La Habana. Año X.
3 al 9 de MARZO de 2012

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Entrevista con Miqueias Paz

El cuerpo habla

Abel Sánchez • La Habana

Fotos: R. A. Hdez. (La Jiribilla)

El hombre, aún no lo es, todavía tiene muy cerca el olor y las maneras del mono. Se comunica mediante gruñidos; pero, sobre todo, con señas. Encima de su cabeza hay un fruto y es el hambre, más que la imaginación, los sueños o el dolor de espaldas, lo que hace que aprenda a caminar erguido. Pero quiere más, quiere aquel que está en lo alto; por eso, decide talar el árbol. Después se come el corazón de los animales más pequeños; luego, el de los más grandes; y más tarde, cuando uno de los suyos le pide una tajada, acaba comiéndose también ese, el de su propia especie, o sea, a sí mismo.

Esta es una de las historias que contó Miqueias Paz en el III Evento Internacional de Pantomima Teatro del Cuerpo Fusión Habana 2012. La historia del hombre, su avaricia, egoísmo y probable autodestrucción. No es una historia nueva, ciertamente. Sin embargo, lo relevante está en el modo de contarla, pues Miqueias reflexiona sobre la condición humana sin utilizar las palabras.

La primera vez que vio a un mimo, fue en televisión, allá en Brasilia, su ciudad. En ese momento, le atrajo la cara pintada de blanco y el modo en que se hacía entender solo a través de gestos. Luego, parado frente al espejo, supo que él también podía hacer eso. Con 17 años fundó un grupo de teatro callejero, eran tiempos duros, en que las calles de la dictadura resultaban peligrosas y los actores tenían que estar preparados para moverse de un lado a otro constantemente.

Así, moviéndose, llegaron a Paracatu. En aquel espectáculo, Miqueias creó un personaje que parecía un muñeco y durante cuatro horas sus movimientos fueron los de un títere. Entonces una niña, de esas que aparecen en todas partes y lo preguntan todo, quiso saber qué irían a hacer con él, se guardaba entero en su caja o habría que desarmarlo por partes. Fue ahí cuando Miqueias supo que quería ser mimo.

Pero el estilo, ese que muchos nunca llegan a tener y por el que hoy reconocen a Miqueias en La Habana, aún le faltaba. Comenzó a formarse por su cuenta, asistió a todos los talleres que impartían los mimos que visitaban Brasil, viajó a un festival de pantomima en Inglaterra y después trabajó durante dos años en una compañía británica que hacía piezas rítmicas. Pero en poco tiempo se dio cuenta de que aquel ritmo no era el suyo; sus movimientos, los que llevaba en la sangre, tenían compases de samba. Así fue como se hizo de un estilo, de ese condimento personal que le pone a todo lo que hace.

“No es que sea mejor o peor, sencillamente tienen una textura propia —me explica en un español que aún arrastra el dejo portugués; aunque la verdad es que apenas lo necesita, cuando se le acaban las palabras, usa los gestos—. Creo que esto es lo más fuerte de mi trabajo y siempre lo digo en todos los talleres: es fundamental la técnica, pero junto a ella hay que tener la personalidad, porque la técnica sola no hace nada. La verdadera expresión se da cuando uno coloca su personalidad dentro de su trabajo.”

Por eso Miqueias asegura que debe existir una pantomima distintiva de Latinoamérica; pues, tras siglos de cruces entre razas, idiomas, religiones, nos ha quedado una gestualidad colectiva. Tenemos una manera de movernos y proyectarnos que indiscutiblemente es única. Hay algo —uno no podría precisar bien qué— debajo de las diferentes tonalidades, una especie de lenguaje común que solo se percibe cuando hablan nuestros cuerpos.

Porque los cuerpos hablan, de eso está convencido. Cree que la primera función de mimos se hizo junto a una hoguera, bajo la luna, mientras los cazadores relataban las experiencias del día. Para él, la gestualidad puede superar la palabra. Las palabras engañan, manipulan, confunden, los gestos muestran verdades: “Podría aparentar que me interesa esta conversación por las cosas que digo, pero si no fuera así, mi cuerpo me delataría; los gestos siempre revelan algo, hay una verdad detrás de los movimientos”.

Miqueias sigue las teorías psicológicas que sostienen que se puede identificar el carácter de una persona mediante la estructura de sus músculos y la forma en que esta se mueve. Es algo que aplica diariamente en su trabajo:

“Por ejemplo, en Brasil acostumbramos a decir que cuando un político se está poniendo gordo es porque ha empezado a ganar dinero de forma indebida, y su musculatura se empieza a relajar como la de los puercos —se deja caer en la silla, como escurriéndose, y uno casi llega a ver la grasa colgando—. Por otra parte, si eres una persona manipuladora, intrigante, tu cuerpo comenzará a adoptar los movimientos de una cobra, siempre intentando ocultar lo que de verdad quieres decir —ahora se tapa la boca y comienza a moverse con sigilo—. Son gestualidades que sirven de condimento para hacer la papa digestiva del espectáculo.”

Aunque ese no es el único condimento. Durante el viaje a Inglaterra, al ver el trabajo de David Glass, incorporó uno de los elementos más importantes de su repertorio: la voz, y el sonido se convirtió en una parte esencial de sus piezas.

“Casi siempre, cuando compongo una obra, primero pienso qué voy a hacer con mi cuerpo; el sonido viene después, como un eco. Está claro que vivimos en una sociedad con mucho ruido, pues esto le agrega un valor a tono con la dinámica contemporánea, tengo conciencia de eso. Pero también estoy convencido de que no es una competencia del sonido con el movimiento, los dos caminan juntos. Debido al ritmo que tiene la vida moderna, la conexión con el público se rompe con mucha facilidad, entonces alternar entre el sonido y el silencio es una buena manera para mantenerlos conectados.”

Horas antes, mientras narraba la historia del hombre, el auditorio contenía el aliento, pendiente de la trayectoria de su mano; que, en realidad, ya no era su mano, sino la bomba atómica que acaba de salir del estómago del Enola Gay. En el Café Teatro Bertolt Bertch, solo se escuchaba el silbido que hacía al caer, y poco antes de arrasar con Hiroshima, justo en ese instante, alguien dejó escapar: “¡Ay, no!”. Después, Miqueias se transformó en el hongo radioactivo.

“En el teatro son buenas las ondulaciones —me explica— para que la pieza no sea monocorde, por eso también varía la intensidad de los sonidos. Tengo trabajos donde el silencio es fundamental, hay uno donde simulo masticar un chicle —lo hace ahora y por un momento llego a creer que de veras lo tiene en la boca—, luego finjo que hago un globo y que me meto dentro de él, allí hay un silencio profundo. A veces hago el número en escuelas y en el momento en que estoy escenificando, los chicos se lo pasan gritando, pero cuando estoy dentro del globo se puede escuchar un…” —e imita el sonido que hace el alfiler al tocar el piso.

“Ya no soy un niño —reconoce de golpe—, empecé en la pantomima con 18 años, ahora tengo 48; lo que hago hoy es muy distinto de lo que hacía en aquel momento, porque tiene la textura de los 48 y cuando tenga 60 tendrá la textura de esa edad. Uno hace teatro porque es una necesidad, es como comer, el hecho de que hayas comido ayer no vale hoy, tienes que comer de nuevo; el teatro es casi lo mismo, tenemos que hacerlo siempre porque es lo que nos da…” —y se lleva la mano al pecho.

La misma que utilizó al final del espectáculo. Con ella simuló sacarse el corazón y, mientras hablaba al auditorio, lo mantuvo latiendo. Contó que al saber que venía nuevamente a Cuba, sus amigos le dijeron que no podía dejar de ir a la playa. En realidad, confesó, no he ido a la playa, pero ahora estoy en una playa, en un océano de emociones. Después, aún palpitante, arrojó el corazón al público: “Para ustedes”, dijo, y eso fue todo.

 
 
 
 



GALERÍA de IMÁGENEs

III Evento Internacional
de Pantomima Teatro del Cuerpo Fusión Habana 2012



GALERÍA de IMÁGENEs

Sería cómico si no fuera trágico, de Miqueias Paz

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.