La Habana. Año X.
24 al 30 de DICIEMBRE 

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

Historia del fútbol en la Isla
Juan Antonio Lotina • La Habana

Agonizaba el año 1911, era el 11 de diciembre, cuando dos entidades gloriosas midieron sus armas en el fútbol por primera vez, de manera oficial, en esta hermosa tierra. Así quedó grabado con rasgos indelebles el nacimiento de un deporte que, por su bondad nunca superada, cundió por todo el orbe para colocarse en forma perdurable como el más atractivo de cuantos han practicado los humanos en toda época.


En
esa misma barriada del Cerro, que hoy se estremece ante las sacudidas espasmódicas que el gigante de hierro del béisbol el Estadio Latinoamericano—, sufre a consecuencia de la rugiente multitud que la invade, fue escenario también del nacimiento del más universalizado de los juegos atléticos. Ocurrió en el Campo de Palatino, no muy lejos del lugar que ocupa hoy la catedral de las bolas y los strikes.

Y para que quedara esculpido con perfiles imborrables para la posteridad, la procedencia auténtica, la nacionalidad de los divulgadores de ese deporte y la de aquellos que lo adoptaban para sí como propio también, los nombres  de los equipos que por primera vez se enfrentaron fueron el Hatuey y el Rovers. Aquel de origen bien criollo, este oriundo de la gran Albión. Y los elencos que le integraron respondían fehacientemente a esos apelativos, pues mientras en el de los "caciques" predominaba el jugador nativo, el que capitaneaba Jack C. Orr estaba cuajado de nombres ingleses, escoceses, irlandeses y galeses, exclusivamente.

Un año antes había quedado formado el primer organismo que rigió el fútbol cubano. Había que darle contextura legal a ese pasatiempo que tanto gustaba ya, pues desde 1907 venía cultivándose el sano y divertido ejercicio, y no podía mantenerse en esta forma desorganizada por mucho tiempo.

De aquel famoso encuentro inicial, que se pierde en las brumas del pasado,  quedaron pocos recuerdos. Algunos matizados por esa nebulosa que envuelve los acontecimientos que no fueron meticulosamente archivados  en su oportunidad. Sin embargo, se puede atestiguar que los bandos se alinearon así:

Hatuey: Carcas; Lombardo y Mier; Irigonegaray, Gaum y Wilde; Mas, Orobio, Carcas, García y Mensa.

Rovers: Thompson; Meyers y Tucker; Onfroy, J. C. Orr y Stone, Evered, Limore, Webber, Themey y Ogilvie.

Orobio y Orr oficiaban como capitanes de sus onces respectivos.

Y puede asegurarse también que el primer triunfo correspondió a los británicos y que el primer gol que se anotó en Cuba de manera oficial, que sirvió para decidir el partido, fue señalado por J. C. Orr.

Pese a que los juegos entre estas dos sociedades pioneras del fútbol criollo no eran frecuentes, el deporte fue enraizándose, invadiendo todos los territorios. Y nacieron dos sociedades más, el Euzkeria y el Hispano, este, uno de los que se mantuvieron durante muchos años en aquella legendaria época.

La prensa, percatándose de que el fútbol se iba convirtiendo en un coloso prematuramente y desplazaba con su inmensa fuerza de expansión y proselitismo al que años más tarde iba a ser el pasatiempo nacional, le dio cabida en sus páginas deportivas llevando hasta los más apartados rincones de la república.

El primer campeonato fue ganado por el Rovers; el segundo fue conquistado por el Hatuey, tras lucha enconada con aquel y con el Euzkeria que, tras iniciarse en ese año de 1913 supo arribar al trono en la siguiente temporada, donde los competidores aumentaron a cuatro con el club Hispano.

El equipo negriamarillo Hispano obtuvo para sus gloriosas sedas los campeonatos cuarto y quinto de la historia del fútbol cubano y el Iberia, que había debutado en segunda división en 1916, arribó al gallardete en 1917.

El fútbol tomaba fuerzas por días y los clubes se iban uniendo a la gran familia paulatinamente, aumentando cada vez más el núcleo de competidores. Hasta en el interior de la Isla se jugaba con extraordinaria  afición. En la capital ya no era suficiente una categoría y se procedió a formar dos. Por doquier surgía un nuevo club, aparecía una nueva bandera y su correspondiente conglomerado de seguidores impenitentes que iba a donde fuera para vitorear a los suyos, alentándolos hacia el triunfo. Había,  sin quererlo, clubes que servían  de “incubadoras”, donde se maduraban los ases que luego iban a dar lucimiento mayor y superior poderío a las escuadras más notorias, aquellas que con arcas más repletas dominaban en el mercado. Los más opulentos enriquecían sus filas con más y más estrellas, pero no por ello se agotaba la cantera, que por esa gran virtud del jugador nativo —ágil de mente y músculo— parecía crecer más a tenor de la imponente demanda.

Se practicaba así un deporte que iba engendrando un cariz emocional y una pasión enloquecedora...

Apareció el Fortuna en el grupo selecto y se hizo presente entre los privilegiados que llegaban al final al preciado galardón de titulares de la máxima división. Ganó el once blanquinegro en la temporada de 1918 para dar paso después al Hispano, que, no solo logró el cetro por tres veces consecutivas, sino que con ello ganó para sus vitrinas el precioso trofeo "J.C. Orr".

Se había establecido ya la primera pugna deportiva, la primera gran rivalidad que hacía enronquecer gargantas y aumentar la presión arterial de los fanáticos. Osos y Tigres daban a la contienda futbolística el atributo excepcional y de titánicos empeños.

Los choques entre ambos eran esperados con creciente expectación; sus enconadas luchas no se limitaban al rectángulo verde, salían de él para prender en las graderías con vibrante y sostenida pasión y ganar la calle cautivando adeptos y provocando la desesperación de los que pensaban seriamente en sus negocios.

El fútbol como tema cernía sus tentáculos sobre la ciudad y sus barrios, absorbía, los cerebros de todos y dislocaba el curso natural de la vida plácida de una ciudad que se supone tranquila. No tardaron en aparecer, pues, aquellos famosos cartelitos, que rezaban así: "se prohíbe hablar de fútbol" con los cuales los comerciantes pretendían detener la apasionante avalancha arrolladora del fútbol que perturbaba el ritmo de los negocios. Se hablaba tanto de fútbol que el interés por el precio del azúcar, él estado del mercado tabacalero y la producción de café parecían caer en un segundo plano. Luce una hipérbole esta aseveración... pues así era exactamente lo que sucedía en nuestra alegre Habana en la segunda decena del siglo XX.

Iberia rompió la racha del Hispano y por poco iguala la marca que este equipo acababa de imponer en el torneo al llevarse tres campeonatos consecutivos, pero se quedó corto. Y en el año 1924 el Olimpia se asomó por primera y única vez a la galería de los consagrados.

Fortuna fue el monarca de 1925, su segundo y último título en la división mayor, pero, como para despedirse envuelto por el manto de la celebridad, no perdió nada más que un solo partido, aventajando en tres puntos a su impertérrito rival, el Hispano América.


Equipo Fortuna. Campeón 1925
 

Después de ganar el campeonato el Fortuna viajó rumbo a Costa Rica con ánimos de conquista. Era el primer equipo criollo que salía de su patio y vaya si lo hizo bien. Retornó el Oso a su guarida después de dejar sentado en los terrenos de La Sabana costarricense su poderío indiscutible. Tres victorias y un solo empate colorearon tal excursión cubana, dando fe del auge maravilloso del deporte en nuestro medio y de la excelente calidad de los jugadores,  aquella hazaña fortunista era como un antecedente fidelísimo de lo que un año después iba a suceder.

Distinción grande tuvo ese de 1926, en el que el Iberia obtuvo su tercer gallardete, pues, además de ser en el que se mostró palpablemente el progreso del fútbol criollo, fue también en el que llevó a cabo la primera importación de un cuadro foráneo.

Y he aquí un contraste de grandes proporciones. Dado el espléndido estado en que se hallaba el fútbol cubano, en aquella época lo lógico hubiera sido que un país de potencialidad futbolística probada enviase a alguno de sus equipos representativos; pero no fue así...

El primer conjunto que vino a La Habana fue de una nación que era neófita en la práctica del fútbol: EE.UU., y el elenco en cuestión fue el "Galicia S.C.", cuyo epílogo en la serie fue una honrosa división de honores. Se rompió la rutina... y tras este once extranjero vinieron otros de más capacidad y  colorido.

Vino el Deportivo Español de Barcelona, con el archifamoso arquero Ricardo Zamora al frente de una verdadera constelación de ases del fútbol hispano; el no menos insigne Colo-Colo de Chile; y, como remate de fiesta se presentó en La Habana el Campeón Olímpico de 1928, la selección de Uruguay, con su reparto estelar de altos quilates causando sensación en todas sus presentaciones.

Todo buen aficionado al fútbol de aquella era gloriosa, todo amante de los deportes que gusta de hurgar en las memorias de acontecimientos memorables, todo aquel que tuvo la dicha de verlo con sus propios ojos o leerlo posteriormente en crónicas que grabaron el hecho para la eternidad, conoce la página brillante que el fútbol criollo se anotó en ocasión de ver frente a frente al Nacional de Montevideo y el Juventud Asturiana. Todavía se recuerda con orgullo cómo los valientes representantes de las sedas locales aceptaron el reto de los formidables jugadores sudamericanos y en partido de leyenda le infligieron el más caro revés de su campaña. Basta decir que en dicho partido se sancionaron cuatro penaltis y, mientras los de aquí se convertían por obra de Bienvenido; Scarone, verdadero artífice de la máxima pena, falló uno y logró el otro. Amador, guardameta cubano, malogró muchas veces las ansias de los uruguayos y al final llegó con una victoria para Cuba por tanteo de cuatro a dos. No valieron las protestas de los uruguayos que el castigo final no era penalti, este fue consumado y faltando 11 minutos para terminar el horario reglamentario el árbitro Hermo dio por terminado el juego. Fue la victoria más importante del fútbol cubano hasta ese momento, “gloriosa” para la historia.

El Hispano, que fue el equipo que despidió a los uruguayos, pagó las consecuencias, pues perdió por ocho a uno, dando a los forasteros una acabada lección de fútbol, evitando que una nueva sorpresa impusiera nuevo castigo a ese exceso de confianza que contra Juventud Asturiana habían ofrecido.

Para engalanar aún más ese año pródigo en acontecimientos de relieve, Cuba ingresó como miembro de la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) que, como se sabe, es el organismo rector del fútbol mundial, bajo cuya égida se cobijan más de 190 países representativos de los cinco continentes, con lo que se evidencia que el fútbol habla todos los idiomas y es conocido por todas las razas: símbolo de grandeza del que ningún otro deporte puede blasonar ni por asomo.

El final del campeonato de 1927 tuvo una conclusión singular. Hubo que ir a una serie extra entre Juventud Asturiana y Fortuna y después de dos empates a dos y a un gol, los góticos ganaron el decisivo en el terreno tres por dos pero, para asombro de todos, el partido fue anulado por entender que el árbitro había concedido el gol final al Fortuna y este había sido hecho en forma ilícita. Garrafal error cometido por los dirigentes en aquella ocasión, pues en cuestiones de apreciación nunca debe ser desconocida la decisión del juez del campo. Tales arbitrariedades iniciaron la caída del deporte… y la inestabilidad y mediocridad causó posteriormente lógicas consecuencias para el fútbol.

Pese a las reiteradas protestas del Fortuna, la anulación se mantuvo y Juventud Asturiana ganó su primer campeonato venciendo a los Osos del Fortuna dos por cero en la nueva celebración de tan decisivo partido. Ese mismo año vino a Cuba el excelente equipo Real Madrid de España, pero solo jugó un encuentro y no se empleó a fondo para ganarle a Juventud Asturiana, dos goles por uno.

Todavía hubo algo más impresionante antes que el fútbol descendiera hacia el abismo. El Iberia, que había dado buenas pruebas de poseer una envidiable constelación de ases, elaboró el girón más insigne de su historia al confeccionar una cadena de victorias que se extendió desde el 4 de septiembre de 1927 al 23 de septiembre de 1928, en cuyo paréntesis de éxito coronó un rosario de 35 partidos sin mácula para conseguir seguidamente el campeonato donde, además, se adjudicó el preciado título de campeón de campeones, derrotando a todos los que habían sido regentes de la división de honor hasta entonces. El Iberia impuso así una marca imbatible hasta nuestros días y muy difícil que pueda ser derribada en el futuro.

En los albores del año 1928 el Deportivo Hispano América inauguró su bello campo de juego en el Lucero Campo Armada y su gigantesco esfuerzo, que debió ser emulado por las demás sociedades y que hubiera asegurado el fútbol cubano sembrando de campos balompédicos a una ciudad que aún no estaba tan congestionada de edificios, lo que hizo fue provocar la tragedia. La división no se hizo esperar. Fortuna, Iberia, Juventud Asturiana y Cataluña, por un lado; Hispano América, Centro Gallego, Olimpia y Baleares por el otro. La guerra que siguió a esa discordia fue atroz y la secuela todavía se está recordando, pues se padeció durante mucho tiempo.

Murió la Federación Occidental que había sido creada en el año 1924 y nació la Federación de Fútbol, que se mantuvo hasta la creación de la Asociación Nacional de Fútbol de Cuba.

El Alianza, del Perú, vino a Cuba y jugó con el Campo Armada y el Sabaria, de Hungría, que jugó en el desaparecido Almendares Park. También vino el América, de México.

El año 1929 se inició con negros presagios. Las desavenencias entre las sociedades marcaban el inicio de la crisis que luego abrumaría al deporte con caracteres de permanente infortunio. Pero nadie osó detener aquel funesto proceder, ni se percató de cuán sensible serían todas esas equivocadas tácticas.

En ese año, cuyo campeonato fue ganado por el Iberia, vino a esta ciudad el primer equipo de Costa Rica, el Libertad, y también el New York National, segundo club que nos enviaba EE.UU.

El día de la raza fue inaugurado el estadio Cerveza Tropical, hoy estadio Pedro Marrero, cuyo escenario sirvió para que un año después, en 1930, Cuba se anotase en un verde gramilla el éxito glamoroso de proclamarse Campeón de fútbol de los II Juegos Centroamericanos, galardón magnífico que hasta el triunfo de la Revolución Cubana no pudo ser emulado durante casi 30 años porque, inexplicablemente, el Comité Olímpico Cubano le negó nuevas oportunidades a los futbolistas criollos.

En ese año vino el M.T.K., de Hungría, y el Marte, de México. Además, Juventud Asturiana se anexó su segundo campeonato. Lo más sorprendente desde ese año fue pródigo la derrota sufrida por los rojiblancos frente a los campeones de Oriente.

El año 1931 fue pródigo en incursiones ajenas y de las buenas. Vino el Hakoah All Stara, de los EE.UU.; el Bellavista, de Uruguay; el Racing, de Madrid; y el más ilustre de todos: el Vélez Sarsfield, de Argentina, cuyos eximios jugadores exhibieron el más depurado estilo de cuantos se habían visto hasta entonces de todos los equipos extranjeros en Cuba. Algunos consideran, con no poca razón, que aquella calidad de juego expuesta por los porteños no ha sido superada por ningún equipo, pese a que después vinieron otros de indudable valor.

El campeonato que ganó el Centro Gallego, así como el del año siguiente —1932—, se jugó indistintamente en dos campos: Polar y Tropical, entre cuyas empresas cerveceras también había rivalidad. En el año 1933 Juventud Asturiana se interpuso para cortar la racha de títulos que estaba coleccionando su recalcitrante antagonista y rival eterno. La pugna de Alacranes y Toros venía a suplir aquella de años atrás que habían sostenido, con no menos grescas, Hispanófilos y Fortunistas. Vino el Audaz, de Chile, un gran equipo.

Después de cinco años de ausencia volvió el Iberia a recuperar el trono en 1934. Para luego cederlo a Juventud Asturiana, que lo conservó hasta 1937, en que el Centro Gallego comenzó a elaborar una marca que se mantuvo por muchos años sin ser superada. El once azul pastel triunfó en 1937, 1938, 1939 y 1940.


Centro Gallego

En 1934 desembarcó en nuestras playas el New York Americans y en 1936 los del Atlante de México.

En el año 1938 nos visitó un equipo formado por ases vascos, el Euzkadi, que gustó mucho. Vinieron con él varios internacionales distinguidos de la Selección Española y celebró en Cuba tres juegos mostrando una potencialidad ostensible.

A despecho del angustioso estado de nuestro fútbol este se anotó su laurel más notable. Se jugaba la III Copa del Mundo en Francia y Cuba, que compitió en la Zona del Caribe, partió rumbo a Europa donde se iban a celebrar los partidos finales. Para gloria de los cubanos, nuestros corajudos atletas eliminaron a Rumania, primero empate 3-3 y en un segundo partido victoria 2-1, pero tuvieron que soportar la abusiva imposición del calendario y lo que es peor, la derrota que le proporcionaron los suecos. Los agravantes que significa jugar tres partidos en una semana, este último en cancha enfangada y frente a un equipo poderoso: Suecia, se confabularon para destrozar a nuestro conjunto, ocho goles por cero. De todas maneras hay que consignar aquella página internacional con el atributo de algo excepcional: el octavo lugar mundial.

En el año 1941 Juventud Asturiana detuvo en seco el rosario de campeonatos azules de Centro Gallego, que como ya quedó establecido en párrafos anteriores, había llegado a cuatro para establecer un récord que estuvo invicto hasta 1954.

Nos visitó el Asturias, de México y al año siguiente, el Puentes Grandes que desde 1939 había ingresado en primera división, se llevó el trapo, repitiendo la dosis al año siguiente, en 1943.

En 1944 hubo un alarde de equipo en el grupo selecto, pero fue tan solo una utópica superabundancia que no atrajo la calidad que se pretendía. Ganó Juventud Asturiana y el ciclón de un año después destrozó el Campo Polar, teniendo que continuarse en el Estadio Caribe, lugar donde el Centro Gallego volvió a calzar el título.

En ese año de 1945, jugó en Cuba el Alajuela, de Costa Rica. Los elementos comenzaron a ponerse en contra del ya depauperado deporte y por única vez en su historia la temporada de 1946 pasó en blanco, aunque no por ello la afición dejó de recibir el impacto emocional que implica siempre la vista de un cuadro extranjero: jugó aquí el León de México.

Se reanudó el torneo oficial en 1947 y el Centro Gallego se llevó el octavo gallardete. Vino el Libertad, de Costa Rica.

En 1948 se creó la Liga Profesional y desde aquel momento se tuvo que computar los campeonatos desligando lo amateur de lo profesional. Así, Juventud Asturiana ganó para sus vitrinas su último cetro amateur, mientras el Puentes Grandes iniciaba su cadena de victorias profesionales que se extendería a tres para ser detenida en 1951 por el Centro Gallego, cuya bandera arribó así al noveno campeonato para colocarse de líder en ese importante departamento.

Ceiba, Hispano y San Francisco ganaron los Campeonatos amateurs en 1949, 1950 y 1951, respectivamente, perdiendo el primero de los mencionados el título nacional por segunda vez para los habaneros, frente a los orientales que se hicieron representar por los Diablos Rojos de Baltony (Central Almeida).

Desde la implantación del profesionalismo han pasado varios equipos por Cuba. Primero el España, de México; después el New York Americans, de EE.UU.; el León, de México; el Veracruz, de México; el Botafogo, de Brasil; y el Marte, de México. Después llegaron el Atlético de Madrid, Real Madrid y el Sporting de Gijón, de España; el Deportivo Cali, de Colombia; y la selección juvenil de México.

El equipo San Francisco ganó desde el año 1951 al 55 cinco campeonatos seguidos implantando un récord con un gran equipo de la barriada de La Habana Vieja con una gran tradición en el fútbol cubano junto con otros equipos como el España, el Deportivo Luz, el Racing Club, el River Plate, el Alameda. Pero los franciscanos fueron los máximos representantes de ese fútbol técnico y vigoroso de una barriada que era plenamente futbolista.

El Casino Español ganó el campeonato 1956 con algunos jugadores de origen español y otros cubanos. En 1957 volvió el San Francisco a ganar con un renovado equipo de jóvenes figuras y cedió ante el poderoso  equipo Mordazo de la famosa barriada de Puentes Grandes, cuna de grandes futbolistas cubanos. El propio Puentes Grandes ganó los campeonatos de 1958 y 1959. El Cerro F.C. ganó el del año 1960 y el Mordazo volvió a ganar el cetro en 1961, siendo el último campeón de la antigua era del fútbol cubano.

Durante esta década de los 50 se producen también hechos muy significativos en el fútbol cubano, como la presencia en Cuba por primera vez de un equipo de fútbol femenino de la hermana Costa Rica. Su selección nacional vence en el estadio Pedro Marrero a un equipo cubano femenino. Conjunto al que hay que reconocer grandes méritos por ser el primero. Estuvo bajo la dirección del que ha sido una gloria dentro del fútbol cubano, Mario Cubas Valdés “Mayorcas”, incansable luchador por el deporte cubano de la barriada de Ceiba, Puentes Grandes.

También se consolida el fútbol en las provincias, destacándose el colegio Dolores, de Santiago de Cuba (1952); el Libertad, de Camagüey (1953); provincia con un gran movimiento futbolístico bajo la dirección posterior de Amador Fernández y un grupo de veteranos; Mascota, Pellerano, el Curro, López Palla y otros entusiastas que logran elevar considerablemente el fútbol provincial camagüeyano.

La provincia de Las Villas, también consolida en Sagua la Grande, Zulueta, Placetas, Remedios y la propia Santa Clara un poderoso trabajo que le dará en el futuro brillantes éxitos dentro del fútbol nacional.

Nos llega a principios de la década de los 60, el que sería a la postre, el mejor jugador extranjero visto en Cuba, de nacionalidad angolana, Antonio Dos Santos, que viene a estudiar a Cuba, se convierte en jugador del equipo universitario y luego del famoso equipo Industriales, para después jugar con la Selección Nacional de nuestro país.

Durante la década de los 50, un hombre laborioso, tenaz y organizado trabajó incansablemente por el desarrollo del fútbol cubano: Jesús Gironela Fortuna. Viajó a provincias organizando Federaciones Provinciales, trabajó con las Categorías Escolares y Juveniles, luchó por la construcción de un terreno de fútbol, el Campo México, donde invirtió hasta sus ahorros y su salario como trabajador de CMQ. Este trabajador incansable nos legó a las futuras generaciones de futbolistas su ejemplo, por lo que se constituyó desde el año 1993 la Copa Jesús Girondella In Memoriam, como homenaje a su figura.

A partir del año 1963 comienza la nueva estructura del fútbol cubano, dirigida ya por el INDER y con equipos representativos de provincias, que discutirían los campeonatos nacionales. Desde este momento se inicia la etapa moderna del fútbol cubano, esta segunda parte merece un análisis profundo que completará la Historia del Fútbol Cubano hasta el presente.

Mayo de 1996

La Habana, Cuba

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs
Partido por el Centenario del Fútbol en Cuba y Liga de los Veteranos


GALERÍA de IMÁGENEs
Cien años de Fútbol
en Cuba


GALERÍA de IMÁGENEs
Fútbol en la calle


GALERÍA de caricaturas
Entre goles y sonrisas

   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.