La Habana. Año X.
18 al 24 de FEBRERO
de 2012

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Esther Acosta: editora ejemplar
Eduardo Heras León • La Habana
Fotos: Yaima Amador (La Jiribilla)

Estimados amigos:

Quería cumplir de la manera más decorosa la encomienda que el jurado del Premio Nacional de Edición 2011 había depositado sobre mis hombros para, cumpliendo con la tradición de estos certámenes, efectuar el elogio de la ganadora de este año: Esther Acosta Testa. Quería, además, ser original y no repetir algunas de las cualidades de la editora premiada, que podía recordar de mi experiencia personal de trabajo y mi amistad de más de 30 años con esta mujer que con todo merecimiento recibe este preciado galardón, el más importante que pueda recibir un editor en nuestro país.

De manera que en lugar de evocar su ejemplar labor de tantos años y de tratar de reflejarla en estas líneas, se me ocurrió hablar con sus viejos compañeros de trabajo, de sueños, avatares y esperanzas y preguntarles, así sorpresivamente lo siguiente: ¿Cómo definirías con una palabra o tal vez una frase, quién es Esther Acosta? Acudí a sus amigos que trabajaron con ella en la Editorial Arte y Literatura primero, Letras Cubanas después y, por último, en el Fondo Editorial Casa de las Américas. Las respuestas hablan por sí solas; algunas fueron inmediatas, otras necesitaron un tiempo de meditación, pero —tengo que decirlo—, no hubo sorpresas: fueron las respuestas previstas, las mismas que hubiera utilizado yo. ¿Una palabra o frase para definir a Esther?: Seriedad, disciplina para con su trabajo, rigor, exigencia, vista de águila para detectar errores, capacidad de trabajo, talento organizativo, racionalidad que mete miedo, confianza en la capacidad de sus subordinados y sabiduría para aquilatar esas capacidades; exige pero sabe estimular; vocación indiscutible para el trabajo editorial. Voy a mencionar solamente el nombre de una gran editora, también Premio Nacional, Ana María Muñoz Bachs, porque sin pensarlo casi, sin que apenas terminara de formular la pregunta me respondió con una extraña palabra que me obligó a acudir al diccionario. Me dijo: “¿Esther? Zahorí”, palabra que creo haber escuchado si acaso un par de veces en mi vida y cuyo significado, por supuesto, no recordaba. Le respondí a Ana María: “¡Qué horror! ¿Qué palabra es esa?” Y ella me dijo: “La que lo ve todo y no se le va nada”. Y yo todavía inconforme, acudí al diccionario que me aclaró que un zahorí es “persona a quien se atribuye la facultad de descubrir lo que está oculto”, o “persona perspicaz y escudriñadora, que descubre o adivina fácilmente lo que otras personas piensan o sienten”. En pocas palabras, cada epíteto, y particularmente este último, aludía a una Esther posible, y todos juntos a una sola Esther verdadera.

Y entonces me puse a recordar los lejanos días en que una editora menudita, cuya presencia era casi inaudible, comenzó a trabajar en Arte y Literatura en la Redacción de Teatro y en poco tiempo convirtió esa redacción, un tanto aletargada y retrasada del resto, en un organismo lleno de vida, que rápidamente se enriqueció con la obra de los más importantes dramaturgos del país. Y recordé los días en que ya Redactora Jefa de Letras Cubanas se convirtió en lo que es hoy: una de las personalidades editoriales más destacadas del país, con una experiencia asombrosa en el manejo de una editorial: pocas veces he visto un talento, conocimiento y rigor semejantes para organizar, confeccionar y ejecutar en la práctica un plan editorial. Yo dirigía en aquel tiempo la Redacción de Narrativa y sufrí en carne propia ese contradictorio rigor tierno, esa fraternal exigencia, esa bondadosa seriedad que caracterizaba su trabajo, y también ¿por qué no confesarlo?, su vista de águila que sabía encontrar en un libro de 500 páginas, una errata en la 298 o en la 396, cuando ella efectuaba su implacable revisión de cada original terminado.

¿Y cómo no recordar los diez años en que juntos reorganizamos, o más bien reconstruimos la Editorial de la Casa de las Américas, que habíamos recibido casi en ruinas, como ha señalado en alguna ocasión Roberto Fernández Retamar, y convertimos en una editorial altamente profesional, en la cual creo que dejamos nuestra huella?

Supongo que cada uno de sus amigos tendría una anécdota que contar de su trabajo con Esther. Algunas las viví de cerca; otras me han contado, como la de aquel difícil momento, cuando Esther dejó de trabajar en Letras Cubanas, y todo el mundo quedó desconcertado ante el desastre de su partida, lo que los hizo tomar una determinación que se tradujo en una consigna: “Editores de Letras Cubanas, seremos como Esther”.

Toda esta historia es parte imborrable de nuestras vidas. Pero, además de estos elogios, que estoy seguro están violentando su bien conocida modestia, yo quiero añadir una dimensión que no forma parte estricta de su trabajo como editora, pero que lo eleva a alturas insospechadas, porque es inseparable de su personalidad: Esther Acosta es uno de esos seres humanos cuyo contacto enriquece porque su capacidad de comprensión humana, su experiencia vital siempre está en función de ayudar a todo compañero que se acerca a ella con un problema que rebasa el ámbito laboral. Yo, y sé también que muchos otros compañeros, hemos recibido los beneficios de esa comprensión y esa experiencia. Y permítanme citarme como ejemplo: yo, que he recorrido unos cuantos años más que ella en la carrera de la vida, la he considerado siempre como mi hermana mayor.

Sé que muchos de sus amigos aquí presentes hemos disfrutado de este premio como propio. Porque es el homenaje que desde hace muchos años, el movimiento editorial cubano le debía a esta editora ejemplar. Sin embargo, creo que hay un homenaje mejor que desde hace tiempo sus viejos compañeros de la Casa de las Américas le rinden, acaso sin saberlo, porque forma parte de la más absoluta cotidianidad. En su Fondo Editorial, cuando se necesitaba una información urgente o complicada o apenas conocida, se acudía a Esther Acosta, que buscaba y encontraba en su computadora, que era una especie de archivo general de toda la actividad editorial de la Casa, la información pedida siempre oportuna y exacta. Han pasado varios años, y Esther ya no trabaja allí, pero en ese lugar se estableció prácticamente una tradición: hoy, cuando se necesita alguna información de cualquier tipo, y alguien pregunta dónde se puede conseguir, los editores responden: “búscala en la computadora de Esther” ¿Puede concebirse mejor homenaje?

Gracias.

Palabras de elogio a Esther Acosta por el Premio Nacional de Edición 2011. Sala Nicolás Guillén, Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Lunes 13 de febrero.

 
 
 
 



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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.