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de 2012

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Oscar Zanetti Lecuona, Premio Nacional de Ciencias Sociales

La Historia está en los matices

Helen Hernández • La Habana

Foto: Archivo

En nuestra era ya no existen las verdades absolutas. Los imaginarios sociales se van construyendo con la participación de múltiples factores, especialmente influidos por los medios de comunicación. Pensar y escribir sobre el pasado en el contexto de esta súper abundancia informativa reviste nuevos retos, pues conviven interpretaciones distintas —a ratos tergiversadas— para similares acontecimientos, personajes y procesos políticos.

La responsabilidad y seriedad del profesional de la Historia tiene entonces especial acento, por eso mi entrevistado no deja de insistir en la dimensión ética de quien cultiva esta ciencia. Así lo ha encarado en su propia vida profesional, que comenzó a finales de la década del 60 del siglo XX en la Universidad de La Habana.

Oscar Zanetti Lecuona ha compartido la docencia con la investigación desde la perspectiva económica de diferentes etapas de la Historia de Cuba. Los libros United Fruit Company: un caso del dominio imperialista de Cuba (1976), El proceso de la investigación histórica (1979), Metodología de la investigación histórica (1985), Caminos para el azúcar (1987) —galardonada con el premio de la Asociación de Historiadores del Caribe—, Comercio y poder: relaciones hispanonorteamericanas en torno a 1898 (1999) —ganadora de tres premios (Casa de las Américas, Academia de Ciencias de Cuba e Instituto Cubano del Libro)—, El Estado interviene la regulación de la industria azucarera cubana (2002) —ganadora del premio anual de la Academia de Ciencias de Cuba—, Los cautivos de la reciprocidad (2004), Isla en la Historia. La historiografía de Cuba en el siglo XX (2006) y casi 40 artículos, son prueba de su pasión investigativa.

Aunque el objetivo del trabajo nunca son los premios, la comunidad intelectual cubana ha recibido con regocijo el otorgamiento del Premio Nacional de Ciencias Sociales a Zanetti. “Soy de los que piensan que lo mejor en la vida es lo que queda por hacer, y el premio quizá sea una especie de anticipo de otros proyectos a partir de una labor intelectual a la cual se pretende dar continuidad”.

El ejercicio de la docencia universitaria lo considera indispensable para los historiadores. “Cuando he trabajado en institutos de investigación me he percatado de que los colegas sin experiencia docente pueden tener problemas para comunicar sus resultados, no solo oralmente, sino en el lenguaje escrito. La docencia te obliga a la síntesis, debes tener un caudal de conocimiento tomado de fuentes amplias y concentrarlas”.

Por ahora adelanta el seguimiento de cuestiones de la historia económica entre la década de los 20 y 60 del siglo XIX, además de la labor de síntesis fruto de una acumulación que busque integrar resultados más amplios.

A partir de su experiencia como profesor universitario, ¿cómo ha evolucionado la preparación de los profesionales de la Historia en Cuba?

Hemos tenido etapas distintas. La que corresponde a la época en que me formé te hacía andar a tientas. En la etapa de los 60, gozamos de una amplitud de recursos y fuentes de información superior a lo que vendría luego. Estábamos al tanto de la historiografía francesa, inglesa..., pero no había claridad en cuanto a la aplicación de ese conocimiento. No teníamos concepto claro sobre el ejercicio profesional o el perfil de aplicación de la Historia como profesión. Había confusiones muy grandes sobre temas como el de la investigación multidisciplinaria, por ejemplo.

Cuando comencé como profesor, en los 70 y 80, ya había una visión clara en ese sentido, y estábamos tratando de formar un licenciado en Historia enfocado hacia la investigación, pues ya se había producido la separación de los institutos pedagógicos. Esto llevó a que se estableciera toda una concepción dirigida a formar investigadores, a veces por encima de lo que en carreras equivalentes en el mundo se estaba realizando.

En la actualidad, se busca un graduado con una formación más general, cuyas posibilidades de desarrollo profesional sean mucho más amplias y puedan desarrollarse tanto en los perfiles de investigación, como en los pedagógicos.

Ese otro espacio de la enseñanza de la Historia que tiene que ver con los niveles elementales, se ha criticado mucho en los últimos tiempos.

Han existido debilidades serias al respecto. A finales de los 70 y principios de los 80, la enseñanza de la Historia de Cuba desapareció y se impartía en un conglomerado que pasaba de la Comuna de París a la Guerra del 68; pero eso ha ido pasando.

En la actualidad, existe un esfuerzo serio para intentar disponer de textos más apropiados para la enseñanza de la Historia en todos los niveles, pero quizá el problema esté más en el docente. Esta asignatura requiere una disposición y sensibilidad para captar los procesos. Los recursos para enseñarla son muy diversos y solo se sabe aprovecharlos si hay una vocación o sensibilidad para la materia. A veces la concepción de la Historia es muy esquemática desde su impartición. Se presenta como una especie de western con papeles distribuidos de antemano, pero lo que realmente hace atractiva la Historia es su complejidad, los problemas que encierra, los matices diversos de una situación o una personalidad, y todo esto se pierde con la tendencia a la esquematización. Se convierte en un conjunto de datos que se unen para memorizar en un examen, y eso no tiene sentido. Sé que es imposible generalizar, que hay profesores que trabajan en la enseñanza media con un verdadero sentido creativo; pero las posibilidades a veces son limitadas, también por los recursos. No todos los estudiantes disponen del texto o no hay posibilidad de mover a un grupo de alumnos a un sitio histórico, que es el tipo de mecanismos que pueden darle vida a la asignatura. Por los colegas que tienen que ver con eso, conozco sobre el interés por lograr una materia dinámica, atractiva; pero la medida en que esto se logra es realmente limitada.

En una entrevista, comentó que “una de las constantes más sobresalientes en la historiografía cubana ha sido la conexión entre el quehacer historiográfico y las necesidades e inquietudes de la sociedad en cada momento”. ¿Cómo se cristaliza esta idea con respecto a las investigaciones históricas de los últimos 20 años?

Como resultado de la evolución de la historiografía a escala mundial, los problemas que se plantean los historiadores contemporáneos, los asuntos que los motivan, han estado cada vez más cerca de los problemas de la sociedad, de la cultura en su expresión más cotidiana. La Historia se ha acercado a la gente común. Ya no se trata solamente de los héroes y las grandes personalidades que marcaron una etapa, sino de cómo vivió el ser común y corriente, qué pensaba, qué lo motivaba, cómo participó. Eso ha ido completando, en una escala muy insuficiente todavía, la imagen de nuestro pasado desde un punto de vista multifacético. Sin duda, este acento social en la escritura e investigación de la Historia a la larga la hace más cercana a la gente, porque es capaz de ver en el pasado cómo luchaban, qué sentían, a qué aspiraban personas como ellos, en sus propias circunstancias.

Sin embargo, esa visión, al menos editorialmente, se encuentra todavía atomizada.

Lo que sucede es que conjuntamente se tiende a una individualización o reducción de los objetos de investigación. Estamos pensando en familias concretas, en comunidades, en pequeñas economías, en un acontecimiento político que involucró a un grupo reducido de personas. Eso trae como consecuencia que la visión sea fragmentada y, por supuesto, siempre queda como un reto la síntesis capaz de calar en una visión de conjunto, amplia, los procesos históricos.

Se trata de estadios en el desarrollo de una disciplina. Hay momentos analíticos que van generando esta fragmentación y luego habrá otros de síntesis, en los cuales se produzca la integración de esos conocimientos. Lo fundamental es que quienes investigan, aunque estén haciéndolo sobre objetos particulares o sobre el colectivo específico, tengan una visión clara del conjunto de la historicidad del momento, de manera que sepan exactamente cómo se integra ese elemento particular dentro del conjunto.

En cuanto a la historia económica, su área de especialización, ¿existe una continuidad entre los jóvenes?

Aquí la situación es inversa a lo anterior. En la misma medida en que en las dos últimas décadas se produce lo que algunos historiadores llamaron la recuperación del sujeto, cuando me formé como historiador la reina de las disciplinas era la historia económica. Ningún historiador que se creyera moderno podía ignorar el papel de los procesos económicos en la Historia. Como todo, la tendencia tuvo sus excesos. La búsqueda de una mayor precisión con respecto a los procesos económicos, su análisis cuantitativo, llevó a que se perdiera de vista quién creaba la riqueza, quién estaba tras esos procesos, quién consumía: las personas. Perdió la dimensión humana de los problemas y por eso es la recuperación de esta perspectiva.

En otros países, los historiadores tendieron a privilegiar problemas sociales y culturales y la historia económica quedó como una materia trabajada por economistas con un interés histórico. Eso tuvo la ventaja de mantenerla viva, de profundizar su estudio sobre problemas demasiado complejos que requerían posibilidades de análisis matemático, pero lo distanció del tipo de producto historiográfico a que la gente está habituada y no siempre despertaba el interés esperado.

Para Cuba todavía ha sido peor porque nuestros economistas, aunque han tenido una formación marxista que de por sí es historicista, no suelen acercarse a los problemas desde una perspectiva histórica y no ha habido una historia económica desarrollada por economistas. Solo un grupo reducido de historiadores desarrollan temas de historia económica, y cuando los economistas entran en los problemas desde una perspectiva histórica, a veces no tiene en cuenta el trabajo de los historiadores.

En relación con lo que se hacía hace 30 años, nuestra historia económica ha experimentado una decadencia, y lo más preocupante es que dentro de la nueva generación de profesionales todavía uno no encuentra a aquellos que les atraigan estos temas. Afortunadamente a escala nacional se ha ganado una conciencia de la importancia de analizar los problemas económicos para el destino del país y la perspectiva histórica es muy importante para trazar políticas.

Su acercamiento a las realidades económicas de la primera mitad del siglo XX en Cuba reconoce las múltiples contradicciones de la etapa.

Las realidades económicas republicanas son muy complicadas y con muchos matices. De una manera casi axiomática hemos presentado la agricultura cubana como latifundista y monoproductora. Sin embargo, cuando entras a analizar la agricultura en la primera mitad del siglo XX, la propiedad es latifundista, pues había compañías azucareras con 50 mil hectáreas, pero desde el punto de vista de su explotación se organizaban en columnas cañeras relativamente pequeñas, lo cual hace que si bien el latifundio era un atributo de la estructura de propiedad, no era un atributo de la forma de explotación agraria.

Lo mismo sucede con la monoproducción. Tuve la posibilidad de estudiar el diez por ciento de las colonias cañeras en el país y yo mismo me quedé sorprendido porque era de los que pensaba que solo se cultivaba una variedad, y cuando empecé a profundizar me di cuenta de que en algunos casos tenían ganado, vaquerías y cultivaban otros tipos de productos para autoconsumo y a veces para mercados más amplios. Son realidades históricas que no hemos percibido por un mecanismo reduccionista en el análisis y que son las que explican situaciones como las que estamos viviendo.

Cuba no estaba entre los países más atrasados de Latinoamérica en los años 50, y tampoco era de los más desiguales si lo comparamos con las estructuras de ingreso de México o Brasil. No era una condición extrema en ninguno de los dos sentidos. Ahora, sí tenía problemas muy serios, porque la economía cubana había mostrado mayor dinamismo desde el punto de vista de su crecimiento en el primer tercio del siglo XX y las limitaciones que habían ido planteándose desde el punto de vista de los mercados azucareros, las cuotas norteamericanas, etc., habían ido reduciendo esas posibilidades. En la misma medida se había desarrollado, por limitaciones de orden estructural, la dependencia económica con respecto a EE.UU. Era un país que estaba perdiendo terreno con respecto a la posición de 20 o 30 años antes.

Otros países de América Latina con menos posibilidades de desarrollo estaban teniendo un crecimiento mayor que el cubano en la década de los 50. Una de las expresiones de este problema es el aumento del desempleo, que desde el punto de vista social y económico es de los fundamentales. Era una situación de polarización extrema en cuanto a ingresos, independientemente de que había diferencias muy marcadas entre el campo y la ciudad. Esto también determinaba la percepción, porque cuando tienes una sociedad muy segmentada, sus componentes en peor o mejor situación están distantes. Sin embargo, como en Cuba la distancia no era tanta, la percepción de las desigualdades era muy notable, porque era un país con bastante fluidez desde el punto de vista de la comunicación. Tenía más radios que cualquier otro en América Latina. Era una sociedad muy compleja, con problemas muy serios, con contrastes entre el progreso y el retraso muy notables, pero con una fluidez de comunicación interna que hacía que la sensibilidad hacia los problemas estuviera extendida con respecto a otros países de la región.

¿Por qué afirma que Cuba parece más Isla en la Historia que en la geografía?

Cuba ha tenido situaciones muy excepcionales a lo largo de su historia. Fue la única colonia española que se quedó al margen del proceso independentista en la segunda y tercera décadas del siglo XIX; es la única que hace una revolución socialista medio siglo antes de que algo parecido se planteara en el continente, y si nos ponemos a buscar más detalladamente, nos encontramos con otros momentos que son, a primera vista, excepcionales.

Sin embargo, los historiadores cubanos, quizá imbuidos en estas singularidades, no han atendido de manera suficiente los contextos en los cuales se producen los hechos y los puntos de coincidencia con procesos de América Latina o Norteamérica. Me llamó la atención cuando colegas que trabajan la historia latinoamericana encontraron conexiones entre la Guerra de los Diez Años y el proceso de las reformas liberales latinoamericanas. La independencia de Cuba se produce en un momento en que se están liquidando relaciones precapitalistas en el continente, una de las cuestiones que están en el tintero de la gesta. Independientemente de la gran tarea de la liberación nacional, hay otras cuestiones que coinciden con movimientos políticos que se están dando en América con características distintas.

Cuando he hecho trabajos comparativos de la historia económica en el tema azucarero con Puerto Rico o República Dominicana en el siglo XX, hay tendencias que se están desarrollando en las tres islas dentro de circunstancias políticas distintas. La perspectiva de entender los procesos de nuestro contexto histórico saltando los límites del archipiélago nos permite entendernos mejor.

¿Cuáles son las deudas de la historiografía cubana?

Había un filósofo italiano que decía que cada generación tiene que escribir su historia; y no es que la historia tenga que escribirse cada 20 o 30 años, pero cada generación, desde las circunstancias que ha vivido, mira el relato de su pasado y encuentra inconsistencias, ausencias, cuestiones que van a motivar a los historiadores a investigar. Sería muy aventurado de mi parte hacer un diagnóstico sobre las ausencias de la historiografía cubana, porque a lo mejor dentro de 30 años lo que veo como laguna no lo sea. Pero hay problemas indiscutibles.

Uno es la insularidad de nuestros análisis historiográficos, como expliqué antes. Otro es lo que algunos llaman el habanerocentrismo, la desigualdad de nuestra imagen histórica desde el punto de vista de sus componentes territoriales. La Historia de Cuba ha estado muy centrada en La Habana, muy generalizada a partir de las realidades habaneras, y hay particularidades notables en otras regiones del país sin las cuales no se puede entender el funcionamiento de la Historia. Cuando empiezas a estudiar Historia de Cuba, toda la mitad del siglo XIX te lo pasas en La Habana y no vas más allá de Santiago de Las Vegas. Luego, en 1968, los escenarios se trasladan a Oriente.

El reconocimiento de los aportes de las regiones a la historia nacional es, sin duda, una carencia importante de nuestra historiografía, que ha tratado de irse cubriendo con los trabajos de investigadores de distintas provincias. Pero la cuestión no estaría en demostrar que una localidad fue parte de los grandes procesos nacionales, sino en reivindicar las singularidades de ese lugar, que es lo que constituye un aporte a la construcción de una visión multifacética de la Historia de Cuba.

Otro asunto es la presencia de las capas populares dentro de la Historia. A pesar de los esfuerzos una vez orientados a la historia del movimiento obrero, en buena medida todavía está por estudiar la participación de esa gente en la historia, pero no desde su incorporación a uno u otro movimiento político, sino de cómo vivían, en qué condiciones, qué pensaban, qué querían, qué anhelaban, cuál era su sensibilidad y sus problemas, algo que la historiografía no ha recogido.

¿Cuál es la función del profesional de la historia en los contextos actuales?

El profesional de la historia tiene un compromiso con su sociedad y sus contemporáneos a escala nacional. Es un ser humano de su época y esto supone un grupo de responsabilidades de distinta naturaleza.

Es importante ofrecerle a la gente la capacidad de conocer su circunstancia, que es en buena medida un resultado histórico. No quiere decir que todo lo que integra nuestra realidad presente esté determinado por cosas que ocurrieron en el pasado; pero como conjunto, el conocimiento del pasado, la perspectiva de los procesos en una proyección temporal más o menos larga, permite a la gente entender su realidad, los problemas que enfrenta, y de alguna manera proyectar soluciones, establecer sus aspiraciones existenciales desde una visión más realista.

Esto se conecta con la ética de quien escribe la historia.

Por supuesto, porque se puede construir casi cualquier versión del pasado, solo depende de qué acontecimientos y protagonistas quieras tener en cuenta. Se pone a uno en primer plano y a los otros se pierden de vista y se traza una versión determinada. Otro puede buscar lo que dejaste de lado, fijar su atención en lo que considera importante y llegar a otra historia. Un historiador siempre va a ofrecer una visión relativamente parcial y tiene que ser consciente de que lo que está ofreciendo es eso. No revela una verdad absoluta, sino una visión de los asuntos para que el lector se acerque a la verdad, con esos elementos y con los que puedan encontrar en otros lugares.

La ética está en no adoptar una visión intencionada de los procesos en la cual, por el interés en demostrar algo, te pongas anteojeras y mires solo aquellos acontecimientos que permitan demostrar de antemano lo que querías. Otra cosa es tener siempre la modestia necesaria para hacerle entender al lector que no le estás haciendo una revelación, sino que estás aportando elementos de juicio a partir de lo que modestamente has podido encontrar, para que, con eso y con otras versiones, construya sus imágenes del pasado. Todos somos copartícipes del pasado y todos tenemos derecho a apropiarnos de él, e incluso la responsabilidad de hacerlo.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.