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Entrevista con Eduardo del Llano a propósito del estreno de Vinci

También nosotros somos ciudadanos del mundo

Yinett Polanco • La Habana

Fotos: Cortesía del entrevistado y del ICAIC

¿Para qué sirve el arte? Una de las preguntas que más se ha planteado la filosofía y el arte mismo a lo largo de los tiempos sustenta la historia de Vinci, el primer largometraje del escritor, guionista y realizador cubano Eduardo del Llano. Con un elenco de apenas cuatro actores (Héctor Medina, Carlos Gonzalvo, Manuel Romero y Fernando Hechavarría) el autor de los cuentos y cortos de Nicanor se lanza a fabular el tiempo pasado en prisión por el genio renacentista. Dos meses permanece encarcelado Leonardo, durante los cuales, como afirma la sinopsis de la película, solo tiene su arte para sobrevivir.

Cuenta del Llano que “la idea de trabajar la figura de Leonardo surgió a partir de un guion sobre su vida encargado en España en el año 2007, que finalmente no se hizo. En Vinci no pretendía contar de nuevo la vida de Leonardo —más o menos todo el mundo cuando le hablan de él piensa en “La Mona Lisa”, “El hombre de Vitrubio”, etc. —, sino encontrar en su vida este momento que me permitiera esgrimir una tesis y reflexionar en torno a para qué sirve la belleza, las relaciones de la belleza y la vida, las relaciones del arte y los artistas con el poder y con la gente común.

“No se trataba solo de reproducir la vida de Vinci, sino de encontrar un momento de su vida que fuera interesante y que permitiera metaforizar la realidad actual. Salvando las distancias es lo que hace Miloš Forman en Amadeus, él no cuenta la vida de Mozart, incluso hiperboliza algunos momentos, exagera la vinculación de Mozart con Salieri para dar la relación entre el genio y la mediocridad, esa es la tesis de la película: cómo la mediocridad odia y al mismo tiempo está fascinada por el genio y es lo que todo el mundo recuerda cuando la ve.

“En Vinci hay tres polos muy obvios: el carcelero, que representa el poder, y tiene a los dos prisioneros domesticados (son el segundo polo) como sus mascotas que les da aguardiente. De pronto llega un pintor (tercer polo), herético por completo, y les comienza a poner ideas en la cabeza a los presos, les comienza a pintar. El carcelero ve resquebrajada su autoridad y siente una instintiva desconfianza hacia el artista. Esa es una lectura universal, en todas partes y en todas las épocas ciertas zonas del poder sienten desconfianza hacia ciertas zonas del quehacer artístico: ocurrió con el dadá, con el surrealismo, con el rock. Los otros prisioneros se acaban de plantear para qué sirve el arte en la vida cotidiana. El arte no es algo que comas, bebas o te pongas, uno se gasta un dinero en un cuadro o un adorno para poner en la mesa o la pared y está muy contento con ello. ¿Qué nos lleva a hacer eso? La relación de la gente con el arte es algo que no se puede entender en el sentido animal, pues no satisface ninguna de nuestras necesidades, justamente nuestra humanidad está en necesitar el arte. No estoy descubriendo el agua tibia, ya hay muchas películas y obras de arte con esa tesis pero esta es la mía, basada en un momento rigurosamente histórico de la vida de Vinci. A mi juicio ese es el interés el filme que puede tener dentro del panorama del cine cubano porque nuestro cine, salvo excepciones, habitualmente trata sobre la realidad cubana y creo que no deberíamos dejar siempre las figuras y los dramas universales en manos de Hollywood, porque también nosotros somos ciudadanos del mundo.”

¿Por qué crees que el cine cubano no se atreve más con historias universales?

No lo sé, creo que muchas veces la gente tiene urgencia, como la he tenido yo también, de contar lo que pasa a su alrededor y no siempre tiene la distancia económica, crítica, analítica, como para encontrar una anécdota y metaforizar lo que quiere decir. No es fácil encontrar un momento en la vida de un personaje importante que se pueda representar de manera verosímil y con tan pocos recursos como hice en Vinci. Yo no podía representar a Florencia, o quizá la podía modelar con computadora pero sería un gasto adicional.

El realizador cubano, tradicionalmente, dependía mucho de la industria —el fenómeno del cine independiente aunque lleva diez años realmente está siendo fuerte en los últimos tres o cuatro—. Gente como Humberto Solás han estado hasta diez años sin filmar, entonces cuando hacen una película quieren poner todo en ella: crítica social, hacerla vendible afuera, y la urgencia mata. Hay algunas películas cubanas que son la excepción de la regla: Pon tu pensamiento en mí, de Arturo Soto, se desarrolla en una zona indeterminada; en Madrigal, de Fernando Pérez, con guion mío también, el cuento de Javier, la segunda parte de la película, es abiertamente de ciencia ficción; La vida en rosa, de Rolando Díaz, también jugaba con el tiempo; son películas que se han desplazado hacia otros espacios geográficos o epocales, no relacionados con el nuestro. Tuve la suerte de que, sin dejar de hacer las cosas de Nicanor, este proyecto caminó solo en dos años y cuando me dijeron “puedes hacerlo”, estaba listo para ello.

Uno de los dos proyectos que tengo ahora es un documental independiente como los Cortos de Nicanor, satírico con nuestra realidad. El próximo es con el ICAIC para el año próximo es una película de ciencia ficción. Al mismo tiempo, voy a seguir haciendo, no los Cortos de Nicanor, porque fue un decálogo y ya está ahí, pero sí probablemente otros y documentales relacionados con nuestra cotidianidad pero siempre hay que soñar en grande, a veces puedes decir mucho más sobre tu realidad haciendo universal tu anécdota.

Si algo sustenta a una película como esta es la investigación histórica previa al proceso de filmación. ¿Cuánto tiempo tardó esta, cómo fue?

Te decía que en 2006-2007 me habían contratado para hacer un biopic, o sea, una película biográfica sobre Da Vinci, estuve un año investigando sobre él en Internet, en libros… Ese proyecto no se hizo después pero investigué, hice el guion y lo entregué. Luego, cuando supe que la película no se iba a hacer eché para adelante este pasaje que eran seis páginas de ese guion, y no es uno de los episodios más conocidos de su historia. Es histórico que él estuvo preso por sodomía a los 24 años en una cárcel de Florencia, no se sabe lo que pasó allí adentro, ni siquiera está registrado qué tipo de cárcel fue, pero ahí entra la licencia. Hay un documental de History Channel, uno de los materiales que vimos cuando estábamos haciendo el trabajo de mesa previo a la película, y este episodio sale, o sea, no es de los más conocidos pero tampoco es súper desconocido. En mi opinión el acierto estuvo en decir: vamos a hacer una película de esto, y lograr una metáfora de las relaciones entre la belleza y el ser humano.

Tuve la suerte de que la diseñadora de vestuario, Miriam Dueñas, había hecho un trabajo de curso cuando estudiaba en el Instituto Superior de Arte (ISA) sobre la ropa del Renacimiento; vimos muchos libros, pinturas y películas que reflejaran esa época para estudiar la ropa, la iluminación, los utensilios. Eso fue un trabajo colectivo. En las breves escenas del principio, cuando encarcelan Da Vinci, y está vestido de figurín, pensamos el personaje como un muchacho que tratara de vestirse por encima de su clase social real. No sé si fue así pero generalmente es de este modo en todas las épocas. Cuando estábamos montando el personaje yo le decía a Héctor Medina, el actor: “imagínate que es alguien de Pinar del Río que viene a La Habana y quiere ser actor y todo su dinero son 20 dólares. En lugar de gastárselo en comida, se lo gasta en un par de tenis o una camisa bonita porque quiere lucir”. Así, el sombrero que le pusimos a Leonardo era un sombrero de duque, de gente más rica, pero es previsible que la gente joven tratara de imitar esa ropa aunque no fuera con la tela correcta. Pensamos la sicología del personaje hasta por la manera de vestir.

Vinci tiene dos grandes valores agregados, el primero de ellos es la música, compuesta por Osvaldo Montes, que es prácticamente otro actor dentro de la película.

La música tiene por un lado el papel habitual de realzar las emociones, pero por otro tratamos de que no interfiriera demasiado, no hay textos; sin embargo, aun así tiene un papel muy activo. Es una música a lo renacentista, pero con truquitos: de cuando en cuando hay una guitarra eléctrica o una armonía más contemporánea porque se trataba de realzar algo que está en la película, es una cinta rigurosamente histórica, pero al mismo tiempo con ciertos guiños a la modernidad.


 Osvaldo Montes componiendo la música de la película Vinci

El otro valor agregado de la película es haber involucrado a Roberto Fabelo y que las obras que se exhiban sean originales suyos.

Desde el guion estaba previsto que el personaje llenaba las paredes con pinturas. Cuando me puse a pensar quién podía hacerlo, Fabelo fue el primer nombre que me vino a la mente y tuve la suerte de que aceptó desde el principio. Este país está lleno de artistas de la plástica extraordinarios, pero se trataba de pintar no solo como lo podía haber hecho Da Vinci, sino un Da Vinci adolescente, cuando su estilo todavía estaba en formación y además con recursos muy escasos. Esa fue una de las cosas que vimos con Fabelo cuando estábamos discutiendo las ideas. Se suponía que Da Vinci pintaría con trozos de carbón de antorcha sobre una pared rugosa, la línea entonces no es una línea, sino es como un chorro de carbón, y para que todo, aun así, sonara a genio teníamos que buscar a alguien que fuera muy buen dibujante; aunque este país está lleno de grandes pintores no necesariamente todos descuellan como grandes dibujantes o quizá sí, pero su trabajo es más colorístico. Finalmente se hicieron las obras a carboncillo sobre unos cartones tratados que después se pegaron sobre la pared y se trabajaron como si fueran piedra.

Luego de haber dirigido los Cortos de Nicanor y estrenar tu primer largo, ¿te sientes más cómodo como guionista o como director?

Como guionista, desde luego. Soy un escritor, sobre todo. Escribo desde que tenía siete años pero empecé a filmar a los 42, hace siete años, todavía estoy aprendiendo. De hecho, en el rodaje de Vinci aprendí muchísimo, sobre todo los primeros días tenía temor porque tenía la impresión de que iba a hacer algo mal. Siempre se dice que el trabajo de equipo es importante, pero aquí lo fue como nunca porque era mi primer proyecto con la industria, con el ICAIC, en gran escala. Tenía muy buenos profesionales en los Cortos de Nicanor, pero básicamente era yo el motor impulsor. Acá era la industria y tenía miedo de quedar en ridículo, de mostrar incompetencia. Sin embargo, el trabajo fluyó bien y a la gente le gustó la historia. Eso es muy importante porque hay películas hechas de oficio, pero a la gente le gustó lo que estaba haciendo y la verdad más vale que fuera así porque fueron tres semanas en condiciones muy difíciles, en una locación llena de hollín, de lámparas y de antorchas de gasolina. Había que tener ganas de trabajar.

He llegado a dirigir básicamente arrastrado por Frank Delgado, quien me empujó a hacer mi primer corto y luego por la fascinación que eso conlleva, pero soy un director muy aristotélico, no soy de la generación del videoclip, no me interesa hacer nada muy fulgurante, ni hay mucha innovación formal en mis películas. Mis cintas tienen un tempo que va casi a lo lento, la cámara no es demasiado arriesgada, hay efectos visuales pero no demasiados. Cuento historias y este es un vehículo para hacerlo, pero hasta ahora no me he planteado innovar. Creo que si cierto valor visual tienen mis películas es porque trabajo con Alejandro Pérez, Raúl Pérez Ureta, Carlos Urdanivia en la dirección de arte, y alguna idea que uno pueda tener; pero no trato de plantearme que la película sea tan innovadora visualmente e incluso en la estructura de la historia. Está bien conocer los experimentos de vanguardia; sin embargo, me gusta contar y leer al modo tradicional. Pienso en introducción, nudo y desenlace, a la manera aristotélica, que es como me gusta contar.

 
 
 
 


GALERÍA del rodaje

Vinci, filme de Eduardo
del LLano

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Frank Padrón

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.