La Habana. Año X.
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La liga del domingo
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Kike

Es domingo y la cancha aún está húmeda de rocío. El sol, aunque amenaza, todavía deja estar, no vaya a ser que los jugadores se cansen demasiado pronto. Cienfuegos corre con el balón pegado a la banda, hace la finta, sortea a un contrario en el camino y se perfila hacia la puerta. Pero ahí está Angelito Sánchez, quien con limpieza, sin cometer falta, golpea la pelota hacia terreno enemigo. Tito y Felipe saltan a por ella, ahora se pelea en el aire. El primero, como es más alto, tiene ventaja. La controla, se vira y la entrega a Tato, su defensa central, quien con voz de pito intenta reorganizar a los suyos para volver al ataque. Nuevo rechazo del contrario y contragolpe. Una vez más a correr, de un extremo a otro.

Obvio, se trata de un partido de fútbol. Sin embargo, no es un partido cualquiera. Hay árbitros, público —poco, pero hay—, bancas, uniformes y 22 hombres sobre el terreno. Sudan, luchan, se gritan, a veces entran duro, otras, no tanto, aunque igual se caen. A no ser por las canas y algunas barrigas, nadie, absolutamente nadie, pudiese imaginar que ninguno de ellos tiene menos de 63 años.

Se trata de la Liga de los Veteranos, que se juega en el campo de La Polar desde los 70. Esta división en específico, la de los súper-súper veteranos, es solo para aquellos que pasan los 63. Aunque a veces algunos lo olvidan. Por eso, minutos antes de empezar, Kike Ricabal, capitán del equipo Ceiba —uniforme blanco, al menos en su mayor parte—, intentaba recordárselo a sus compañeros:

“Señores, por favor, jueguen despacio, al toque. Nosotros somos unos viejos de mierda, así que por una vez vamos a jugar despacio”.

Claro, entonces era muy fácil decirlo. Pero ahora, en medio de la batalla, con el olor a pasto mojado, el zumbido en las sienes y los gritos por todas partes, cualquiera se cree que tiene 15. Más aún si tu equipo está dominando. Como le pasa a Echenique, quien después de fallar un gol cantado, protagoniza una nueva corrida por la izquierda y centra desde fuera del área. Frente al arco, Felipe intenta disparar de primera, pero se va en blanco, el sol, señores. No importa, Emilio, el extremo derecho, viene cerrando por ese lado y remata a bocajarro. Gol de Ceiba.

El equipo Mordazo —uniforme amarillo y negro, o amarillo y verde, o amarillo y rojo, tampoco se puede ser tan exigente— está contra las cuerdas. Sus rivales han logrado capitalizar un claro dominio sobre la cancha y tienen que quitárselos de encima como sea.

Y allá va, una vez más, Cienfuegos o el Cienfueguero —aunque en su carné de identidad se lee José González nadie le llama así—, el incombustible, pies ligeros, 65 años y marcapaso. Pero ni Pelé ni Maradona estaban solos. El fútbol es un juego de equipo y los suyos también ayudan. Está Ramón Núñez, uno de los mejores delanteros que tuvo la Selección Nacional; Miguelo, flaco y duro en el medio campo, acompañado por Tito —Rodolfo Báez— en la mancuerna; así como Roberto Santiesteban y Tato —menos conocido como Amauri Noa—, quienes cierran al fondo y a veces se aventuran al ataque. A pesar de la desventaja, se ven decididos a remontar.

Manolito Gómez, en cambio, ya no puede más, ha corrido todo lo que le permiten sus 84 años y abandona el campo resignado, cruzando la línea de banda, sin molestar. Duro golpe, habrá de ser sustituido por un jugador con menos experiencia.

No obstante, Mordazo se recupera. Poco a poco han logrado revertir a su favor el empuje del contrario y ahora son ellos los que asedian la portería rival. Pero el gol no cae. Cienfuegos se desespera y desaprovecha un grave error de la defensa enemiga. Se ve impaciente, como delantero novato que quiere impresionar al cazatalentos.

Balón aéreo. Angelito Sánchez, siempre seguro, esta vez se equivoca, en lugar de intentar un despeje con el pie, le dio con la cabeza a una bola demasiado baja. La pelota, caprichosa, vino a caer justo a sus espaldas y, a esa distancia, Cienfuegos no perdona. Mordazo empata y automáticamente todos los uniformes blancos se voltean al árbitro reclamando una posición adelantada que nunca existió. Ya es tarde, el gol subió al marcador, o mejor, a las mentes de quienes siguen el partido, porque esta pizarra hace años que no funciona.

Ya falta poco para que se cumplan los 60 reglamentarios —eso es lo que duran los partidos aquí en la Liga de Veteranos— y ninguno de los dos equipos parece capaz de imponerse. Los jugadores se ven exhaustos, es en este momento que se les notan los años. Algunos parece como si trotaran en el lugar, solo aguardando que suene el pitido de una vez.

Por fin se escucha. Ahora viene la mejor parte, cuando todos se acercan a las gradas y gastan las pocas energías que les quedan discutiendo sobre el partido. Hay uno que ni siquiera espera a salir del terreno para empezar a pelear:

“Si yo llego al próximo domingo, tú vas a ver”, amenaza.

Por su parte, Sergio Padrón, antiguo jugador y entrenador de la selección nacional, opta por confrontarse a sí mismo: “Verdad que la vida da vueltas, Mordazo nunca fue equipo mío, si yo era de San Francisco”. Mordazo y San Francisco fueron, a finales de los 50, algo así como Real Madrid y Barcelona. De modo que Padrón, salvando las distancias y los contratos, debe sentirse como alguna vez lo hicieron Luis Figo o Ronaldo. Pero aquí, en los súper-súper, solo juegan dos equipos y su querido San Francisco ya no existe, así que no le quedó más remedio que recalar en las filas del antiguo rival.

Un poco más allá, bajo tejas que dejan ver el cielo, entre pomos de agua y camisetas sudadas, Cienfuegos vuelve a ser protagonista. El tema para debatir: la suspensión o no de un partido varias semanas atrás. Los de Mordazo se negaron a salir a la cancha alegando que el terreno estaba mojado y era imposible jugar en esas condiciones. Mientras la gente del Ceiba asegura que el terreno no tenía nada, sus rivales no quisieron jugar porque les faltaban integrantes clave del equipo. Unos abogan por que se decrete el partido como nulo; los otros, piden que se castigue a los desertores.

“Por mi bisnieta te juro que ese día estaba lloviendo”, asegura Cienfuegos.

“Compadre, tú siempre estás protestando por todo, está bueno ya”, le increpa el Lente. Su nombre oficial es Orlando Sánchez, pero le dicen Lente porque desde joven usa lentes de contacto.

Esa es ya una costumbre asentada aquí en la Polar. Casi todos han perdido sus nombres de bautizo, en su lugar, se llaman: Mortadella, Caraejeva, Coreano, Electricitio, el Loco, Tato, Tito o Pipo. Otro hábito bastante común es llamarle futbol en vez de fútbol o gritarse barbaridades para luego salir abrazados, con una cerveza a cada lado.

“Aunque a veces nos acaloremos durante el juego, en realidad nos llevamos muy bien —asegura Enrique (Kike) Ricabal, presidente de los súper-súper veteranos—. Somos como una familia. Tengo 66 años y vengo aquí todos los fines de semana porque me saca de la rutina. Lo fundamental no es ganar, sino pasar el rato, divertirnos, compartir. Siempre tratamos de cuidar a los más viejos, de no entrarles fuerte. Las sanciones duran solo un partido y si el que cometió la falta se arrepiente, a veces las quitamos antes, porque de lo que se trata es de que la gente juegue.”

Y a jugar también vienen estos que acaban de entrar al campo: los súper veteranos, a secas. La edad reglamentaria es de 55 a 62 años, aunque los límites no suelen ser rígidos, si alguien se siente en condiciones de quedarse entre ellos, a pesar de que ya esté pasado, puede hacerlo, depende del estado físico del futbolista. A diferencia de la otra, en esta división compiten tres equipos: Azucareros, Camioneros y Cerveceros. Hoy, de acuerdo con el calendario, se baten los dos últimos.

Camioneros —casi de blanco— y Cerveceros —un rojo que ayuda a sus miembros a vestir ya sea con los colores del Barça, la selección española o la Vino Tinto— empiezan el partido con bastante paridad. Luego, poco a poco, la cancha comienza a inclinarse a favor de los segundos, ante la mirada atónita de Alfredo Acosta, hijo del mítico Andrés Acosta, presidente de toda la Liga de Veteranos y director técnico de los Camioneros.

Su sorpresa es comprensible. No solo porque su equipo cuente con estrellas de la talla de Francisco Fariñas —selección nacional en los 70— o Angelito Piedra —hijo del gran Nini Piedra—, sino porque, además, es el único equipo donde militan jugadores extranjeros. Allí, en el medio campo, está Giancarlo, un italiano que hace 15 años vive en Cuba y 14 que viene a jugar todos los domingos. A pesar de vestir una camiseta de Inglaterra y de la lentitud de sus movimientos, asegura haber jugado en las categorías inferiores de la Sampdoria e integrar la selección nacional juvenil de su país.

Otro que también parece cansado es el Chileno. Se llama José Eduardo Flores, aunque todos le llaman Chileno o Gonzalo, vaya a saber por qué. Ahora lleva una camiseta del Inter, pero en su juventud defendía la de la Universidad de Valparaíso, allí donde era vicepresidente de la Federación de Estudiantes. No pasó de las categorías juveniles porque en el 73, junto con casi la mitad del país, cayó preso. Después lo soltaron y debió permanecer en la clandestinidad, por lo que tuvo que olvidarse del fútbol. En 1986, cuando la represión más dura ya había pasado, vino a vivir a Cuba y fue aquí, con 40 años, en esta misma liga, donde volvió a acariciar un balón. Ahora tiene 60 y dentro de dos puede pasar a la otra división, habla del cambio como si fuera un ascenso y, ¿por qué no?, quizá sea exactamente eso, un premio por seguir en la cancha, a pesar de todo.

“Aquellos que vienen aquí todos los domingos lo hacen porque sienten pasión por el fútbol —asegura—, pues no es fácil correr así a esta edad. Un golpe antes se te quitaba al día siguiente, ahora te dura dos semanas. Aunque a veces discutimos, al final todos venimos aquí a ver a los amigos, a compartir, a despejar la mente para enfrentar la semana que se avecina, que no es fácil”.

Luego, con ojo clínico, de experto, disecciona nuestras canchas: “Los jugadores cubanos son buenos individualmente, pero les falta juego en equipo, tal vez si lograran articularlos en el terreno les iría mejor. Hay que empezar a pensar en grande con el fútbol cubano, porque el fútbol en Cuba ya es tan importante para el pueblo como el béisbol. Hay que enseñar a enseñar, preparar a los técnicos, hacer que los niños jueguen sin portería para que aprendan a tocar, a moverse. Si te fijas, este es el único lugar del mundo donde uno agarra la pelota y le gritan: ‘¡Dale pa’ home, pa’ home!’ Pero hay que aprender que el fútbol es el único deporte donde la línea recta no siempre es el camino más rápido”.

Justo en el equipo contrario hay alguien que parece haberlo entendido, se llama Danaysis Kelly Ford, todos le dicen la Chiqui y sí, es una mujer. Juega duro y se bate de igual a igual con los hombres. De hecho, es mejor que muchos de ellos. Es miembro de la preselección nacional de fútbol femenino y, junto con otras tres compañeras, viene a entrenar los domingos para no perder la forma. Hoy, a pesar de que desaprovechó varias oportunidades de gol, no puede decirse que tuviera un mal partido, provocó el penal que les dio la ventaja a los suyos. No obstante, se va molesta consigo misma cuando la cambian al final del segundo tiempo.

Quien entró en su lugar también se lo toma en serio, pues volvió a la cancha después de salir por una lesión en el primer tiempo: “Compadre, yo me preparé para esto —le decía Mariano Hernández a sus compañeros en el banco—, te digo que estoy duro, pero es que siempre he padecido de lo mismo”, aseguraba mientras masajeaba una contractura en la parte posterior del muslo. No obstante, quiso volver a jugar, sin importarle la protesta de los suyos que preferían reservarlo para el próximo partido. Allá va, corriendo detrás del balón, con una cojera mal disimulada. Esto, definitivamente es más que un juego.

Algunos han dejado la vida en el campo, literalmente, como Lorenzo Aguiar, quien en medio de un partido comenzó a sentirse mal y el infarto no le dejó llegar al hospital. Otros, prefieren descansar aquí para siempre, tal es el caso de Fernando Blanco, o simplemente Nando, jugador de Puentes Grandes que después marchó al Veracruz de México. Todos los años, traía a jugar a su equipo a La Polar; su última voluntad: que sus cenizas fuesen esparcidas en este campo, y así lo hizo su hijo. En honor a estos hombres y a otros como ellos, que han hecho tanto por el fútbol en Cuba, la Liga de Veteranos adopta el nombre de uno cada año.

Pero la mañana aún no termina, a pesar de que el sol hace bastante tiempo que cumplió su promesa y, como buen hijo del trópico, quema. Ahora vienen a jugar los veteranos, la división más joven, son aquellos que tienen entre 40 y 55 años, distribuidos en seis equipos. Aquí se juega mucho más fuerte: entradas duras, de poco cuidado y a veces con evidente mala intención. Aún no tienen la camaradería peleona de los otros, no llevan tanto tiempo juntos. La suerte es que, como son tantos, el calendario se organiza de forma tal que todos los domingos compiten equipos diferentes, así que tienen más días de descanso, para recuperarse. Cuando Amarillos y Blancos terminen aquí hoy, lo van a necesitar.

Afuera, en el parqueo, Georgina Arrastía contempla el juego desde su silla. Oye los gritos al árbitro, las peleas, las bromas y ríe por lo bajo. Ella, que lo ha visto todo, sabe que nada cambia. Siguen siendo los mismos jugadores, broncos y orgullosos de la época en que su marido, Gerardo “el Bicho” González —activista del fútbol—, estaba vivo. Hay rostros nuevos, otros están más viejos y otros ya dejaron de serlo; pero en esencia son los mismos. Esos que cada domingo, cuando salen después del partido, le preguntan: “¿Cómo me viste?” Y ella, sin excepción, siempre responde: “Bien, muy bien”. Pues, a fin de cuentas, qué otra cosa va a decir.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
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