internet y del artículo “Matilde Serao periodista”, de Lola Ramírez Almazán, disponible en el sitio http//:www.escritorasyescrituras.com, quien da cuenta de una tensión entre vida y escritura: “Desde nuestra posición actual resulta difícil digerir el permanente y contradictorio (respecto a la figura de Serao mujer) antifeminismo de la pluma de esta mujer periodista, que se hizo a sí misma, una mujer trabajadora en los duros años de la segunda mitad del XIX, en pleno recrudecimiento de las “condiciones” sociales de la Revolución Industrial; una mujer que dedica gran parte del espacio periodístico a la comunicación con la mujer lectora, que derrocha páginas en retratos de mujeres profesionales de su época, pero que repetidamente alza su voz contra dos de los pilares básicos del feminismo de su tiempo: el sufragio femenino y el divorcio. // En sus artículos contra el feminismo, contra el sufragio femenino, contra el divorcio o la igualdad de los sexos (como en todas sus novelas), la imagen ideal que se proyecta es la imagen de la mujer casada, paciente, que sabe administrar la casa y educar a los hijos, con la propuesta de formación de escuelas y secciones exclusivamente femeninas, adecuadas a la inferioridad intelectual de las mujeres respecto de los hombres”.

4- Aunque aparece en la lista de títulos presumiblemente donados por Dulce María Loynaz al Centro Hermanos Loynaz; cuando hace unos años lo busqué allí, no estaba en la biblioteca del Centro. Fondo Dulce María Loynaz (Proveniente de la familia Martínez Malo), MM-55. Agradezco a Giovanna Darini el envío de una copia digital de la novela: Matilde Serao, Ella non rispose. S. A. Fratelli Treves Editori, Milano, 1939.

5- Roberto Núñez Jauma, de la Biblioteca del Museo de la Música. Agradezco a la dirección del Museo y al Ministerio de Cultura todas las facilidades otorgadas para mi investigación.

6- Su colección de cuentos Flor de pasión (1898) fue traducida por Valle Inclán y publicada por la Editorial Lípari en 1994. Agradezco este dato a María Eugenia Mesa Olazábal.

7- Datos tomados de www.italialibri.net/autori/seraom.html, sitio donde se mencionan otras obras suyas: All’erta sentinella (1889), Il romanzo de la franciulla (1886), Fantasia (1883), La conquista di Roma (1885), Vita e avventure di Ricardo Soanna (1887), Suor Giovanna della Croce (1901)

8- Romani, Gabriella, “From Letter to Literature: Giovanni Verga, Matilde Serao and Late Nineteenth-Century Epistolary Fiction”, Modern Languages Notes, vol. 124, n. 1, January, 2009, p.191. Más adelante, afirma: “Given Serao’s interest in writing about human passions, it is not surprising that she chose the epistolary form, not only because this genre had traditionally been used to write about love and passion, but because, thematically and structurally, it allowed her to capitalize on her extensive journalistic experience in using the letter to communicate effectively with her readers” (pág. 192).

9- El subrayado es mío. El artículo antes citado de Martínez Malo polemiza con Antón Arrufat, quien dudaba de las fechas en que Loynaz afirmaba haber compuesto su novela. Véase “Dulce María Loynaz. Una mitad en la sombra”, Unión, año IX, No. 26, 1997, pp. 25-31. En otro lugar me referí a la disputa sobre las fechas de redacción de la novela. Véase Contra el silencio. Otra lectura de la obra de Dulce María Loynaz Letras Cubanas, La Habana, 2005, pp. 61-62, nota 8.

10- Serao, Matilde, Ella no responde. Traducción de Dulce María Loynaz, versión mecanuscrita, pág. 108.

11- Loynaz, Dulce María, Jardín. Novela lírica. Letras Cubanas, La Habana, 1993, pág. 130.

12- Loynaz, Dulce María, Op. cit., pág. 145.

13- Serao, Matilde, Op. cit., pág. 32.

14- Loynaz, Dulce María, Op. cit., pp. 151-152.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.