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3 de FEBRERO de 2012

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Renato Rosaldo:
El decano de los estudios invisibles
Maité Hernández-Lorenzo y Marianela González • La Habana
Foto: Abel (Casa de las Américas)

Cuando Renato Rosaldo se refiere a los estudios latinos habla de su propia experiencia, de su padre, de la frontera que cruzó a sus antepasados. Para la fecha en que comenzó sus primeras indagaciones, este campo, hoy tan seductor, ni siquiera se había instituido como tal. No fue una elección entre una serie de ofertas en Harvard, donde estudió Historia de la Literatura Española. Podría decirse, entonces, que se ha estudiado a sí mismo durante casi 40 años. Nacido en Ilinois, este hijo de México se reconoce chicano. Nos habla todo el tiempo en español, conoce muy el sabor de su idioma “natal” y domina sus tesituras. Lengua que le convoca siempre en el espacio de la intimidad: el de la poesía y las fotos de familia. Desde que lo conocimos hace unos diez días, no hemos escuchado una sola palabra suya en inglés. Por generosidad, tal vez. O quizá porque en estas semanas la Casa ha sido para él su casa.

El español que no duele en los oídos

Nací en una casa donde hablaba español con mi padre e inglés con mi madre. Cuando me preguntan: ¿cuál es tu idioma natal, cuál es tu idioma materno?, respondo que tengo idioma materno e idioma paterno. Mi madre quería hablar conmigo español, pero de niño, le decía: por favor, mamá, no hables así, me duelen los oídos cuando hablas. Y es que hablaba el español con acento inglés. Yo sentía que me dolía.

Mi padre era profesor universitario. En los veranos íbamos a México y hacíamos viajes que duraban días. Uno de mis poemas cuenta sobre la vez que fuimos por la Carretera Panamericana desde Ciudad Juárez o El Paso hasta Ciudad México. Se supone que ese recorrido tarde unos dos días, en dependencia de la velocidad del vehículo, pero tardamos 13. Recuerdo que era época de lluvia, los ríos habían crecido y tuvimos que quedarnos dos o tres días en algunos pueblos, esperando a que pasara. Es una de mis tantas memorias de los viajes que hacíamos a México.

Sin embargo, cuando empecé en la primaria, en los EE.UU., de un día a otro se me olvidó el español. Fue como un trauma. Y es que me di cuenta de que nadie hablaba ni entendía ese idioma en mi clase, de modo que me sentía como un bicho raro. Me traumaticé cuando ese verano regresé a México y me reencontré con una prima con la que solía jugar y a quien quería mucho, y empecé a llorar. No me salían las palabras para comunicarme con ella y casi ni entendía lo que decía.

Cuando tenía 13 años, nos mudamos a Arizona, antiguo territorio mexicano. Allí descubrí que muchas personas hablaban español, pero diferente a la forma en que yo lo hacía. Mis primos y mi padre eran de clase media en México, y hablaban como campesinos, aunque con la jerga de los EE.UU. Pero poco a poco me fui insertando en un grupo de 12 jóvenes que se hacían llamar los “chasers” y me hice de una novia chicana, de modo que entré en ese mundo mexica-americano que no era precisamente el mundo mexicano que conocía. Y mantuve mis viajes a México en los veranos, tomé clases de español y me rencontré con el idioma.

Uno lo dice rápido, pero fue un proceso difícil el de aquel rencuentro: leí mucho, aprendí Historia de México. Con 15 años, leí literatura mexicana: Pedro Páramo, Carlos Fuentes… No sé hasta qué punto entendía las obras, pero las leí. Conocí en México hombres de letras latinoamericanos que me admitían en sus clases de nivel universitario, a pesar de que yo aún estaba en la preparatoria. Más que nada, el hecho de que había hablado español de niño me hizo posible aquel reaprendizaje. Yo conocía cómo sonaba el idioma, cómo sabía en la lengua; aunque se me hubiesen olvidado las palabras. Y el triunfo fue volver a hablar español con mi padre: para mí era como si mi padre fuese la Real Academia en persona, porque era profesor, y me avergonzaba equivocarme cuando me dirigiese a él en español.

Fue un proceso complejo; pero lo hacía con muchas ganas y con mucha paciencia. Quería hacerlo de un día para otro y me di cuenta de que no podía. Especialmente, porque quería escolarizarme en español y no fue fácil, no había donde. Las personas no saben el peso detrás de esto que siempre digo: si tuviesen una idea de cuánto nos ha costado hablar como hablamos, no nos despreciarían por nuestros deslices idiomáticos, cuando los cometemos de vez en cuando.

Sucede que hay muchos prejuicios contra nuestra lengua. Por ejemplo, en Harvard hice la carrera de Historia de la Literatura Española, y me era obvio que entre los estudiantes y los profesores la carrera de prestigio era Inglés, aun cuando la mía tenía profesores de gran reconocimiento. Algunos de ellos ni siquiera eran latinoamericanos, sino españoles, alumnos de Américo Castro. Funcionaba un poco como resorte de toda aquella discriminación la leyenda negra de la conquista española; pero ¡los ingleses no fueron santos…!

Como esa, hay muchas historias para contar. El hecho es que ha sido una lucha muy larga.

Me doctoré en Antropología. No tenía la posibilidad de especializarme en Literatura Latinoamericana, porque en Harvard no existía ningún curso sobre eso. Esa fue una de las batallas de mi padre: lo sacaron del director del departamento de la universidad. Aprendí cuando él murió que fue expulsado por un grupo de extrema derecha, racista, que se organizó en Fenix. Ellos presionaron al rector de la Universidad de Arizona para que despidieran a mi padre. Yo no tenía idea de por qué; pero supe más tarde que un grupo de tres profesores de ese departamento, el de Lenguas Romances (francés, portugués y español) se afiliaron a aquel grupo para expulsar a mi padre porque en esa época, a principios de los 70, ya había tomado mucha fuerza el movimiento chicano. Mi padre apoyaba y estaba muy involucrado con ese movimiento, era un símbolo muy importante, un icono: un profesor muy respetado, que había servido en la Universidad desde 1955 como director del Departamento, de modo que su apoyo al movimiento chicano significaba mucho.

Pienso que él los apoyaba, en parte, por haber visto cómo era mi vida. Una vez escribió un artículo que se titulaba “De mayoría a minoría”, sobre su experiencia en México y luego en EE.UU. Quizá sea una invención mía, pero creo que se basaba en el contraste entre su vida y mi vida: él seguía alimentando en su imaginario la idea de que, como mexicano, era mayoría; pero yo, en el colegio, aprendía que era minoría y que en un momento dado, pude haber elegido ser blanco. Seguramente hay algo de sangre indígena en mí, pero no lo aparento… a veces es difícil entender cómo uno puede ser blanco en un país y moreno en EE.UU. Mi padre tenía en mente esas diferencias, al final.

Sin embargo, mi conciencia de minoría llegó a ser muy fuerte. Yo tenía hasta miedo de hablar español en público, era como mi idioma casero, la lengua de mi intimidad. Y lo curioso es que aún, casi prefiero escribir poesía en español que en inglés. La poesía me escogió cuando me recuperaba de un derrame cerebral. Antes de eso, yo pintaba y tenía la secreta ambición de escribir una novela, pero nunca lo hice porque era muy semejante a escribir una etnografía, para mí. Quería un proceso diferente al trabajo universitario. Escribí finalmente una etnografía a base de historia oral, sobre unas comunidades indígenas en Filipinas. Francamente, es excelente, cuando lo veo de atrás. Al cabo del tiempo, veo el libro y siento como si su autor fuese otro y tuviese mi nombre por casualidad [ríe].

Pero con la poesía fue algo insólito. Venían a mi mente frases todo el tiempo. Yo les decía: ¡váyanse de aquí!; pero insistían. Creí que la mejor forma de alejarlas era escribirlas, para que se pusieran contentas. No me atrevía a decir que eran poemas, les llamaba “poemas en prosa”, como aquellos de Rimbaud que tanto admiraba. Cuando me recuperé del todo, me di cuenta de que eran terribles. Los había escrito casi como me llegaron. Tomé luego talleres y repasé los poemas, los reescribí con el mismo cuidado con que escribía sobre Antropología. El poemario Rezo a la mujer araña ganó un American Book Award. Otro saldrá en unas cinco semanas; también fue premiado.

El “mundo real” de la universidad

Vivir todo esto le otorga un sentido muy particular a mi condición de investigador sobre lo latino. Hice la investigación sobre Filipinas y fue un error mío, porque no se habla allí mucho español: hablan lo que llaman “taglish”, una especie de “spanglish”. No tenía mucho en común con aquella realidad. Sin embargo, mi relación con los estudios latinos es muy diferente.

Ya me había formado como antropólogo cuando empecé a indagar en ese campo. Cuando llegué a Stanford, los estudiantes chicanos militantes me criticaron porque no había hecho la carrera en Estudios Latinos; pero ellos, en la década de los 70, no tenían idea de que cuando estudié en la universidad, no existía ese campo como especialidad. Ya habían entrado los estudios latinos en el mundo institucional, y los nuevos alumnos pensaban que siempre han existido; no sabían que eso era el resultado de un largo proceso de luchas, incluso en el seno de la propia universidad.

Al principio, solo me metía en las luchas universitarias favoreciendo a los estudiantes latinos, tratando de formarme mis propios juicios. En esa época, me decían “el decano de los estudios invisibles”. Las luchas universitarias eran cruciales, porque en ellas se formaban liderazgos futuros entre los chicanos, entre los afronorteamericanos e, incluso, entre los propios blancos. La oportunidad de tener una influencia sobre eso es importantísima.

Yo siempre discutía y debatía con chicanos que trabajaban en los barrios y en zonas obreras, porque decían: este es el mundo real, la universidad donde tú vives no es real. Yo les decía lo contrario: la universidad es muy real, de aquí salen los principales consejeros de Reagan. La Condoleezza Rice salió de aquí, fue vicerrectora cuando yo enseñaba en la Universidad. Ella tenía muchísimo poder.

Una vez, para probar la influencia de la universidad en asuntos políticos cruciales, iba mi esposa caminando por el campus y, de repente, se encontró con algunas personas a quienes creyó reconocer. Le preguntaron por la Torre Hoover (un lugar de extrema derecha, donde se afiliaban Condoleezza, los consejeros de Reagan y muchos otros. Podría decir sus nombres, pero no hace falta, con Condoleezza basta) y ella les indicó. Luego se dio cuenta: ¡le he dado indicaciones al liderazgo de los “contras” de Stanford! Para mí, es una historia que demuestra lo real de ese mundo universitario. El barrio también lo es, pero hay que entender las luchas que se dan en la universidad.

Esas experiencias me formaron, crearon mi relación con los estudios latinos justamente en medio de aquellas batallas. Nosotros, claro, también hicimos proyectos en los barrios. Pero en Stanford éramos, cuanto más, diez profesores de estudios latinos. Me sentía miembro de aquel grupo “seleccionado” y sabía que si no me metía yo en aquellas luchas, nadie más lo haría.

Cuando empecé a indagar en ese campo, a finales de los 70, no tenía mucho dominio. Mis inicios fueron algunos ensayos bibliográficos para aprender qué se había escrito y conocer a los “expertos” en el tema. Entonces no se había escrito mucho.

Las preguntas que marcaron mis investigaciones en aquellos inicios estaban muy determinadas por mi vinculación con las luchas universitarias. Una vez, por ejemplo, siendo Condoleezza Rice la vicerrectora, los estudiantes se apoderaron de la oficina del rector y se encerraron dentro. Enseguida me llamaron a la casa: Renato, ¿nos puedes ayudar?, estamos encerrados en la oficina del Rector. Llegué allí y encontré que le estaban tratando de montar un pleito legal por haber entrado a la propiedad universitaria sin un oficial de la universidad. Así me metí a la oficina por una ventana de afuera, hasta donde estaban los estudiantes: ya no habría problema, pensé, yo era un oficial de la universidad. Pero la situación era bien compleja. Una alumna de primer año se me acercó y me dijo que quería ser abogada, que tenía miedo de que aquel hecho le fuera a destruir la carrera. La llevé hasta cerca de la ventana, distraje a los demás y la muchacha escapó. Era militante y todo, pero si tenía esas dudas, era mejor que no siguiera. Finalmente, los estudiantes fueron a hablar con el Rector. ¿Cuáles son sus demandas, les dijo? Y yo quedé pasmado cuando ellos contestaron: queremos una educación que se parezca a nosotros. Eran, mayormente, estudiantes chicanos, pero había también afroamericanos, asiáticos, homosexuales… eran las minorías. Una coalición muy fuerte.

El cambio había sido rotundo. Antes se exigía una especie de universidad libre, con estudios latinos como una enseñanza aparte, aun con el peligro de ser corrompida por corporaciones, etc.; pero en ese momento, 1992, estos estudiantes de la nueva generación tenían una visión de largo plazo, exigían cursos más críticos y creativos, que regularmente se incluyeran materias relacionadas con la historia de esos grupos sociales.

Ese es un ejemplo de cómo esos procesos de lucha estudiantiles me formaron; pero también los procesos de lucha al interior del profesorado. Al ver aquella dimensión que habían tomado las demandas de los universitarios, opté por proponer cambios dentro de la propia institución. Desarrollé un concepto: “ciudadanía cultural”. Para mí, desde entonces, lo importante era indagar sobre cómo un miembro de un grupo experimenta su propia exclusión, su propia vida de ciudadano de “segunda” o de “primera”. Mi premisa es que ellos son conscientes de su marginalidad. Por ejemplo, una mujer lesbiana entra a una fiesta. La anfitriona, como es usual, la presenta como “señora…”: la lesbiana, como no tiene un esposo, no termina la frase con el apellido de su marido. Ella es muy consciente de su exclusión, pero la anfitriona no, porque el privilegio no se concientiza hasta que no es señalado por el excluido. La semilla de mi comprensión de todo eso fue aquel momento de 1992, cuando los estudiantes tomaron la oficina del Rector. Abrí los ojos y dije: esto es muy importante, estas son las instituciones en que vivimos, queramos o no, y debemos transformarlas. En ellas también se dirimen estas “ciudadanías culturales”.

Estudios latinos para exportación y el arte de contar frijoles

Hay muchas agendas que vienen empaquetadas. Creo que tienen que ver con que la universidad en EE.UU. ha sido muy penetrada por corporaciones, en un proceso de capitalización que aún se mantiene. Sabemos que incluso en los monasterios de las iglesias medievales también hubo corrupción, pero ahora es evidente que en la universidad entra una cantidad de dinero que va corroyéndolo todo y creando una ideología donde ciertos estudios se empaquetan para la exportación.

A muchos investigadores, lo que les fascina es contar frijoles: cuántos mexicanos llegaron, cuántas remesas enviaron. No digo lo de los frijoles con desprecio, pero sí con ironía. Aunque son factores muy importantes, no nos llevan a entender los procesos migratorios. Mi pregunta siempre es: cómo se vive la migración, cómo se experimenta.

En cierto sentido, si las reglas del juego estuviesen claras, el empaquetamiento estaría bien. Uno tendría la opción de rechazarlo; pero con el poder que hoy tienen ciertas universidades, no es tan optativo. De un lado, estaría bien el compartir experiencias y saberes, pero lo que se requiere es un proceso equitativo entre todas las partes. Empaquetar los saberes ayudaría un poco al entendimiento rápido, pero lo verdaderamente provechoso sería completar el conocimiento con investigaciones colectivas. Lo necesario para cambiar los procesos imperialistas en las universidades, en el tema de los estudios latinos, es pensar en los procesos sociales. Y este cambio es a nivel institucional. Y es muy difícil, porque hay mucho dinero por medio y diferencias de poder. A nivel personal, no siempre son ricos, pero a nivel institucional sí lo son: ¿cómo van a adoptar este proceso de concientización, cómo van a “cruzar la frontera”?

Es ahí donde veo la solución, pero lo veo como un problemón. En su discurso de anoche [24 de enero de 2012], el presidente Obama se refirió al estado de la nación. Dijo algo que parece muy militante: hay que poner impuesto a los más ricos del país. Es obvio, pero que lo diga en público, con una extrema derecha tan organizada, es valiente. Aun así, pregunto: ¿cómo llegamos a esto; cuándo se convirtió en un “gran paso”?

Desde Rockefeller, no teníamos una oligarquía tan grande en nuestro país como ahora. Y se está dando de una forma atroz, donde los latinos se siguen considerando un poder próximo a despertarse. Lo tonto es que han puesto murallas cuando ya hay millones dentro del país… ¡hola, despierten, ya estamos aquí! [Ríe.]

No cruzamos la frontera, la frontera nos cruzó a nosotros

Nos han puesto murallas; pero, sobre todo los chicanos, sentimos que estamos en nuestra casa, porque en realidad sí lo es. No nos pueden echar porque aquí nacieron nuestros antepasados, no somos huéspedes de este país. Solemos decir: no cruzamos la frontera, la frontera nos cruzó a nosotros. Es una forma de decir que uno tiene raíces en gran parte del territorio de los EE.UU., que pertenecemos a él.

Muchos de los migrantes, sin embargo, no tienen una conciencia muy clara de lo que significa su propia presencia allí. Suelen tener la preocupación por el futuro de sus hijos y como seres humanos es lógico; pero les preocupa apenas si van a ser chicanos o gringos, no la mezcla. Los padres y los hijos están viviendo su migración de maneras diferentes.

Desde el punto de vista de otros estudios, uno los ve como una sola cosa, como hormigas: vinieron a trabajar día y noche, trabajan y duermen, trabajan y duermen… Pero hacen video, cine, música, literatura. Experimentan amor, sueños, fracasos. ¿Y qué conciencia tienen de quiénes son? Se les estudia ahora como sujetos del concepto “cosmopolitanismo”, que yo odio profundamente porque es muy aristocrático.

El sujeto cosmopolita es el que viaja continuamente, que se hospeda en hoteles y tiene dinero para hacerlo. Sin embargo, el migrante conoce toda la carretera de Guatemala a Tijuana, de Nogales a Arizona, conoce el desierto; pero eso no cuenta como saberes. Tenemos que ver la experiencia migratoria desde esos espacios de conocimiento infinito: qué experiencias tienen, cuál es su imaginario, a qué aspira...

Hay que conocer el proceso que tantas generaciones ha visto ya pasar. Mi padre, que transformó sus visiones al ver cómo era mi experiencia migratoria, tan diferente de la suya, ¿qué diría ahora?
 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.