La Habana. Año X.
14 al 20 de ENERO
de 2012

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El árbol de la poesía

Abel Sánchez • La Habana

“La ceiba, aislada en un espacio por ella elegido, me hablaba en un idioma desconocido del nogal, el encino, el tilo, el abedul. Árbol parado por derecho propio, indiferente a las sequías, indiferente a las lluvias, desafiador de huracanes, testigo impasible y enhiesto de diez, veinte, ciclones, en cuyas ramas no anidaban pajarillos porque no le interesaban los solos de pífano ni las músicas de cámara, sino las sinfonías de los vientos viajeros que, de paso, le narraban la historia del mundo —historia que para este árbol empezó cuando lo vegetal, en hierbas de gigantesca estampa puso por fin, después de muchas luchas, un color verde sobre la siniestra grisura inicial de la Tierra.”

Alejo Carpentier, La consagración de la primavera

 

Así, con las palabras de Carpentier, recitadas al pie de su ceiba, comenzó la mañana. Aunque, en realidad, fue mucho antes, sobre una guagua con tan fuerte olor a gasolina, que las poetas Lina de Feria y Lisette Clavelo prefirieron contenerse y dejar los cigarros apagados. Iban en silencio, mirando la llanura que corría a nuestro lado.

A diferencia de ellas, el poeta puertorriqueño, Antonio Salvador, como siempre, hablaba. Ya lo hacía minutos antes de montar, cuando explicaba que existen pocas palabras en el idioma que denoten en sí mismas su significado, y una de esas es, sin duda, rascabucheador. Una vez dentro, disertó sobre la economía, el dólar, el yuang, las elecciones en Venezuela, el fútbol y el pasado oscuro de Bugs Bunny. Su auditorio, un grupo que por lo general no suele estar de ese lado del espectáculo: los músicos de Mate. Después de las bromas, la algarabía y el whisky inicial, Salvador logró que le escucharan, a ratos consternados y a ratos riendo, así de ambiguo anda el mundo. Mientras disertaba, Sinecio Verdecia, también poeta, leía tranquilamente un Palante, de vez en cuando levantaba la cabeza, tocada con un sombrero pequeño, y reía.

Ahora, por fin, tenemos la ceiba delante. Está, donde aseguraba Carpentier, a un lado de la carretera que lleva a San José de las Lajas. Los miembros de la Asociación Hermanos Saíz de Mayabaque han acondicionado el lugar. Trajeron sillas de hierro, comida envuelta, dos bocinas enormes y el resto del sistema de audio, no falta nada. Todo absolutamente anacrónico con el monte, pero ideal para recordar eso que todos los diciembres trae aquí a músicos y poetas: la memoria de don Alejo.

Junto a la ceiba, una tarja sobre la que ya no puede leerse nada, los años le han quitado la inscripción, pero igual sirve para marcar que es esta, y no otra, la que aparece en La consagración de la primavera.

Lisette Clavelo y Lina de Feria se sientan frente al público. El árbol, imponente, al fondo. La voz firme de Clavelo deja que fluyan las estrofas despacio, en lentas bocanadas, como si disfrutara uno de esos cigarros que no pudo encender en el camino. Lina de Feria, en cambio, vibra. Le tiemblan la voz, los lentes, las manos, el libro, los versos. No hay podio ni altoparlantes, pero su lectura tiene aire de discurso, declaración, alegato. Termina con un poema emblemático, el más antologado entre los muchos que tiene: “Poema para la mujer que habla sola en el parque de Calzada”. Una mujer que ya no forma parte de los seres lógicos, los ha desterrado de su universo, ese que solo ella puede contemplar desde un banco, bajo el sol en los huecos de su sombrilla.

Un grupo de niños de ojos grandes y piel tostada también se han sentado, pero a la sombra, muy cerca del escenario. Su palco está hecho de yaguas, colocadas en fila sobre el suelo. Y, como palco al fin, tienen una vista privilegiada.

Pueden ver mejor que nadie el grupo Teatro de las Olas cuando interpretan para ellos la historia de amor entre la naranja dulce y el limón partido. O escuchar, quizá por primera vez, a Mate. Un sonido a ratos funky, a ratos blues, a ratos rock n’ roll. Fusión: el más posmoderno de todos los géneros. El audio a veces falla, pero las palmadas llenan los espacios vacíos.

El silencio no existe, menos aquí, con estas canciones que ya no resultan extrañas, que han llegado a ser tan campesinas como las otras, las de veras. Guitarras eléctricas del monte. Cuando terminan los músicos, Sinecio y Salvador se acomodan, por fin, sobre el escenario.

Cuadro interesante: Salvador, piel blanca ilustrada de tatuajes, cabeza rapada, espejuelos, short y camiseta de la guía del viajero; a sus pies, una maleta de cuero semejante a la de un médico rural, en la que lleva, como si fuesen fármacos, los poemas. El sol se cuela por entre las ramas desde un costado, iluminándole el cráneo. A su lado, en la sombra, está sentado Sinecio. Utiliza los mismos instrumentos musicales que tañeron alguna vez sus antepasados africanos, va a recitar justo como lo hicieran ellos, acompañándose de sonidos. Entre los dos poetas circula un odre de vino que humedece los versos.

Salvador lleva 13 años viviendo en Cuba. El plan original era quedarse por tres meses, que luego se transformaron en años, mujer, dos hijos y un hogar. Este, me confesaría luego, probablemente sea el lugar donde lo entierren:

“En Cuba veo al Puerto Rico que tal vez pudo haber sido. Veo muchos espacios muy parecidos a los que conocí de niño, que lentamente se han ido urbanizando en mi tierra y que aquí todavía permanecen vírgenes. Veo ríos, veo expansiones y veo un pueblo que en sus esencias es muy similar a lo que fuera el mío antes de la vertiginosa expansión que supuso el desarrollo industrial de los años 50. Veo a un cubano que respira el aire que pudo haber sido mío, si no hubiese girado hacia el desarrollo extremo y vulgar mi pequeñísima isla. Entonces, de algún modo pienso que este es el único otro sitio del planeta donde yo podría vivir. Al no estar en Puerto Rico, donde dos o tres meses francamente me enferman, llegar aquí y poder sentirme, no solo en casa y en familia, sino ante el horizonte de lo profundamente antillano y rescatarlo, no solo en mi exploración íntima sino también en la expresión del texto y en las imágenes que me abordan cuando transito, pues es algo sumamente valioso.”

Ahora, frente a la ceiba, promete que va a sosegarse, no leerá poemas tan espectaculares como los que acostumbra usualmente, sino otros de un registro más bajo. Esto no es del todo exacto. Cierto que, al principio, comienza tranquilo, en un tono menor. Pero, poco a poco, casi con incontinencia, las palabras se le desatan, las deja fluir y se mueve con ellas sin levantarse de la silla. Terminaron el sosiego, la calma y los signos de puntuación; ahora la entonación, las pausas, el ritmo están sujetos a la única voluntad de su voz. O, bien mirado, quizá sea exactamente al revés:

“En mi experiencia, el poema revela su ritmo interno siempre cuando es hallado. Revelar ese hallazgo entonces sería la tarea del exégeta, que en este caso fuera el poeta que escribe. Yo, luego de que por mis primeros años como aspirante a la escritura trabajara textos formalmente convencionales, he buscado liberar, desprender mi ejercicio de formas estrictas, que de algún modo coagulen de antemano los sentidos que intento transmitir. Si pudiera calificar mi proyecto, diría que se trata de la persecución de la última libertad sintáctica, de la última libertad expresiva, de la última libertad semántica, de la última verdad encerrada en el contenido que el propio poema según avanza revelando se me va mostrando. Y soy, entonces, una suerte de escriba arcaico que recoge esas formas expresivas sin juzgar muy severamente hacia dónde me conducen hasta tanto no conocer a fondo qué es lo que me han mostrado de mí mismo. Porque creo que un gran mal fuera prejuiciarme contra mi propia expresión sin saber todavía que es lo que las profundidades de mi inconsciente intentan mostrarme sobre la vida y el ser.”

Sobre esto habla en uno de sus poemas cuando, ya sin freno, arremete contra esos que hacen lo contrario. Aquellos que, en lugar de buscar hacia adentro, se enseñan; en lugar de intentar conocerse, tratan de que los conozcan; en lugar de hacer de la poesía un ejercicio de reflexión, la convierten en pose. Tan profundos, oscuros y metafísicos en ademanes y estilo, que se olvidan de la literatura. Porque Salvador no se opone a la elucubración, sino a la actitud impostada que la simula:

“Cuando esas elucubraciones están acompañadas de una maestría formal, como podría ser la de Jorge Luis Borges, tienen un valor en sí —aclararía horas más tarde—. Claro, Borges no solamente elucubraba sobre sus propias reflexiones en cuanto al infinito, o en cuanto a lo universal, o en cuanto a las tradiciones que a él le eran caras, sino también había evidentemente hallado verdades reveladas y las alcanzaba a expresar en un soporte formal que hacía justicia a lo dicho. Cuando yo decía aquello no estaba intentando negar las posibilidades especulativas, que no solamente le son cercanas a la poesía, sino que incluso llegan a ser tradición. La filosofía, la especulación metafísica, ajena incluso a la experiencia propia, son parte de nuestra tradición y no solamente un campo legítimo, abierto, válido, sino también fértil.

“A lo que me refiero es a la impostura que pretende sustituir el ejercicio verbal ajeno a toda comprensión propia por la vivencia, por el verso aterrizado en el sentimiento que se arriesga y se duele en el ejercicio de la creación poética, eso es diferente. De una parte, la alta especulación que haya un soporte formal. Y de otra parte, entonces, el ejercicio que nace, no del llamado confesionalismo intimista que, aun cuando reconozco sus méritos resulta distante de mi propio intento, sino de la impostura que desde su génesis se proyecta como ajena a sí misma y que por tanto se vacía de contenido y, a la postre, no dice nada, no transmite nada porque nada se transmitió a sí. En última instancia, el artífice y el artista son diferentes, en la medida en que los ejercicios formales le sirven al artífice para producir la apariencia de contenido, mientras que el artista se invierte en cada medida de su ser en la afanosa búsqueda de reconocerse y no ser reconocido. Es una diferencia importante y vale la pena recalcarla, subrayarla, si se quiere.”

Tal vez para eso, para recalcar, es que se ha puesto de pie, aunque nadie sabe muy bien por qué. Ha dicho que el texto se llama “Rage” y que está dedicado a un querido amigo: el actor Benicio del Toro. También hay un exergo de Dylan Thomas: “Rabia contra la muerte de la luz”. Eso fue todo.

Luego se levanta y dispara. Las ráfagas hablan de los muertos, esos miles de muertos en New Orleans, Irak, Afganistán o en cada rincón del mundo donde hay un pobre, muerto por eso que no tiene: el money. Y él se mueve, agita los brazos, se para en puntillas, salpica el micrófono, arquea el cuello, el cráneo brilla. Nadie respira. Después de gritar: “¡Rage!”, dos veces, con toda la ira que le permite su garganta, dice, muy bajito: “No hay tregua ni flores ni cintas ni brisa ni amores”. Otra pausa, mira a los niños sentados frente a él, esos que tienen los ojos más grandes que nunca, y termina: “Dios mío, cómo sepultarán a esos niños. Suficientes testigos, que no haya olvido”.

Ya sé que el silencio no existe, pero durante tres segundos, el monte no emitió ningún sonido. Minutos más tarde, aún sin dejar de aplaudir, todos intuíamos que acabábamos de ver uno de los mejores poemas de esos que suelen llamar performáticos:

“A mí me parece que la palabra y la lengua se actualizan en la oralidad, y no cobra toda su significancia, sino hasta que no ha sido expresada oralmente. De ese modo, creo que las cualidades, los sentidos, el volumen, el peso, incluso, el silencio significativo que precede o sucede a una palabra, no resultan sino hasta la expresión oral. Y estos poemas de un corte que ha sido dado en llamar performático, desde mi visión, no son sino precisiones semánticas, atribuciones, rasgos atribuidos que se otorgan a la palabra para hacerla más cercana al que la recibe. De otro modo, la palabra quedara distante en una ambivalencia insoportable, en una ambigüedad cuyo esfuerzo por precisar entonces sería parte del ejercicio del receptor, mi intención no es sino acortar esa distancia”.

Sinecio, que ha sido su contraparte esta mañana, piensa lo mismo. Y digo su contraparte porque mientras uno echaba a correr las palabras; el otro, más comedido, buscaba el equilibrio. Su lectura, acompañada de los sonidos de África y del monte, tuvo algo de oración o de patakí, recordaba a los viejos proverbios recitados junto a la hoguera, los ojos fijos en las llamas. Para Sinecio, la poesía es casi un arte marcial, y el poeta, un sacerdote de la palabra. Por eso debe usarlas en su justa medida, dándoles el valor que cada una posee. Según este concepto, el poema tiene mayor fuerza cuando es recitado, pues la comunicación a través de la oralidad, como aseguraban los antiguos, es mucho más directa que sobre el papel.

Yo, un tanto escéptico, dudo. Sospecho que al leer en voz alta, con una entonación específica, el autor puede condicionar el proceso de decodificación y limitar una lectura que de otra manera tendría mayor polisemia. Al respecto, Salvador es tajante:

“Es mi poesía, son mis poemas, son mis textos, tengo todo el derecho a  hacerlo así.”

Después, hubo más versos, más música y don Alejo terminó, igual que todos, entrelazando una ronda alrededor de su árbol, acompañados por la voz de Teresita Fernández. Aunque, a decir verdad, Carpentier seguía entre nosotros mucho más tarde, ya lejos de la ceiba, escuchando las palabras enronecidas de Antonio Salvador cuando me señalaban el camino del arte. O mejor, el del artista, porque el del arte nadie lo conoce:

“¿Quién sabe cuál es el camino del arte? Si se arriesga, si penetra, si revela, si acerca, si besa, entonces sí es arte. ¿Cuáles son los códigos? ¿Cuáles son los instrumentos para acercarnos? ¿Quiénes pueden categóricamente afirmar una u otra cosa en este sentido? No soy yo. A mí lo que me interesa es aprender a morir. Acercarme a ese tránsito sabiendo que toda prestancia es efímera, que toda ganancia perdura solo en la memoria y que yo también moriré, como las rosas y Aristóteles.”

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.