La Habana. Año X.
18 al 24 de FEBRERO
de 2012

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Adolfo Pérez Esquivel
El rostro de la paz
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Yohandry Leyva (La Jiribilla)

El baluarte de San Ambrosio en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, ya se ha acostumbrado a recibir personalidades. En esta 21a Feria Internacional del Libro han pasado por allí ganadores de los Premios Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Nacionales de Literatura, Edición, Diseño y Ciencias Sociales. Pero, probablemente, pocos imaginaron que se sentaría en el estrado nada más y nada menos que un Premio Nobel.

Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, vino a La Habana a presentar el libro Resistir en la esperanza, una compilación de sus textos, o, como lo llamara él mismo, un modo de volver a caminar sobre las huellas que ha dejado a lo largo de la vida.

Apenas un día antes, en el Congreso Universidad 2012, ofreció una conferencia. Allí, propuso luchar por un mundo inclusivo: “Debemos pensar en las identidades, porque aquí (en la tierra) nos salvamos todos o no nos salvamos ninguno”. Y utilizó la metáfora de la selva, al menos esas pocas que quedan en el planeta, para referirse a la diversidad; pues, a fin de cuentas, para hacer un bosque, contar con la riqueza de todos es lo único que se necesita.

Ya en la Cabaña, en la sala Nicolás Guillén, habla con su voz calmada de pacifista. Confiesa que nunca asumió el Nobel a título personal, sino a nombre de los pueblos, aquellos que luchan, trabajan y sienten, en especial los de América Latina:

“Para mí el Premio Nobel tiene que ser un instrumento al servicio de los pueblos, de lo contrario no sirve. En realidad, no es para uno, por eso lo asumo de esta manera y trato de que sirva para ayudarlos y pueda acompañar su vida. Los premios son importantes si se utilizan de esa manera. Lo digo por mi experiencia, también pueden ser un dolor de cabeza, porque debido a ellos muchas veces intentan ponerte en una vidriera, en un escaparate. Todo depende del uso que les des. Nunca es cuestión de una persona, mi trabajo no es un trabajo individual, es un trabajo con miles y miles de personas a lo largo de todo el mundo, fundamentalmente en América Latina”.

Luego cuenta acerca de las muchas veces que él, un hombre de paz, ha estado en escenarios de guerra. Recuerda aquella ocasión en que se abrazó a una mujer musulmana en medio de miles de cadáveres. Los dos lloraron: él, por la muerte, sucia, inverosímil, irracional, por el espacio en el mundo que antes solían ocupar esos cuerpos; ella, por una sola, la de su hijo. Jamás la volvió a ver, nunca supo qué fue de la mujer, la única sobreviviente del bombardeo.

“La guerra es un negocio —afirma de golpe—. ¿Cuánto cuestan las bombas que arrojan sobre los países que ahora están en guerra? Aviones, tanques, soldados, hay bases militares en todo el mundo. ¿Cuánto cuesta eso? EE.UU. tiene más de 54 millones de personas en situación de pobreza. Visité a muchos de esos grupos y si nosotros en América Latina tenemos situaciones de miseria, en esos países también, en Europa hay gente viviendo en la calle. Y luego nos encandilan con que son el Primer Mundo, son mentiras, no hay ni Primero ni Segundo ni Tercer Mundos. Simplemente somos un mundo mal distribuido y tenemos que comenzar a trabajar para modificar todo eso”.

Sin embargo, en todos los escenarios de guerra, en las casas destruidas, en los hospitales, siempre encontró una sonrisa, y siempre que haya una sonrisa, asegura, hay esperanza. Quiere decir que ellos, los que hacen las bombas, aún no han vencido. Tal vez por eso le escribió una carta al primer ministro británico David Cameron en tono de burla, sobre un asunto tan serio como las Malvinas; o sostuvo una conversación virtual con Barack Obama, en la que, de más está decirlo, el Nobel amigo de Kissinger no participó. Pero poco importa, lo verdaderamente importante es que las cartas y las conversaciones lleguen a la conciencia colectiva de los pueblos y si, de paso, los hacen reír, pues mejor:

“Aunque se lo hayan dado a Obama [el Nobel], creo que Obama se encuentra en una situación muy difícil, porque llegó al gobierno pero no al poder de los EE.UU., allí el poder lo maneja el complejo industrial-militar de las grandes corporaciones. A Obama le puede pasar lo mismo que a Kennedy. Entonces, ¿cuál es el margen de maniobra que tiene Obama con una presión interna feroz? Prometió cerrar la cárcel de Guantánamo, no pudo; prometió cerrar Abu Graib, tampoco; intentó que el Congreso botara una ley sobre salud, lo mismo. Obama es prisionero del mismo aparato al cual pertenece. Es como ese carcelero que está preso, se abre la puerta, sale y luego vuelve a cerrarse. Por ejemplo, ¿qué razón tiene el gobierno de EE.UU. con el caso de Cuba? Ninguna, pero ellos siguen utilizando la misma política.”

Él, que es ante todo un artista, que sobrevivió a la tortura, a los vuelos de la muerte, a la desaparición, que ha visto la guerra a los ojos; sabe que si esta es palpable, visible, material; su antítesis, la paz, tampoco es una abstracción. La paz tiene rostro, afirma, y no es precisamente la ausencia de conflicto, pues incluso en el conflicto se puede construir la paz, basta con el diálogo, con que bajemos los brazos, nos escuchemos y tratemos de entendernos.

Al terminar, cuando ya casi todos se habían marchado, tomó su ramo de flores, esos que se han hecho tan habituales en la Nicolás Guillén, y le dijo a una muchacha: “Elegí la que más te guste”. Después separó la flor y se la obsequió, mientras ella se sonrojaba.

“Hoy es el día del amor —le dijo—, mi señora y yo llevamos casados 57 años y nos enamoramos todos los días.”

No habló más, solo dio la espalda y se marchó. Entonces comprendí que era cierto: la paz no es abstracta, no es una entelequia ni una idea platónica; es palpable, física, tangible. Basta con que no seamos indiferentes, con que tratemos de ver su rostro todos los días. Porque tiene rostro, de eso ya no me cabe la menor duda. Es el de la sonrisa de las enfermeras en un hospital de campaña, el de los buenos cuando no se callan, el de Adolfo Pérez Esquivel mientras regala una flor a una muchacha. Es uno, en fin, muy parecido al del amor.

 
 
 
 



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La Feria en La Cabaña


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Inauguración de la 21 Feria Internacional del Libro

LA JIRIBILLA EN LAS FERIAS DEL LIBRO

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.