La Habana. Año X.
25 de FEBRERO
al 2 de MARZO de 2012

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El ojo de Argos
Maité Hernández-Lorenzo • La Habana
Fotos: Félix Antequera, Maribel Amador y cortesía de Argos Teatro

Lo que mira, nos mira. Es un juego de espejos, ondas sobre el agua que se expanden hasta sumergirnos en ellas. Lo que vemos nos asusta, conmociona, conmueve: nos delata. Verificamos en él lo que somos y no somos.  

Ahí se construye la dramaturgia de una nación en un tiempo asaeteado, corroído, disperso, a punto de dispararse. Ese instante, ese momento inasible en el que alcanzamos nuestra (in)definición mayor, es el que nos devuelve la pupila crítica y penetrante de Argos Teatro y Carlos Celdrán.  

Durante estos 15 años, Argos ha confirmado ser el efecto de una generación, sin responder forzosamente a lo etario, una generación en espíritu, en vocación, en ímpetu, que se comprimió y reventó en los 90. Pero esa explosión —sentimental, ideológica, familiar, íntima, estética— que encajó sus esquirlas en lo más hondo de la carne viva de este país, se volvió una implosión, un (in)xilio filoso, apuntador, hiriente y utilísimo. 


La tríada, 1996

De la experiencia próspera, e incómoda para algunos, de los 80, al golpe demoledor, áspero, sombrío de los 90. ¿Cómo traducir la angustia, el desequilibrio? ¿Cómo construir sobre los escombros y sobre la nada? ¿Cómo hacerlo visible? ¿Adónde ir? ¿Qué mirar? ¿Qué esperar? ¿Cómo hacer poesía de la catástrofe, de la pobreza de espíritu y del espíritu de miseria? 

En ese tránsito: acumulación, búsqueda, ensayo, negación, aprehensión, descarte y la poesía del teatro, de la imagen y de las ideas, de una historia sentimental e intelectual del individuo puesta en valor sobre un escenario vibrante. Un relato sobre nosotros mismos, una historia común sobre los desgarramientos del ser y de su verdad (Baal, Roberto Zucco, El alma buena de Se-Chuán, Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, Stockman, Fango, Fin de partida). Una escena temeraria, cruda que nos apunta desde el tabloncillo de Ayestarán y da en el blanco que somos. Del lado de acá, el espectador adentrado en su fecunda sombra, pasando por el pesimismo necesario o por el esperanzador lugar común de que somos algo más que inmóviles testigos.  


Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini, 2004

Argos Teatro ha sabido darle cuerpo a la duda eficiente; a mirarnos y espantarnos, a ponernos bajo sospecha. ¿Qué hay después de una función de Argos Teatro? Una experiencia política que nos sacude, política en su sentido más sabio y duradero, nos pone en relación con la polis (que gracias a la imaginación de Abel González Melo, el dramaturgo más representado, es una ciudad sumergida, de nuevos barroquismos escondidos, off-polis, por donde viaja también el alma inquietante de la nación). 

Historias sucesivas de fracasos. Uno tras otro. Pendiendo sobre la nave: la Cuba oculta y ocultada, Bernhardt, Sontag, Vicente, Flora, el actor-sujeto de aquí y ahora, la palabra anclada en la hondura de la realidad más real; y con ello, la mente inquieta, paridora, iluminada de Carlos. No hay horizonte plácido, ni cantos de alabanzas en el viaje con Argos. Dureza y reflexión. No vamos a gozar. El gozo es íntimo, en solitario. La broma, una carcajada dolorosa, zozobrante. 

No es solo una lectura de Cuba. Sus montajes ponen en sentido el desasosiego, la crisis del hombre contemporáneo. En sus espectáculos asistimos a escenarios de tensión entre ejes de poder y espacios “sensibles”, permeables. Cada una de sus puestas verifica ese afán de supervivencia, de rivalidad con la vida. Desde Baal, en el sótano de Buendía, comprimida y veloz, o Fango y Talco, igualmente apretada pero lenta.  


Fango, 2008

Argos expone un rittornelo, visto también en su diseño escenográfico y disposición espacial de los actores, quizá más ampuloso en Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini y en Stockman, pero rittornelo igual, en que los ejercicios del poder político real, como diría Rancière, “el poder policía”, encarnan en personajes sin escapatorias.  

Pero el summun de ese proceso y culminación de estos tres lustros, es Aire frío, de Piñera: los Romaguera, canónico retrato del fracaso, individual y colectivo. La comprimida historia de 20 años de sufrimiento, pequeñas traiciones, y, nuevamente, esas sutiles y eficaces operaciones de poder y sumisión hacia el interior de una familia que expresa, ferozmente, el espejo de lo que hemos sido también. Las pequeñas maniobras, como le gustaría decir a Virgilio, que nos ayudan a vivir, a “ir tirando”. Y en medio de la calamidad, la posibilidad del invento y la tragicomedia en que vivimos el día a día: el ventilador, el inodoro, la herencia, las gallinas y el guagüero de Luz Marina.  Y “La gran puta” como telón de fondo. Nada escapa. La ilusión de que esas estrategias puedan (re)inventar un horizonte posible, una fuga del paisaje patético que corona ese sofá con la tripa afuera, ese sofá que ya no puede sostener más el peso de una familia, de una isla. 


Aire frío, 2012

Ese mundo cerrado que Talco construye no solo desde el texto de González Melo, sino también desde la escenografía de Alain Ortiz y que la cercanía de los actores confirma, en Aire frío parecería ampliarse por un rayito de luz que permanentemente invade la sala, único escenario de negociaciones, negaciones y rendiciones de cuenta. Esa luz, quemante a veces y en otras, plácida, que embellece el rostro ajado de Luz Marina, mirando el vacío y a la espera de nada; sudando nuestra fatalidad. 

Otra vez Celdrán lee su país en el teatro y del teatro hace su país. En ese ejercicio de imaginación y desgarramiento, nos arrastra y nos remueve. Entonces, que la nave zarpe.
 
 
 
 



GALERÍA de IMÁGENEs

Aniversario 15
de Argos Teatro


GALERÍA de IMÁGENEs

Aire Frío, por Argos Teatro

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.