La Habana. Año X.
4 al 10 de FEBRERO
de 2012

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Viñeta para un actor

Orietta Medina • La Habana

Foto:  Maribel Amador

Él, era pequeño.

Él, tenía un nombre... pero quería otro… y otro… y otro.

Todo empezó cuando Él, pidió que, en algunas ocasiones por favor, en lugar de Francisco le nombraran ¡Pancho! Sin embargo, muy pronto se le hizo demasiado familiar y ya no le bastaba tan predecible apodo: ¡No contaría más con nadie! Él, era suficiente para determinar cómo llamarse en cada momento, y cuantas veces él quisiera:

Pepito, Angelito, José Ángel, ¡Fermín, Don Manuel!

¡Resultaba tan placentero poseer nombres diferentes!


"Aire frío", 2011

Al principio, los escogía él... y hasta los inventaba. Sin embargo, luego, ellos, sin contar con él, comenzaron a precipitarse en su mente y una avalancha de nombres reclamaba, sin tregua su atención. Él los acogía amorosamente, en silencio. Así, solos, en un particular diálogo misterioso y secreto entre Él y los otros, transitaba el tiempo.

Con sus nombres efímeros, Él, descubrió que podía ver muchas cosas que antes no veía. Podía, además, develar pensamientos que hasta entonces vagaban inútiles en las profundidades de su mente.

Y los nombres más antiguos, para asombro de Pancho, le hacían añorar recuerdos perdidos en la inmensidad de los recuerdos.

Descubrió también que algunos nombres le obligaban a caminar como Él no solía hacerlo, y sus pies iban de prisa o a saltos, de repente tambaleantes.

Un día, nombrándose: ¡Amador!, y caminando hacia la escuela, sus pasos se volvieron tan lentos que Pancho, asustado, presintió que si Amador no andaba listo, la explosión de la mina lo reventaría a él también.

Él era ya: El joven Pancho:

Dueño de una hermosa piel, blanca, rosada, de un rosa intenso, sin embargo, algunos de sus nombres no aceptaban esa lozanía.

Una camisa oscura, raída, maltratada, lograba entonces cuartear su piel: Él, siempre complaciente con su nuevo nombre, se sentía envejecido. Al verse tan dolido y maltrecho conmovido con su propia imagen, el joven Pancho lloraba, sin motivo aparente, por el viejo Manuel.

Así, valiéndose de esa ancestral artimaña, vistiendo suntuosos trajes o miserables andrajos, transformaba Él, una y otra vez, piel y sentimientos: siguiendo los reclamos de sus nombres queridos.

Y cuando ya fue adulto:

El diálogo entre Pancho y los otros se tornó más complejo. Ahora, sus diversos nombres eran seres libres, públicos, famosos:

Peribáñez, Don Martín, Ailiff, Mac-Duff, Cortés... El Novio... ¡Mac-Beth!!!...

Su voz, la voz de Pancho, su hermosa voz: potente y sugestiva, estremecedora y vibrante transmutada también: tierna, temblorosa, implorante... Voces que adoran el lenguaje, que lo acarician o violentan, su voz esparcida en las criaturas que hoy le pertenecen: le pertenecen, porque Él, las presintió siempre, porque Él, las invocó desde pequeño:

Sendo,... Ángel,... El Caballero,... Willy Loman,.... La Legionaria,... Enrique Griñales... ¡Macbeth!!!...

Esta noche:

Aquí, entre nosotros, múltiples nombres, nuevas almas, nuevos sentimientos, le recorren desde la planta de los pies hasta el dosel de su cuerpo poderoso.

Él, Francisco (Pancho) García, ha hecho de sí mismo el universo de la interpretación.

En él habita una legión de naturalezas humanas que lo acompañan y aman. Lo aman y acompañan, porque Pancho las ha revivido con el talento, la pasión y el respeto que ellas necesitan siempre, para existir, artísticamente, en el acto teatral: el venturoso espacio de lo efímero.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.