La Habana. Año X.
17 al 23 de DICIEMBRE 

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Gladys Egües Cantero
Soy una periodista de temas menores
Antonio López Sánchez • La Habana
Fotos: Cortesía de la Editorial de la Mujer

A pesar de sus propias consideraciones, de su frase que titula esta entrevista, acumular décadas de buen trabajo, sabiduría y la ganancia a cambio del reconocimiento del pueblo, a quienes destina su trabajo, hacen de Gladys Egües cualquier cosa, menos una periodista menor.  

Si alguien quiere contar la historia de la revista Mujeres, no podrá jamás dejar de interrogar a esta mujer. Sus criterios, aderezados además por un impresionante conocimiento de nuestras historias culturales, porque las ha vivido de cerca, incluso algunas de las que no se habla comúnmente, son invaluables. Si, además, se revisa la nómina de la Editorial de la Mujer en labores como la orientación de la cultura del vestir y la imagen personal, consejos para el hogar y hasta observaciones para simplemente transmitir y asentar una mejor educación, en las páginas de no pocos libros y en todas las revistas, estará esta periodista.  

En fechas más cercanas, el monstruo omnipresente de la pantalla televisiva, convierten a Gladys en un personaje asediado, siempre para bien, aunque gracias a eso jamás llegue en tiempo a las reuniones en la redacción. Una pregunta, un consejo o el más campechano y llano agradecimiento de un cubano que la reconoce e interpela luego de ver su programa, convierte su viaje a la Revista en una gran marcha de incontables pausas y dialogantes escalas.

Por esas, y muchas otras razones, no podía dejar de incluir las opiniones de esta conversadora contumaz en esta suerte de foto colectiva de una revista Mujeres que cumple 50 años. Añádase también, como dato curioso a los colores de su voz, que Gladys es una mujer que cuenta con la dicha de un danzón que lleva su nombre, gracias al genio de su padre, el maestro Richard Egües. Escuchemos entonces, en épocas de ese recuento que significan los aniversarios, la historia de uno de los mástiles que ha sostenido con su trabajo, una de esas 50 velas.

¿Por qué llegas a la Editorial de la Mujer?

Vengo de la revista Romances. Comencé en agosto de 1973. Esa publicación era de prensa independiente, eran Ellas y Romances, con capital cubano. De esas revistas, de buen desempeño en la década de los 50, se mantuvo Romances. En honor a Ellas, fundada en la década de los 30, se nombró Ellas en romances. No soy fundadora del primer equipo después del triunfo de la Revolución, sino de la tercera hornada. Y al final, Romances se une a la Editorial de la Mujer el 18 de enero de 1978, cuando se decide que toda la prensa femenina sea dirigida y orientada bajo la égida de la Federación de Mujeres Cubanas.

¿Cómo es la especialización en un tema, que no conozco que se estudie en ningún sitio, como la cultura del vestir, la imagen de las personas, esta gama de temas que tú manejas?

Creo que leyendo mucho. Estudiando Historia del Arte, Diseño, quizá… No soy de las que tuvo la suerte de tener la formación de los profesionales de hoy porque pudieron estudiar esas especialidades en la Universidad, en el Instituto Superior de Diseño Industrial, en fin. Llegué a la revista Romances con mucha decepción, ya que no tenía una mirada intimista y conocedora de lo que significa ser una mujer. Más bien llegaba con la idea de que ya se había resuelto todo, de que teníamos la Federación, además era muy joven y no me percataba mucho de esas cosas. Incluso, cuando me ubicaron en Romances, me sentí muy ofendida.

¿Pero ofendida porque te sentías subestimada profesionalmente?

Yo estaba en ese momento en una situación muy difícil. Al salir de la Universidad, pasé dos años en la agricultura. Cuando llegué a Romances, era casi el diablo en persona. No me querían. Cuando uno es joven, tiene el espíritu de si no me quieren, te doy tres tazas, entonces decidí quedarme pero no porque me sintiera feliz. No era lo que yo pensaba, ni lo que me hice idea que iba a realizar en un principio.

Sin embargo, andando las cosas, desde muy joven, desde mis primeras tareas con la Revolución siempre tuve conceptos muy claros de mi identidad, de la situación de lo que significa ser caribeña y ser cubana. Entonces, lo primero que descubrí al empezar a manejar estos asuntos, al hojear las revistas, era que se intentaba, con mujeres blancas, hacer maniquíes mestizas. También me parecía que le faltaba un poco de ciudad, un poco de tranquilidad, un modo diferente de ver la forma, el vestir, la imagen personal de la gente.

A la sazón, voy  a casa de la pintora Antonia Eiriz a hacer un trabajo. Por entonces, Antonia había comenzado una serie de proyectos, las primeras bisuterías en papier maché y todo aquella labor comunitaria que se iniciaba. Se me ocurrió que una colega mía, mestiza, casi negra, fuera la maniquí de aquel trabajo. Se publicó en Romances y me fascinó extraordinariamente. A partir de entonces comencé mis pininos, me acerqué a ver lo que hacían las personas que más conocían en esos temas: Yara Luisa González, Silvia Bota... Unido a eso, como periodista comencé a cubrir los sectores de la Industria Ligera y Comercio Interior. Me ligué mucho al tabloide Opina que editaba el Ministerio de Comercio Interior. Allí conocí a los últimos publicistas que quedaban en el país; me adentré en ese mundo de la imagen, de la publicidad, del marketing.

Por otro lado, estaban los estudios sobre cultura cubana. Había pasado, en 1968, el Centenario de las Guerras de Independencia, estaban los estudios sobre la esclavitud, el Instituto de Etnología y Folclor, un grupo en el cual yo participaba de modo muy activo. Allí me vinculé con gente como Sara Gómez, Alberto Pedro Díaz, Tomás González, en fin... Todas esas cosas se fueron uniendo hacia la imagen, y de modo individual comencé a estudiar la historia del traje, la historia del vestuario, los seres humanos y la importancia del vestuario ligado a la publicidad. Desde entonces, me adentré en este mundo del vestir.

Siempre hubo cosas, desde un principio, que me chocaban un poco pero no sabía analizarlas ni verlas. Pero tuve la suerte de conocer a las personas que desde los años 60 y 70 empezaron a determinar en el vestuario en Cuba. Manolo, Rafael de León, a quien tanto le tengo que agradecer; Agustín; el Centro de la Moda de la Federación de Mujeres Cubanas, que creo que ocupó un espacio trascendente.

Por ejemplo, iba a Matanzas, al Festival del Carbón, traía a las niñas carboneras, ya comenzaban a haber problemas de la imagen, y las vestían. Pasó con las muchachas que manejaban los tractores Piccolinos, las piccolineras, en los años 68 y 69, y se les hacían ropas especiales para ellas. Ese Centro de la FMC tuvo un papel preponderante para cambiar las concepciones de la imagen. Y todo ese mundo nuevo que estaba comenzando, que estaba tratando de hacer rompimientos, donde había todavía muchas cosas por definir, donde se usaron las primeras maniquíes negras… me fue atrapando, y cuando ya pasé a la Editorial de la Mujer, seguí tratando los temas de las tareas y asuntos del hogar.
 

Una vez creada la Editorial de la Mujer, seguiste profundizando en esos temas. ¿Ya tenías secciones fijas desde entonces?

Desde Romances ya atendía secciones como Gavetero, Secretos, varias secciones que se implementaron luego en las revistas Mujeres y Muchacha. De Muchacha hay que decir dos cosas: soy del grupo que inició esta publicación. Y de ella hay que decir que jugó un papel muy determinante en las formas del vestir, porque rompió con la imagen del maniquí tradicional. Se trajeron a las niñas de su casa, a las jovencitas de toda Cuba, con sus ropas, coordinando su imagen y viendo cómo instruir a la población para lograr una apariencia equilibrada y bonita con lo que se tenía en el escaparate. Creo que esa década de los 80 fue un momento muy importante, y puedo asegurarte que se logró algo dentro de nuestro país.

Además de conversar, esta es una buena ocasión para aprender. ¿Qué diferencia hay entre la moda y la cultura del vestir?

La moda ha estado siempre ligada a la fruslería y, además, el concepto moda esconde tras de sí el concepto de una industria muy poderosa. Los seres humanos, una vez resuelto el problema de una casa, gastan alrededor del 70 por ciento del salario que les queda en la imagen personal. Es una industria muy poderosa, tanto como la industria del turismo, y se metamorfosea bajo el concepto moda, cuando este se impone a los posibles consumidores.

Cuando hablas de cultura del vestir, aunque no puedo decirte que tenga una conceptualización completa, hablas de una definición, de una idea que va mucho más allá. Vestirse es una necesidad de cada persona, de la sociedad; vestirse llena la satisfacción individual de verse lindo, de la belleza y toda persona tiene ese deseo. Desde los tiempos más prehistóricos, se busca esa diferenciación, ese sentirse único, individual, maravilloso. En contradicción con el mundo universal de la moda, donde se imponen colores, se imponen formas que si tú las desmitificas ves cómo van regresando en el tiempo y son al final las mismas cosas que dan la vuelta una y otra vez. Este año es el rosado, pero el año siguiente es el amarillo, para dejar obsoleto todo lo rosado y vender todo lo posible en el amarillo.
 

Contrario a ese concepto de moda viene la cultura del vestir. Pero no son conceptos tampoco tan antagónicos. Es solo que hay que despojarlos de todo lo que tiene que ver con esa manipulación, hecha para vender, de los seres humanos por parte de la industria de la moda.

Caben también ahí los grandes productores de cosméticos, de accesorios, de cirugías plásticas…

Es un gran conglomerado, que va desde la creación de los textiles, de los teñidos, de las pinturas, de las formas y todos los complementos que tienen que ver hasta llegar a la salud. Porque desde la cosmetología hasta las cirugías estéticas, hay ahí un gran mundo. Incluso aquí se ha dejado sentir ese mundo. Esa mentalidad pequeño-burguesa es muy tramposa, muy adueñante, muy problemática. Así te encuentras a un joven haciendo sacrificios económicos para ponerse unos labiecitos con un borde negro, o un tatuaje estético, o cosas que atentan contra la salud, pues a veces ni siquiera se hacen con todas las condiciones de seguridad e higiene que se requiere en estos casos. Y lo que debiera ocurrir es que los seres humanos se apropien, primero de su cuerpo, y a partir de ahí empiecen a potenciar su propia belleza.

¿Te ha pasado que se menosprecie tu trabajo, por considerarlo un tema menor, poco trascendente para las academias?

Soy una periodista de temas menores. Nunca seré una periodista multipremiada.

¿Pero lo crees así o es tu percepción del pensar de los otros?

Lo siento así, sencillamente, lo siento. Incluso, entre mis propios compañeros, si se va a dar un premio, casi nunca se me tiene en cuenta, pues la moda no es más que un concepto, un conglomerado. Pero hasta las cosas mínimas que hace el diseñador pasan por delante de mis ojos porque yo sí defino lo que va a salir en mis páginas, lo acomodo. Puede tener un aderezo, puede tener una visión o puede ser completado por otra mirada, por supuesto, pero debe partir primero de mi punto de vista en líneas generales.

Te voy a poner un ejemplo. El libro Mil ideas tiene por dos años consecutivos uno de los más altos lugares en ventas en todas las provincias. Pero no es trascendente, porque no es el libro de un gran escritor, porque no es un tema que vaya a definir absolutamente nada.

Pero eso no importa. La vida determina que los problemas menores son los que inciden en la cotidianidad. Seguiré siendo una trabajadora de la calidad de vida; la calidad de vida más significativa, la más sensible, pero quizá la menos rutilante. Y es esa: los problemas del hogar, los problemas de la familia y sobre todo de la imagen personal. Un pueblo se define en cómo está vestido; un pueblo dice, a partir de su vestimenta, si es feliz o si es infeliz, si tiene un desarrollo socioeconómico o no lo tiene. Porque pasan, por la imagen personal, toda la cosmogonía de los seres humanos, toda la vida, toda la política, toda la filosofía.

¿Y bajo esa concepción de los temas menores, y en una profesión como el periodismo, te escapaste entonces de las incomprensiones? ¿No te tomaron en cuenta, como a quienes ejercitaban temas trascendentales?

Me parece que estoy en el centro de la incomprensión. Porque a veces, al ver mis temas como menores y tener todas las miradas, entonces si algo sale mal es un problema significativo. Sin embargo, en otros lugares se pasa por alto. Por ejemplo, no puedo poner en mis páginas de cocina un dulce que tenga más de cuatro cucharadas de mantequilla; pero ahí me alegro, porque eso significa que mi revista, la dirección en mi revista, está consciente de que en Cuba no se puede publicar una receta de un dulce que requiera de tres tipos de leche. Porque la situación real de la mayoría de la población no es para tener tres tipos de leche en un dulce. Al contrario, es para saber, con la leche que a lo mejor sobró del niño, qué dulce se puede inventar para que todos en la familia coman algo.

En ese sentido, me siento feliz porque creo que desde la Editorial de la Mujer se ha ganado un espacio, se ve este trabajo como muy importante. En contradicción con lo que te decía hace un rato, te hablo en líneas generales, cuando esta propia Editorial tiene un sesgo, porque trata temas de mujeres, de una parte de la población cuyas problemáticas no son totalmente comprendidas a pesar de los años de Revolución que hemos pasado. Ahora, en lo interior, sí tenemos un rumbo claro y definido en este aspecto. Y cada año, cuando se hacen los títulos para participar en la Feria del Libro, siempre recibe un espacio importante el tratamiento de estos temas del hogar, de la familia y de la imagen personal. Mira, unas cifras breves. Muchacha dedicaba el 42 por ciento de sus páginas y Mujeres, casi el 30 por ciento.

A veces, para el mundo, es difícil entender la necesidad de tratar estos temas. ¿Estamos llevando a la mujer a los caminos trillados, a la frivolidad? No, estamos llevando a la mujer por unos caminos donde la mujer sí tiene que ver, donde sí tiene que ver la familia. Pero con una mirada nueva, con una mirada diferente. Al menos lo siento así.

Desde ese aprendizaje sobre la marcha, ¿cómo resolviste el posible antagonismo moda versus perspectiva de género?

Se fue definiendo, se fue decantando por sí mismo. Hay un asunto que siempre hemos tenido muy claro. Como en Cuba no hay revistas o publicaciones de algún tipo, especializadas en vestuario, pues hay que tratarlo dentro de la prensa femenina. Y han sido tan bien tratados estos temas que, en la década de los 80, los soviéticos querían comprarnos 20 mil revistas mensuales, de Mujeres y de Muchacha. En México querían comprar ambas publicaciones, como diez mil revistas, por el modo en que nosotros tratábamos esas temáticas.

Eso, sin papel cromo, sin computadoras, hecho todo a mano, por los métodos antiguos de cortar y pegar figuritas, con rotativa, dibujando sobre fotos… Sin embargo, tanto para la Unión Soviética, como para México o para Canadá, que también se interesaban, con ese mismo papel malo y todo, era un producto muy interesante. Algo diferente.

Para cualquier feminista debe ser evidente el tratamiento distinto que se le da a la cultura del vestir en nuestra revista. Quizá se nos carga un poco la mano en la orientación. Pero es que aquí no se trata de vender nada, ni de un asunto comercial, ni de imponer qué se usa o no. El objetivo es orientar a las personas para que sepan cómo equilibrar mejor su imagen, cómo cuidar su salud y cómo, a partir de su cuerpo gordo, bajito, delgado, puedan lucir mejor. Y hasta el un poco mejor puede ser una trampa. Digo, un poco mejor, pero me refiero al estilo quizá más convencional. Es decir, tener un porte más elegante, vestirse en función de cada hora o de cada lugar, de qué te funciona según tu físico, cómo esconder grasitas... No hemos avanzado lo suficiente como para decir que una mujer gruesa, rumbosa con la barriga afuera, sea algo bello. Me parece que es algo de mal gusto. Como mismo, una flaca, rumbosa y con la barriga afuera es de mal gusto; ambas cosas.

Hay que mantener ciertos equilibrios, eso lo da todo. Aprender ese equilibrio en la imagen personal da un sentido de armonía de la personalidad, en el carácter, en la forma de ser. Hay etapas. No es lo mismo a los 15 años que a los 30; ni es lo mismo a los 14 que a los 60. Esos matices son los que hay que aprender a analizar.

Vas a ser juez y parte, pero quiero preguntártelo igual. En un país como Cuba, sin dejar fuera el género, sin dejar fuera la orientación. ¿Qué importancia tiene un trabajo como el tuyo?

Lograr la calidad de vida de las personas, buscar esa calidad de vida de las personas. Un ser humano no es completo si no está viéndose a sí mismo, si no se encuentra atractivo, si no se encuentra bello, si no se mira al espejo y está contento consigo, si su carácter no le ayuda a verse más hermoso. Las personas que no se miran, que no se aceptan a sí mismas, son personas tristes, desconsoladas. Mi trabajo va a ayudar a que las personas no se sientan ni tristes ni desconsoladas.

 No es un problema de tener centavos o fortunas. A pesar de lo poco o lo mucho que se pueda tener, deben saber que si se sabe pulir el gusto, es posible lucir bien, lucir maravillosas. Conocí, en mis años de universitaria, a una muchacha encantadora. Hacía palomas, tenía que lavar cada noche porque tenía muy poca ropa, pero era una de las mujeres más atractivas y con más enamorados de toda la Colina universitaria. Pero tenía buen gusto y hasta los parchitos con etiquetas que le ponía a la ropa, lucían encantadores. Y siempre lucía bien, siempre estaba preciosa con nada, desde la nada. Solo desde la imaginación. Ese aprender a mirarse, a darse, a embellecerse, a estar feliz sobre todo consigo para hacer felices a los demás desde la mirada, eso es calidad de vida.

La televisión, además, complementa esos años desde la prensa escrita, y te ha hecho una figura pública. ¿Qué respuesta tienes de esas personas para las que trabajas?

Es muy lindo. Una señora, en el aeropuerto, viene corriendo, me abraza, me besa. Me dice, usted no me conoce, pero usted entra en mi casa siempre. Y me cuenta que llama a su nieta, que persigue los programas, cosas así. Eso me pasa todos los días. Ahora mismo, además de la imagen hablo mucho de la convivencia, de la armonía de la familia, pues soy como el alcalde de Pueblo Nuevo. Muy llamada por las personas. A veces, en las pocas cuadras de mi casa a la revista, me paran seis, siete, diez veces. Es muy halagüeño. Al igual que los libros. Me dejan muchas satisfacciones.

La revista Mujeres cumple 50 años. ¿Cuánto te ha aportado y cuánto has aportado a esa historia en el tiempo que has estado aquí?

Lo que me ha aportado, creo que es lo más importante. Uno pasa más tiempo en su trabajo que en su casa y he tenido la suerte de estar en un colectivo muy profesional, con un sentido de participación extraordinario. Este es un centro pobre, materialmente pobre, pues no hay grandes cosas que sean tentadoras para la gente. Lo que sí hay son cosas afectivas, que sí tientan, como ese sentido de pertenencia a la Federación de las Mujeres Cubanas; como ese espíritu de colaboración, esa ayuda de todos hacia todos. Eso es maravilloso.
 
 
 
 

 

LA JIRIBILLA Nro. 303
Género e identidad.
La mujer y el hombre fuera del paraíso

 

 

LA JIRIBILLA Nro. 434
Mujer y literatura.
También tiene género
la escritura

 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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