La Habana. Año X.
28 de ENERO al
3 de FEBRERO de 2012 

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Un tesoro en nuevas manos
Norge Espinosa • La Habana

Conocedor de mi gusto por las librerías de uso, y por las sorpresas que de vez en vez suelen aparecer, como joyas inesperadas, en sus estantes no siempre organizados; mi amigo Jaime Gómez Triana me hizo saber que en Cuba Científica, uno de los sitios de La Habana que aún nos permiten esa clase de pequeño placer, había visto un tomo que de seguro me gustaría tener. Bastó que él, teatrólogo, investigador y promotor de la escena cubana, me dejara saber un poco más para que no dudara en emprender el rumbo hacia esa librería y sin pensar en precio ni otras estrecheces, acabara comprando el ejemplar avistado. Gracias a ese tipo de avisos, señales, o intuiciones, he podido localizar y adquirir tomos no solo valiosos por su contenido, sino por la historia de aquellos que los tuvieron alguna vez en sus bibliotecas privadas. Junto a uno escrito por Harry Levin acerca de Christopher Marlowe que ostenta la firma de José Rodríguez Feo o una selección de las piezas de Ugo Betti que alguna vez fuera del actor Manuel Pereiro, está ahora este grueso volumen de más de 600 páginas llenas de datos preciosos acerca del teatro japonés. Y como perla sobre la perla, se añade el detalle, nada ínfimo, de quien fuera su dueña: Carucha Camejo, nombre fundador del teatro para títeres profesional en Cuba. 

Basta pasar la mirada sobre los capítulos, ilustraciones y fotos de este libro extraordinario para que quien lo posea se sienta afortunado. Il teatro giapponese, editado por Feltrinelli, es el amplio recorrido que Marcello Muccioli propone acerca de un ámbito tan admirado como poco conocido. Editado en 1962 dentro de la serie Specttacolo del prestigioso sello, daba inicio a una serie destinada a rescatar paisajes de la escena universal, y amén de un repaso minucioso a la tradición nipona, ofrece una antología de varios de sus grandes textos. Piezas como El tambor de damasco, El vaso de té, Horikawa, El agua de crisantemos; complementan un proyecto en verdad imprescindible, acompañado también por una detallada cronología de las familias de actores que han dado prestigio al Kabuki (una de las más respetadas vertientes del teatro asiático), desde el siglo XVI hasta inicios del XX. Ya en las líneas iniciales de su prólogo, Muccioli proclama: “En ningún otro lugar del mundo, como en Japón, el teatro refleja y resume, en su evolución, la historia de la civilización y de la cultura autóctona, con toda su experiencia estética y religiosa, con todas sus conquistas espirituales y materiales.” El amplio recorrido al que nos invita confirma tal sentencia, deteniéndose en los inicios de este arte en el archipiélago, exponiendo las bases que preceden al Nô, al Kabuki y al Joruri, sin dejar de lado al Kyôgen; todos ellos momentos de brillantez indudable, dirigidos algunos a una elite y otros a un público más popular. El Kabuki, en particular, por su permanencia, exquisitez, autonomía y espectacularidad, es el centro del libro, desde su dramaturgia, hasta los interiores de su esplendor, decadencia y resurrección, su vestuario, su sentido escenográfico y su relación con el público de diversas épocas. 

Mujer curiosa, siempre dispuesta a saber algo más, Carucha Camejo debe haber encontrado en este libro un auténtico tesoro. No solo porque le ofrecía un panorama tan valioso de un punto del mapa teatral del que en Cuba sabemos demasiado poco, sino porque en él no falta una visión respetuosa y atinada del valor que el títere ha tenido en la escena japonesa. La portada misma muestra a un grupo de titiriteros, en un grabado del siglo XVI, y siendo ella firme defensora del valor de la figura animada como protagonista de una expresión tan digna y demandante como cualquier otra entre las expresiones escénicas, tuvo que sentir un infinito orgullo al encontrar líneas donde el autor nos asegura que el teatro de figuras no debe ser relegado, en la tradición que analiza, a un “teatro para pequeños” ya que en ese país fue siempre un acto destinado al público adulto, que a través de diversas épocas y escuelas obtuvo una perfección técnica y artística de increíble altura, recordándonos además que el más famoso de todos los dramaturgos japoneses, el Shakespeare de esa tradición, no fue otro que Chikamatsu Monzaemon, quien dedicó la mayoría de sus piezas al “mundo mágico de los muñecos”. 


El rey de la torre del reloj grande, Teatro Nacional de Guiñol 1963

Con tinta verde (un detalle que dice mucho de su sicología), Carucha Camejo cubrió los márgenes y párrafos de varias páginas con anotaciones y subrayados, demostrando que fue no solo una buena lectora, sino alguien capaz de aprovechar la sabiduría ajena en pro de sus intereses más agudos. Su fascinación por el teatro japonés estaba en evidencia desde mucho antes de que este libro llegara a sus manos, cosa que según indica ella misma en una de esas notas ocurrió en enero de 1968. En marzo de 1964 el Teatro Nacional de Guiñol, dirigido por su hermano Pepe, ella y Pepe Carril estrena un programa doble, compuesto por piezas del irlandés William Buttler Yeats: La luna llena de marzo y El rey de la torre del reloj grande. A manera de intermedio, se hacía una lectura de un artículo del mismo autor, La talla de un ágata, ilustrado con diapositivas del teatro Bunraku, el más virtuoso de todos los que, en Japón, han logrado mantener a la figura animada como un ejemplo de arte supremo.  


Don Juan Tenorio, Teatro Nacional de Guiñol 1965

La senda experimental que la llevaría a los logros insólitos de Don Juan Tenorio, en 1966, y La corte de Faraón, en 1967, estaba marcada e influida por varios de los preceptos de esa tradición, que resultaron liberadores para Carucha Camejo, guiándola en pos de una síntesis expresiva y de una mayor amplitud en relación con las convenciones que el títere puede activar, resquebrajar y refundar en relación directa y expansiva con su manipulador y el auditorio al cual se enfrenta. Prescindir del retablo, por ejemplo, fue un riesgo asumido en sus mejores espectáculos, motivado entre otras fuentes por el gesto de un famoso titiritero japonés que ya eludía el empleo de bastidores tras los cuales ocultarse. En el Bunraku, como se sabe, la manipulación ocurre a la vista del público, mediante la ejecución coordinada y altamente precisa de los animadores, que pasan años de especialización para dar vida a figuras tan complejas. Este libro tiene que haber sido un estímulo vital para una mujer tan inteligente y capaz como ella, quien no dejó de activar retos en el pequeño escenario del Focsa hasta que el destino se lo permitió. Vale recordar, también, que lo japonés estuvo presente en nuestras tablas por aquellos días de otras maneras, como en el espectáculo basado en piezas del Teatro Nô que dirigió, con éxito, el dramaturgo Rolando Ferrer para el Conjunto Dramático Nacional.  


La corte de Faraón, Teatro Nacional de Guiñol 1967

Personalidad muy singular, el volumen le sirvió, también, para dejarnos señales acerca de otras cosas que mucho le interesaban. No solo, gracias a sus marcas en tinta verde, sabemos de su preocupación por el carácter casi ritual que el titiritero debía asumir en su aprendizaje de las técnicas necesarias, o del valor que saludaba en la interrelación texto-actor-manipulador. Quien hojee este tomo, descubrirá cuánto le interesaba descubrir, en otros párrafos, detalles de la vida social japonesa de aquellos tiempos, y del rol que la mujer tenía o no en tales épocas, y la consideración que merecían las actrices, siempre discutidas, en el ámbito público de la escena nipona.

Revisar los libros que pertenecieron a ciertos talentos nos deja leer, amén de lo que dicen a cualquier otro, lo que esas sicologías acaso revelaban solo en la intimidad de la lectura, y nos ofrecen un retrato más o menos velado de sus ansiedades, conocimientos y sed de nuevos mundos. En ese orden, el hallazgo de Il teatro giapponesse me ha dejado percibir más de Carucha Camejo, casi tanto como he podido distinguir de ella a través de investigaciones, búsquedas o el diálogo que pudimos compartir, hace ya diez años, en su apartamento de Nueva York. La Carucha “intelectual”, siempre exigente y leída, que recuerdan varios testimonios, está de cuerpo entero en este volumen, confirmando no solo lo que era, sino también lo que quería ser y saber. 

En este 2012, Ediciones Unión proclama el lanzamiento de Mito, verdad y retablo, el título con el cual, junto a Rubén Darío Salazar, obtuve el premio Rine Leal de investigación que otorga la revista Tablas, en su edición del 2009. Cuando ese título llegue a los lectores, la historia misma que conecta a este tomo italiano, a Carucha y Pepe Camejo, a Pepe Carril, Armando Morales, Xiomara Palacio, Ernesto Briel y Ulises García con muchos más de los que rodearon y admiraron al núcleo del Teatro Nacional de Guiñol, se enhebrará en una nueva dimensión, lista a ser conocida, exorcizada, discutida y releída. Un libro nace de otros libros, como las historias, los creadores, venimos de una secuencia que nos alimenta con maestros, hallazgos, talentos, fracasos y triunfos de los cuales debemos aprender a ser mejores.  

Si Carucha Camejo viniera a La Habana para ese lanzamiento, para llevarse los primeros ejemplares del volumen donde ella es la protagonista, me gustaría mostrarle este ejemplar donde su mano nos deja tantas huellas. Lo atesoro como un doble prodigio: por su contenido y por lo que me deja ver. No sé cómo agradecerle a Jaime Gómez Triana el que me haya revelado la existencia de ese tomo en un estante de aquella librería de uso (aunque la verdad es que mejor si me lo hubiera dicho antes de las fatales fechas del fin de mes, cuando a uno ya no le queda mucho dinero en el bolsillo). Pero el valor de este libro, claro está, es francamente muchísimo mayor del que pueda poner en su primera página cualquier vendedor. La historia se recompone, digo, de maneras muy secretas. Y así, leyendo en mi imperfecto italiano acerca del teatro asiático, siento a Carucha Camejo tan cerca, tan a mi lado, como ojalá ese libro venidero que rinde tributo a lo que ella nos aportó pueda hacerla sentir, cálidamente, entre los muchos otros lectores que vendrán.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.