La Habana. Año X.
21 al 27 de ENERO
de 2012

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en el Centro Onelio
Receta para aprendices
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Abel Carmenate (Casa de las Américas)

El gato se movía despacio por entre los estudiantes que hablaban de literatura. Era contradictorio, ambiguo, mitad blanco, mitad negro, con una mancha oscura surcándole la boca, que lo mismo semejaba una cicatriz que una sonrisa sarcástica, de medio lado. Aparentemente era joven, pero cuando se detenía a escuchar, parecía conocer más que todos ellos juntos. Fue a él a quien primero saludó Eduardo Galeano al llegar al Centro Onelio.

Caminó con su andar desgarbado hasta la entrada e hizo sonar el talón frente a los escalones. Allí, acurrucado junto a una columna, estaba el gato. Los dos se observaron con ojos felinos. “Buenas tardes”, dijo el escritor. El animal, cortésmente, bajó la vista. Sí, sabía quién era.

Una vez más, Galeano volvía al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Su amigo, tocayo de nombre y oficio, Eduardo Heras León, lo invitó para que los estudiantes, aprendices de narradores, compartieran con el “gran maestro del cuento breve”.

El uruguayo se sentó tranquilo, con su habitual expresión caída, impasible. No le intimidan las cámaras ni los micrófonos ni las preguntas. De hecho, eso es lo que quería, que en esa aula, donde muchas veces se conversa de sus libros, esta vez lo hicieran con él. De modo que rompió el hielo: “La primera pregunta es siempre la más difícil, así que podemos empezar por la segunda”.

Yoss, el escritor, desde su camuflaje verde y amarillo, para pasar desapercibido, levantó la mano e hizo la segunda pregunta: “A estas alturas de su vida, de su carrera literaria, ¿cómo se lleva Eduardo Galeano, el hombre, con Eduardo Galeano el escritor, ese fundido en bronce sobre un pedestal de seis metros de altura, encima de las letras hispanas?”

Galeano mira a un lado y a otro: “¿Quién es ese? —todos ríen—. Yo no tengo nada que ver con ninguna estatua”.

En realidad, asegura, escribe para comunicarse, para conversar con otros. Se trata de un intercambio de palabras que fluyen, van por el mundo y llegan a él. Luego las arroja de vuelta, dichas, pero sobre todo escritas, a su manera. Más tarde, con el tiempo, vienen esas muestras de afecto que le han demostrado que a la globalización del dinero que rige el planeta, puede contraponerse un internacionalismo de nuevo tipo; pues está convencido de que podemos ser compatriotas no solo de nuestros antípodas, sino también de personas nacidas en otro tiempo:

“Es esa sensación que probablemente todos ustedes han tenido alguna vez al leer un poema chino de hace mil años. Esa sensación de que ese que escribe soy yo. Uno puede ser amigo o hermano de personas nacidas en otros lugares y en otras épocas. Y lo que me ha dado la literatura es la inmensa alegría de reconocerme en otros y sentir que hay otros que se reconocen en lo que escribo.”

Fue lo que le ocurrió a su amigo Enrique Buenaventura, el dramaturgo colombiano. Quien en una visita a Argentina se cruzó con un señor que jamás había visto.

—Yo soy un obrero —declaró el hombre a bocajarro—, me dijeron que usted es escritor.

—Sí, eso dicen —respondió Buenaventura.

—Quiero que me escriba una carta de amor.

—¿Para quién?

—Para ella.

—De acuerdo, se la escribo, cómo no. ¿Y qué quiere decirle?

—Pues si supiera no le pido.

Buenaventura, por supuesto, escribió la carta. Al día siguiente, el obrero le estrechó la mano:

—Muchísimas gracias, yo no sabía que era esto lo que yo quería decir.

Esa es la sensación que le queda a Galeano cuando escribe, que sus palabras expresan algo que otros quisieran decir. Pues, a fin de cuentas, qué otra cosa hace un escritor. Lo otro, las estatuas, el mármol, la fama, son puro cuento. El hecho de ser conocido, confiesa, solo implica un mayor grado de responsabilidad con lo que dice. Por eso reescribió las 366 páginas de su último libro, Los hijos de los días, 13 veces. Porque sabe que, le guste o no, eso que escribe influirá sobre otros, lo que implica una alegría y al mismo tiempo una responsabilidad. No se traga aquello de que un escritor trabaja exclusivamente para sí mismo.

Como afirmaba su querido mentor Juan Carlos Onetti, quien decía que él era como James Joyce, que escribía para un señor llamado James Joyce sentado al otro lado de la mesa.

—Qué par de mentirosos que son Joyce y vos —le dijo Galeano—, eso es mentira, si uno escribiese solamente para sí, entonces no publicara; a partir del momento en que publica escribe para otros.

Onetti y yo nos ofendimos. Él, por la parte que le tocaba; yo, porque me escuece que critiquen a Joyce, aunque la verdad es que un poco mentiroso sí que era. Onetti, que en ese entonces tenía fama de huraño, apenas recibía visitas y pasaba la mayor parte del tiempo en cama, se levantó crujiente, con mucho trabajo, fue hasta la puerta y dijo:

—Te vas ahora mismo de aquí y no volvés más.

Al día siguiente telefoneó:

—¿Seguís enojado?

Galeano rió al otro lado de la línea y junto a nosotros en el Centro Onelio. Cuando lo hace, solo deja ver el maxilar inferior. Así es, muestra los dientes del sur. El único protagonista de La venas abiertas de América Latina, su libro más conocido y que, en gran medida, opaca a todos los demás. “Me siento como Quino con Mafalda”, confiesa. Precisamente por él le preguntan ahora, por Quino no, por el libro, quieren saber si Obama leyó aquel ejemplar que le regalara Chávez.

“No, creo que fue un gesto simbólico —señala—, porque Obama no sabe una palabra de español y Chávez no le dio una edición en inglés, de las cuales hay entre 36 o 40. Tuve un traductor muy bueno en EE.UU. y esa traducción se publicó allá, era muy fácil conseguirla. Pero se trató de un gesto simbólico, no fue para que lo leyese. Era una manera de decir: ‘Yo quiero decirle que el mundo no acaba en su mundo, que hay muchos mundos dentro del mundo. Y que las versiones de la realidad americana no acaban con las que usted recibe cada día de sus asesores. Esta es la visión de otros’.”

La misma visión que ahora toma innumerables calles, como un efecto dominó, al más puro estilo de los 60. Algo que, demás está decirlo, a un escritor que nació en la acera de los que no tienen voz, le parece estupendo. Es una prueba de que el mundo no está quieto, de que se ha dividido entre indignos e indignados —frase que ya es antológica— y uno debe elegir de qué lado está:

“Yo no nací para neutral, ni para ser objetivo tampoco. Fue lo que ocurrió cuando escribí la trilogía Memorias del fuego, los relatos no eran objetivos. A don José Coronel Urtecho, el gran poeta nicaragüense, lo fui a ver al Río San Juan y le conté mi idea de recuperar la historia a partir de pequeños fragmentos, historias chiquitas, como me gustan a mí, que armaran un mosaico de las Américas, desde la del norte hasta la del sur. ‘El problema es que no consigo tener la objetividad necesaria’, le dije. Y me contestó: ‘No te preocupés, olvídate de eso, los grandes predicadores de la objetividad, quienes en su mayoría vienen de EE.UU., son unos mentirosos, no quieren ser objetivos, quieren ser objetos para salvarse del dolor humano’. Entonces me dije, ando bien, y ahí volví a escribir de la manera más subjetiva.”

Del mismo modo subjetivo con que ahora se confiesa partidario de los indignados, aunque sean movimientos caóticos y contradictorios, como la realidad misma. No hay que temerle a la contradicción, explica, pues según Hegel, Marx y la mayoría de las culturas precolombinas, ese es el motor de la vida. Hoy, la indignación es una prueba de dignidad, pues la dignidad conduce a la indignación y se manifiesta de maneras muy diversas. Pero afortunadamente el mundo es diverso, como en América Latina, donde nuestra mayor virtud es que somos diferentes.

Aunque, en realidad, ya no escucho. Descubro que instintivamente, casi por un acto reflejo, estoy asintiendo. Porque tampoco creo en la objetividad, es un mito, una historia de miedo para estudiantes de periodismo. Y me doy cuenta de que ningún escritor, al menos ninguno que valga la pena recordar, fue objetivo; todos partieron de la más personal de las subjetividades. Y repito, labios adentro, las palabras de Hermann Hesse, aquello de que nadie escribe tan mal como los defensores de una ideología envejecida. E imagino que quizá con algo de eso tenga que ver la buena literatura, tal vez empiece por una manera de mirar el mundo, un posicionamiento ético ante la realidad, colocarse de un lado de la vida y…

“No —me corta Galeano, encogiéndose de hombros—, puede empezar por cualquier cosa, no tiene origen y a veces no tiene destino. Nadie puede tener la receta de la buena literatura. Se puede hacer una receta de la buena tortilla de papa, pero no de la buena literatura. Porque anda caminos misteriosos, impensados, y muchas veces no llega a ser conocida ni difundida, pero no deja de ser buena por eso. Lo importante es sacar las palabras hacia fuera, sobre todo las que te atormentan, las que te pinchan o te lastiman por dentro. Eso es una catarsis que puede o no ser arte, a veces se convierte en arte y otras no, pero es siempre bueno. Escribir es bueno, hace bien, aunque no sea arte, lo mismo que la música, no todos son grandes artistas de la flauta o de la guitarra, pero lo importante es que la música suene.”

Hay tanto ruido que debo acercar el oído para escucharle. Alrededor nuestro, escritores jóvenes y viejos, maestros y aprendices, mujeres y hombres quieren llevarse su autógrafo o una foto con él. Aquí, es casi una estrella de rock. Su voz serena, igual que en los textos, acaba imponiéndose:

“Sin embargo, esas palabras que pinchan, por lo general, también tienen que ver con lo que le pasa al mundo, más allá de lo que el autor cree. Porque hay autores que creen que han hecho una obra estrictamente individual o solitaria y resulta que han expresado un drama colectivo sin saberlo. Por ejemplo, nadie pintó mejor el mundo del siglo XX que Franz Kafka, que en apariencia escribió sus tormentos personales, a propósito de las angustias que él sentía. Pero, en realidad, lo que hizo fue relatar el siglo XX como ningún otro escritor”.

Luego, tras algunas fotografías y reescribir sus páginas con varias dedicatorias, se marchó. Cuando salió a la calle, el gato ya no estaba. O tal vez seguía allí, agazapado en la oscuridad, despidiendo al amigo con la vista, hasta la próxima. Pero como de noche todos los gatos son pardos, y mucho más los que sonríen y saben de libros, a este, la verdad, no lo vi.

 
 
 
 

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Galeano en la Casa

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Galeano en La Habana, 2012
 

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Eduardo Galeano en la inauguración de la 53 edición del Premio Casa
de las Américas

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Presentación de “Espejos”, de Eduardo Galeano

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.