La Habana. Año X.
14 al 20 de ENERO
de 2012

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Ernesto Fernández, Premio Nacional de Artes Plásticas
No es “el momento decisivo”,
es lo decisivo del momento
R. A. Hdez., Yinett Polanco, Nirma Acosta, Abel Sánchez,
Helen Hernández, Enrique Smith • La Habana

A Ernesto Fernández no le gusta hablar de sí mismo. Teme que al contar la historia desde sus orígenes el pasado se le desdibuje “porque tú sabes, a la gente se les va olvidando las cosas”, dice mientras seleccionamos en su casa las fotos para una galería de obras suyas que aparecerá en la próxima edición de la revista. Por eso, cuando es él quien nos visita en la redacción de La Jiribilla, para, a pedido nuestro, conversar con todo el equipo, elige recordar a los otros, a quienes lo enseñaron a separar colores para imprimir, a quienes le dieron la oportunidad de apretar un obturador por primera vez, a “Carlos Fernández, un pintor, muy buena persona, el único cubano que tiraba bien en colores en los años 50; quien me dio dos pesos y me envió al cine a ver una película para ver la fotografía que se hacía en el cine”.

“Si algún día alguien se decide a hacer la historia de la fotografía en Cuba se va a tener que olvidar de todos los que se conocen y buscar más atrás, a esos maestros de la fotografía que hoy están olvidados”, enjuicia categórico mientras enuncia nombres como los de Generoso Funcasta y José Agraz de quienes se reconoce deudor.

Para Ernesto, quien comenzó en el mundo editorial con 12 años, “trabajar con gente que tenga que ver con la cultura, es muy importante. A pesar de que la revista Carteles era más cultural que Bohemia, eran personas muy cerradas. Había allí grandes intelectuales pero cuando Bohemia compró Carteles llegó una nueva generación de jóvenes: Guillermo Cabrera Infante, Rine Leal, Carlos Franqui, Oscar Pino Santos, Onelio Jorge Cardoso, Gregorio Ortega, etc. Todos jóvenes con unas ganas de trabajar tremendas”. Fue entonces cuando comenzó a hacer fotografía.

Muchos son los sitios donde Ernesto Fernández ha dejado su impronta. Entre todos ellos recuerda con particular intensidad a la revista Cuba, donde fue jefe de información. “Dirigí a gente tan talentosa como Eliseo Alberto Diego, Luis Báez, Norberto Fuentes. Creo que la gente que trabajábamos allí fuimos los más revolucionarios que hubo dentro del periodismo, lamentablemente muchos de ellos ya no están en Cuba, pero en aquel momento, éramos los más revolucionarios, revolucionarios basados en la crítica”.

Cuenta de una polémica que circula sobre la revista y asegura: “La ventaja que tienen las publicaciones es que quedan impresas, podemos discutir pero la razón va a estar ahí impresa. Nosotros le hicimos una monografía a La Habana, y Raúl Roa escribió a la redacción de la revista diciendo que era lo mejor que había leído sobre La Habana, le hicimos también un número sobre la historia del Partido Comunista de Cuba, cosa que no se le había ocurrido a nadie”.

Aunque es un hombre modesto, también es muy buen conversador, sobre todo si se habla de su pasión favorita: “Para mí la fotografía es todo, yo estaba pensando en qué me hubiera pasado si no hubiese hecho fotografía porque la fotografía me ha hecho sentir socialmente útil. Me sería muy difícil explicarlo, pero es algo que me ha pasado muy pocas veces, es cuando tienes la seguridad y la tranquilidad de que lo que estás haciendo tiene un valor. Nunca se me ocurrió ser albañil, encofrador, plomero, pero cuando quise hacer el libro de la microbrigada en la década de los 70, me inscribí en una. No quería construir un edificio, quería hacer un libro, pero esa era la vía. Estuve tres años, aprendí muchísimo, fui plomero y encofrador. Fue otra de las etapas donde sentí que fui útil, que estaba haciendo algo necesario”.

“La fotografía es una de las cosas más amorosas que hay. Todo el que hace este trabajo tiene que estar enamorado de él. Es conocer bien a la gente, hasta en los malos momentos. Yo no hubiese podido vivir sin la fotografía. Tuve la suerte de hacer un testimonio de todo lo que estaba pasando. En los años 1959, 60, 61 y 62 este fue el país más publicitado en el mundo. Cada vez que terminaba el año, Cuba había salido diariamente en 30 millones de periódicos. En todos los lugares se hablaba de este país. Cuba se convirtió en una fiebre en el mundo”.

En las historias de sus andanzas se entrelazan anécdotas con los nombres de ilustres compañeros de ruta: Pablo Armando Fernández, Ciro Bianchi… Con ellos recorría el país. “Me gustaba tanto hacer fotos que mis trabajos los provocaba. Ese es uno de los privilegios que tenía. Me pagaban por salir de vacaciones: la fotografía eran para mí unas vacaciones. Me daban todos los medios para moverme por todo el país o al menos yo provocaba que en la publicación lo hicieran. Otra gente, que veía la fotografía como un trabajo, cuando le decían: tienes que ir a Santiago de Cuba, por ejemplo, le costaba trabajo; a mí me encantaba, y siempre estaba dispuesto a ir a Santiago, a Pinar del Río o a los lugares más recónditos, aunque las condiciones no fueran a veces las mejores”.

Tal como le sucedió a Korda con la foto del Che cuando el entierro a las víctimas de La Coubre, la fotografía por la que hoy identifican a Ernesto Fernández tardó tiempo en salir a la luz. “La foto de Martí la tuve guardada toda la vida y pensaba que nunca la iba a publicar, pues en aquel momento, en el año 1958, no la quisieron publicar en la revista Carteles. Marucha preparó un libro sobre fotografía cubana y fue a ver a mi hijo para pedirle mis imágenes, porque yo no estaba en Cuba en ese momento. Ella le pidió imágenes de la guerra que era por lo que más me conocían, y mi hijo le dijo que yo tenía también otras imágenes que valían la pena tener en cuenta. Seleccionó algunas y por eso en el libro sobre fotografía cubana de los años 60 sale esa foto del momento que estaban construyendo en la entonces Plaza Cívica, y el busto de Martí reposaba a la espera de ser finalmente colocado”.

Para Ernesto, “la visión y el tratar de hacer la fotografía que quieres no tienen nada que ver con la fotografía que quieras tirar. Una cosa es el placer de hacer fotos y otra la responsabilidad de hacerlas”. Recuerda que en sus trabajos como fotorreportero se le ocurrían “tres o cuatro imágenes muy interesantes, pero cuando haces un reportaje tienes el tiempo limitado, y si vas con un redactor lo tienes más limitado todavía. A veces pasabas por un lugar y en media hora tenías que retratarlo. Otras, en un sitio te venían un grupo de imágenes a la cabeza, pero podías tirar dos fotos, porque habías ido con dos rollos. Hubo momentos que salimos a tirar con dos rollos para hacer un reportaje de ocho o diez fotografías y tenían que ser buenas. Había que medir muy bien lo que hacías, pero como en todas las cosas, mientras más te aprietan la tuerca más te enseñan, porque más tienes que afinar la puntería. Con el desarrollo de la fotografía, llegó el telémetro pero en ocasiones había que mirar y enfocar y eso no era fácil porque estabas retratando gente que se movía o caminaba muy rápido; los fotógrafos viejos tenían una habilidad para eso muy sencilla: calcular las escalas: si alguien venía caminando uno calculaba, cuando pase por al lado del poste hay diez pies, ponía la cámara para diez pies y cuando la persona pasaba por el lado del poste apretaba el obturador. Había que regular también el diafragma para la luz, para que quedara enfocado. Ahora con el desarrollo de las tecnologías puedo coger una cámara y dispararla 60 veces, pero también debo pensar qué voy a hacer”.

“Siempre estoy creando imágenes en mi cabeza, buscándolas y metiéndolas en la memoria, luego lo único que hay que hacer es dejar que el cerebro trabaje. Así era como hacía mis reportajes. Al inicio, de joven, quería competir y llegaba a los lugares a tratar de crear imágenes, pero era una locura porque se te agota la cabeza y tampoco me alcanzaba el tiempo. Me di cuenta de que tenía que tomar fotografías, eso me quitó el miedo al reportaje. Entonces, cuando llegaba a los lugares los retrataba para tratar de dar el universo de aquel sitio como yo lo había visto y las fotos quedaban muy dignamente. Cuando terminaba y sentía que ya estaba el reportaje completo, me ponía a hacer fotografías ‘de otro tipo’ y era impresionante porque iba caminando, y los lugares por los que ya había pasado cobraban un carácter nuevo y veías otros detalles que no habías visto antes”.

“Yo no creaba una fotografía, yo veía una fotografía. En Girón por ejemplo, para tomar la foto de los autobuses recuerdo que caminé detrás de ellos para hacerla, porque yo la estaba mirando, el cerebro me lo estaba diciendo. Ni la pensé, sola vino, tal vez por todo el archivo de imágenes que tenía en mi cabeza, de ver tanto cine también. Eso lo aprendí de Hemingway que decía: me paro delante de la máquina y empiezo a escribir cualquier cosa hasta que sin darme cuenta puedo estar escribiendo un capítulo de una novela o un cuento.”

A Ernesto Fernández le atrae la figura y la obra de Hemingway, más el cronista que el novelista. Él mismo pudo haber sido uno de sus personajes. Ernesto fue el primer fotógrafo en llegar a Girón cuando la invasión en 1962. Suya es la foto del primer caído en combate. La historia de cómo en Nicaragua lo abrazó un puma y salió ileso, pareciera salida de la misma pluma que recreara aquel duelo del viejo hombre de mar contra los tiburones. Al más puro estilo de Hemingway es la anécdota de la emboscada a la que sobrevivió en Angola en los años 80 y el entierro del pequeño que murió a causa del fuego cruzado. Se reconoce como un hombre con suerte. Tal vez sintiera que la cámara era su resguardo contra todo mal. “No es que sea ni más valiente ni más cobarde que nadie, pero nunca me vi entre los muertos. Sentía que yo estaba allí para hacer eso, para tirar fotos”.

Tan impactantes como las fotos de los años de la épica, son las del período especial. “Mis fotos de los 90 no las enseño mucho —dice cuando le preguntamos por el testimonio gráfico captado durante esos años y baja la voz, como si conversara consigo mismo—. Salí en el 92 y en el 97 a hacer fotografías, y no me gustó lo que estaba haciendo, era muy dramático, terrible para mí… Me afectaba en lo personal, pero de todas formas decidí un día salir a hacer las fotos que hoy forman parte también de mi obra”.

Otras fotos suyas en Caracas y en Brasil hablan de su trabajo más reciente, con el que también ha organizado exposiciones por todo el mundo. Con un amplio reconocimiento en el exterior que se ha incrementado en las últimas dos décadas, Ernesto ha expuesto en EE.UU., Canadá, Dinamarca, Italia, Francia, Reino Unido y México, entre otros países. Entre los lauros que ha recibido se encuentran los Premios Interpress Photo (URSS, 1985), Premio Fotografía Iberoamericana, de la Universidad de Harvard (Boston, 2000) y Premio OLORUM Iberoamericano (La Habana, 2005).

Dilma Rousseff en el Foro Social Mundial. Belém do Pará, 2003

Como un testigo elocuente, así podría catalogarse a Ernesto Fernández. “Cuando aprendí fotografía y me leí algunos libros siempre se hablaba de que uno tenía que retratarlo todo, había un principio que decía: retrátalo todo que todo tiene importancia, todo tiene una historia que contar. La fotografía detiene el tiempo. Cuando aprietas el obturador se paraliza todo. Y constatarlo me atrapó para siempre. Nosotros podemos seguir conversando, pero en esa foto ya eras más joven, y cuando terminamos la conversación ibas a ser 20 minutos más vieja que en la foto.

“En el periodismo hay un axioma muy interesante: ‘el problema no es estar, es llegar a tiempo’. No soy Cartier-Bresson —concluye—, pero para un fotógrafo lo importante no es ‘el momento decisivo’, es lo decisivo del momento. No es llegar y retratar lo que hay en el momento decisivo, si no lo que consideras decisivo. No es lo que pasa, sino lo que ves.”
 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs
Fotografías de Ernesto Fernández (1957 - 1968)


GALERÍA de IMÁGENEs
Fotografías de Ernesto Fernández (1974 - 2006)

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.