La Habana. Año X.
21 al 27 de ENERO
de 2012

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Espejos, de Eduardo Galeano
Otros rostros descubiertos
Helen H. Hormilla • La Habana
Fotos: R. A. Hdez. (La Jiribilla)

¿Quién figura en la historia del mundo? ¿Qué acontecimientos narran los grandes relatos del universo humano? ¿Desde qué espacios han sido erigidos los mitos, las hazañas, los dioses, los héroes, las fronteras?  

El poder de nuestro mundo conocido: blanco, patriarcal, eurocéntrico, ha contado su devenir según las necesidades —¿los miedos?— de sus beneficiarios. En este imaginario desigual se sostienen muchas de las atrocidades cometidas por nuestra especie, sustentadas luego por las épicas, los prejuicios, las disposiciones divinas. 

Desde hace varias décadas, cierta fracción de las ciencias sociales intenta rescatar el papel del sujeto en los procesos históricos e indagar en lo que significaron esos grandes acontecimientos para los grupos menos favorecidos. El rol que en el desarrollo de las civilizaciones desempeñaron las mujeres, los no blancos, las culturas regionales, las etnias, las familias, los procesos de la vida cotidiana, queda aún invisible, soslayado, urgido de recuperación.  

Es en esos espacios alternos y seres plurales, en la ausencia de los periódicos y los libros de escuela, que el escritor uruguayo Eduardo Galeano decide mirar en el más reciente de sus textos publicados: Espejos. Una historia casi universal (Siglo Veintiuno Editores, 2008; Premio José María Arguedas, Casa de las Américas, 2012). Lo que no han logrado integrar los sabios expertos alcanza relieve monumental en esta obra, compuesta de diminutas piezas destinadas a despertar las más profundas fibras de la conciencia humana. Nada mejor que la literatura para develar los anales de un mundo maravilloso, diverso y trágico, donde la inteligencia de nuestra raza ha servido tanto a la muerte, como a la felicidad, y por igual ha creado las bombas nucleares que la música, la belleza, el lenguaje, la poesía, los afectos, los horizontes, la seda. 

Verdades supuestamente irrebatibles encuentran su matiz en este conjunto de pequeñas narraciones, casi fábulas, de una prosa sintética y estilizada como caracteriza al autor de Memorias del fuego, El libro de los abrazos y Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Cito estos libros entre los cuantiosos que nutren la bibliografía de Galeano con la intención de advertir su continuidad, no solo por tratarse de volúmenes compuestos por relatos breves, sino por la perceptible necesidad de dotar nuestro pasado y presente de una imagen más plural, donde los seres y regiones del margen encuentren voz, y la injusticia sea descubierta en sus esencias. Esa motivación es también la de Los hijos de los días, aún inédito, del cual el escritor adelantó algunos textos durante la lectura ofrecida en la Casa de las Américas este martes 17 de enero.  

Reescribir la historia universal vista desde el ojo de la cerradura, sin mirar los mapas, las fronteras o el tiempo fue la tentativa que guió al narrador, según reveló a la prensa de La Habana. “Yo soy de los que creen que el arcoíris terrestre es más bello y deslumbrante que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos de esos colores, esos colores que nos demuestran que somos más de lo que nos dicen que somos, porque cargamos una herencia de mutilaciones, que viene de la época colonial y sigue viva; mutilaciones universales, como por ejemplo, el machismo, el racismo, el militarismo y otros istmos que nos dejan ciegos de nosotros mismos. Este libro intenta recuperar esos colores, esos fulgores”. 

Está presente aquí todo lo que vibra y todo lo que duele. Lo imaginado y lo cierto, porque no queda más que fabular cuando han sido suprimidas las huellas de la alteridad. En los Espejos de Galeano queda entonces el reflejo de la hipocresía, la desmemoria, las religiones sin credos, las falsas ideologías, la manipulación, los estereotipos y tabúes que coartan el albedrío humano.  

Desde la subjetividad del autor todo se irradia. Un canto indígena de Dakota del Sur: “Padre, píntame el mundo en mi cuerpo”, funciona como adelanto de esta historia también personal, nuevamente contada, en la que Galeano revela sus propias inquietudes e insatisfacciones. Los cuerpos humanos son los únicos capaces de construir la divinidad, parece decirnos; por eso el sufrimiento y la vergüenza del mundo debe estamparse también en los accidentes de anatomías imperfectas, con pieles de todos los matices, en sexualidades laberínticas y géneros inusitados. Solo entonces, acaso, pueda trocarse el orden de los infortunios y abrirse paso la esperanza.  

En el inventario de sus fundaciones, Galeano acierta en mostrar los orígenes de las desigualdades y pone nombre al sinsentido de la discriminación: la tristeza, los peligros, la contaminación, los bombardeos aéreos. Pero, a la vez, muestra la grandeza de la sensibilidad humana, de la inventiva, de los placeres, y adivina entonces el origen de la belleza, del correo, la cerveza, la escritura, los días, la taberna, la música, el croissant, la mesa francesa, el jazz, el tango.  

Personajes de diversa procedencia, algunos sumamente nombrados y otros desconocidos por completo; mitos llegados de Grecia, Babilonia, Persia, Macedonia, China, el imperio Inca, la cultura Maya, los araucos y los pueblos del Caribe y América Latina; síntesis históricas de las revoluciones, lo prohibido, los dioses, los grandes seres de la literatura. Acontecimientos altamente difundidos y vueltos a mirar según sus nuevos protagonistas: las mujeres, los esclavos, los soldados desconocidos, las personas no blancas.  

Espejos asesta en la diana de la arrogancia humana, y nos devuelve mortales, crédulos, temerosos. Es la memoria salvada de los que no se han ido, el testimonio de nuestra contradicción, la denuncia de la estupidez y el elogio de la cotidianidad profunda. El mundo, patas arriba, precisa abrazar sus bondades y reconocer en lo que ha errado. Cuando parecemos dominados por las máquinas, poseídos por la obsesión de obtener objetos, obnubilados por las estridencias mediáticas, Galeano nos ofrece la posibilidad de mirar en los cristales mágicos de la palabra y acompañar nuestra herencia con rostros y hazañas mucho más cercanos a lo real. La Historia otra del mundo, nunca absoluta, va siendo, casi, contada. Los cientos de jóvenes que fueron a perseguir la lectura del escritor uruguayo en la Casa de las Américas, el martes 17 de enero, lo intuyeron.   


Quién sabe si también, a partir de ahora, nos pase como al autor, antes de escribir este libro:
“Cada día, leyendo los diarios, asisto a una clase de historia. Los diarios me enseñan por lo que dicen y por lo que callan. La historia es una paradoja andante. La contradicción le mueve las piernas. Quizá por eso sus silencios dicen más que sus palabras y con frecuencia sus palabras revelan, mintiendo, la verdad”.
 
 
 
 

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Galeano en la Casa

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Galeano en La Habana, 2012
 

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Eduardo Galeano en la inauguración de la 53 edición del Premio Casa
de las Américas

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Presentación de “Espejos”, de Eduardo Galeano

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.