La Habana. Año X.
25 de FEBRERO
al 2 de MARZO de 2012

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Argos Teatro:
Una galería de rostro humano
Norge Espinosa • La Habana
Fotos: Félix Antequera y cortesía de Argos Teatro

Para todo el equipo de Argos Teatro, en su viaje.
Y a la memoria de Ariel Barreto, mi argonauta más querido.


Una y otra vez vuelvo a ese recuerdo, a la pregunta que, tras una función de Roberto Zucco en la sede del Teatro Buendía, me hicieran dos teatrólogos a los que, definitivamente, parecía no haberles gustado la aparición de esta obra de Koltés en el repertorio de ese grupo esencial. Querían saber ellos, según mi criterio, qué aportaba esa obra al ámbito de la escena cubana, y me pareció advertir más recelo que curiosidad en la manera en que indagaban. En aquel momento yo era mucho más joven, y confieso que tal pregunta me sorprendió y me desarmó. Yo acababa de ver un espectáculo en el que Félix Antequera vivía la piel del asesino abrumado por la poesía, y si algo ocurría en mi mente, tenía que ver con la posibilidad de entender que allí, en la iglesia de Loma y 39, Carlos Celdrán estaba apostando por otra manera de tejer su propia fábula. Y creí que me bastaba con eso. Hoy, a la vuelta de los 15 años de Argos Teatro, sé que no era del todo así. Y que la pregunta de aquellos colegas, incluso desde su reticencia, puede serme útil al repasar la galería que esta agrupación ha levantado, poco a poco, sobre una Habana en la que estos y otros personajes no menos incómodos han empezado a fundar otras maneras de ser la vida. Y ser el teatro.


Stockman, un enemigo del pueblo, 2006

Antes de esas imágenes (la iglesia del Buendía había modificado su interior para aquella puesta en escena de mediados de los 90, emplazando las gradas en una posición enteramente opuesta a la tradicional: una forma de decirnos el director que no quería, tal vez, que leyéramos la puesta del modo en que nos hubiera invitado su maestra Flora Lauten), Carlos Celdrán estaba ligado a una Antonia Fernández espléndida en Safo: un unipersonal emanado de los párrafos de Marguerite Yourcenar que nos dejaba oír las entonces casi desconocidas voces de Olga Guillot y Blanca Rosa Gil en tributo a las grandes boleristas de la Historia Sentimental de lo Cubano. Y era también la mano confabulada con Flora para irse a cualquier lugar del mundo cargando el espejo de La cándida Eréndira: uno de los grandes momentos del teatro nacional. Pero en Roberto Zucco ya iba quedando claro que director y dramaturgo tenía necesidad de otras atmósferas. Curiosamente, lejos de salir a la intemperie para buscar ese nuevo aire, hizo lo contrario, hundiéndose en el sótano del viejo templo ortodoxo para invitarnos a conocer ese bajo mundo, rindiendo a Bertolt Brecht el más lúcido homenaje que pudo avistarse en su centenario. No creo equivocarme si digo que a Carlos Celdrán, de alguna manera, hay que entenderlo desde el antes y el después que fue el estreno de Baal. En ese espectáculo pervive la raíz de mucho de lo que hoy ronda y define el perfil de lo que ahora, a la vuelta de casi 20 años, aplaudimos y reconocemos como Argos Teatro.


Baal, 1998

Un buen montaje teatral depende de la delicada e hipersensible relación entre sus elementos. Actuación, visualidad, música, estados de ánimo, luces, deben combinarse para que el artefacto escénico cobre vida ante nosotros y nos diga su verdad diferida. Pero eso puede resolverse desde el mero oficio. Otros espectáculos, generalmente los más vívidos y memorables, a pesar incluso de sus imperfecciones, logran trasponer esa convención para enlazarse con una demanda que el grupo comparte con el público, y de la fusión de esos anhelos y esperanzas salta la chispa que convierte a un acto escénico en verdad impostergable. No demasiadas veces, en la memoria del teatro cubano reciente, ha acontecido algo así, pero el brillo de tal prodigio, cuando nos deslumbra, deja una marca de fuego en todo lo que recordamos, reavivando la fe misma en la vida y el teatro. Desde esa perspectiva es que recuerdo aquel montaje de Baal, que nos hizo agolparnos varias veces en la estrechez de aquel sótano, sabiendo que transpirábamos bajo el sagrado escenario por el cual habían desfilado tantas puestas estremecedoras. Bajo ese techo, escenario o cielo, Baal resucitaba como un Brecht agresivo, de fuerzas en expansión, que anunciaban su resurrección y su muerte en el nervio de una nueva generación. Eso fue Baal: no un homenaje sino un gesto de refundación, que logró que no pocos jóvenes actores (Miguel Abreu, Fanny Rojas, Zulema Clares, Yailene Sierra, Sheila Roche…), sintieran al poeta y dramaturgo alemán desde su costado menos formal. Recuerdo que Carlos Díaz, saliendo de una función de aquella puesta donde los elementos escénicos eran ya mínimos y lo que importaba era la desnudez y vulnerabilidad de los actores, me confesó sentirse muy viejo ante aquel empeño. Esa fue otra cualidad de Baal: hizo que las mentes más sensibles de nuestra escena reaccionaran, cada cual a su modo, ante una provocación tan hermosa e irreverente.

El camino de Argos Teatro fue luego el de una independencia en la que Carlos Celdrán ha ido repasando su álbum personal. Sus maestros, mirando al largo quehacer junto a Flora Lauten como un punto de partida que sus nuevos montajes, incluso desde la formulación más opuesta a lo que el Buendía fue y es, toman como reflejo reactivo. De Flora Lauten el director pasa a los preceptos de quien fuera el maestro de su propia tutora, y la cercanía a los postulados de Vicente Revuelta lo han conducido a eso que él llama la escena transparente: un mosaico compuesto de modo radical por la personalidad de sus actores, y el repliegue humilde de los demás elementos espectaculares en función de subrayar la calidad de esas entregas. La tríada, El alma buena de Se- Chuán, La señorita Julia, La vida es sueño, son parte de una nueva etapa de búsqueda y consolidación que, definitivamente, alcanza su nuevo punto de giro con el estreno de Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, sobre el texto del francés Michel Azama. Otra vez la conjunción delicada y minuciosa de elementos muy diversos convierten al resultado en algo más que buen teatro: un instante de altura que sirvió para demostrar, entre muchas otras cosas, la versatilidad de Pancho García, la ductilidad y madurez rotunda de Alexis Díaz de Villegas, y la inteligencia selectiva de un director que nos dijo que Pasolini era un rostro entre nosotros. Vendrían luego otros espectáculos, que me han gustado más o menos, ante los cuales yo también hago mi selección particular, hasta reconocer en el estadio actual del grupo cómo he ido tras la tropa de argonautas a varias Habanas: la del Buendía mismo, la del Noveno Piso del Teatro Nacional, y de vuelta, una y otra vez, a la vieja logia en la cual vi en tarde memorable Segismundo ex Marqués, de Víctor Varela y Teatro Obstáculo; y a la que retorno hoy para aplaudir su aguda reinvención de esa obra imprescindible que vuelve a ser Aire frío; prueba de fuego en la estación “cubana” del grupo, que incluye a nombres como María Irene Fornés (Fango) y Abel González Melo (Chamaco y Talco), aunque “lo cubano” para este equipo no ha sido nunca cosa de etiquetas, como dejó claro su director en una recordada polémica, antes, incluso, de entrar en esta zona de textos donde la Isla es discutida desde otra intensidad.


Fango, 2008

Por encima de gustos y reconcomios, por encima de pasiones y presiones, he vuelto a Argos Teatro para descubrirme en su galería de rostros humanos. En sus antihéroes, descubriendo en sus mejores entregas a protagonistas que viven y respiran al borde de un “deber ser”, quebrantándolo en una sed de libertades que puede llevarlos a la autodestrucción como única salida de fe. Resueltos en la pureza de sus agonías, pese a todo, Zucco (primero Félix Antequera, luego Caleb Casas), Chen Te (Zulema Clares), Pasolini (Alexis Díaz de Villegas), Karel Darín (Fidel Betancourt) y ahora Luz Marina (Yuliet Cruz), nos dicen desde una transparencia que, cómo no, también puede sentirse en cubano, de qué maneras tan arduas puede alzarse, en la ruina, todo lo que nos sigue identificando con ellos desde la platea. Obcecados, negados a una conducta que pudiera resucitarlos en una dimensión que signifique amansamiento, son seres que el genio de algún autor imaginó para que ahora los sintiéramos tan cerca, en cualquier capital, sin reduccionismo ni estrecheces como las presentidas en aquella interrogante que recordaba al inicio de estos párrafos. Si para algunos directores el teatro es un sitio donde la realidad se dilata en pos de su propia metáfora artizada, o una senda de espinas en la que máscara y piel se entrecruzan a la manera de un comentario tenso sobre lo que somos, Carlos Celdrán ha elegido ese espacio habitable que puede ser su modo de leer el teatro, y de decantar en una vía límpida sus arreglos, a fin de que la historia que cuenta se extienda hasta nosotros como un gesto que nos refleja al tiempo que nos interpela. Que conviva su modo de hacer con estos y otros directores aporta al teatro cubano un orden de convivencias que no agradecemos lo suficiente, no protegemos lo suficiente ni logra aún conducirnos a diálogos más provechosos. Es también algo a lo que nos invitan esos espectáculos: a borrar de la mirada sombras y puntos ciegos que nos impiden abrazarnos más, sentir que el teatro no culmina cuando cesan los aplausos.

En una Cuba que quiere reinventarse, y que ha tenido que abrir la galería de su comunidad in & out para saberse viva ante las demandas del nuevo milenio, Argos Teatro insiste en traer a escena muchos de esos personajes que, en la calle misma, tienen un doble no menos incómodo. Poetas, homosexuales, líderes de contracorriente, renegados, travestis, putas y desencantados: hombres y mujeres que encuentran aliados en la sobrevivencia y proclaman, desde ella, su estremecedora singularidad. A fuerza de combatir con fuerzas superiores, asfixiantes en su línea conservadora, en su incapacidad para asumir la vida como un juego que constantemente se examina y recomienza, esas personas y esos personajes han logrado alcanzar una visibilidad que nos identifica hoy, en una lucha que tiene no poco de teatral, en las tablas y más allá de ellas. En esa sintonía es que procuro siempre volver a Argos Teatro, y a sus antihéroes, y a la fe que mueve a sus espectadores hacia la pequeña sede en la que ya no caben todos los que, cada fin de semana, acuden a ver Aire frío. Tal vez sea esa la mayor alegría en la celebración por sus 15 años, tan diferentes de otras fechas que grupos mucho menos vivos pueden proclamar con dejo indiferente. En la Cuba teatral donde vivo, hay un grupo que se dice integrado por argonautas. Mito y realidad, en esta Isla, juegan en cada representación a conquistar el vellocino de oro, a seguir viaje en la nave Argos. El viaje dura ya una década y media. Que no falte el viento para que esas velas continúen desplegadas.
 
 
 
 



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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.