La Habana. Año X.
18 al 24 de FEBRERO
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Entrevista con la narradora cubana Karla Suárez
Enferma de optimismo
Helen H. Hormilla • Cobertura especial de La Jiribilla
Fotos: Yaima Amador (La Jiribilla)

Acababa de empezar la universidad cuando escuché hablar por primera vez de Karla Suárez. Era en una de esas “descargas” en que la tarde se ha unido con el alba por las incansables conversaciones sobre la vida, la música o la literatura. Fue entonces cuando alguien mencionó a Espuma como uno de los mejores libros de cuentos escritos en los últimos años en Cuba y con ingeniosa previsión se negó a prestármelo. Poco después, una amiga me hizo llegar un ejemplar de carátula remendada y hojas desgastadas por el uso: “Este libro pasó de mano en mano por todo mi albergue del Pre, así que cuídalo”, me dijo; pero con esa generosidad que otorga el afecto, me cedió para siempre la posesión del texto.

Leí de forma voraz aquellas historias, unas realistas, otras fantásticas y parabólicas. Historias que dejaban ver una poderosa imaginación y sensibilidad para captar los conflictos humanos de forma desenfadada, mujeres muchas veces sumergidas en una realidad existencialista y cuyas reacciones a los conflictos dejan de responder a un arquetipo de feminidad determinado. Lo mismo me ocurrió cuando por fin se publicó en Cuba su novela Silencios (Letras Cubanas, 2008). Me encontré atrapada por la candidez de la protagonista, por la aparente desidia con que se enfrenta al mundo y el modo en que la historia de estas décadas de Revolución queda esbozada en la constante sucesión de mutismos, ausencias y aislamientos que rodea a los personajes de la novela. Su mensaje pone al descubierto el sentir de toda una generación tal vez escéptica, pero profundamente humana.

Poco a poco he ido conociendo a la autora a través de las reseñas y ensayos sobre sus libros, o por sus entrevistas en diversas publicaciones culturales. He sabido que aunque Espuma (Letras Cubanas, 1999) fue su primer libro, ya otros cuentos habían aparecido en revistas y antologías, que forma parte de esa generación de narradores cubanos que en los 90 comenzó a contar la vida de otra manera (¿posmoderna, novísima, ecléctica?), que fue cantante y se graduó de ingeniería porque guardaba el sueño de ser una gran científica y que sus pasos ya no andan por el trópico habanero, sino que han transitado por Italia, París y Lisboa, ciudad donde actualmente reside.

Karla Suárez (1969) es una de las escritoras contemporáneas que ha abrazado el éxito en el extranjero. Desde que en el año 1999 recibiera el premio Lengua de Trapo en España por su primera novela se ha dado a conocer en Europa donde ha publicado entre otros volúmenes Carroza para actores, de cuentos; la novela La viajera y los libros de viajes Cuba les chemins du hasard (2007) y Lézardes (2007), en colaboración con los fotógrafos Francesco Gattoni e Yvon Lambert. Con Silencios integró las mejores diez novelas publicadas en España en el año 2000 según El Cultural de El Mundo, lo cual ha impulsado parte de su carrera en el viejo continente donde sus textos han sido traducidos al francés, portugués, italiano, alemán y esloveno. Ahora mismo, la Editorial Unión trae a la Feria del Libro la edición cubana de Carroza…, con lo cual Karla regresa nuevamente a complacer a sus lectores naturales.

Escribir fuera de Cuba no le ha hecho seguir las leyes de un mercado que encasilla a los narradores de la Isla en una moda temática y estilística. La literatura le ofrece la posibilidad de estar en la piel de los otros, de inventarse universos distintos y de reflexionar sobre el que la circunda, privilegio al cual no pretende renunciar. Según ha revelado: “lo interesante de la literatura, para mí, es poder describir y convertir en real algo que no está en mi experiencia vital”.

Aunque no se plantea como objetivo el contar desde la mujer, sus personajes femeninos ofrecen una interesante perspectiva que desmitifica ciertos criterios sesgados sobre la feminidad. Por esta razón, figura en casi todas las antologías y estudios referidos a la narrativa de mujeres en el país, en especial la de aquellas escritoras que aparecían por el crispado fin de siglo cubano.

Llegué a ella recomendada por un amigo común, pero estoy segura de que tal aval fue totalmente innecesario. Lo diáfano de su trato, como si nos conociéramos de toda la vida, me reveló enseguida a una persona de las que gusta hacer amigos. Aunque las preguntas y respuestas viajaron por correo electrónico (Habana-París-París-Habana), la entrevista resultó un diálogo cálido. Y como no nos hemos visto nunca, entonces me cedo el placer de imaginarla risueña, de pelo y gracia rebelde como descubren sus fotos, ingeniosa, pícara e imaginativa; una mujer amantísima, de las que prefieren no encerrarse en clasificaciones.

Al comentarle a un amigo sobre esta entrevista, él recordaba haberte conocido como la cantante que acompañaba a Carlos Varela y otros trovadores jóvenes en la década de los 80. Me gustaría comenzar hablando de aquella etapa en que te inclinaste por la música, sobre lo que sentía tu generación, ¿tal vez alguna especie de rebeldía descreída? ¿Cuánto favoreció o influyó esa época en tu posterior desempeño como escritora?

¡Cuántas preguntas juntas! Trataré de organizarme. Creo que esa etapa de mi vida fue muy importante. Empecé a cantar cuando estaba en la universidad, aunque antes había estudiado música en el conservatorio Caturla (durante la secundaria), o sea, que la música me venía de formación también. A finales de la década de los 80, La Habana era muy distinta de como es ahora, o al menos esa es la impresión que tengo. Era una ciudad con una vida cultural bastante fuerte, todavía el país no había caído en el período especial y nosotros éramos jovencitos que empezábamos a cuestionarnos un montón de cosas sobre el país y la sociedad. En los ambientes que yo frecuentaba se leía mucho, y los libros que no se publicaban en Cuba se pasaban de mano en mano. La gente escribía, cantaba, pintaba, no sé, todo el mundo hacía o quería hacer algo. Escuchábamos música de la Nueva Trova y rock, mucho rock argentino, y  discutíamos y bebíamos, hasta que llegaron los 90 y el país empezó a cambiar de la noche a la mañana y era como si te pasara una aplanadora por la cabeza. No sé si para toda la generación, no me gusta hablar en plural, pero para mí fue como si todos esos sueños que proyectaba para mi futuro ya no pudieran realizarse. Acababa de terminar una carrera (soy ingeniera electrónica), y mi sueldo no servía para casi nada. Además el país iba cambiando muy de prisa y uno se preguntaba ¿por qué?, ¿qué está pasando? Era preocupante, porque nuestros “sublimes” sueños culturales se volvían nada ante la necesidad de buscar cómo ganarse la vida. ¿Iconoclastas?, ¿carentes de fe? Quizá, pero es que justo cuando estábamos creando nuestros sueños, tuvimos que cambiarlos, ¿no? De cualquier modo, fue una etapa muy enriquecedora para mí y me alegro de haber vivido aquellos años, donde hice todo lo que pude y hasta más. Como persona tengo montones de vivencias y de esto puede sacar partido la escritora.

Has dicho que de alguna manera tu madre es la culpable de tus aficiones literarias. ¿Por qué? ¿Cuáles fueron las razones y el camino que te llevaron a decidirte por la escritura como profesión?

Es que cuando era niña mi mamá era profesora de literatura, mi casa está llena de libros y ella siempre tenía una historia a mano. Además, le gustaba hacer una especie de talleres literarios en casa, con mi hermana y conmigo, la pasábamos muy bien, por eso digo que es la culpable: me contagió la enfermedad de la literatura. Empecé a escribir de niña, tenía un montón de faltas de ortografía, pero una necesidad enorme de inventar historias, aunque de niña no soñaba con ser escritora, yo escribía porque sí, porque me gustaba, me hacía falta. Mi sueño era ser científica. Fue en la época de la universidad cuando empecé a conocer a otros jóvenes que escribían, comenzamos a leernos mutuamente y quizá me pasó por la mente que algún día podría ser escritora, aunque estaba estudiando Ingeniería, pero soy así.

Llama la atención que una escritora se incline por el mundo de las matemáticas o las ciencias, sobre todo porque estas referencias no son habituales en tu literatura. ¿Por qué quisiste ser ingeniera? ¿Aún ejerces esa profesión?

Empecé a escribir de niña, pero soñaba con ser científica, yo adoraba las matemáticas y las ciencias en general, por eso estudié Ingeniería. Luego, estando en plena ingeniería, empecé a asistir en serio al taller literario y más que en electrones pensaba en grandes novelas. No me preguntes por qué, mi cabeza está dividida en dos y no creas que la entiendo mucho. El asunto es que nunca he dejado del todo mi profesión, he sido profesora de informática, técnico, webmaster, en fin, un poco de todo,  porque no quiero prescindir de esta parte de mí, me encanta abrir los objetos para ver si puedo repararlos, una tienda de herramientas es mi perdición (seguro que eso me viene de mi padre que todo lo arregla). Mi problema es que no puedo dedicarme a una sola actividad, siempre he sido así y creo que ya es tarde para cambiar. En cuanto a la literatura, siempre hay un ingeniero en mis novelas, aunque no se la pase hablando de su profesión, porque muchas veces no viene al caso. Mi última novela, sin embargo, sí que tiene mucho que ver con el mundo de la ciencia, dos de los protagonistas son matemáticos y su mundo de referencias son los números.

En una entrevista, decías que Silencios es una especie de retrato de un tiempo que quizá no fue tan optimista. Allí, la protagonista escribía sobre la literatura en los 90: “Se me antojaba que los escritores hacían periodismo (…) Resultaba aburrido”. Esta tendencia de una literatura casi costumbrista proliferó en cierta parte de los escritores de esa etapa y tuvo una buena recepción en el mercado internacional. ¿Por qué tu mirada se fue hacia otros espacios?

Estoy en parte de acuerdo con la protagonista, en aquel tiempo casi más que literatura a veces parecía periodismo, pero es que faltaba el periodismo, faltaban las noticias, la sociedad estaba cambiando muy rápido, la gente estaba llena de preguntas y los escritores se hacían las mismas preguntas en sus textos. Estoy segura de que si alguien toma los cuentos que se escribieron en aquella época y los periódicos que se publicaron, va a saber mucho más sobre la realidad por los cuentos que por los periódicos.

Ahora, mi caso, ¿por qué mi mirada se fue hacia otros espacios? Pues será porque eran espacios que también me interesaban, porque estaba saturada de la “realidad cotidiana”, porque mis intereses como escritora desde mucho antes no eran contar mi día a día sino inventar otras historias, otros mundos.

¿Cuáles fueron las marcas de ese tiempo poco optimista que más incidieron en tu vida y en tu manera de pensar?

Todo lo que vivimos nos marca, uno aprende de cada cosa y a cada momento, o al menos yo. Por malo que parezca, siempre le encuentro su “ladito” positivo, soy un ser enfermo de optimismo. De ese tiempo me quedaron grandísimas amistades, gente que quiero mucho y que andan por todas partes y cuando nos vemos empezamos con los “te acuerdas”, pero casi siempre vienen los mejores recuerdos, lo cerca que estábamos, lo amigos que seguimos siendo. 

Si bien tus cuentos van más a los conflictos individuales de los seres humanos, en algunos como Aniversario o Espuma, sí se tratan problemáticas relacionadas con la crisis, siempre desde un prisma femenino. ¿Consideras que este momento tuvo particulares incidencias en las mujeres?

La mujer estuvo más afectada porque simplemente tenía muchas más responsabilidades, no hay que olvidar que nuestra querida Isla es muy machista. Entonces, la mujer iba al trabajo y luego le tocaba ocuparse de los hijos, buscar la comida, que en los primeros años del período especial no era lo que sobraba. Cocinar, ocuparse de las cosas de la casa y hacerlas antes que se fuera la luz, en fin, a la mujer le tocaba inventar constantemente. Muchas mujeres, además, se quedaron en Cuba con los hijos mientras sus hombres se fueron del país, muchos con la idea de trabajar y mandar dinero, seguro, pero la mujer se quedaba con la responsabilidad de los hijos. Yo era bastante jovencita en ese tiempo y no tenía grandes responsabilidades, pero conozco a muchas que sí estuvieron muy afectadas con la crisis.  

Varias veces has declarado que no piensas que tu condición de mujer sea determinante en la escritura, sin embargo, tus cuentos y novelas son constantemente referenciados como ejemplos de escritura femenina y se les incluye en antologías de este corte. ¿A qué se debe la paradoja? ¿De qué manera lo femenino en tu literatura se instaura de manera consciente?

Me incluyen en antologías femeninas porque soy mujer y en cuanto a las referencias, pues no soy responsable de las opiniones ajenas. Siempre me ha molestado la diferenciación de “literatura femenina”, porque nunca he escuchado que exista la literatura masculina... Soy mujer porque me lo dice el espejo (y otras evidencias) y seguro que este hecho de la naturaleza determina muchas cosas en mi vida, pero no estoy pensando particularmente en mi condición femenina a la hora de escribir. Hasta ahora las protagonistas de mis novelas han sido mujeres, sí, porque soy mujer (así también puedo hablar de los hombres que me gustan tanto), aunque a veces me han dicho, por ejemplo, que la protagonista de Silencios es muy “masculina”, ¿quién los entiende, no?

¿Crees en la necesidad de reivindicación de las mujeres? ¿Cómo pudiera influir en ello la literatura?

Vamos a ver, todo sector marginado tiene que reivindicar sus derechos. La mujer, a lo largo de los tiempos y en muchas sociedades, ha sido marginada y muchos de los derechos que tiene ahora en sociedades como las europeas, por ejemplo, han sido ganados con largas batallas. Todavía hay países en los que la mujer tiene que pelear por el derecho al aborto, entre otras cosas. En este sentido la literatura puede influir del mismo modo en que influye en otras cosas: mucho o nada. No creo que la literatura pueda cambiar la realidad, pero sí que puede llamar la atención sobre ciertos aspectos, claro, en el caso de que el libro llegue a muchas manos.

¿Qué es lo que más te gusta de ser mujer?

Pues, visto que no tengo intenciones de cambiar de sexo, me gusta todo.

En Un poema para Alicia y en Elena y Elena, existe una referencia a la violencia física y sexual contra las mujeres, y a cómo estas mismas pueden hacerse partícipes de su propio perjuicio. En un interés de problematizar una mirada parcial que fija solo víctimas y victimarios como creo que es la intención de estos cuentos, me gustaría saber cómo surgieron dichas historias y cuánto te preocupa la violencia como tema en tu literatura.

Un poema para Alicia surgió mirando una foto donde había una muchacha encadenada, pero no se le veía el rostro. Esa foto me impresionó mucho, era desoladora, me dio pena y hasta un poco de miedo. De ahí salió la historia donde hay una Alicia débil y a la vez empecinada, es un personaje raro, me fascinan los personajes raros. Elena & Elena surgió en parte de alguna historia que había escuchado y luego de otras historias de robos de bicicletas tan comunes en la época. Siempre me ha llamado la atención la relación que se establece entre víctima y victimario, esa dependencia psíquica, algo enfermizo, no sé, pero que sucede con frecuencia, como en el caso de estas dos mujeres que sufren, pero no pueden separarse de quienes les provocan el sufrimiento. No me gusta la violencia y me pongo furiosa si veo violencia con los más débiles, no lo soporto, en ese caso puedo volverme violenta. Por eso, me cuesta entender cómo alguien pueda padecer callado, por qué. Escribir las historias a veces sirve para tratar de meterse en la piel de la gente e intentar entender de algún modo qué mecanismos se activan en estas cabezas, cuál es la lógica que funciona. Fui Alicia y fui las dos Elenas el tiempo que duró la escritura, no creas que llegué a entender demasiado, pero de seguro no quisiera ser ellas. Ojalá estas historias le sirvan a alguien para algo.

Tus personajes femeninos rompen ciertos cánones tradicionales al encontrarse en otras opciones y espacios, al asumirse sensuales y dueñas de su propio placer. ¿Eres también una de esas mujeres que rompen con lo tradicional?

¿Romper con lo tradicional? No, nunca. En mi casa somos muy tradicionales. Mi marido se ocupa de la cocina diaria (soy genéticamente negada a la cocina), mientras yo me ocupo de cambiar bombillos, reparar tuberías, arreglar efectos electrodomésticos y otros hobby que me divierten. En mi cartera, hay siempre un creyón de labios y un destornillador (nunca se sabe). Estudié una carrera muy femenina (éramos cuatro o cinco mujeres entre 20). Y así con casi todo. Creo que si mis personajes no son tradicionales no es por pura originalidad de ellas ¿sabes? Pero mejor es no decírselo para que no se molesten (¡ a ver si se van a volver tradicionales!).

En los cuentos de Espuma y en Silencios, los personajes son un tanto escépticos e irreverentes y están imbuidos en una atmósfera existencialista. ¿Crees que esta sea una tendencia compartida por tu generación: el no creer, el no confiar? ¿Por qué preferir estos sujetos simples, con simples historias, pero repletos de grandes conflictos?

“El no creer o no confiar” puede ser una tendencia de parte de mi generación. Para los cuentos, si el conflicto es muy grande me parecen interesantes justamente los sujetos simples, porque entonces el conflicto es el centro. Un cuento, como decía Cortázar, es como una fotografía, está centrado en algo concreto y el hecho de elegir a un personaje, digamos “más limpio”, hace que el conflicto se pueda desarrollar mucho mejor.

Una vez contaste que lo que te interesa de la realidad es la persona y su complejidad. En este sentido, ¿cómo pueden ser también esos conflictos individuales expresión de una realidad social determinada: “parábola de un resquemor hacia lo trascendente”?

La protagonista de mi última novela es licenciada en Matemática y está estudiando algo sobre la geometría fractal. Te voy a responder como si fuera ella. Una de las características que más me gustan de los fractales es que tienen autosimilitud, o sea, que si tomas un fragmento de la figura te das cuenta de que es una réplica a menor escala de la figura principal, el todo está incluido en cada parte. La sociedad puede verse también como un fractal: si tomas un individuo y su conflicto, este puede expresar en menor escala el conflicto social y, para mí, que no soy especialista en nada, será mucho más fácil analizar a un individuo que a toda una sociedad.

Sobre los cubanos en el extranjero todos siempre tienen algo que decir. ¿Cuán difícil ha sido para una escritora cubana que vive fuera de Cuba la inserción en el mundo editorial? ¿Cómo te afectan esos supuestos que generalmente caracterizan a los cubanos y a la escritura que el mercado pudiera esperar de una emigrada?

Tuve suerte, porque en realidad entré al mundo editorial con cierta facilidad, gané el Premio Lengua de Trapo (junto con Ronaldo Menéndez) cuando apenas había comenzado a vivir fuera y no tenía la más mínima idea ni del mercado editorial ni de nada. Con el premio vino la publicación de la novela en España y en otros países, pero realmente no tuve que salir a buscarlos, por eso digo que tuve cierta suerte. Ahora, el problema no es entrar al mercado editorial, el problema es mantenerse. Vivimos en un mundo donde las cosas duran muy poco, los objetos se van a la basura en poco tiempo para que compres otro y con las personas hay un culto extremo a la juventud, todo tiene que ser nuevo y ser noticia. En cuanto al tema cubano aquí en Europa hay muchos prejuicios, aunque no solo con Cuba, también con otros países sucede lo mismo. Muchos editores, periodistas o críticos tienen una idea preconcebida de Cuba y aceptan solo lo que se ajuste a esa idea, si les vienes con otra historia, entonces consideran que “no es interesante” o que “no se vende”, que es una frase que detesto, pero que desgraciadamente cada vez se escucha más. Son como fórmulas, como recetas de cocina: un escritor debe hablar de ciertos temas si es cubano, o de otros si es haitiano, o de otros si es mexicano, de lo contrario pueden dejar de interesarse en ti. Por fortuna, no todos los editores son así, hay mucha gente que no acepta que les determinen nada, que apuestan por un autor y publican su obra porque creen en él. Hasta ahora he tenido este tipo de editores y la verdad es que no he renunciado a nada y seguiré con ellos mientras pueda, porque no voy a renunciar a nada. Ya te dije, lo mío no es la cocina, no entiendo las recetas.  

A pesar de escribir fuera de la Isla, tus libros publicados fuera siguen hablando de situaciones o personajes de aquí. ¿Te has propuesto abandonar a Cuba como presencia? ¿Qué nuevas dimensiones le han dado a tu literatura el vivir en otra latitud?

Una pequeña aclaración, no son mis tres libros publicados, son mis tres novelas, porque también he publicado dos libros de cuentos y un libro de crónicas de viaje. Yo no creo que me he propuesto concientemente abordar o abandonar a Cuba en mis textos, es algo que simplemente sucede, sobre todo con las novelas, porque con los cuentos muchas veces pienso en historias que pueden ocurrir en cualquier sitio. Mi primera novela, Silencios, la escribí estando en Cuba y en ella quería hablar de situaciones y personajes que veía todos los días, que eran parte de nuestra vida cotidiana. Luego me fui y escribí La viajera, que no transcurre en Cuba y donde casi todos sus personajes son extranjeros excepto las protagonistas que son cubanas y hablan todo el tiempo de la Isla, algo frecuente entre los cubanos emigrados. Cuando empecé a escribirla, yo llevaba poco tiempo viviendo en Roma, acababa de convertirme en una emigrante, por tanto estaba llena de preguntas sobre la situación de los extranjeros y el hecho de vivir en otro sitio, o sea que, como en el caso anterior, los personajes tenían que ver de algún modo con mi vida. En mi última novela Habana, año cero, regreso a La Habana, específicamente a la ciudad de 1993, un año célebre por lo duro que fue. Yo creo que, en general, los temas están siempre muy ligados a la vida que estamos viviendo, a las cosas que nos sorprenden o nos llaman la atención en ese momento y a lo que, gracias a la distancia y al tiempo transcurrido, podemos ver más claramente. Yo hace trece años que vivo fuera y a veces es como si necesitara de algún modo reconstruir el país, que no se me olvide, que no se me pierda. En cuanto a la segunda pregunta, creo que vivir fuera nos cambia la perspectiva, te alejas del espejo y tu imagen es mejor. Viviendo fuera he conocido otros lugares y gente de muchas partes, por ello he podido comparar y revalorizar ciertas cosas. Sé que, poco a poco, me he ido interesando en aspectos de nuestra cultura que antes no me interesaban tanto, y también sé que muchas características de nuestra sociedad se me han vuelto insoportables e incomprensibles. Vivir en distintos lugares me ha convertido a Cuba en una especie de globo que se infla y se desinfla, unas veces es superior a lo que yo pensaba y otras se me queda chica, pero lo importante es que se mueve, que para mí se mueve y entonces la busco y la reinvento.

¿Cómo recuerdas La Habana desde la lejanía? ¿Cuáles son tus nostalgias?  
A La Habana vuelvo cada vez que puedo, aunque no tanto como quisiera y cuando estoy lejos, la recuerdo hermosa, es una de las ciudades más hermosas que conozco a pesar de su falta de pintura y de lo destruidos que están muchos barrios. La Habana conoce mi historia como no la conocen ni Roma ni París ni Lisboa que es donde he vivido. A La Habana no tengo que explicarle quién soy yo. A La Habana la maldigo y luego le doy un beso. Le digo “linda” y luego le tiro la puerta en la cara. Somos familia y a la familia todo se le perdona, “o casi todo que no es lo mismo, pero es igual”. Tengo nostalgia de mi familia, de los amigos, del mar y del modo de asumir la vida que tenemos los cubanos.

¿Te interesa seguir publicando en Cuba?

Acabo de publicar mi libro de cuentos Carroza para actores en Cuba y claro que me interesa, quisiera publicarlo todo.

¿Los personajes de este libro, son marcados por la desdicha?

Los personajes de este libro son gente común que quiere, como casi todo el mundo, ser feliz. Claro, la felicidad es un concepto muy personal y por tanto cada uno la busca del mejor modo que puede. Lo que los unifica es la intensidad de esta búsqueda. Son personajes tan intensos que a veces rozan en el delirio, pero es precisamente esto lo que los vuelve interesantes para mí. Hay enamorados y suicidas, solitarios y maníacos, unos seguros de sí mismos y otros completamente desorientados, y todos buscan ser felices, aunque, como dije antes, el concepto de felicidad es personal y si implica a más de uno pues las cosas pueden complicarse, entonces vienen las desdichas. Pero no me gusta decir que están marcados por la desdicha (yo les tengo cariño), ellos simplemente viven y sí, a veces las cosas no les salen muy bien, pero eso es parte de la vida, ¿no?

Este libro tiene varios años de publicado, pero solo ahora llega a Cuba. ¿Cómo crees que se conecte con la literatura reciente que se está haciendo desde esta orilla de la Isla?

Desgraciadamente no estoy muy actualizada con la literatura reciente, conozco el trabajo de la gente de mi generación y de mis amigos, pero desde fuera no tengo acceso a lo más nuevo. Espero, claro, que se conecte bien, pero eso solo lo sabré con el tiempo.

¿Cómo son tus relaciones con los escritores cubanos de tu generación? ¿Te identificas con algunos?

Tengo muchos amigos escritores cubanos de mi generación, muchos que nos conocemos de hace tiempo y que poco a poco nos hemos ido haciendo escritores. Algunos que viven en Cuba y otros fuera, que nos leemos y nos respetamos. Y sí me identifico con alguna de las escritoras, a Ena Lucía Portela y Anna Lidia Vega Serova, por ejemplo, las admiro muchísimo.

Tal vez Silencios sea tu novela de más éxito. Pero, ¿con cuál de tus libros te sientes más complacida? ¿Cuál es el más importante?

El más importante siempre es el que estoy escribiendo, los otros ya son grandes, hablan, caminan y se fueron de casa, pero del libro en el que estoy trabajando aún me quedan muchas cosas por descubrir y eso lo vuelve súper importante.

¿Cuáles son tus influencias literarias y culturales en general? ¿Qué autores te sirven para curar los insomnios o simplemente como compañía?

Siempre he creído que todos los autores que nos gustan, nos influencian de algún modo, tal es así que me ha sucedido releer autores que me habían gustado mucho cuando tenía 16 o 17 años y, al releerlos, he descubierto cuánto influenciaron mi manera de pensar e incluso mi manera de acercarme a la literatura. Te haré una pequeña lista de los que más recuerdo ahora: Dostoievki, Kafka, Virginia Woolf, Borges, Cortázar, César Vallejo, Mario Benedetti, Vargas Llosa, Edgar Allan Poe, Henry Miller, Salinger, Ray Bradbury, Dino Buzzati, Italo Calvino, Víctor Hugo, Sartre, Boris Vian, Anais Nin, Albert Camus. De los cubanos, Carpentier y Virgilio Piñera. Seguro que se me olvidan muchos, pero ya me acordaré la próxima vez que me pregunten.

¿Para qué te sirve la literatura? ¿De qué te salva?

Me salva de que el mundo se me quede pequeño y de no tener el don de la ubicuidad. Cuando escribo es como si me escapara a vivir otras vidas, a estar en la piel de otras personas, en otras historias, tener experiencias que a veces objetivamente no puedo tener. Es como ser el protagonista de muchas vidas a la vez, porque al final uno está dentro de cada personaje, siente como ellos y piensa como ellos. Eso me encanta. Cuando estaba escribiendo La viajera, por ejemplo, aún no conocía México, pero la protagonista se fue a México y tuve que seguirla, tuve que buscar mapas y viví en la ciudad sin haber estado nunca, es fantástico (¡además de que el viaje fue más barato!). La literatura también me ayuda a organizar un poco las ideas, pones a discutir a dos personajes y en el fondo eres tú misma quien discute con todos tus fantasmas. Sí, definitivamente la literatura es un oficio divertido.

Como escritora y como mujer, ¿qué te falta?

¡Qué me falta!... ¿quizá mejorar el estado de mi cuenta bancaria? (Risas).

¿Qué tipo de personas te gustan?

No sabría decirte exactamente qué tipo de personas me gustan, porque me gustan muchos tipos distintos de personas, creo que casi siempre se puede encontrar algo interesante en el otro. Además, he frecuentado ambientes muy diferentes: ingeniería, literatura, música; donde la gente seguramente es distinta o al menos tienen intereses distintos. Tengo amigos con quienes comparto muchas cosas, gustos, vivencias, y otros que tal parece que venimos de planetas diferentes, pero la amistad es siempre un misterio, a veces se busca en el otro algo que nos falta, a veces se busca un reflejo, no sé, lo que sí sé es que para mí es fundamental. De hecho, una de las cosas que más me ha golpeado cuando he cambiado de ciudad (de La Habana a Roma, de Roma a París, de París a Lisboa) es que he llegado a sitios donde no tenía amigos, conocía gente, pero no tenía verdaderos amigos. Al principio es difícil, pero poco a poco la amistad llega y así, justo cuando tengo muchos amigos verdaderos, sé que estoy lista para partir.
 

Abril, 2008- Febrero, 2012

 
 
 
 



GALERÍA de IMÁGENEs

La Feria en La Cabaña


GALERÍA de IMÁGENEs

Inauguración de la 21 Feria Internacional del Libro

ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Karla Suárez: ejercicios para comprender
Marilyn Bobes

Nota para huérfanos de carrozas
Laidi Fernández de Juan

LA JIRIBILLA EN LAS FERIAS DEL LIBRO

.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.