La Habana. Año X.
18 al 24 de FEBRERO
de 2012

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El valor de los libros de Historia
Abel Sánchez • La Habana
Foto: Yohandry Leyva (La Jiribilla)

En la pared del estudio, hay una fotografía suya en la presentación de uno de sus libros. El hombre de la imagen aparenta menos años, lleva mostacho y más pelo sobre la frente, pero no hay duda, es él; se inclina hacia adelante y le entrega un ejemplar a Armando Hart, también mucho más joven. Bajo esa foto, se ve la cubierta del libro en mayor escala, tiene la conocida imagen de los moncadistas saliendo de la cárcel y encima, con letras altas: La prisión fecunda. A un lado, sobre la misma pared, aparece la reproducción de una página; allí, escrito con caligrafía rápida se lee: “Al autor, Mario Mencía, con admiración, gratitud y reconocimiento”, y justo debajo: “Fidel Castro. Nov.6.80”.

Poco antes de que acabara el 2011, se supo que Mario Mencía era el nuevo Premio Nacional de Historia. Doctor en Ciencias Históricas e Investigador Titular de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado recibió el más alto reconocimiento que se entrega a los historiadores en Cuba, según palabras del jurado, por los resultados relevantes en sus investigaciones, las cuales han dado títulos tan conocidos como La prisión fecunda, El grito del Moncada, Tiempos precursores y El Moncada, la respuesta necesaria. Curioso, si se tiene en cuenta que el premiado, de joven, solo llegó al primer año de bachillerato.

Tenía 16 años y tuvo que dejar los estudios para dedicarse a trabajar en una compañía de seguros. Pasó por varias, algunas de nacionalidad norteamericana y otras cubanas. En una de estas llegó a ser jefe de publicidad. Pero era un trabajador más, nada que ver con el mundo intelectual. De día, clasificaba riesgos, evaluaba a aquellos que solicitaban una póliza de seguro de vida, en función de sus investigaciones, se establecía el monto inicial que la persona debía pagar. En las noches, era clandestino.

Aunque, a decir verdad, no era de los que asaltaban armerías o estaciones. Su trabajo en el Movimiento de Resistencia Cívica, la rama del Movimiento 26 de Julio que se dedicaba a recaudar fondos para los combatientes, tenía que ver más con la propaganda que con las balas. Como impresor, iba a las casas secretas donde estaban los mimeógrafos para imprimir los boletines y los periódicos clandestinos. En cuartos claustrofóbicos, a veces con ventanas y puertas precintadas, Mencía también luchaba contra Batista.

Intentó formar una célula del 26 de Julio, pero solo logró reclutar a tres o cuatro amigos. En eso, el 1ro. de Enero de 1959. “Y ahí acabó mi historia clandestina. En realidad, no fue gran cosa” —se ríe y los ojos azules se hacen diminutos—. Iba a cumplir 28 años.

Poco después, en el 63, la Universidad de La Habana abrió una convocatoria para todo el que quisiera estudiar Ciencias Políticas o Periodismo. Los aspirantes no tenían que presentar ningún currículo estudiantil, solo aprobar los exámenes de ingreso. Más de diez años sin entrar a un aula y obtuvo la mayor calificación entre los 400 aspirantes.

Lo cierto es que nunca llegó a alejarse de los libros: “Yo los devoraba. Incluso ahora leo bastante, a pesar de que tengo mucho trabajo. Siempre me han gustado dos vertientes, las lecturas históricas y la narrativa”.

En las estanterías, rebosantes de lomos, uno puede encontrar desde los documentos de Ignacio Agramonte hasta la biografía de Antonio Maceo escrita por José Luciano Franco; las Obras Completas, de Lenin y la Crítica de la razón pura; Motivos de Proteo y El siglo de las luces. Sobre el escritorio, aún con olor a imprenta: Fidel Castro. Guerrillero del tiempo, de Katiuska Blanco.

De pronto, se pone de pie, camina hasta el portafolio, lo abre y saca un ejemplar de Cien años de soledad, la edición ilustrada por Fabelo. Al levantarse, noto que detrás del escritorio, sobre una mesa pequeña, me mira un busto de Martí. Deja de verme cuando Mencía se sienta de nuevo.

“A veces el trabajo me pone contra la pared —dice con el libro en la mano—y en medio de esa vorágine, agarro a Gabriel García Márquez y lo leo por enésima vez. Yo no estudié literatura, tampoco historia, pero son las líneas en las que me muevo. Mi estilo lo formé leyendo a los clásicos, tomé mucho de la buena literatura y del periodismo.”

Llegó a Bohemia siendo aún estudiante de Ciencias Políticas —escogió esa carrera para hacerse de una sólida cultura marxista-leninista— y publicó dos trabajos.

“No fue un mal debut, porque poco después siguieron pidiéndome artículos para Bohemia y Juventud Rebelde. Incluso me publicaron trabajos de dos páginas. Algunos eran sobre el Che en el movimiento revolucionario mundial, otro sobre el Che en América Latina, ese tipo de temáticas.

“El oficio de escritor me lo dio el periodismo —confiesa—. Si hay una literatura densa es la de filosofía, la de economía y la de historia. Sin embargo, gracias al periodismo aprendí que un buen inicio y un buen cierre son importantes, que los párrafos deben ser cortos, los títulos llamativos y también aprendí que si no atrapas al lector desde la primera línea, es una arrancada en falso. Sacrificaba mucho de mi tiempo libre para investigar y escribir los trabajos. Siempre intentaba buscar algo poco conocido para que a los lectores les resultara interesante. El mejor trabajo periodístico no es largo ni corto, es un trabajo hecho con pasión y bien escrito.”

Eran los 60, cuando muchos soñaban con cambiar el mundo, ya fuera desde las calles de París o en medio de la selva. Mencía se especializaba en los movimientos estudiantiles y las guerrillas que comenzaban a aparecer por toda América.

Tras graduarse va a trabajar a Juventud Rebelde en el Equipo Ideológico-histórico. Un año más tarde ya era jefe y tuvo acceso a muchos de los dirigentes guerrilleros y estudiantiles que venían a Cuba en secreto. Tres años después pasa a ser jefe del Equipo Ideológico de Bohemia.

Con el tiempo descubre, sorprendido, que muchos de sus entrevistados tenían una visión distorsionada, demasiado romántica, acerca del triunfo de la Revolución Cubana. Para ellos, Fidel había llegado en el Granma, ocupado la Sierra Maestra y, dos años más tarde, conquistado el poder. Desconocían todo un proceso histórico que había comenzado incluso antes del asalto al Moncada, con Antonio Guiteras y el repudio a su asesinato, ordenado por Batista. También ignoraban elementos esenciales como la lucha clandestina en las ciudades o el carisma de Fidel, quien logró capitalizar a su favor toda la aversión que había contra Batista, o las peculiaridades del campesino cubano, ese que arriesgaba su vida para ayudar a los rebeldes. El problema es que obviar estos detalles comenzaba a cobrar vidas en el continente, incluida la del Che.

“Pensé que si afuera costaba tanta sangre el desconocimiento de lo que había ocurrido aquí, pues mi misión era tratar de reconstruir con veracidad cómo fue el proceso insurreccional cubano. Esa es la razón por la que me dedico a esta profesión. A todo lo que he hecho en mi vida le he buscado el lado bueno y ha llegado a apasionarme, y la historia de la insurrección cubana es mi pasión.

“La historia no es una suma de sucesos —explica—, es un proceso, que lo conforman una serie de factores dinámicos, vivos, que se producen y van generando determinadas situaciones. Por ejemplo, sin un colonialismo español tan brutal en el siglo XIX, no hubiesen surgido un Carlos Manuel de Céspedes ni un Máximo Gómez ni un Antonio Maceo ni un José Martí. Eso lo genera el contexto, el proceso histórico que se está desarrollando en Cuba. Pero también están ellos, personas con determinadas características que van dando una respuesta a ese contexto. Los actores, más el escenario, conforman el proceso histórico.”

Luego, argumenta con el ejemplo de Fidel: “En la nueva edición que va a salir de El Moncada, la respuesta necesaria, explico que si Batista no llega a dar el golpe de Estado y el gobierno de Prío hubiese seguido su curso, Fidel no hubiera podido asaltar el Moncada, pues carecía de motivos. Incluso él lo ha dicho: aspiraba a representante para proponer leyes revolucionarias desde el Capitolio y después del golpe se frustra esa aspiración. En realidad, era una utopía, ese era Fidel antes del golpe, pero el 10 de marzo lo cambia por completo y su temperamento, su pensamiento, su madurez política, hacen que reaccione de la manera que lo hizo, algo que otros jamás hubieran hecho”.

“El ambiente forma al hombre y el hombre transforma el ambiente —concluye—. Eso es algo que tengo por convicción: es cierto que la historia la hacen los pueblos, pero también es verdad que sin liderazgo no hay Revolución. Dondequiera que hubo un liderazgo y lo frustraron, se ha terminado el proceso. En cambio, cuando el líder llegó al final del proceso, este se logró. Hablo de Rusia con Lenin, China con Mao Tse Dong, Vietnam con Ho Chi Ming y, por supuesto, Cuba y Fidel. ¿Crees que si hubiesen matado a Fidel en el Moncada existiría una Revolución como esta? Claro que no.”

Haberse especializado en la etapa de la insurrección no resulta nada fácil, pues, según los tiempos históricos, es un pasado bastante reciente. Y siempre corre el riesgo de perder detalles que después, con los años, salen a la luz. Algo que lo ha llevado a reformular varias interpretaciones:

“Cuando escribí El grito del Moncada, en 1986, reuní ahí todas mis experiencias desde el año 72 hasta el 86, compilé todo lo que había investigado y publicado en Bohemia y Juventud Rebelde durante esos 24 años. Pero después descubrí cosas que antes no conocía. En aquel entonces, aún era dependiente de fuentes indirectas que resultaron ser inexactas en algunos aspectos y yo cargué con esos errores en el libro. Luego, en el 2006, cuando publiqué El Moncada, la respuesta necesaria, limpié todo eso. Pero han pasado seis años más y ahora, en la edición ampliada, hay nuevos datos e interpretaciones que tal vez molesten a algunas personas, pero es una mejor aproximación a la realidad de aquellos sucesos. Por ejemplo, siempre se ha dicho que hubo un carro que se perdió y no llegó al Moncada, pero en realidad fue más de uno, por tanto, fueron menos los que llegaron a combatir.”

Guarda silencio, se pasa la mano por el cabello muy lacio, peinado hacia atrás, y luego suelta de golpe: “Otra cosa que digo es que el imperialismo no tuvo nada que ver con el golpe del 10 de marzo”.

Mi sorpresa resulta evidente. Uno no se espera algo como eso dicho así, a bocajarro. Por mi cabeza desfilan todos los maestros y maestras de Historia que alguna vez he tenido. Me reclino en el asiento y solo alcanzo a decir, tímidamente: “¿En qué se basa para hacer una afirmación así?”

“Principalmente en dos documentos —responde con tranquilidad—. Uno de ellos recoge la reunión que sostuvieron el Embajador norteamericano y el Ministro de Relaciones Exteriores cubano, que en aquel momento se llamaba Ministerio de Estado, el día 14 de marzo de 1952. El funcionario cubano dice que han pasado cuatro días sin que EE.UU. reconozca al gobierno de Batista, que el presidente estaba dispuesto, como siempre, a defender sus intereses en Cuba y demás. A lo que el Embajador responde que eso estaba muy bien, pero que nadie les había informado del golpe. Todo está recogido en un documento con la fecha exacta.

“El otro —continúa— es de mi archivo personal, se trata de una carta escrita por el embajador de Cuba en EE.UU., Guillermo Bell, donde cuenta que en enero de 1949 un Senador le hace una invitación a almorzar, en ese momento Prío lleva solo tres meses en el gobierno. Durante el almuerzo, el Senador aconseja a Bell que tuviesen cuidado con Batista, porque había indicios de que estaba preparando un golpe. Un senador norteamericano que va a formar parte de la Comisión de Relaciones Internacionales en el Senado de EE.UU. alerta al Embajador cubano. ¿Si fuese un golpe patrocinado por los yanquis, lo hubiese hecho?”

Sin duda, el libro promete. Pero más allá de las reinterpretaciones, los datos ocultos y las subjetividades, lo que jamás puede hacer un investigador es falsear la realidad. Se refiere a varias investigaciones que ha hojeado, muchas de ellas escritas en EE.UU., acerca de la historia de Cuba:

“Hay algunos autores que son investigadores serios, pero hay otros que no, que viven de escribir contra la Revolución Cubana. Ellos dicen lo que les da la gana y no demuestran nada. Ninguno de ellos, con algunas excepciones contadas con los dedos, son investigadores ni historiadores, son políticos que viven de denostar a la Revolución Cubana y les dan tratamiento de historiadores. No investigan, inventan. Ese es el peligro de lo subjetivo, porque como mismo se inventa para denostar a la Revolución, también se puede llegar a hacer lo mismo para ensalzarla. Tengo simpatías y antipatías, como todo ser humano, y eso influye en mis obras, pero trato de que lo haga lo menos posible. El historiador no puede abstraerse de su personalidad cuando investiga y reconstruye la historia, es inevitable, pero si tiene un cúmulo de información, uno tiene que basarse en ella. Esta se puede reinterpretar, pero no modificar y mucho menos omitir.”

Tal vez por eso insiste en que al enseñar historia, debe haber un equilibrio entre el relato de los hechos y las interpretaciones. Porque muchas veces se acude a la simple enumeración de fechas, sin el necesario ejercicio analítico; y otras, analizan tanto, que olvidan contar lo que ocurrió. Según Mencía, ambos extremos son perjudiciales: “Siempre intento, y esto viene de mi beta de profesor en la Universidad, buscarle la utilidad a la historia para acercarla a los jóvenes. La historia tiene que ser útil para la actualidad. Estoy convencido de que no puede ser una asignatura más, tiene que ser la columna vertebral de nuestra enseñanza. Los jóvenes deben conocer el heroísmo del siglo XIX, la historia de aquellos patricios que lo abandonaron todo por la independencia, así como la de los jóvenes que se jugaron la vida contra Batista. Porque si uno no conoce el pasado, ¿por qué defendería el presente? Para eso sirve la historia. Si no inculcamos en las nuevas generaciones el amor a la patria, entonces, ¿qué tendremos? ¿Cómo preservaremos esta raza única que somos los cubanos? Enseñar la historia es una manera de preservar la nacionalidad”.

Minutos antes, mientras conversábamos, llegó el hijo con uno de los nietos. El parecido del primero es asombroso, ambos tienen el mismo perfil aguileño, el pelo muy lacio y los ojos azules. El nieto, no tanto: piel trigueña, iris oscuros y todo parece indicar que será el más alto de los tres.

“Este es Gino Mencía —me dijo el abuelo orgulloso—, acuérdate de ese nombre, porque algún día lo vas a ver en el equipo de Industriales.”

El chico sonrió entusiasmado. Debía tener diez u 11 años, en realidad, poco importa. Lo relevante es que ese día era su cumpleaños. En la habitación de al lado, aguardaba el regalo del abuelo. No se trataba de un guante de béisbol ni un bate ni de la gorra del equipo en el que picheará cuando sea mayor; era, sencillamente, un libro.

 
 
 
 



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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.