La Habana. Año X.
18 al 24 de FEBRERO
de 2012

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Entrevista con Adolfo Colombres
La civilización latinoamericana
Abel Sánchez • La Habana

Durante mucho tiempo se vio a la antropología como la ciencia del otro. El científico, o el antropólogo en este caso, colocaba su lupa encima de otros seres humanos, estudiando sus hábitos, prácticas y estructuras sociales, igual que a una colonia de termitas. Era una concepción acodada tanto en la arrogancia del colonizador —no es casual que los primeros antropólogos fuesen europeos—, como en el paradigma positivista.

Quizá sea por ello que Adolfo Colombres no se considera antropólogo, él sencillamente es escritor. No solo porque haya escrito numerosas novelas —Portal del paraíso, Sacrificio, Tierra incógnita, La estirpe de Kedoc, El exilio de Scherezade, El callejón del silencio, El desierto permanece, etc.—, sino porque en sus ensayos —La colonización cultural de la América indígena; Sobre la cultura y el arte popular; Cine, antropología y colonialismo; América como civilización emergente; Seres mitológicos argentinos; Celebración del lenguaje. Hacia una teoría intercultural de la literatura y Teoría transcultural de las artes visuales— intenta analizar la condición humana, pero sin recurrir a la mirada distante, elitista, que hace bastante tiempo está siendo cuestionada.

Allí, más que describir —típico de la antropología anglo-norteamericana tradicional—, intenta comprender los mecanismos simbólicos que intervienen en las prácticas culturales. Para ello, el investigador debe entrar en el mundo de las personas que estudia y participar de sus símbolos, sentirlos, pues si no siente, jamás llegará a entenderlos. Ahora se le llama antropología compartida, pero, en realidad, no es un enfoque nuevo:

“Ya en 1922 —explica Colombres— Bronislaw Malinowski, que tenía una visión bastante romántica en relación con la gente, planteaba lo que conocemos como observación participante, o sea, hacerse invisible antes de describir cualquier comportamiento. Pues al llegar a una comunidad, el antropólogo es un bicho extraño y sus miembros no van a actuar con naturalidad. Luego, cuando ya está incorporado a la comunidad y logra que lo ignoren, entonces comienza el estudio, de lo contrario, las costumbres y el comportamiento van a estar interferidos por la presencia de un ojo extraño.”

Antes, ocurría que el científico miraba al objeto, al otro, desde el monóculo del colonizador. Una antropología cuya finalidad inmediata era diseccionar, medir, oler, bocetar los rasgos del salvaje. Eso era en primera instancia, detrás, había un objetivo menos cándido: aprender sus costumbres para diseñar un manual de opresión mucho más eficiente, de ser posible, con su consentimiento.

“Los ingleses planteaban que toda sociedad tiene un equilibrio estable que puede ser desestabilizado por una fuerza; pero, cuando esta cesa, regresa al estado original. Entonces, la función de la antropología como herramienta del colonialismo era tratar de no apretar demasiado las clavijas para que las cosas no estallasen. Era como controlar una caldera, si está a punto de explotar, se le baja la intensidad. Fue una estrategia que aportaron los científicos lejanos, quienes veían al otro como una entelequia, a los administradores coloniales.”

Colombres, en cambio, propone una “antropología social de apoyo”. Se trata, más bien, de ayudar a los pueblos a conocerse mejor a sí mismos y, por tanto, a defender su cultura. Dotarlos de aquello que Léopold Sédar Senghor llamaba “las armas milagrosas”; o sea, teorías, elementos, herramientas que les permitan comprender su realidad:

“Ya tiene que acabarse eso de ir a estudiar al otro, en todo caso la tarea debe ser hacer un tipo de trabajo conjunto, decir lo que haya que decir y retirarse, el antropólogo nunca debe ser protagonista, no puede intentar ser un dios ni el dueño de los indígenas, como muchos antropólogos que querían ser casi los dueños de un grupo étnico. Lo que hay que transferir, en primer término, son las herramientas de la sociedad que a ellos les permitan defenderse, más que ser defendidos; uno puede apoyar, pero la gente tiene que aprender a defenderse. Pautas como el derecho laboral, el derecho constitucional, el derecho civil, todo lo que conforma el paquete de derechos, que los oprimidos a veces lo desconocen por completo. Más vale apoyarlos a ellos para realizar esa tarea que hacerla uno desde afuera, ya no tiene sentido esa vieja antropología.”

Luego agrega: “Hoy día se plantea que ya no existe el primitivo, la Declaración Universal de la Diversidad Cultural asume a todas las culturas como patrimonio de la humanidad. De modo que lo más importante para cualquier investigación antropológica, más que describir miserias, es identificar los núcleos y las matrices culturales. Eso nos lleva al mundo simbólico, no al descriptivismo. Este último puede interesar a la etnografía clásica, pero no le veo sentido porque creo que la función de la antropología debe ser ayudar a las culturas a entrar en el diálogo. La diversidad cultural exige un diálogo, no puede entenderse como un territorio para cada uno y que el otro no se entere, eso no es la diversidad cultural”.

No obstante, como sucede en el mundo biológico, la interacción que lleva a la diversidad cultural no puede imponerse y demanda ciertos requisitos. El problema es que existen pueblos que ni siquiera han tenido la posibilidad de pensarse a sí mismos o, peor aún, su imagen está condicionada por lo que le han dicho los colonizadores. Explica Colombres que, para entablar un diálogo intercultural, primero hay que conocerse. Aquellos que no sepan quiénes son o posean valores subdesarrollados a causa de una situación colonial de siglos, solo ayudarán a remarcar la desigualdad, a sustentar la falsa idea de que la diversidad cultural es pura ficción y que hay pueblos que tienen una verdadera cultura y otros que solo poseen fragmentos de cultura.

“Lo importante es saber cómo entran los pueblos en ese diálogo intercultural que va a ser el sustrato de la diversidad cultural bien entendida, pues la diversidad cultural se invoca mucho, pero no se practica porque tiene muchos requisitos. El primero de ellos es la verdadera democracia económica, en el sentido de que si hay un grupo que ocupa el diez por ciento de la población le corresponde el diez por ciento de los recursos. Si ese grupo ha sido oprimido y hay una situación fuerte de desigualdad social y económica, habría que darle más del diez por ciento hasta lograr que se nivele con el resto. Una vez que han nivelado formas de vida, accesos a ciertos bienes, a partir de entonces tiene que regir la igualdad. Sobre los grupos oprimidos se hacen muchos discursos, porque resulta muy fácil hacer un discurso acaramelado hablando del pasado romántico del indio y de los grandes valores que detenta, pero después no le quieren dar el plato de sopa que le toca.”

Quizá por ahí ande la clave de la cohesión en Latinoamérica. Mucho se habla de la diversidad del continente, sus diferentes mitos, religiones, colores, hábitos y recetas de cocina. Colombres, en cambio, prefiere mirar a otro lado:

“América tiene una gran diversidad, es cierto, pero también tiene muchos elementos comunes, muchos rasgos desde lo colonial, la influencia del lenguaje español o el portugués —que son muy parecidos—, la misma historia colonial, los aspectos religiosos cristianos amalgamados con los indígenas; o sea, hay una serie de elementos que hacen que América tenga una mayor cohesión como civilización que otras. Incluso, un pasado menos conflictivo que el europeo, porque si miramos la historia de Europa, toda la vida se mataron entre ellos, eran guerras continuas y sin embargo lograron hacer un mercado común europeo y han condicionado el mundo occidental. En cambio, nosotros, que somos una civilización que parece ser de una gran coherencia —hasta el Instituto de Estudios Estratégicos de Harvard lo ve así desde hace 20 años, pues ha dicho que somos una de las civilizaciones que se va a disputar el escenario del mundo en el siglo XXI—, seguimos sin asumir esa condición civilizatoria, lo cual me parece extraño. He publicado libros, he impartido seminarios en distintos países y no veo que esta visión prenda. Incluso en el ALBA, que se ocupan del tema cultural, tampoco esgrimen la dimensión civilizatoria. Creo que ni siquiera en Cuba, con toda su Revolución, tienen conciencia de eso.

“Tiene que haber una declaración de la independencia cultural de América, porque si no, queda como un segundo Occidente, algo que no se sabe bien lo que es. Y resulta muy triste porque lo primero que tiene que hacer cualquier ser que tenga conciencia, es conocerse. ¿Cómo es posible que a veces les preguntes a los intelectuales qué es América Latina y algunos te hablen de un segundo Occidente? Qué cosa tan fea. Se habla de la cultura latinoamericana pero en realidad eso no existe, hay más de dos mil matrices culturales en América Latina. En cambio, es justamente en el concepto de civilización donde se articula toda esa diversidad. En el continente aún no tenemos esa claridad y no sé hasta cuándo hay que esperar para que se decidan, porque me parece lamentable que alguien no sepa decir quién es. Resulta la más elemental de las preguntas y no puedo entender que, con tanta materia gris que circula, todavía no tenga respuesta.”

 
 
 
 



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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.