La Habana. Año X.
17 al 23 de MARZO
de 2012

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Gershwin y su “Obertura cubana”
Josefina Ortega • La Habana

Cuando George Gershwin (EE.UU., 1898-1937) viaja a La Habana en febrero de 1932, disfrutaba de una popularidad y una fama bien merecidas. Era el autor de las muy aplaudidas obras “Rhapsody in Blue” y “Un americano en París”.


Sin embargo, los cronistas del patio no se ocuparon de su llegada como realmente debían, aunque a decir verdad tal desinterés no era atribuible a ellos en su totalidad. El genial músico norteamericano prefirió el anonimato durante sus dos semanas de vacaciones en la Isla.

Se lee, de todos modos, en la edición del 20 de febrero de ese año del periódico El Mundo, que Gershwin desde uno de los palcos del Auditórium disfrutó del arte de su compatriota, la bailarina Ruth Page, y que: “Como una atención especial para con Gershwin, el joven compositor presente en el teatro, bailó Ruth Page a manera de número extraordinario ‘Prelude in Blue’, para el que tuvo el público cálida acogida”.

El País no se quedaba detrás y reseñaba en igual fecha que: “El ‘Prelude in Blue’, bailado en honor del compositor presente Mister Gershwin, le valió una salva de aplausos a la artista y al músico, que tuvo que saludar ante el cariñoso recibimiento”.

En conformidad estas dos notas resultaban escuetas si se tiene en cuenta el indiscutible talento de quien en 1924 había estrenado en Nueva York precisamente su “Rapsodia in Blue”, cuyo triunfo no tuvo precedentes  e hizo de su creador el más conocido de los compositores de su país, celebridad que él incrementó con su obra posterior, en especial, con “Porgy and Bess”, que al decir de Alejo Carpentier, era una creación única y sin precedente, dentro del teatro lírico moderno, volviéndose una suerte de ópera nacional norteamericana.

Ya antes de su visita a Cuba, se contaba que Gershwin le había pedido al gran músico ruso Igor Stravinski le diera clases y este le preguntó: ¿Cuánto usted ganó en los últimos meses? “200 mil dólares”, fue la respuesta. “Entonces usted debe darme clases a mí”, refutó el autor de La consagración de la primavera.

También requirió aprender de Maurice Ravel a lo que se negó el maestro francés: “Si le doy clases lo que logrará es ser un Ravel de segunda y usted es un Gershwin de primera”.

Pero lo cierto es que la escasa atención concedida por la prensa a su llegada, no impidió que en aquella segunda quincena de febrero, La Habana mostrara su admiración a este importante artista estadounidense, a quien siempre se le vio acompañado por grandes músicos como Ernesto Lecuona, Alejandro García Caturla, Amadeo Roldán y Félix Guerrero.

Fue así como un buen día Gershwin, gratamente impresionado por nuestros ritmos, fue llevado a la estación radial CMCJ, desde donde transmitía el septeto Nacional de Ignacio Piñeiro. Allí entabló amistad con el cubano y recogió anotaciones musicales de sus obras.
 

Entonces nació la idea de hacer una “Obertura cubana”, —al inicio llamada Rumba—, partiendo del son-pregón de Piñeiro “Échale salsita”, composición que se inspira en las butifarras de El Congo, en el poblado de Catalina de Güines.

Estrenada en Nueva York el 16 de agosto del mismo 1932, los instrumentos fundamentales de la orquesta fueron el bongó, las claves, el güiro y las maracas, situadas a la derecha y al frente del conductor. También integraron la instrumentación: flautas, oboes, clarinetes, bajos y contrabajos, trombones, tubas y tímpanos.

George Gershwin murió prematuramente, a los 39 años, mientras se le practicaba una operación en el cerebro.

Sobre el estreno de la “Obertura cubana” había escrito: “Fue (lo creo realmente), la más excitante noche de mi vida. Unas 17 mil 845 personas compraron un boleto para escucharla”.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.